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Acá vas a encontrar, básicamente, data sobre historieta cómica argentina clásica. Además, bastante de bande dessinée. Algunas reflexiones sobre el lenguaje historietístico, muchas polémicas y miles de imágenes, la mayoría de mis propios archivos. La forma más fácil de ubicar un material o autor es ir a "Etiquetas", revisar y hacer click en la pertinente. También podés escribir una palabra clave en "Buscar en este blog". Tenés mi contacto, encima. Suelo responder mails si la consulta es muy específica. Podés tomar lo que quieras, siempre que cites la procedencia. Si no citás, y te ubico, te escracho públicamente, como he hecho en varias oportunidades. Enjoy

martes, febrero 13, 2007

VII. EXPEDICIONES (1)

Pero mucho antes del Club habrá que trajinar distintos lugares para llegar a los actuales cuatrocientos veinte ejemplares entre las tres, claro que contando las de tapas fotocopiadas y las fotocopiadas íntegramente, que de todos modos no son tantas en proporción. Y sin contar semanales y Libros de Oro, que a veces me entusiasmaban y encontraba baratas y compraba. Recorrer tantos lugares, pero sobre todo ir una y otra vez al Parque y conocer, por ejemplo, a Carlos, el rengo, al que CORSARIOKIOSKO también conoce y describe exactamente: a carlos el rengo lo conosco pero siempre fue un tipo muy cerrado y no tube trato ni un saludo pero es muy viejo en el parque también y veo que tiene a la venta varios números grosos pero también a precios ASTRONOMICOS jajaja.
Recuerdo que El pensaba que los rengos eran todos jodidos, y Carlos no sería para nada la excepción de esa regla prejuiciosa; aunque yo le había entrado por el lado de las mujeres, me estoy separando de Cristina, mi segunda, y él también anda con problemas. Lo veo en un Mac Donald’s, cerca del Parque, yo haciendo tiempo para que abriera su puesto y él sentado ahí con una minita, discutiendo. El ámbito restaba entidad a la discusión (no se pueden debatir grandes temas en un Mac Donald’s), y por eso me acerco y le pregunto la hora en que va a abrir. Me da muy poca pelota, pero una hora después, cuando abre el puesto, mientras espero pacientemente que acomode las revistas, lo que hace ignorando mi presencia, con lentitud de rengo, le tiro un pié, pidiendo disculpas por haber sido inoportuno al abordarlo. Y es entonces que empezamos a hablar de minas, de ex-mujeres, y él se engancha con eso, pero mi pensamiento no está en la charla, sino en la futura transacción, esperando el momento justo, cuando ya lo considere ablandado, para preguntarle, como casualmente ¿a cuánto tenés la número... ?.
Así le conseguí rebajas importantes, pero la dos de Correrías la ví de lejos, porque era él quien la tenía en el revistero, y como sabía que yo ni ahí podía juntar la guita para comprarla, no accedía ni siquiera a sacarla de su lugar para mostrármela de más cerca, ni hablar de hojearla. No había charla que valiera con ésa. Me dice: si no me pagan cuatrocientos, no la muevo. Está de adorno; mirála, ¿no queda linda ahí?. Rengo sádico hijo de puta, tenía razón El cuando hablaba de los rengos, y tenía razón el CORSARIOKIOSKO cuando decía que el rengo en realidad no quiere vender las revistas, que las tiene sólo para mostrar su vanidad. Pero también intuye correctamente el CORSARIO que atrás de la campaña de ELCOVE hay algún resentimiento y ELCOVE –nobleza obliga- se lo termina reconociendo, porque los tipos como Carlos no pueden dejar de generarlo.
Sin embargo, la imagen que me queda del rengo va más allá, porque parece ser alguien que desprecia profundamente a los coleccionistas furtivos, que andan de incógnito por el Parque, alucinados, no existiendo sino ellos y el objeto de su deseo. Ni siquiera el rengo es una persona, sino mero intermediario, que pocas veces facilita y las más es impedimento. Pero Carlitos parece saber eso y no importarle. Goza con su papel, y los coleccionistas se llenan de fantasías de robo, de muerte, para eliminar ese obstáculo y apoderarse de lo que alguna vez les perteneció y no pueden entender que ahora no les pertenezca. Eso es justamente lo que le pasa a JUANJOS, el buen chico de Mar del Plata, una de las víctimas de ELCOVE, que aclarada la patraña, lo termina admirando, y le confiesa que se imagina el victimario que nunca será, con ELPESCADO y otros símiles balnearios de la laya del rengo. Y si nunca logrará llegar a victimario es porque ha quedado fijado en el rol de víctima, como casi todos. A lo sumo alguno como el CORSARIOKIOSKO vende caro, para comprar después -también caro- los números más bajos, esa es su estrategia, alternar roles, se lo confiesa, aunque no con esa conciencia, a ELCOVE, que interpreta y recopila, que es fuente receptora de confidencias mediáticas. Como cuando JUANJOS responde al comentario de ELCOVE que uno sólo había interpretado (antes de cambiar Huija!!! por Iaju!!!) las claves que subrepticiamente había introducido en FERIA FRANCA, para publicitar el Club, lamentándose que haya sido justamente un vendedor el que escribiera al Club, interpretando la clave, y no un coleccionista, lo que en definitiva justificaría la supremacía de aquéllos, a los que los otros pagan fortunas, porque –hay que reconocerlo- son más sagaces.
Entonces JUANJOS se lo confirma diciéndole que: ese tipo que me decís ELPESCADO, yo lo conozco es de mis pagos de Mardel, justamente creo que me lo crucé hoy en el mercado de pulgas, el tipo se dedica a todo tipo de cosas antiguas, no específicamente al Indio, ni siquiera es su meta, sólo oportunidad de si algo aparece, DESCARTALO!!!!!! se llama Federico Letti y tiene un local de computación en la calle Entre Ríos... te queda dudas que lo conozco??, jejejej, aca el único interesado en el tema del Indio soy yo!!!! el resto sólo soretes!!! que lucran con algún ejemplar pedorro que le sacaron por dos mangos a un viejo que no tiene más idea que morirse en poco tiempo, te quedo claro??, me re-calenté!!! odio ese tipo de serpientes ventajeras, te juro que a veces pienso en agarrar un fierro y robarles todo lo que tienen y que se pudran porque es lo único que tienen, porque son ratas!!!!!, verás que me descargué, bueno amigazo!!! estamos en contacto para darle forma a esta criatura.
Y está hablando del Club, que es una fantasía liberadora de las otras fantasías terribles, que se atreve a confesar a ELCOVE porque la comunicación mediática no es real.
Pero personalmente (en el Parque, por ejemplo), los coleccionistas no se detectan entre sí, dado que lo que los circunda no existe. Van solos y ensimismados porque su mal es vergonzante, onanístico, secreto, y no pueden blanquear esos gastos ante sus familias ni mujeres, que jamás los entenderían. Y con los que comparten el terrible vicio, tampoco pueden hablar demasiado de sus goces solitarios, porque les destruiría la fantasía de que esa hembra objeto de su concuspicencia es de ellos, sólo de cada uno de ellos. Así, rara vez sucede la comunicación entre esa fauna, que no es uniforme sino variopinta. De ninguna manera se los podría englobar. Si bien pertenecen a la misma especie, hay subcategorías; están por ejemplo los que jamás aceptarían una revista con sello en la tapa, aunque estuviera perfecta y los que, con tal de conseguir un ejemplar con su escaso presupuesto, aceptan no sólo uno sin tapa (50 % del valor), sino hasta con faltante de hojas, ya conseguirán alguna vez la fotocopia.
Participando del cretinismo general de la fauna, no lo soy tanto, y cuando detecto a algún congénere, hago –fuerzo- que la comunicación suceda. Mi carta de presentación, que uso en las expediciones, es una remera. Le hice grabar la ilustración de la ranchera, donde aparece el Indio bailando con una mulata pulposa. Los coleccionistas no pueden dejar de reparar en esta imagen muy poco vista, y de ahí al abordaje hay un paso.
Este que detecto comprándole al rengo, un sábado a la mañana en el Parque, es un cincuentón con pinta de oficinista, aunque vista de joggins. Le debe haber dicho a su mujer que iba a correr por ahí, y cuando vuelva tratará de ocultar la bolsita en algún lugar seguro, a la espera de encontrarse sólo en el departamento y, entonces sí, poder gozar del preciado tesoro. Me exhibo, cerca del puesto del rengo, y el cincuentón cae en la trampa, deteniéndose a observar la remera. Lo abordo enseguida, pero los preliminares son trabajosos, porque es posible que sospeche que le voy a arrebatar su adquisición y salir corriendo. De a poco voy ganando su confianza, vanagloriándome de los números bajos que poseo, el material inédito, mi sabiduría sobre las creaciones del Maestro. Esa charla, para él, seguramente ha servido como prolegómeno de la pregunta que guarda, para evaluar si sería capaz de comprenderla. Por fin, cortando mi monólogo, me la espeta nervioso, mecánico. Intuyo que ha moldeado esa pregunta durante mucho tiempo, hasta encontrar su formulación perfecta para hacerse entender, en la conciencia que su búsqueda es poco entendible. Se trata del estado del ejemplar de la número trece de Andanzas, enero del ’58, aquélla en la que por primera vez aparece el Coronel, aunque ya había aparecido de la misma forma, como celoso –irascible- rival del Indio en el año ’39 en la semanal y que, adaptada, transformado el Cacique en un camarada de armas, con el grado de capitán y con otro nombre sonoro, vuelve a aparecer en la número uno de Locuras en julio del ’68, cuando yo festejo asistir al acontecimiento, e imagino nuevas ediciones que nunca salieron con el protagonismo del hermanito deforme, el Gurí, y también, ¿por qué no, aunque no me gustara tanto?, de la hermana, no conciente, no enterado, de un mecanismo oculto, el mismo que hace que el encuentro entre el Indio y el Padrino se repita, con variantes, una y otra vez, llevándolo incluso a la infancia de ambos, un mecanismo que hace que el Maestro se parezca a cada uno de nosotros, los coleccionistas, y quizá por eso, aún sin conciencia, somos sus seguidores, sin importarnos sus verdaderas facetas oscuras, su xenofobia, su nazionalismo, su racismo. Un mecanismo que recuerda al de Eliade cuando analiza en El Mito del Eterno Retorno, cómo, en distintas religiones, la repetición ritual del acto creador primigenio constituye un intento de anular el paso del tiempo y retrotraerlo al instante fundacional, tal como lo hago ahora, intentando recuperar un paraíso –o infierno- irremediablemente perdido, donde todo estaba por descubrir, y tal como lo hace este cincuentón de joggins, que transita furtivo el Parque y le interesa conseguir, aunque ya lo tenga, un ejemplar de la número trece en el que el lomo conserve –explica, preciso, con gestos- la forma original, de bordes rectos, porque el que posee se halla redondeado, curvo, y está dispuesto a canjearlo pagando una diferencia por el estado.
Carlos, el rengo del Parque, quizá escucha la conversación y sonríe, tranquilo, esperando en su tela de araña que ningún coleccionista se atreverá a profanar jamás, a pesar de las fantasías de robo, destrucción y muerte. Está seguro, sabe muy bien que el ídolo protege al templo odiado y que seguirá siendo un sacerdote intocable mientras susbistan los que buscan el ejemplar perfecto, sin lomos redondeados, y sin el sacrilegio de un sello en la tapa.

(continuará)

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