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miércoles, febrero 14, 2007

VII. EXPEDICIONES (2)

Para mí, sin embargo, los sellos son pistas de un tránsito que quizá no solamente sea pasado. No los desdeño, al contrario, me intrigan, desde aquella misteriosa dirección, primer templo, de Lambaré 1012, donde nunca pude ir a orar, y ahora con éstas que me revelan los sellos de la colección recuperada, que no es la perdida, y que quizá, aunque incompleta sea superior a la primera, pero que a pesar de integrarse con algunos ejemplares perfectos la sé imperfecta, porque tiene escrituras y desgastes y roturas y sellos en las tapas. Extraigo, entonces, de esos sellos sus direcciones legibles, ya que en algunos los mercaderes las han tachado, celosos de no revelar sus fuentes, cuidadosos de no dar el dato de dónde se compra barato para después vender caro, extraigo las direcciones –decía- y hago con ellas un prolijo mapa sobre el mapa de la Capital, dispuesto a iniciar la expedición que aplaque tanta ira contenida, a conseguir la revancha contra el tiempo, contra aquél día en que estúpidamente me creí adulto para siempre. La misma revancha a la que aspira el CORSARIO, contra los ocupas de Soldati, y a la que JUANJOS, el coleccionista de Mar del Plata, también - vaya a saber contra qué fantasmas de la infancia- debe aspirar. Al menos así lo revela su nick, el que usa para joder en FERIA FRANCA, REVENGE2004.
Algo extraño había pasado con puente al otro mundo, la setenta y tres de Correrías, cuando todavía faltaba para iniciar la primera colección. Terminé comprando ese ejemplar en la distribuidora de diarios y revistas, donde atendía un gordito afeminado, a unas cuadras de la casa del centro, porque no lo encontraba en ningún kiosco de Zárate. Parecía hacerse realidad el eslógan de que aquellas revistas aparecían y desaparecían. La última que quedaba en la distribuidora estaba deshojada, y quizá por ese motivo, la habían sacado de circulación. A pesar que la decisión de juntarlas estaba lejos, me molestaba ese estado. Entonces, a partir de ese incidente, trataba de calcular la fecha de aparición cada una de las siguientes, que por esa época, aparecía imprecisa en el anuncio de la primera página (LEA en el próximo número: el elefante volador – Serie completa de 152 episodios – Aparece en febrero de 1964). A veces, me agarraba descuidado, como me pasó con monaguillo del diablo, de la que advertí su salida por aquél ignoto transeúnte.
Ya en marcha la primera colección, en mi casa del barrio del hospital, la frecuencia de aparición era trisemanal. Lo que significaba que todas las semanas hubiera en los kioscos una nueva Correrías, Andanzas o Locuras. Y esto hacía que el dato de la primera página incluyera el día preciso de la venidera. Pero los intrincados mecanismos de distribución –que de a poco fui aprendiendo-, daban por resultado una nueva imprecisión: en Zárate podían estar antes o después. A esto se sumaba que, muchas veces, primero llegaban a los kioscos del centro y posteriormente a los barrios. Por eso, a tres días de la fecha anunciada, yo comenzaba un peregrinaje por los kioscos más cercanos, el del hospital, el de la Cuca, llegando hasta el límite del barrio, el de Vía del Parque. Si el ejemplar esperado no estaba en ninguno de éstos, no había más remedio que adentrarse en los kioscos del centro, desde lo del Carretero al de la plaza, quedando el más completo, el de Caram, para lo último. El recurso final, desesperado, era el de la distruibidora, donde el gordito afeminado, al que le molestaban las compras del público, me contestaba la mayoría de las veces: nene, falta para que salga... Entonces, toda esperanza estaba perdida, al menos hasta el día siguiente, en que reiniciaba el recorrido.
El peregrinaje por los kioscos de Zárate, desde el hospital hasta el centro, se repetiría, décadas más tarde, de adulto. Pero en zonas mucho más extensas y con un grado de imprecisión infinitamente mayor. La expectativa se transformaría ahora en angustia, porque de fracasar la búsqueda de un día, no me quedaría la esperanza de que al siguiente pudiera tener éxito. Tampoco bastarían las monedas que Ella me daba, a cambio de la limpieza de la casa, para comprar las revistas perdidas.
El revistario, Colita, Calesita, Agüero, Auto Service, Lenz, Punky, Elvimar, Antar, Revislandia, Patricia... estos sellos y muchísimos más se repiten en las tapas la segunda colección. Morón, Villa Ballester, Lomas del Mirador, Avellaneda, Liniers... Kioscos de barrio, de estaciones, que se dedicaban al canje de revistas populares, de novelitas románticas y del far west. También los de lugares de veraneo, Córdoba, Mar del Plata, donde, en días de lluvia, los turistas aburridos y con poco presupuesto acudían con sus ejemplares ajados, para llevarse otros más ajados aún, sin importarles ni el estado ni la antigüedad, cambiando dos por uno, o pagando una diferencia. Todos esos lugares alojaron casi contemporáneamente muchas de mis Andanzas, Correrías y Locuras. Algunas tienen más de un sello. Por ejemplo, un desconocido porteño que veraneó en Alta Gracia, al volver, canjeó en Alberdi el ejemplar canjeado allá. El sello del viejo local de Alberdi al 5200, casi en el límite de la Capital, es el que más se repite. Por sus estanterías pasaron sin duda, debido a su énclave privilegiado, cientos de miles de ejemplares. También por la feria de Tristán Narvaja, en Montevideo, donde los inescrupulosos vendedores compraban por monedas lo que después vendían acá por fortunas.
Pocos de esos lugares subsistían, cuando inicié –décadas después- la otra gira, ahora por lugares ignotos, por barrios recónditos o populosas estaciones de tren, guiado solamente por borrosos sellos. En algunos casos, ni siquiera los vecinos guardaban la memoria de los antiguos locales. Sí encuentro una dirección que correspondía a un almacén, del que sale un viejo, que asombrosamente no era otro que Isaac, el del puesto de Palermo, que yo ya venía frecuentando, desde que viera allí por primera vez la fotocopia de la tapa de discípulo del diablo, la número uno de Andanzas, que me desconcertó, porque decía Tomo I, y dudaba que correspondiese a la serie de las que yo conocía. Sin embargo, Isaac no tenía el grueso del material en el puesto de Palermo, el que ELCOVE le menciona al CORSARIO, y al que JUANJOS va a comprar en un viaje a Bs. As., y que al describirlo como un local de Avda. Santa Fe, despierta mi curiosidad. Le pregunto, entonces, si se trata del local de Obestein en la Bond Street, y ese dato me interesa. Quiero saber si Obestein sigue estando ahí, porque sospecho es el BATIMITO de la FERIA, al que el CORSARIO alude, ya que Obestein tenía también un depósito en Flores. Pero JUANJOS, con inocencia provinciana, me responde: Lo de la calle Santa Fé no es una galería, no me acuerdo a que altura, son unos puestos que seguro los conocés, que venden libros y está a unas cuadras de un puente de hierro inmenzo que cruza la avenida (Zona de Palermo), en esos puestos la mayoria, te diría en su totalidad venden y canjean libros, las revistas las tiene un tipo de barba, rechoncho, de unos cuarenta y cinco años, que está en la punta de los puestos... Más no te puedo decir, hasta ahí llego con los datos.
Y el tipo de barba del puesto de Palermo, al que JUANJOS debe haber comprado algún número muy arriba del doscientos, es seguramente el hijo –que nunca conocí, y al que por un momento creí el CORSARIO- de Isaac, el viejo exiliado del Parque, que posiblemente ya haya muerto, y que tenía en su almacén de barrio –no en Palermo-, pilas de ejemplares antiguos que vendía carísimos (salvo, aclaraba, el número dos de Andanzas, el único que no comerciaba, vaya a saber por qué). Pero si uno se dedicaba a escuchar durante horas sus excéntricas historias de fundación y exilio del Parque, aparecía la posibilidad de sacarle rebaja.
Volviendo a Obestein, el posible BATIMITO de la FERIA... ofrecía una particularidad: era uno de los pocos a los que se le podía pedir fotocopias. Los coleccionistas son muy cerrados con ese tema, y ELCOVE lo sabe, aunque insista en su canje a través del Club. Temen que las revistas se estropeen al abrirlas para copiarlas, al igual que la mayoría de los vendedores, que por la posibilidad que el ejemplar quede devaluado, desechan esta interesante fuente de ingresos (podrían vender las fotocopias de las más antiguas con una ganancia enorme, a treinta o cuarenta pesos, y muchos se los pagarían). Obestein, en cambio, accedió con las cinco primeras de Andanzas, prácticamente a precio de costo, después de una compra grande que le hice. Y eso que los ejemplares eran casi perfectos, a no ser unas marcas, unas crucecitas, con rojo aquí y allá –sobre todo en la dos-, que evidentemente las identificaban como procedentes de un mismo dueño.
A diferencia de lo que casi todos los coleccionistas creen, el local de Alberdi subsiste aún. Nadie se había ocupado de cerciorarse, lo daban por perdido en el tiempo. Yo lo encontré cerrado, pero por siesta, cuando llegué allí por primera vez un día de otoño, cerca de la una de la tarde, ignorante de sus horarios barriales. Tuve que esperar que abrieran en el bar de la esquina, donde almorcé un mondongo a la española, sugerido por el mozo galaico, a cambio del revuelto gramajo que había pedido, seguramente porque no elaborarían más de un plato por día, más allá de lo que dijera el menú. A eso de las tres de la tarde, cuando abrieron, si bien mis expectativas no fueron colmadas, tampoco salí del todo defraudado. En aquellos años todavía era posible conseguir en Alberdi algún ejemplar de fines de los sesenta, pero progresivamente fueron desapareciendo, hasta que en mis últimas visitas sólo quedaban las Piturro, Jaimito, Gordo Porcel, junto a las Corín Tellado o M. L. Estefanía. A lo sumo, el gran hallazgo podría ser alguna Capicúa o Piantadino de los ’70.
Cuantas veces fantaseé con una máquina del tiempo que me transportara a ese lugar en mitad de los '60, por ejemplo. Porque hacer viajes a los kioscos, en cada una de las fechas de edición originales, sería imaginar demasiado. Ataviado con mi remera del Indio, llevando algunos fajos de billetes de la época, que podría adquirir ahora, muy baratos, en cualquier casa de numismática, ciertamente conseguiría en el local de Alberdi todo lo publicado hasta el momento. Y hasta podría hacerme un tiempo para visitarla a Ella, dejarle unos pesos para que me siga comprando las revistas de allí en más, recomendándole que me ayude a cuidarlas, que no me deje regalarlas por más adulto que me crea. Y decirle que la extraño mucho.

(continuará)

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