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miércoles, febrero 28, 2007

XII. DOS ARGUMENTOS (2)

Querido amigo: te resumo acá los argumentos de las dos Correrías sobre las que me preguntaste.
La ciento diecisés, el justiciero: en los primeros episodios, como era habitual en aquella época, los gags del porteñito contienen en germen los elementos que jugarán después en la historia, a manera de prólogo. Esta estructura introductoria de relato, sabia y clásica, ha sido, por supuesto, ignorada por los adaptadores de las reediciones, quienes sólo vieron en aquellos prólogos la oportunidad de cercenar unas cuantas páginas. Y hasta es posible que los despreciaran, creyendo que los autores originales demoraban así el conflicto, al que estos feroces mutiladores iban de entrada, brutalmente. Pero claro, qué se puede esperar de tales carniceros si hasta se metieron con el dibujo, cambiando el clásico traje de pantalón corto y con moñito del compañero del Caciquito, por jeans y campera, en un ridículo intento de actualizarlo, como si estas creaciones tuvieran que responder a la época en que se editan... Disculpáme la disgresión, producto de mi purismo de coleccionista, que seguramente compartirás (atajáte ésta, OQUEDA MENQUEZ). Retomo: la acción transcurre en la estancia, donde el Porteñito se aburre, fuma a escondidas y sólo se motiva por la próxima llegada del tren de la correspondencia (fundamental apunte introductorio del conflicto), que también trae revistas de historietas de la Capital, desdeñando como siempre el estudio y el trabajo, que es tema desde el primer cuadro, ya que los peones de un campo vecino vienen a solicitárselo al joven Cacique. Ironizando sobre el género, el Capataz, a su vez, desprecia la afición del Porteñito a la lectura de historietas. Ya el Indiecito en la estación de tren, adonde ha ido por las cartas, se encuentra con el encargado de la estancia vecina, que aguarda el arribo de su patrón, don Nipomucedes. El pequeño gran Cacique lo interroga acerca de los peones que le han solicitado trabajo y el otro lo explica en que su patrón está loco y todos lo están abandonando, incluído él, que sólo lo espera para entregarle la chacra e inmediatamente renunciar a su puesto. Entonces arriba el tren con don Nipomucedes, y con él empieza a explicarse el primer enigma, de los tantos que seguirán: el patrón llega para la cosecha, imaginando encontrar sus campos inundados de altas y doradas espigas. Pero el empleado, que ya no entiende nada, le exhibe un telegrama que ha recibido, donde el otro le ordenaba sembrar rabanitos, lo cual desencadena la furia de don Nipomucedes, ya que él afirma que nunca dispuso tal disparate. Parte de inmediato para constatar el desastre in situ, con el interrogante de quién pudo hacerle esa terrible broma. Su apuro es tal que el Caciquito tiene que alcanzarle hasta el campo una carta destinada a él, que había venido en el tren. Desolado ante los rabanitos, la abre, esperando una buena noticia, pero el texto reza (página 15, último cuadro del episodio 22): "Pago Largo. Abril de 1925. Escuela Nº 9 – 6º grado- Turno mañana. Alumno Juan Nipomucedes se comió una planta de rabanitos que su maestra trajo para la clase de botánica. Castigo tarda pero llega. El Justiciero". Así, en veintidós episodios, sesenta y seis cuadritos, de los cuales no sobra ni falta ninguno, queda magistralmente expuesto el conflicto. Elementos secuenciales: el tren de la correspondencia, un telegrama con una orden absurda, una carta que convierte la broma en venganza. De aquí en más todo girará en torno a ese 6º grado. A lo largo de un sistema de postas seguidas detectivescamente por el Indiecito, caerán víctimas del Justiciero, la maestra, sus exalumnos y hasta el viejo portero de la escuela. Cada uno ha recibido una carta que le arruina la vida, y en la que invariablemente se reitera la frase final: "Castigo tarda pero llega". El origen de la venganza está siempre en sucesos ocurridos en aquellas lejanas clases de la infancia. Y la modalidad adoptada, ingeniosamente vinculada con ellos. Las principales sospechas recaen sobre uno de los antiguos alumnos, que ahora es monje y ha desaparecido del claustro donde hacía votos de retiro. Así el Caciquito recurre a la ayuda de otro de la promoción, juez en la actualidad, pero resulta ser éste, finalmente, el Justiciero, mientras que el sospechado monje (que aparece en la tapa junto a los héroes analizando la lejana foto de clase, en una escena que no existe en la historia, pero que la simboliza), es quien contribuye a desenmascararlo. Motivo de la venganza: el juez Falletti había sido el único de aquella camada que repitió el 6º grado. Traspié del Justiciero: abrumado por la culpa, termina confesando su identidad con el monje, antiguo condiscípulo.
(continuará)

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