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viernes, febrero 02, 2007

III. EL MONAGUILLO Y EL DIABLO (3)

Pero en realidad no estoy ahí ahora, sino alrededor de treinta años antes, releyendo el pueblo perdido con Ella al lado, acostados en la cama, una tarde de lluvia en la que no pudo ir al cumpleaños de la amiga, porque las calles eran un barrial y los colectivos no pasaban, pero al final la amiga vino con otras, en un taxi que se animó a entrar al barrio, a compartir con Ella el festejo, y para hacerle una broma llegó disfrazada de viejita con algodones en la boca, que se la hacían fláccida, como con dientes postizos y Ella se lo creyó y revelada fuera la broma todas se rieron mucho, y yo –aunque no entendía demasiado que pasaba- también. Pero todavía no llegó la amiga disfrazada de viejita. Ella y yo estamos solos, en la cama, en silencio, mientras releo el pueblo perdido y torturadamente pienso en si debo revelarle mis pecados.A caballo de la silla, sentado en la puerta, leyendo, está el vecino de la vuelta de la casa donde después yo tengo el cuarto que va a ser baño, pero todavía no. No digo que no es baño aún, sino que no duermo todavía ahí, seguramente duermo en el living, o quizá es antes y duermo en el dormitorio de Ellos. El vecino jubilado de la vuelta, paso obligado para la panadería, que está sentado en la puerta, fue algo así como sargento. Con la bolsa del pan en la mano le digo, respondiendo la pregunta de qué voy a ser cuando sea grande, que pienso en ser militar y él se pone contento y me presta la revista que estaba leyendo el delator, número setenta y nueve del Indio, julio del ´63. Pero seguramente es bastante después, ya que quedó claro que en febrero del ’65, fecha de el pueblo perdido de las Correrías, yo todavía estaba viviendo en el otro barrio y creía que mi casa iba a volver a ser la del centro y no imaginaba siquiera que este barrio existía. Lo dicho se comprueba además por la revista, que está vieja y ajada, como el viejo sargento jubilado que quizá creyó en que yo iba a ser militar y gracias a Dios nunca lo fui.Previo a que me prestaran el delator, ya otro viejo, sereno de la galería CADU, se entretiene con la lectura de historietas. Ellos lo conocen y se paran a charlar, es el padre de la amiga de Ella que después cumpliría años –el día que yo releo el pueblo perdido-, casi cuatro antes de eso, octubre del ’61, porque con lo que el sereno se entretiene, lectura interrumpida por el saludo y la charla de Ellos que me llevan de la mano, cuidando que no me escape, ya que la galería CADU tenía al fondo una puertita que daba al vacío, lo que él sujeta en la mano, y ahora no lee, pero seguirá leyendo no bien Ellos se despidan, seguramente es la cola del diablo, flamante, recién aparecida, que no pude leer entonces y que aún hoy sigue faltando en mi colección... Y a pesar de esa falta lo deduzco, porque ni el viejo ni Ellos advierten ahora que mi atención –lejos de la temida por Ellos puerta abismal- está puesta en la hoja doblada, en ese cuadrito que recuerdo y no encuentro en los cientos de números de la colección: Satanás –Mandinga- en un techo, empujando una caja fuerte para que caiga en la cabeza del Indio. Creo que se salvó, estoy esperando ansiosamente conseguir ese ejemplar para corroborarlo. De lo que estoy seguro, es que yo sí me salvé de que el diablo metiera la cola y cayese al vacío. Ni esa vez, ni después. Pero estuve a punto, porque el diablo metió la cola muchas veces, cuando Ellos ya no me tenían de la mano.
El amiguito porteño se confiesa, y es monaguillo y también hay un teatro en la historia. Ya la magistral tapa de la noventa y cinco de Correrías de un Pequeño Gran Cacique, donde los héroes en primer plano se ocultan tras un cortinado de iglesia para espiar a alguien que, arrodillado frente al altar, parece confesar secretamente terribles pecados, ya esa tapa –decía- revelaba un contenido extraordinario. Espiar, expiar, falta, redención... Estaban ahí todos los elementos para que yo decidiera, con sólo esa tapa que alguien que pasa por la puerta de la casa del centro me muestra como un signo, una seña oculta que sólo yo podía entender, para que yo decidiera –decía- empezar por ésa monaguillo del diablo la colección y también la eligiera tantísimos años después, casi en otra vida, cuando la volví a comprar en La Tonina, de Luro e Independencia, en Mar del Plata, para reiniciar esta colección, en el ridículo intento de recuperar lo perdido, lo que allí se cifraba. Yo iba a catecismo, estaba por tomar la comunión y además, quería ser cura, quise ser cura por cerca de tres años, aunque por un tiempo haya pensado en ser militar influído por el vecino de la vuelta que me sobornaba para que lo sea prestándome el delator, y después no fui ninguna de las dos cosas porque vino el teatro, que no se condecía ni con las armas ni con el sacerdocio, pero primero quise confesarme nueve números, más o menos nueve meses antes de empezar la primera colección con el monaguillo del diablo, esa tarde de lluvia y cumpleaños frustrado pero después concretado de todos modos, mientras releía, con Ella al lado, el pueblo perdido, en la cama de la casa de calle de tierra, la tarde que la lluvia impidió que Ella fuera al cumpleaños de la amiga, así como impedía que El, que trabajaba en el centro viniera a comer algunos mediodías, y aunque hubiera parado de llover El igual no podía entrar con la bicicleta a ese barrio perdido, como el pueblo de las Correrías, que El me trajo -ésa u otra revista (seguramente otra... )- una tarde -esa u otra (... porque junto con el pueblo perdido tengo en la cama peligro en la ruta que es posterior)- de lluvia, desafiando con su bicicleta el barrial y yo no entendía como había logrado semejante hazaña, conmovido por eso, por haberlo intentado nada más que para traerme la revista a mí; pero también es posible que estuviera peleado con Ella y por eso se quedaba en el centro los mediodías y a mí me metían el cuento del barro, y ahí cambiaría toda la perspectiva del asunto, porque entonces la revista podría haber sido pretexto para acercarse a Ella, para reconciliarse, y la idea me molesta porque preferiría quedarme con que lo hacía por mí.Con Ella quería confesarme, no con El ni con un cura. Sé cosas que me perturban, que no dejan en paz mi conciencia, cosas pecaminosas que no se condicen con la religión y me están pesando demasiado ahora que estoy cerca de tomar la comunión. En algún lado leí con terror –o me lo dijeron en catecismo- que es pecado mortal recibir la hostia sin confesarse antes, y es a Ella a quien elegí para hacerlo. Es Ella la que tiene que perdonarme en esa cama que compartimos, pero no me atrevo, no alcanzo a decirlo y sigo releyendo en silencio el pueblo perdido y peligro en la ruta, esperando que pare la lluvia, y ver si las calles no se embarraron demasiado, como para que pasen los colectivos, a lo mejor a tiempo todavía para llegar al cumpleaños. Sigo callado releyendo, hasta que llama a la puerta la viejita, que no es otra que la amiga disfrazada, y me libera momentáneamente del peso del pecado, que después volverá una y otra vez, pero por ahora todo es risas al descubrir la broma.Otra noche de fiebre, de una enfermedad, otra pero rara, no un resfrío común porque la fiebre es muy alta. No entiendo, algo me ocultan Ellos, hablan bajo con el doctor lejos de mí, en el living, yo ahora sí instalado en el dormitorio de Ellos al lado de la ventana, antes de crecer e ir al living y después al cuarto cuyo destino era ser baño. Me estoy masturbando con el cuadrito de una chica con pollera corta de un ejemplar que no recuerdo, no logro identificar de las Correrías. Ellos lo deben ver todo, como Dios, porque al otro día -dormí hasta tarde-, Ella me trae –seria, sin los mimos habituales- el desayuno a la cama. El viene después y trabajosamente, como una obligación cumplida a disgusto, aborda el tema de mis prácticas que yo creía secretas. Me empieza a sermonear: eso no se tiene que hacer, te debilita, cuando te agarren ganas tenés que pensar en otra cosa, caminar hasta la esquina, distraerte. Si pudiera encontrar ahora en la colección a la chica sexy de pollerita corta, sabría cuanto tiempo pasó desde el pueblo perdido hasta que mi secreto se reveló solo. Quizá sea una tarea imposible, porque el carácter concupiscente del dibujo lo otorgaba la fantasía febril del chico que era. Yo alcanzo a decirle que algo me habían enseñado de eso en el colegio. Es probable que yo advierta que le cuesta hablarme y lo esté ayudando, para abreviar y no seguir soportando ni mi vergüenza ni la suya. De todos modos, como confesión, resulta muy pobre, ni miras del gran acto de contrición que imaginaba. Y ni siquiera ante Ella, sino ante ese hombre débil y trabado, no Dios como lo creí por un instante, al haber adivinado mi secreto.
(continuará)

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