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miércoles, enero 24, 2007

PRIMERA PARTE: I. PREHISTORIA DE OTRA VIDA (8)

En otro después, bastante después de ese antes de que yo me diera cuenta del sentido total de una expresión fallida del chico que pedía en una plaza de Zárate. Bastante después de que iniciara la colección con la noventa y cinco, monaguillo del diablo, y con la ciento siete, platos voladores, del Indio. Bastante después de mudarme al barrio del hospital, a la casa en que mi cuarto terminó siendo un baño por construir. Uno o dos meses antes de que, ahí mismo donde la colección empezaba a deteriorarse, aquél pibe intentara profanarla con un robo. En julio del ’68 para ser más precisos, cuando las Grandes Andanzas del Indio junto a su Padrino andaba por la número ciento cincuenta, la fórmula secreta, y la Correrías del Pequeño Gran Cacique por la ciento treinta y ocho, la gran revelación, y comenzaban a cambiar los diseños de las tapas, y comenzaban a abreviarse las leyendas que las identificaban, para que cada una terminara teniendo una identidad contundente y diferenciada (sólo Andanzas, sólo Correrías) en función de la nueva que se añade a la familia, a mi colección que ya lleva en total ochenta y seis ejemplares, es recién entonces que voy a presenciar, voy a ser protagonista, voy a ser contemporáneo al acontecimiento. Se largan a la calle las Locuras del Rey de los Play-Boys y yo voy a tener la número uno, vivan los novios, desde la número uno.
Pero semejante suceso histórico me enfrenta a un problema asquerosamente prosaico. Dejaron de salir mensualmente, para tener una frecuencia de veintiún días. Esta alegría por la nueva y por tener en el kiosco prácticamente una de ellas cada semana, se ve empañada, porque eso implica pedir plata con mucha más frecuencia para comprarlas. Ella protesta, pero me propone un canje: limpiar los muebles, mi primer trabajo. Quizá, si me esmero, puedo sacar lo suficiente para comprar otras que me interesan y no son de la familia. Ella siempre accede, más ahora que trabaja y maneja su propio dinero. Empiezan las transformaciones, que culminarán pocos años después para Ella.
No leía diarios en el ’65, y seguía sin leerlos en diciembre del ’68. Sí, en cambio, empezaba a hojear las Semanales del Indio, más dirigida a los adultos, en la casa del centro, la casa familiar, la de los abuelos, muertos ellos y habitada entonces por los tíos solterones, que también, alternativamente, me cuidaban, cuando Ella lo cuidaba a El. Mi cuarto era el del tío mayor, que se llevaba a la cama la botella de tres cuartos de Toro Viejo, comenzada en la cena, para agotarla y así conciliar el sueño, mientras leía una Semanal. Terminar –la revista, no la botella- le llevaba varias noches. Su sección preferida, Jovito Barrera, un barrilete sin cola, la dejaba para lo último. Ahí podía acceder yo al ejemplar. Pero la entrega conllevaba una ceremonia, en la que mi tío, que sería padrino –como el del Indio- de mi primera comunión, ensayaba conmigo, en latín, la señal de la cruz, culminando, luego del amén, con un blasfemo pedorreo.
Entonces, Correrías, Andanzas, Locuras y los episodios unitarios de Indio y Padrino, en las Semanales, era lo que leía por diciembre del ’68, cuando pusieron una bomba en Lambaré 1012, la editorial. No leía diarios y por lo tanto no me enteré de eso. No sabía entonces quién era el Che, ni llegaba a comprender muy bien el significado de la barba del Padrino en la tapa de la número seis de Locuras. Recién unos años más tarde empezaría a entender todo eso con alguna claridad. Recién cuando las transformaciones culminaban para Ella, con su muerte, y se gestaba otra terrible realidad. Y la primera colección ya no existía, porque yo había empezado a leer diarios, y había dejado de leer historietas.

(continuará)

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