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Acá vas a encontrar, básicamente, data sobre historieta cómica argentina clásica. Además, bastante de bande dessinée. Algunas reflexiones sobre el lenguaje historietístico, muchas polémicas y miles de imágenes, la mayoría de mis propios archivos. La forma más fácil de ubicar un material o autor es ir a "Etiquetas", revisar y hacer click en la pertinente. También podés escribir una palabra clave en "Buscar en este blog". Tenés mi contacto, encima. Suelo responder mails si la consulta es muy específica. Podés tomar lo que quieras, siempre que cites la procedencia. Si no citás, y te ubico, te escracho públicamente, como he hecho en varias oportunidades. Enjoy

lunes, enero 22, 2007

PRIMERA PARTE: I. PREHISTORIA DE OTRA VIDA (6)

Hacía tiempo que las Correrías, más que las Andanzas, habían empezado a ser importantes para mí. Sin embargo, el ñandú gigante, las siete esmeraldas de Isis, el ojo de gato, el tercer ojo de Kali, la mujer más gorda del mundo o el complejo de los yetis, pertenecían a un tiempo que no era el mío. Me atraían pero me eran ajenas, lo mismo que las otras del Indio grande, con versitos. ¿Qué era eso de los versitos? No lo entendía. Alguien una vez me lo explicó o me mostró alguna de esa época, y así me enteré que hubo un momento en que dejaron de salir con versitos –desde julio del ‘61, la número cincuenta y cinco la extraña herencia, eso lo sé ahora- y empezó la modernidad en la que decidí incluirme y que después fue el pasado en que olvidé la explicación sobre las rimas que comentaban la acción y que supongo eran un remanente de las primeras épocas del género, donde no existían los globitos para que los personajes dialogaran y los dibujos sólo eran ilustración de un texto.
Salvo el ojo de gato, que un compañero de colegio del centro -al que vuelvo después del largo año de exilio- tenía y me la regaló o se la cambié por otra, todas aquéllas Correrías prehistóricas las había encontrado en el barrio de calles de tierra. Circulaban por ahí, polvorientas, como en algún momento circuló la número dos, y hasta quizá, inclusive, la uno. En ese lugar las revistas no se dejaban tiradas, ni las compraban todos. Tenían un valor importante, pero que no se traducía en el atesoramiento, ni el cuidado siquiera. Era un valor de lectura. Iban pasando de mano en mano, y no importaba si lo que se leía eran números muy atrasados, casi deshechos por el trajín, bastaba con no haberlos leído y poder así entretenerse durante unos tres cuartos de hora, tiempo de lectura que podían insumir las cien páginas de entonces.
Mi interés creció con la montaña del trueno, la prefabricada, el islote del diablo, el milagro, suspenso en el ring, carnaval maléfico, juguetes diabólicos, las islas felices, millonario en peligro, la risa de la momia, ¿quién es quien?. A todas ésas las leo -o miro los dibujos, no sé si para entonces ya sé leer- en la panadería de Boedo y San Juan, donde los primos grandes, de Buenos Aires, las compran, y las guardan en un arcón, que es al primer lugar donde acudo cada vez que Ella me deja en esa casa, para ir a cuidarlo a El, en alguna de las tantas operaciones. Las leo –o miro los dibujos-, mientras la espero a Ella, mientras Ella lo cuida a El, siempre lo cuida.
Un mensaje a García y el sombrero de Napoleón, la sesenta y nueve y la setenta –estos números y otros me siguen ubicando en los tiempos de mi historia, tengo ahora seis años y medio-, lucen resplandecientes y siempre misteriosas en el kiosco de enfrente de la plaza, que no es el de la plaza, el que está enfrente de la iglesia. Este se ubica a un costado, al lado del colegio nacional (al que iría muchos años después) y es también agencia de lotería. Junto a los billetes, exhibidas en la vidriera, no en revistero, se encuentran colgadas, con broches de ropa, a las tiras de soga fina que la atraviesan de lado a lado. La cortina metálica levantada muestra el fuego peligroso que amenaza a ese García del mensaje (escrito con limón para que sea invisible, prueba que inmediatamente después de leerla me pongo a hacer y, orgulloso, exhibo a Ella el resultado, cuando siguiendo mis instrucciones acerca el papel a la llama) y al valeroso Indiecito cargando el tronco para derribar la puerta. En la otra, el momento recortado en la tapa, es más pintoresco que aventurero, casi en el estilo de las Semanales: la Nodriza, se prueba frente a un espejo –inhabitual rasgo de coquetería en ella- el supuesto sombrero de Napoleón. El recuadro blanco ovalado en ambas, encerrando la larga leyenda Correrías de un Pequeño Gran Cacique que culmina con el nombre del héroe en su infancia y en la mía. Ya en la casa de los primos de Buenos Aires, se había despertado mi interés, y empezaba a ser irrefrenable, por lo que Ella no tiene más remedio que comprarme una, o las dos. Quizá ésa haya sido la primera vez que Ella me compra las Correrías.
Cruzamos a un banco de la plaza principal del pueblo, enfrente del kiosco - agencia de lotería. Nos sentamos en el banco y las hojeo, vislumbrando su interior, pero apenas, conteniendo la ansiedad, a fin de que no me quite placer después, que no me anticipe ninguna revelación de lo que será la historia, que me permita la fruición de la relectura de cada página una y otra vez para demorar el final, solamente deteniéndome en el anuncio del título del próximo número, reteniendo desde ahora ese futuro misterio a descubrir, descubierto finalmente, pero que hoy vuelve a ser futuro, vuelve a revestirse de la calidad del misterio, porque falta la setenta y uno, del cielo cayó una tía. No termina de caer esa tía en mi colección actual. Seguramente la leí pero no recuerdo su historia, de modo que no sé si vale esa interrupción de descubrimiento, es como si no hubiera existido nunca, aunque sepa que existió. Mientras hojeo un mensaje a García, o el sombrero de Napoleón, un nenito que pide pasa por delante del banco, por delante de Ella y mío. Se detiene, se pone molesto, insistente. Es posible que yo tema que toque con sus manos sucias mis revistas recién compradas y me queje. Entonces, Ella lo echa con un gesto seguramente afectado –Ella lo era a veces, tengo que reconocerlo-, que hace que el chico se burle, despechado, diciendo: ay, la señora fifa. Frase que yo encuentro ridícula por su fallida acepción de fina, y me causa gracia cada vez que Ella repite la anécdota, consciente de su otro sentido, que recién mucho después yo supe y me causó gracia pero no tanto, estando de por medio Ella.
Después vendrían salto mortal, puente al otro mundo, el elefante volador, el autómata, el signo de Escorpio, el extraño profesor, club de mentirosos, parque de diversiones, el violín mágico, el valle de los fantasmas, cura milagrosa, el gran vengador, la lámpara de Ladino, jíbaros football club, el pueblo perdido, peligro en la ruta, guerra al tabaco, el hijo del mandarín, el gran duque, el auto rojo, un postre increíble, el desertor, el espantapájaros. A todas las leí y a todas las tuve, pero sólo sirvieron para preludiar a la noventa y cinco monaguillo del diablo, con la que decido iniciar la primera colección.

(continuará)

1 comentario:

  1. Te dejo un link que puede ser útil para que pueda terminar de leer tus escritos:

    http://en.wikipedia.org/wiki/Paragraph

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