SOBRE ESTE BLOG...

Acá vas a encontrar, básicamente, data sobre historieta cómica argentina clásica. Además, bastante de bande dessinée. Algunas reflexiones sobre el lenguaje historietístico, muchas polémicas y miles de imágenes, la mayoría de mis propios archivos. La forma más fácil de ubicar un material o autor es ir a "Etiquetas", revisar y hacer click en la pertinente. También podés escribir una palabra clave en "Buscar en este blog". Tenés mi contacto, encima. Suelo responder mails si la consulta es muy específica. Podés tomar lo que quieras, siempre que cites la procedencia. Si no citás, y te ubico, te escracho públicamente, como he hecho en varias oportunidades. Enjoy

lunes, febrero 26, 2007

XI. EL URUGUAYO ERUDITO (6)

La cuestión es que algo avancé sobre misión secreta, la cola del diablo y petróleo y champán, me faltan las otras la sesenta y tres, el fin del mundo, la sesenta y cuatro, armas para el caribe la sesenta y ocho allá en el lejano oeste. Vergonzantemente, encerrado bajo llave, por si ELCOVE llegara a aparecer en forma imprevista, ahora sí, me pongo a leerlas de cabo a rabo en Selección de las Mejores y hasta pienso guardarlas aparte –en un lugar que ELCOVE no las encuentre- y tachar en las tapas espionaje industrial, diablos paralelos, regreso con gloria y restituírles los nombres originales.
En la cola del diablo (o diablos paralelos), éste –cuyo jacquet con capa, histórica indumentaria en las Andanzas, fue reemplazada en la versión por un traje con gabán- hace un pacto con el Indio, donde se obliga a liberar diez mil almas por cada mala acción que el otro cometa. Finalmente Mandinga no cumple, pero el Patagón fiel a su palabra sí, recogiendo el repudio unánime de todos los que admiraban su condición de ideal inalcanzable del hombre. Y cuando, minado su ánimo por la repulsa popular, decide ir al espacio exterior, a cambio de un perro, para experimentar el efecto de las radiaciones, aparece una especie de paje con traje de cruzado medieval, que se adivina enviado del Cielo, y provoca una lluvia que tiene el don de borrar en la gente el recuerdo de todas las fechorías del Cacique.
A pesar de la adaptación, cuyo rastro se evidencia a lo largo de toda la historia, por los cambios del trazo en el dibujo y por algunas incoherencias en la secuencia argumental, ahí están las pamelitas, tal como las recordaba, y también una caja fuerte, pero no es empujada por Satanás desde arriba de un techo, para que caiga en la cabeza del Indio. Postergo la duda sobre mi imagen infantil, hasta el momento en que me tope con el original, con la casi convicción de que allí voy a encontrar ese cuadrito. Lo que seguramente no encontraré en ese ejemplar es la antigua galería CADU, ni su enorme pozo, ni tampoco la mano de Ellos, que me intentaban proteger de las acechanzas del Diablo.
Quizá una lluvia celestial pueda ahora borrar de la memoria de los coleccionistas las fechorías de ELCOVE. Quizá la creación de un sitio en la Web –un proyecto que empieza a imaginar como continuidad del Club, donde se pueda acceder a información inédita, al canje de material, a la obtención de tapas o páginas faltantes-, pueda redimirlo y liberarlo de culpas. Quiza así recupere credibilidad, espante las sospechas que sobre él se ciernen y las que él proyecta hacia los otros. Quiza así –con este acto de expiación- recupere yo la inocencia perdida, la que tenía en la lectura original de aquéllas revistas, la que pude recuperar al principio de la segunda etapa.
Yo me aburría bastante con Cristina, mi segunda exmujer, y con el negocio que ambos habíamos montado (y que, por supuesto, quedó para ella). A la vuelta había un kiosco, al que usaba para escaparme varias veces en el día, con el pretexto de la compra de facturas, cigarrillos, gaseosas, golosinas o, cuando ya no quedaba nada por comprar, de pedir cambio. Entonces, merced a la bonhomía de su dueño, el gordo Aloy, que me permitía leer revistas allí mismo, haciendo tiempo para no volver al negocio, redescubrí las maravillosas historias de la infancia a través de las bastardas Selección de las Mejores.
Sin embargo, esa lectura me producía una sensación angustiosa, ya que no lograba ubicar del todo los originales en mi memoria. Sabía sí que a la mayoría los había conocido antes, y que esas aventuras se encontraban ahora adaptadas y mutiladas, lo cual era fácil de advertir por algunos saltos narrativos y cambios en el dibujo, hechos con criterio de "modernización" y para que quepan en las pocas páginas actuales. Pero me costaba encontrar las correspondencias con los antiguos títulos, tapas, argumentos. Había otras en cambio, que no recordaba en absoluto, que no había conocido nunca. De a poco, pasé de leerlas de ojito a comprarlas y guardarlas, de modo que terminé con más de un centenar de esas revistas publicadas a lo largo de los '90. Después, fui recolectando muchas más de los '80, que pululaban por todos lados. Y finalmente, vino la decisión de ir por los originales, adentrándome en las vicisitudes de las extensas búsquedas que continúan hasta hoy, inclusive.
Al principio, con cada antiguo ejemplar conseguido, hacía el ejercicio de confrontación con la correspondiente versión actual y así empecé a explicarme la dificultad de ubicarlas en mi memoria, porque la carnicería era mayor de la que suponía. Los adaptadores, impunemente, recortaban secuencias enteras, cambiaban personajes, alteraban los diálogos. En una época, por ejemplo, se había decidido eliminar al Padrino de al lado del Indio, confinándolo a las Locuras. Pero cuando su presencia se hacía imprescindible para el desarrollo de la acción, se lo redibujaba, disfrazándolo de algún inverosímil personaje. Después, advirtiendo seguramente que esta tarea era prácticamente imposible y generadora de absurdos, se optó por iniciar la aventura con leyendas como "Una vez más, el Padrino, acosado por los acreedores, se refugia en el departamento de su ahijado". Se pretendía así conciliar la vida paralela que llevaba con su tío en las Locuras. Lo curioso es que esta supuesta coherencia no era demandada por nadie. Más bien parecía una preocupación personal de los hijos del Viejo, que recién llegados a la editorial, pretendían "ordenar" las creaciones de su padre desde una lógica que no habían tenido ni siquiera en su origen, ya que la disociación entre las dos circunstancias del Padrino provenía de las antiguas Semanales. Una vez que, por el '39, hiciera allí su primera aparición el irascible Coronel (reeditada en el '58, en la trece de Andanzas y adaptada para la uno de Locuras, ¡vivan los novios!, en el '68), comienzan a publicarse las tiras cómicas donde convive con su sobrino, que a su vez continúa conviviendo con su ahijado. El Maestro nunca había creído necesario explicar esta dicotomía, dado que si bien el Indio fue ganando protagonismo casi de inmediato, Julián de Montepío, y antes Don Gil Contento, ambos tutores suyos, lo preexistieron con vidas independientes. Pero siguiendo la línea de razonamiento de los advenedizos, habría que incluír por ejemplo, en alguna Selección, el dato que el Indio y el Padrino tuvieron sendos ataques de amnesia en su juventud, justificando, de esta manera, que se hayan reencontrado de adultos sin reconocerse. Claro que, como aquello había quedado en la prehistoria de los personajes, y era mejor dedicarse a eliminar todo rastro de ésta, los herederos, más pragmáticamente, ordenaban hacer desaparecer de un plumazo al Gurí, al Capataz, a la Nodriza, al villano francés, y también a la inusual aparición del Coronel en Andanzas, ya que su sitio de privilegio eran las Correrías y luego las Locuras. Me refiero, claro, a lo afirmado por OQUEDA MENQUEZ –suponiendo sea correcto-, respecto a misión secreta. Pero también a otro dato curioso y revelador de la poca preocupación por la coherencia que existía entonces: apenas cuatro números antes de aquélla, en la cincuenta y cinco, la extraña herencia (la primera sin versitos), muere un tío abuelo del Padrino; en el castillo escocés que lega, está colgado un retrato, cuya imagen se corresponde exactamente a la del Coronel. Por supuesto que en la reedición de esta aventura, el susodicho cuadro se encuentra totalmente modificado. La otra aparición del Coronel en Andanzas, nunca se repitió allí, ya que el relato, como se ha dicho, sirvió de base a la Locuras inaugural.
En algunos de los originales conseguidos, aparecían sobre los cuadritos, anotados con lápiz, los borradores de la mutilación. Lo cual me hacía sospechar que esos ejemplares provenían de la mismísima editorial, puesto que resultaría absurdo imaginar que un anterior coleccionista poseedor de ellos, realizando el mismo ejercicio de constatación que yo hacía, se atreviera a mancillar esas reliquias.
Algunos detalles de esas anotaciones resultaban francamente incomprensibles. Por ejemplo, me llamaba la atención que eran sustituídos los textos donde aparecían los números dos y tres. En los casos en que trataban de actualizar sumas de dinero, no tenía sentido, ya que si aparecía cambiado un dos por un cinco, después se encontraba que un tres había sido sustituído por un uno. O sea que no se observaba ningún criterio constante y así cualquier correlato posible quedaba anulado. Pero, además, la eliminación de esos dos números era total. No quedaba rastros de ellos. Quizá se tratara de un adaptador supersticioso, al que esas cifras no le habian traído suerte en la vida.
Recuerdo haberle comentado genéricamente esta circunstancia a OQUEDA MENQUEZ en nuestro primer o segundo encuentro, y él se mostró muy interesado, e incluso me pidió que le enviara los números y los detalles que se suprimían o cambiaban. En ese momento no me llamó la atención, pero ahora me cierra todo: su análisis se centra, justamente, en esas asquerosas adaptaciones. Pero retomo: este saqueo de los depósitos de Santa Fe al 1400 (sede definitiva de la editorial, luego de haber deambulado por las calles Maipú y Sarmiento), corroboraba mi sospecha sobre los hijos del Viejo: estaban empeñados en liquidar el pasado, mientras que yo me esforzaba por reconstruírlo.
Paulatinamente, a medida que la segunda colección fue creciendo, dejé de hacer comparaciones entre las viejas historias y sus adaptaciones, y si bien no tiré la caja donde guardo las Selección de las Mejores, rara vez volví a frecuentarlas, hasta que OQUEDA MENQUEZ hace que me remita a ellas.
Como quien se abstiene por mucho tiempo de caer en la tentación pero, una vez transgredido el límite, se lanza compulsivamente a reincidir, vuelvo a las Selección de las Mejores, para ver si encuentro entre ellas el fin del mundo, armas para el caribe, allá en el lejano oeste. La inspección es larga, exhaustiva y, esta vez, aún a riesgo de que ELCOVE me sorprenda, sin recaudos... Y da sus frutos.
De entrada, lo primero que me llama la atención es una tapa del '97, que creo, muy vagamente, recordar de antaño. Las portadas son otro tema. En las de la mayoría de Selección se reproducen episodios absolutamente banales del interior. Estos no traducen en lo más mínimo lo esencial de la historia, seguramente para que el lector no advierta si ya la ha leído en una de las periódicas reediciones y la compre igual, enterándose del chasco sólo después de haber desembolsado las monedas correspondientes. Otras veces –y con idéntico objetivo- se realiza un dibujo original, alejado años luz de la creatividad de los artistas de la vieja guardia. Pero ésta que veo ahora, por su calidad, parece corresponder a otra época. El juego de perspectiva entre la enorme figura del cow-boy, de medio cuerpo, que en el extremo derecho amenaza con un revólver al Indio, quien se abalanza, desde la izquierda y de cuerpo entero, hacia el otro, unidos ambos por una plataforma de madera, planteada en diagonal que termina en el borde inferior de la tapa, en la que está instalado el primero y sobre la cual empieza a apoyar un pié el patagón, justificándose así el juego de planos, a más de los caballos que asoman por detrás, revelan a un lápiz sumamente inspirado. No necesito ir al interior para completar la revelación. Es la tapa vista hace más de cuarenta años en el revistero del peluquero Caram, pero con el título de allá en el lejano oeste, en vez del ¡amenaza neutrónica!, que figura acá. El hallazgo me embala, y continúo la búsqueda fijándome solamente en las portadas. Pero el milagro no se repite, y debo retomar revisando los interiores. Ahora es un cuadrito el que me hace detener la hojeada de un ejemplar. Allí el Padrino aparece con el rostro pintado de negro. Y si bien el pelo no está enrulado, como creía recordarlo de la tapa del kiosco de Caram, no cabe duda que me encuentro frente a armas para el caribe, reeditada en diciembre del '94, como ¿paloma o buitre?, título estúpido –esa manía de los signos de exclamación o interrogación, para otorgar énfasis- que inmediatamente tacho con corrector, para sobreimprimirle con marcador el épico original. Sólo falta una, y me cuesta llegar a ella, pero finalmente encuentro en la reedición del año '90, con el título de ¡sálvese quien pueda! (de nuevo la exclamación), al monje que preconiza el fin del mundo.
En las tres el Padrino está en su lugar, incluso el Gurí. No se advierten grandes saltos en la narración ni alteraciones en el dibujo. Seguramente han caído en manos de un adaptador respetuoso que se limitó a suprimir algunos episodios que no influían demasiado en la historia. Una excepción. Las guardo aparte, junto a misión secreta, la cola del diablo y petróleo y champán. Todos los nombres originales fueron restituídos y ELCOVE, por suerte, no apareció.
(continuará)

No hay comentarios.:

Publicar un comentario