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jueves, marzo 01, 2007

XII. DOS ARGUMENTOS (3)

La cincuenta y cuatro, el santo del pueblo, también comienza en los campos de la Patagonia. La coincidencia con la anterior (posterior, en realidad) no resulta tan extraña, ya que –como sabrás- los escenarios recurrentes, tanto en Correrías como en Andanzas, eran básicamente tres: la estancia, Buenos Aires (donde los héroes, tanto de chicos como de adultos, se hospedaban en el hotel del Franchute –primo del archivillano connacional-, cuya edad permanecía invariable en uno y otro caso), o en su defecto, exóticas geografías. Por supuesto que a partir de estas locaciones, se daban todas las combinaciones imaginables. Sin embargo, en las antiguas Correrías, es comprobable la marcada predilección de los guionistas por hacerlas transcurrir en los polvorientos caminos del sur de la patria, lo que las dotaba –para mí, al menos- de un singular misterio. Sirvan como paradigmas de la observación (me pregunto si no estaré exagerando con OQUEDA), el brujo diabólico y la caza del forajido, las dos primeras, justamente. No sigo con ejemplos de las muchas posteriores, dado que sin duda las conocés (¡que vas a conocer, erudito de pacotilla!). Además –coincidirás conmigo-, por algo habrán elegido que la actual película suceda por aquellos pagos... Se me ocurre ahora que el encuentro de los personajes adultos, se da en cambio en la Capital, donde, por otra parte, arriba el Indio en sus anteriores apariciones, con Gilito y Julián, siendo entonces la Patagonia apenas una referencia. Es posible, así, que se haya puesto intencionalmente, en los episodios infantiles, un énfasis integral sobre los orígenes, como claro elemento diferenciador, lo cual constituiría una necesidad objetiva para ubicar al lector. No es menor el dato que aún hoy, subsisten despistados que confunden la relación entre el pequeño Cacique y el Indio. Y recordá que, en los anuncios de las primeras Semanales, aparecía el interrogante de si era su hermanito o su hijo. De paso, te comento que, si bien la antinomia entre las viciadas costumbres porteñas y aquellas más puras del interior, se da desde el primer encuentro (el segundo en realidad, porque el primero, secuencialmente, fue de adultos) del Caciquito con su futuro compañero de Correrías, el choque cultural es desarrollado mucho más extensamente en las Andanzas del Indio por la gran ciudad, escenario excluyente de las primeras apariciones, a partir, como te decía, de la temprana etapa de Julián de Montepío, hasta muchos años después de impuesto el protagonismo del Tehuelche. Tené en cuenta que el Capataz y la Nodriza, y por consiguiente la estancia como presencia física, recién empiezan a asomar a la historieta por el '37. Después le tocará al Padrino ser el inadaptado frente a las usanzas camperas. Y a propósito de esto... fijáte que se ha escrito hasta el cansancio de la influencia del Maestro sobre Goscinny, constituyendo un lugar común la comparación entre la figura, voracidad e ingenuidad del Gurí con la de Obélix, así como entre la valentía del Indio y la de Astérix. También, entre las fuerzas que otorgaban el caldo elaborado con un fémur del buey Apis, y la poción mágica del druida galo. Pero nada se ha dicho, en cambio, sobre las similitudes mucho más profundas entre el conflicto cultural Padrino-Indio (civilización-barbarie, pero con una mirada contraria a la establecida) y el que aparece en una creación de Goscinny, anterior a Astérix. Estoy hablando –ya lo habrás advertido (je, je... )- de Umpah-Pah. Yo la conocí a través de la página central, a color, del Billiken de los '60, en (continuará). Hace unos años, conseguí los cinco álbumes, editados en España, que recogen la totalidad de las aventuras. En el primero de ellos se produce el encuentro, en la América colonial, entre el indio Piel Roja del título y el Caballero de la Pasta de Hojaldre (Pasta Frola, según la traducción del Billiken), un colonizador francés. En el tercer tomo, "Misión secreta" (... !), ambos personajes viajan a Europa, extrañándose el Piel Roja por las costumbres de allí y escandalizando, a su vez, con las propias, tal como le sucedía al Indio al llegar a Buenos Aires. (A esta altura, OQUEDA MENQUEZ debe tener la boca hinchada por todas las mandarinas que se ha tenido que chupar). Pero nuevamente me fui por las ramas... Volviendo al asunto: se da otra coincidencia entre el santo y el justiciero, no tan frecuente ésta como la ya mencionada. También aquí, todo comienza con una carta. Pero en el caso, tiene por objeto invitar al Caciquito a una exposición de cuadros en un pueblo vecino. Paralelamente, en el mismo lugar, se inaugura una fábrica de golosinas, que será el verdadero objeto de conflicto, ya que su dueño, junto a otros comerciantes, es víctima de una extorsión de connotaciones mafiosas, de procedencia desconocida. Es de destacar que en la caramelería transcurre una secuencia antológica, donde el Porteñito termina, llevado por su gula, convertido en una golosina gigante, en una trampa que nada tendría que envidiar en ingenio a aquéllas que tendían los villanos al Murciélago y a su ayudante. El santo del pueblo al que alude el título es el intendente, quien despistando con su imagen ingenua y bondadosa, resulta ser finalmente el responsable de las extorsiones, utilizando para ello a un perro san bernardo, en cuyo tonel obligaba a que le depositaran los tributos. Si bien esto se cifra en la portada, no se trata de una anticipación, dado que la fiereza que expresa allí el rostro del intendente, en nada se condice con la bonhomía con que es dibujado en el transcurso de la aventura, al punto que parecen personajes distintos. Resulta redundante señalar que es el Indiecito, ayudado por su amigo, el que logra esclarecer todo. Una vez más, aquí, los andariveles de la trama transitan por lo detectivesco, característica habitual de la época, donde siempre la identidad del villano se revelaba al final. Y si en el justiciero el motor delictivo es el resentimiento, en el caso del intendente es la envidia hacia el progreso de sus vecinos.
Termino el extenso mail, quedando a disposición para cualquier otra consulta, pero OQUEDA MENQUEZ ni siquiera acusa recibo. Realmente, la envidia produce estragos en algunas personas.

(continuará)

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