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miércoles, enero 31, 2007

III. EL MONAGUILLO Y EL DIABLO (1)

"(Continuación)... El Indio – notoriamente envejecido, decía - montado en el legendario caballo con nombre de viento, también arruinado, famélico, con las costillas salientes como cuando algún villano lo debilitaba con un truco maquiavélico, una pichicata por ejemplo, a veces en sociedad con el Padrino, para ganar una carrera, pero después revivía, pero ahora pareciera que no va a recuperarse jamás, tal la crueldad breugheliana del dibujo. El Indio y su caballo, entonces, atraviesan la desolada e infinita extensión patagónica, escenario de tantas de sus pasadas Andanzas. Va en búsqueda de la montaña de los antepasados. Abrumado por las peripecias que viene de sufrir en Buenos Aires, quiere consultar al espíritu del Tata, como cada vez que en su vida se sintió confundido, pero ahora la confusión es absoluta y por primera vez duda si tendrá respuesta. El inmenso horizonte se puebla de negros nubarrones. Al llegar, la tormenta de nieve se desata. El Indio deja a su caballo a resguardo en una caverna al pie de la montaña y se dispone a emprender el ascenso. Pero sus fuerzas distan de ser las de antaño, la elevación es escarpada y el Patagón jadea, se agota rápidamente. Mientras la tormenta arrecia y la ascensión se torna cada vez más penosa, por su mente se suceden como relámpagos las escenas de su antigua fortaleza. Los cuadritos de bordes redondeados que denotan el recuerdo del Indio, lo muestran deteniendo una locomotora tan sólo con los dientes, peleando con el gitano de la primera historia y elevándolo de una trompada a la estratosfera, sobreviviendo ileso al embate de una aplanadora... tantas hazañas. La realidad es otra, ahora: la cumbre aparece muy lejana, inalcanzable. Trastabilla, corre peligro de caer. Decide llamar al Tata desde donde está, supone que él no lo va a dejar en la estacada... El eco le devuelve débilmente su propia voz otrora estentórea y que la grafía vacilante del globito revela cascada en su origen. Luego, el silencio impresionante de la montaña. Lo intenta de nuevo. No resulta. La desesperación le hace sacar de algún lugar recóndito las fuerzas que le faltan. La legendaria uña del dedo gordo del pié, característica de todos los de la dinastía, a más de la enorme nariz, taladra la roca. Se estabiliza. Reanuda el ascenso. Se alienta con un “¡Juerza, Indio sotreta!” y ahora sí empieza a parecerse al que yo conocía. Llega por fin a la cima, con un estruendoso “¡Huija!” coronando la ascensión. El terrible espectro del último descendiente de la dinastía egipcia y el primer antepasado de los tehuelches, con los brazos cruzados y mirada severa, con su cuerpo esfumándose fantasmagóricamente, con su vincha de tres plumas, está esperando a su hijo... (continuará)."

(continuará)

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