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viernes, marzo 23, 2007

XIX. EL NUMERO DOS (1)

El subte está repleto y no hay hueco posible que me permita, de parado, leer el vaticinio final de Terre Magellaniche, la tercer indicación que le hiciera CORNALITO a ELCOVE. Desistí de la tentación de localizar a Picco, y presentarme con el volumen, no tanto con la finalidad de vendérselo, sino para averiguar un poco por donde transcurren las obsesiones de esta gente. Es de suponer que si CORNALITO lo menciona en su mail, y además anduvo rastreando en este tipo de literatura, el señor Elenio pertenece a la misma fauna alucinada. Me divierte pensar la panzada que se haría ELCOVE con un menú tan apetitoso. Sobre todo, habiendo caído a la mesa nuevos comensales. No niego que a mí también me intriga bastante, pero es más fuerte mi necesidad de terminar arrojando al mar al Indio. Descartado el hermoso ejemplar de la dos que volvió a la caja fuerte de Ezra (al que, por si las moscas, dejé mis datos), me queda, como último recurso, encontrar a Obestein en Flores. O en su defecto, orar a Kóoch, el Dios de los Tehuelches, para que despeje el cielo y esta tarde pueda abrir el Parque.
El local de Obestein sigue existiendo, pero está cerrado. Es un sucucho, en medio de una galería estrecha y laberíntica, atestado de revistas hasta el techo, a la manera de La Tonina, de Luro e Independencia, en Mar del Plata. El negocio contiguo es un barcito interno, con similares características de sordidez, en el que, seguramente, los únicos parroquianos serán comerciantes de la galería. Ahora, las escasas mesas están vacías y no se ve a nadie detrás de la barra. Delante de ella, solitario, está sentado un tipo desaliñado, fumando y leyendo el diario. Le pregunto el horario del local de al lado, y me mira fijamente. Con voz ronca, me dice:
-Espere. El dueño debe haber ido a hacer un mandado.
No me va a venir mal sentarme a tomar un cafecito mientras rastreo las tan mentadas profecías del padre Agustinis. Aparte, mientras siga el mal tiempo, no tengo otra cosa que hacer. Por tercera vez en el día, saco el volumen de la valijita. Curioso, lo de este ejemplar. Me lo impusieron en Saladillo, el mismo lugar donde abro el correo de ELCOVE y lo mencionan, sin que yo lo advirtiera entonces, por mis carencias con el latín. También, curiosamente, en ese mail se menciona a Moreno, el arquitecto amigo del Chiquito, que creí me había esquilmado con los doscientos pesos que me sacó, y me termino enterando que debe valer al menos el triple. Finalmente, parece que en vez de la Historia de los Tehuelches, el libro trata sobre las visiones de un cura fascista.
Aparece el mozo, tan desaliñado como el comensal de la barra, que ahora advierto me está mirando de reojo. Supongo que no es frecuente que caigan desconocidos en este lugar. He comprobado que a los habitúes de los bares de barrio les disgusta que eso ocurra. Empiezan a hablar alto de mesa a mesa, se desplazan impunemente por el local, hacen notar su familiaridad. Sin duda la escena archirepetida en las películas, está tomada de la realidad. Los mozos también se prenden en ese juego. Recuerdo que me pasó la primera vez que fui al de Alberdi. Me pareció que el galaico comentaba mi pedido de revuelto gramajo con un par de clientes y se sonreían despectivamente. Cuestión de códigos, me digo, usando la jerga de las nuevas generaciones.
Para cuando llega el café, creo haber ubicado el párrafo final señalado a ELCOVE.
"La olvidada grandeza de los Tehuelches renacerá cuando se junten los tres Tomos perdidos del Segundo. El poseedor del primero, despojado ya desde antaño de su vestidura de fundador, acorralado en su madriguera, perecerá bajo las llamas del Infierno, que ninguna lluvia podrá apagar. Al poseedor del segundo se lo encontrará, desquiciado, en los floridos campos del Señor, cuando ya no se halle en su poder. Habrá que recurrir entonces al Santuario, heréticamente invertido, y buscarlo en el lugar donde el Cáliz se preserva. El rastro del poseedor del tercero podrá seguirse escribiendo con los dedos el nombre del último descendiente, allí, donde como en el número que cifra a la Bestia, una de las últimas letras se repite tres veces, y donde una de las primeras se repite dos. Así se reunirán los tres de la dos, podrá subsanarse la desobediencia y se develará el más oculto de los secretos."
¿Qué significa este galimatías numérico? Súbitamente, me aparece la imagen de Ezra, hojeando las últimas páginas del libro. En ese momento, en el furor de la puja, supuse que verificaría que estuviera completo. Me resuenan también las últimas palabras del recado al señor Elenio: "Incluye las profecías, dígale..." ¿Lo imagino ahora, o bajó la voz en esa frase?. No podría afirmarlo, ya que estaba demasiado impactado por el nombre en latín. Algo se empieza a armar en mi cabeza... Se supone que si Picco es conocedor del tema y está interesado en conseguir la edición del '60, es porque sabe que en ésta se incluyen las profecías. La aclaración suena redundante, sobre todo partiendo de Ezra, que no suele usar palabras de más.
¿Y si mis baladronadas frente al anticuario, acerca de la rareza del ejemplar cero cero dos, fueran reales? ¿No habré acertado, de casualidad, a encajar una de las piezas del rompecabezas profético? Releo el final del primer párrafo: "... los tres Tomos perdidos del Segundo". El prólogo dice que esta edición, de tirada numerada y reducida, fue corregida y aumentada por el propio autor poco antes de morir. Supongamos, por un momento, que el monje loco haya pactado con el editor que sólo tres tomos, de los cien, incluyeran sus profecías, articulándolas en cada uno de ellos. Y que haya elegido para eso repetir tres veces el cero cero dos. Y que en el final de esos tres ejemplares únicos, distintos a los noventa y nueve restantes, se incluyera la recomendación de juntarlos ("Así se reunirán los tres de la dos"), para completar algún delirante mensaje póstumo incluido en ellos. Estos alucinados gustan de los jeroglíficos.
Ezra disimuló mucho más de lo que yo creí. Mientras repaso los detalles de nuestra conversación, cada vez me convenzo más que estuvo poniéndome a prueba todo el tiempo, con palabras cifradas, para comprobar si manejábamos un mismo lenguaje. Debe haberse convencido de lo contrario, cuando no peleé el precio del volumen. "Incluye las profecías"... Claro, no podía dejarle dicho a Picco, delante de mí, que era uno de los tres cero cero dos. Pero, ¿por qué no subió la oferta, al no encontrar al coleccionista?. Corría el riesgo que yo lo vendiera en otra parte. Pudo más, seguramente, la prevención de no alertarme del valor. Se preocupó sí en anotar mis datos, y prometió llamarme si el otro llegara a interesarse. Además, es posible que poca gente esté al tanto del secreto. Subestimó mi capacidad de descubrirlo. El confía en que posee un cebo poderoso para hacerme volver, y en eso está en lo cierto. Podría ir ahora mismo y tirarle sobre el escritorio quinientos pesos y el libro. Mejor: lo abro en la última página, le señalo la profecía, pongo arriba trescientos, y simplemente le digo "la dos de Andanzas". O no pongo nada. A lo mejor, cuando me sugirió que pretender un cambio mano a mano sería un disparate, me estaba tanteando. Finalmente va a ser Ezra quien termine pagando una diferencia.
El libraco vuelve a mi portafolio. Llamo al mozo, dispuesto a abandonar el intento de Obestein, y volver a la Libraire. Cuando sale de su madriguera, con aspecto cansino, el solitario parroquiano lo detiene con un gesto. Deja el diario. Se levanta de su taburete. Viene a sentarse a mi mesa.
-Permítame pagar su café, señor.
En medio del asombro, pienso en la frase "la bondad de los extraños", que debe provenir de alguna obra de teatro. Me causa gracia... ¿Qué es esto? ¿Una película del Far-West, donde me toca el rol del forastero?. El desastrado cow-boy no me da tiempo a reaccionar.
-Por fin volvemos a encontrarnos, ELCOVE.
-¿Perdón?
-O SOADORA... , depende.
¿De dónde conozco a este tipo vapuleado por la vida? A pesar de mi deficitaria memoria visual, estoy seguro que no es OQUEDA MENQUEZ, el único que me trató personalmente, y que me podría vincular con ELCOVE, aunque no con SOADORA, salvo que se lo hayan dicho. Tampoco puede ser JUANJOS, al que el CORSARIO adjudica unos treinta años y que encima nunca nos vio. Lo mismo que el CORSARIO... Aunque éste opera por la zona y le compra a BATIMITO, que podría ser Obestein, que tiene el local al lado... Pero el CORSARIO era más joven aún que JUANJOS... No. Descartemos todas las hipótesis, antes de contestarnos la pregunta clave: ¿Cómo este tipo reconoce a ELCOVE en mí, por más parecido que tengamos? ¿Quién puede haberle dado una información tan exacta, como para arriesgar ahora, de esta manera, que yo sea Vélez...?

(continuará)

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