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Acá vas a encontrar, básicamente, data sobre historieta cómica argentina clásica. Además, bastante de bande dessinée. Algunas reflexiones sobre el lenguaje historietístico, muchas polémicas y miles de imágenes, la mayoría de mis propios archivos. La forma más fácil de ubicar un material o autor es ir a "Etiquetas", revisar y hacer click en la pertinente. También podés escribir una palabra clave en "Buscar en este blog". Tenés mi contacto, encima. Suelo responder mails si la consulta es muy específica. Podés tomar lo que quieras, siempre que cites la procedencia. Si no citás, y te ubico, te escracho públicamente, como he hecho en varias oportunidades. Enjoy

jueves, febrero 01, 2007

III. EL MONAGUILLO Y EL DIABLO (2)

Estoy en la cama, leyendo. Un dormitorio de la casa que tenía palangana en el patio, calles de tierra, pero no en el que me atiende el médico y ve mi dibujo del Coronel y me lo elogia. Es curioso porque recién ahora, contrastando los dos momentos, me doy cuenta que no tengo clara la imagen de esa casa, incluso me asombra que tuviera dos dormitorios, uno al frente y otro dando al patio, a la palangana, a la escarcha, que es en el que estoy leyendo. Pero ahora es febrero o marzo –no habría por ende, escarcha, en cambio sí había llovido, recuerdo-, porque releo el pueblo perdido, que salió –lo constato en mi segunda colección- unos meses antes de el monaguillo del diablo, número noventa y cinco con el que empiezo la primera colección el día que veo pasar a alguien que lo llevaba en la mano, sentado yo en la puerta de la casa vieja del centro, con paredes de ladrillo, la que prefería seguir creyendo mía, en vez de esta otra, donde estoy tirado en la cama leyendo el pueblo perdido, no el monaguillo del diablo, también perdido a los catorce años y recuperado cerca de los cuarenta, tras febril y larga búsqueda, para empezar –ritualmente- la segunda colección.
La noventa y cinco de la Correrías, reencontrada en Mar del Plata cuando hice un viaje con dos exclusivas intenciones: firmar el boleto de compra venta de una de las casas que ya no tengo (y sí tiene, en cambio, Cristina mi segunda exmujer) y ubicar el lugar donde me habían dicho quedaban números bajos a un precio razonable, La Tonina, un localcito perdido al que se veía por fuera atestado de novelitas románticas para canje, pero la vidriera permitía vislumbrar además, al fondo y a pesar de la oscuridad, unas siluetas prometedoramente apaisadas, en una galería de Luro e Independencia. Tardaban en abrir el local y yo preguntaba a los comerciantes de los locales vecinos, que sí habían abierto, y me decían que ahí no tenían horarios fijos, incluso a veces no abrían en todo el día. Pero yo resistía y daba vueltas y me metía en algún bar de los alrededores y mientras tomaba otro café para despertarme (había llegado casi de madrugada, sin poder dormir en el colectivo), pensaba en las siluetas apaisadas vislumbradas en la oscuridad y casi me olvidaba de la casa que iba a comprar, y volvía y no estaba abierto y daba vueltas y tomaba café y fumaba, y volvía de nuevo para frustrarme otra vez, hasta que por fin, cuando ya se acercaba peligrosamente la hora de la cita inmobiliaria y yo ni quería pensar en eso, porque sabía que me enfrentaría a un dilema, que de haberlo resuelto por el término que más me interesaba hubiera sido muy difícil de explicar y, por ende, añadido un conflicto más a los muchos que ya tenía con Cristina, mi exmujer, hasta que finalmente –decía- una chica abrió, liberándome al menos de ese conflicto.
Unos veintipico de años, cara de tonta, grandes anteojos emparchados. Condecía más con el perfil de vendedora de las Corín Tellado de la vidriera, que con los comerciantes de las revistas del Indio, que apenas uno insinúa un mínimo interés en ellas, ya evaluaron astutamente que tipo de coleccionista sos, cuánta plata llevás en el bolsillo y cuánto están dispuestos a ceder del primer precio que te tiran. Esta, en cambio, parece no tener la menor idea; me llevo todo por dos mangos pienso, valió la pena la espera pienso, porque lo prometido por la vidriera se cumplía y ahí están, además del monaguillo, los queranveinte del Indio y el caballo del diablo y otras igualmente míticas, queridas, perdidas y a punto de ser recuperadas. Pero ante mi oferta por un paquete que incluye a todas, viejas, nuevas, todas, el Indio en el espacio, recuerdo por ejemplo, bastante nueva ¿la ciento veinticuatro? –después lo corroboro-, la chica de los anteojos emparchados no fue lo suficientemente tonta, no sucumbe ante mis modales amables, mi voz seductora, y tiene un ramalazo de lucidez. Llama por teléfono a la tía vieja, que era la real dueña, que sí tiene idea de las joyas que pretendo llevarme por poca plata, y que alecciona muy bien a la anteojuda. Después de largos conciliábulos y nuevas llamadas y alguna que otra interrupción de clientas solteronas que venían por las Corin, igual termino haciendo negocio, aunque no tanto como el que pensaba, y casi llego tarde para la operación inmobiliaria.

(continuará)

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