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Acá vas a encontrar, básicamente, data sobre historieta cómica argentina clásica. Además, bastante de bande dessinée. Algunas reflexiones sobre el lenguaje historietístico, muchas polémicas y miles de imágenes, la mayoría de mis propios archivos. La forma más fácil de ubicar un material o autor es ir a "Etiquetas", revisar y hacer click en la pertinente. También podés escribir una palabra clave en "Buscar en este blog". Tenés mi contacto, encima. Suelo responder mails si la consulta es muy específica. Podés tomar lo que quieras, siempre que cites la procedencia. Si no citás, y te ubico, te escracho públicamente, como he hecho en varias oportunidades. Enjoy

jueves, enero 25, 2007

II. INVENCIONES: PRIMERAS BATALLAS EN FERIA FRANCA (1)

Pero cuando todavía esas transformaciones ni siquiera se avizoraban, mando una carta, sin saber como se mandan las cartas, seguramente ayudado por Ella, a Lambaré 1012 pidiéndoles que me regalen la número uno de las otras dos de la familia, que entonces era sólo de dos si no contamos las Semanales, que yo no conocía. Nunca me contestan. Pienso ahora que si El o Ella hubieran podido entender la importancia que esas revistas tenían para mí, por esos años tempranos, V de las Andanzas, IV de las Correrías, con apenas medio centenar de números publicados, podrían habérmelas conseguido todas, con poca plata y algo de esfuerzo. Simplemente visitando de tanto en tanto el viejo local de Juan Bautista Alberdi, que en ese tiempo sería algo así como el paraíso de las Correrías y las Andanzas, a precio de usadas en los estantes atiborrados. O en el Parque, cuando el padre del CORSARIO las tenía todas sobre una sábana en el piso. O yendo a la misma editorial, donde se vendían números atrasados a precio de tapa. Pero Ellos no sólo eran cortos para entenderme sino también para andar por Buenos Aires, a la que sólo visitaban por las enfermedades de El. Incluso si, por vía de hipótesis, los dos condicionamientos anteriores hubieran podido ser superados, quedaban las enfermedades, que les consumían la poca plata con que contaban. Y en tren de seguir disculpándolos, debo considerar que si las hubiera tenido por decisión de Ellos y no por mi propia revelación, con la noventa y cinco monaguillo del diablo, la historia sería distinta, y que aún cuando la primera colección hubiera estado completa, eso no cambiaría, de todos modos, que la terminase regalando al cumplir los catorce.
Muchos años más tarde, entro por primera vez a la editorial (¿otra carta que había mandado y que ahora sí me contestaron porque soy adulto, tengo letra de adulto?), ya en la calle Santa Fe, ya en franca decadencia editorial, ya no ese mítico nombre de calle desconocida Lambaré 1012. Me regalan algunos pósters, souvenirs, calcomanías, que no desprecio, pero no colman en nada mi aspiración. Después sé que otros coleccionistas, como RICHARD, el concitadino, han tenido mejor suerte. Lo esencial ni siquiera me es mostrado, apenas atisbos, que parecen puestos en escena para gozar con mi deseo. El Viejo, el Maestro, vivía entonces, ¿estaría ahí, en alguna oficina, a unos pocos metros míos ese mismo día?.
En el viaje de vuelta imagino que me recibe, que quiere hablar conmigo, premiar mi constancia de toda la vida hacia sus creaciones y entonces me regala, bajo la mirada atónita de los mediocres dibujantes de esa época mediocre, que antes me negaban la entrada y ahora sienten por mí envidia y respeto, me regala –digo- un original inédito. Actual. ¿Cuánto hace que el Viejo no dibuja las Andanzas, más allá de algunas tapas, que en nada se parecen a las de la época de oro?.
Me regala nada más ni nada menos que “La muerte del Indio”, algo así como la muerte del colega del Norte, después desmentida porque estos yanquis no tienen seriedad. El patagón, en cambio, moría de verdad en esta historieta. Deposita el Maestro en mis manos su obra póstuma, me la confía sólo a mí, ya que nunca la publicará, permanecerá inédita para todos menos para mí. También me confía que si la dibujó es porque quiere que el Indio lo acompañe en el más allá, aunque todos -menos yo- crean que sigue estando acá, mientras que en realidad continúa dialogando sólo con él, como lo hacía en aquélla lejanísima foto, donde aparece en el aire, sólo apoyado en su hombro, revoleando contento las boleadoras como un perro que mueve la cola ante la presencia de su amo, y un joven Maestro le pide, hablando en globitos como él, que le avise cuando esté listo para empezar sus nuevas andanzas y el Indio le contesta: ¡Metéle, canejo! Estoy que me salgo ‘e la vaina por largarme a trotiar por “El Mundo”. Y es posible que sea justamente el tiempo transcurrido desde aquella memorable foto, que se sacaron juntos por diciembre del ’35, lo que ha hecho pensar al Maestro en la cercanía de la muerte, que sin embargo se produce bastantes años después, llegando a los noventa y tres, longevo el misterioso Viejo, que comete el error de quebrar la leyenda de su mutismo de décadas –desde el ’31 sólo se sabía de él por sus creaciones- con el olvidable reportaje que en el ’96, cuatro años antes de morir, concede a la revista de un diario, contestando por escrito apenas seis preguntas insulsas formuladas por un profano, contestando sin mucho entusiasmo, repitiendo lo que había escrito una y otra vez sobre el Cacique Tehuelche, guardándose para sí lo esencial. Lo único verdaderamente rescatable entre las trece páginas a color rellenas de archiconocidos datos y algunos testimonios de dibujantes es la foto: el Maestro, esta vez no en el tablero de dibujo ni con el Indio, sino callado junto a su mujer, rodeado de fastuosidad, todavía entero, conservando un aspecto señorial, distinguido. Su hijo, en cambio, luce avejentado en su postrer aventura, que el Maestro me regala a mí y sólo yo tengo, puesto que jamás fue publicada, y todos los otros coleccionistas me envidiarían por ello, ofreciéndome fortunas o urdiendo mil intrigas para arrebatármela si supieran que la poseo, cosa que jamás revelé hasta ahora, respetando el pedido del Maestro, que me pidió reserva hasta pasado un tiempo de su muerte.
El dibujo es único, no observable en ninguna etapa anterior: casi no quedan rastros de la impronta caricaturesca. El Maestro utiliza un trazo seco, sombrío, plagado de contraluces, que recuerda la última etapa de Breccia. La atmósfera visual es densa, ominosa, casi expresionista. Sin embargo, el esquema de los seis cuadritos por página, de formato apaisado, se mantiene, casi sin variantes. La historia es extensa, ocupa los antiguos ciento setenta y cinco episodios y su tramo final es el más duro, el más trágico podría decirse... (continuará).

(continuará)

1 comentario:

  1. esta buena la novela !
    si es por la falta de comentarios no te preocupes de a poco aparecen..
    que estes bien
    saludos
    cata-.

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