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jueves, marzo 15, 2007

SEGUNDA PARTE: XVI. ROBOS, MENTIRAS Y SAQUEOS (5)

Todo este extenso soliloquio resulta imposible de interrumpir, porque las pausas, los olvidos, las digresiones, son llenadas por un extraño sonido, algo así como un gruñido o un gargajeo, que de pronto, vuelve a convertirse en palabra, no pudiendo delimitarse exactamente donde termina el uno y empieza la otra. Así he pasado cerca de una hora sin poder meter bocadillo, sin fumar, encerrado en el living de esta casucha miserable. Y lo que es peor: no encontré, entre las mil palabras proferidas por el viejo, una sola que me dé tan siquiera un indicio de si bajo este techo está la dos de Andanzas, que es lo que vine a buscar y no aggiornados datos antropológicos sobre los Tehuelches, los malones, Rosas, la finadita y la mar en coche.
La anteojuda se había quedado sentada en un extremo de la mesa, corrigiendo –a pesar de la poca luz y de su evidente miopía- los deberes de sus alumnos, ausente en apariencia del monólogo, escuchado seguramente infinitas veces por ella. Pero ahora, como si me hubiera leído el pensamiento, viene de forma inesperada en mi auxilio.
-El señor es como yo. Le gustan las revistas antiguas de historietas... - Y parece una sonrisa lo que se dibuja en su cara, mientras lo dice, sin mirarme.
-¿Ah, sí? ¿A vos también?- Los siglos de mudez hacen que la voz me salga extraña.
-Del Indio –recita- había tres: las Semanales que empezaron a salir a finales del '36, las Andanzas, a finales del ´56 y los Libros de Oro, desde el '38 al '85. Después estaban las Correrías, del '58 y mucho más tarde, en el '68, salieron las Locuras. Conozco todos los personajes: El Indio, el Indiecito, el Gurí, la Hermana, el Padrino, el Porteñito, la Nodriza, el Capataz, el caballo del Indio, el Franchute, su primo, el villano francés, el Chino, el Hindú, el Brujo de la tribu y su nieto, que siempre andaba con un tarro de miel, el Coronel, el mucamo galaico en las Locuras. Las leí a todas.
Lo que pintaba como un mal de familia, o sea la misma incontinencia verbal del viejo, se cura de golpe. Se frena en seco, satisfecha, como si acabara de contestar exitosamente en un programa de preguntas y respuestas. Me deja tan anonadado, que se genera la primera pausa desde hace una hora. Lo único que se oye es el tintineo de la lluvia afuera, y un sonido que sale de la garganta del Chiquito Cabello, pero que es distinto al anterior, semejante a un ronquido o a un postrer estertor. Lo miro y tiene los ojos cerrados. Miro al espécimen y no parece alarmada, al contrario, sigue corrigiendo tranquilamente sus cuadernos, de los que nunca despegó la vista. O sea que el Chiquito no está agonizando, sino que duerme. Y al espécimen le gusto. Me lo revela su timidez, el que se haya dirigido a mí indirectamente, en el momento justo en que había calculado que la cuerda de viejo se agotaba. También me lo revela el gesto nervioso que hace ahora, arreglándose el pelo, conciente de que mi mirada la enfoca. Es más, se está sacando los lentes... Tengo que sacar provecho de la situación. Si el viejo tiene revistas, cualquiera sean, el esperpento puede ser vital en la negociación, a no ser que haya otra persona en la casa. No lo creo, como tampoco que el Chiquito maneje plata a esta altura de su decadencia. Preparo mi mejor voz impostada.
-Pero mirá vos que interesante. Compartimos las mismas aficiones. Qué raro, siendo tan joven...
-Qué casualidad, ¿no?...
-La vida da cada sorpresa. Quién iba a decir que acá, de paso por Saladillo, me iba a encontrar a alguien tan parecido a mí. Y eso cuesta tanto...
Siento que voy ganado terreno. Aunque sigue sin mirarme, no retomó la corrección (claro que puede ser debido a que sin los anteojos no ve un carajo), y si la oscuridad no me engaña, está ruborizada. No me tengo que precipitar.
-Seré curioso... ¿sos maestra?
-Sí, en una escuelita rural.
-¿Lejos?
-No tanto. Lo que pasa es que hay un solo colectivo para ir y para volver. Se hacen muchas horas...
-Claro. Debe ser difícil. Aparte, hay que atender a la familia... - Arriesgo.
-No. Somos él y yo, nada más...
¡Bingo!
-Bueno, pero habrá algún noviecito, por ahí...
-No... Que va a haber...
Era de esperar, ¿quién haría semejante sacrificio?.
-Raro. Una muchacha tan bonita.
El ronquido del viejo toma súbitamente la categoría de palabra e interrumpe el idilio.
-¿Y usted cuánto estaría dispuesto a pagar por esas revistas?
No termino de reponerme de una sorpresa, que ya viene la siguiente. Ahora está absolutamente despierto. Hace una pausa, atento a mi respuesta... Vacilo...
-Bueno, depende del año, del estado...
-Las primeras Andanzas, digamos.
Me late el corazón, transpiro... ¿Qué le contesto? ¿Sabe del mercado? ¿No sabe? Hago tiempo...
-Y... ya le digo, depende mucho en qué estado se encuentren. En general lo que aparece está bastante deteriorado. Aparte usted sabe que el valor de estas cosas es muy relativo...
-Un precio.- Me apura.
Tomo el toro por las astas.
-¿Usted las tiene?
-Puede que sí, puede que no. Depende lo que busque.
-¿La dos de Andanzas? ¿La tiene?
-Papá... -Intenta interrumpir ella. El vértigo del diálogo me impide reparar en lo que acaba de ser la confirmación del vínculo. El viejo la ignora.
-Puede ser. ¿Cuánto?
Ma sí, yo arriesgo. Para negociar, habrá tiempo.
-Mire... si está en muy buen estado, puedo pagarle hasta treinta pesos... No digo que no pueda valer más –Me atajo-, pero es todo lo que llevo encima...
El viejo me da la espalda y sale, con paso firme, hacia el oscuro corredor. No entiendo nada. Acudo al esperpento.
-¿Fue a buscar las revistas?
-No. Seguramente le va a mostrar las cosas que le dijo.
-Pero... las revistas...
-Las revistas las tengo yo. Son mías. El me las fue regalando a medida que las conseguía...
Hay que retomar la seducción, urgente.
-¡Ah! Pero entonces no sólo las has leído. Sos una coleccionista como yo. Esto es más que una coincidencia. Esto es el destino. ¿Y cuáles tenés? ¿Me las podés mostrar?
-Están guardadas...
Me tengo que mandar a fondo, quebrarle las resistencias. El viejo se va a perder en los corredores, se le va a agotar de nuevo el ímpetu, caerá dormido sobre las cartas de Rosas, no cuenta. Estamos solos ella y yo. Los dos queremos algo del otro, aunque ella no se atreva a confesárselo. Y si se resiste la someto, le va a terminar gustando como les gustaba finalmente a las cautivas de los indios, que quizá en este mismo lugar han incendiado, violado, saqueado, sin que ningún cura pudiera impedirlo, aunque las leyendas de pueblo digan lo contrario. La oscuridad es propicia, casi no la veo. Le tomo la mano...
-¿No le harías ese favor a un alma gemela?
Levanta por primera vez la vista, pero no me mira, la dirige detrás de mí. Dudo si es porque no me enfoca, ya que dejó los anteojos de culo de botella y la negrura va camino de ser total. Pero como sigue clavada en el mismo punto, la sigo. La silueta del Chiquito Cabello es recortada por un relámpago. Me está apuntando con un arma.
-¿Ve esta carabina? La usó el mismísimo Julio Argentino Roca en la campaña del desierto. Tiene más de cien años, y todavía funciona perfectamente.
-Deje eso, papá.
No sé si la mano la retiré yo del susto o si la sacó ella. La cuestión es que ahora, con esa mano, está encendiendo la luz. Se sienta, vuelve a ponerse los anteojos y a corregir.
-Bueno, yo ya me iba...
-¿Cómo que se va?... -Dice el viejo- Estuvo acá, haciéndome perder el tiempo, y ahora resulta que no se va a llevar nada... Acá tiene... -Deposita estruendosamente sobre la mesa un libraco que traía bajo el brazo- La historia de los Tehuelches. Déme doscientos pesos antes que me arrepienta. Es una pichincha.
-Pero yo, en realidad, venía por las revistas... -Intento, mirando al engendro, que tranquilamente, me contesta:
-No, señor. Esas revistas no las vendo. Salvo que aparezca alguna repetida. Hace un tiempo, papá consiguió la ciento dieciocho de Andanzas, el secuestro de los Beatles, que es un ejemplar muy raro, pero yo ya lo tenía y lo vendí en FERIA FRANCA. Como le faltaban tres páginas, me cargaban por eso, pero le terminé sacando doscientos pesos. Usted tendría que fijarse ahí. Publican cosas interesantes. Hace poco también, un tal ELCOVE, sacó en subasta las diez primeras...
La globalización ha pervertido al mundo, pienso. El viejo recién baja el arma cuando meto la mano en el bolsillo.
Me abre gentilmente la puerta, y al despedirme, me dice:
-Moreno. ¿Vé cómo al final me acordé? Ese era el nombre del arquitecto amigo mío... También me acuerdo que...
Me voy corriendo, bajo el diluvio, tratando que la historia de los Tehuelches no se me deshaga entre los dedos...

(continuará)

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