SOBRE ESTE BLOG...

Acá vas a encontrar, básicamente, data sobre historieta cómica argentina clásica. Además, bastante de bande dessinée. Algunas reflexiones sobre el lenguaje historietístico, muchas polémicas y miles de imágenes, la mayoría de mis propios archivos. La forma más fácil de ubicar un material o autor es ir a "Etiquetas", revisar y hacer click en la pertinente. También podés escribir una palabra clave en "Buscar en este blog". Tenés mi contacto, encima. Suelo responder mails si la consulta es muy específica. Podés tomar lo que quieras, siempre que cites la procedencia. Si no citás, y te ubico, te escracho públicamente, como he hecho en varias oportunidades. Enjoy

domingo, marzo 25, 2007

XIX. EL NUMERO DOS (3)

Simultáneo a las últimas frases, con una rapidez inusitada, sin darme tiempo a reaccionar, me saca el portafolio y se lo alcanza al mozo, que desaparece en el interior. Me deja sobre la mesa un papelito con una dirección y se va.
Quedo, por un momento más, paralizado. Cuando por fin salgo, no lo veo. Llego a la calle y tampoco. Recuerdo que la galería tiene otra salida. Me interno corriendo en los laberínticos pasillos. Me detengo en seco. Mi portafolios está el bar, ¿qué hago corriendo detrás de este loco?. Cuando regreso, el cafecito está cerrado, con las luces apagadas. Golpeo. Recorro nuevamente la galería de punta a punta. Vuelvo. Golpeo una y otra vez. Ni rastros del mozo. A través de los sucios vidrios, y a pesar de la oscuridad, observo que ha retirado el pocillo de la mesa donde estuve sentado. También el papelito con la supuesta dirección anotada. No quedan rastros de nada.
¿Qué fue esta escena? ¿Una farsa para robarme el Terre Magellaniche? Es claro que Obestein estaba al tanto de qué se trataba. Me vio leyéndolo, me lo mencionó. Conocía lo que quería decir Huija. ¿Su delirio era fingido y sólo apuntaba a confundirme? ¿Tan bajo pudo haber caído este hombre, otrora un confiable mercader? ¿O la codicia que desata ese libro es enorme? ¿Cuánto acabo de perder? ¿Dos, tres mil pesos?. Prefiero pensar que sólo los doscientos que le pagué al Chiquito Cabello. ¿Volver? ¿Recurrir a la policía...? Un chiste. Tengo que agradecer que los mil que traía, sigan estando todavía en mi bolsillo.
Hace un rato que ando en la calle y recién ahora me doy cuenta que ha salido el sol. No me siento con ánimo de llegarme hasta el Parque, a pesar de la cercanía. Noto que voy caminando sin rumbo, mientras repaso que hay de lógica, entre todas las incoherencias proferidas por Obestein. Puedo sí, sacar en limpio la manera en que fácilmente dedujo mi vinculación con ELCOVE. La tapas escaneadas y publicadas en FERIA FRANCA se correspondían con las de sus originales. Y si yo era el único al que le había hecho fotocopias... Lo de SOADORA es más extraño, pero poniendo en duda que Obestein se haya dado cuenta de inmediato por el cuadrito del chiquero, se puede aclarar. Los mails finales de ella preanunciaban a El Coleccionista Vengador, que así era como los terminaba firmando. ALLIPAC relacionó esa pista con ELCOVE, al que culpa del robo de su ejemplar de las crucecitas, que en realidad seguía perteneciendo a Obestein. Porque ALLIPAC, invirtiendo su apellido, no es otro que su antiguo empleado, al que nombra en diminutivo, en la Bond Street. Por eso siempre me dio la impresión de conocerlo de otra parte. El judío le confió el ejemplar de la dos, para que lo guardara en la caja fuerte y Capilla lo traicionó, intentando venderlo, aunque no en FF, donde se delataría ante Obestein (el BATIMITO que yo suponía). Sin duda, al explicarle el robo, Capillita le relató el antecedente de SOADORA, interesada por la dos. Y si Obestein desconfía de su ex – empleado es porque sabe que la acusación de éste hacia ELCOVE no tiene sustento. La publicación de la tapa de las cruces en la subasta trucha, no es prueba para OBESTEIN, ya que él mismo me proporcionó la fotocopia de ese ejemplar, junto a los otros cuatro.
Son más oscuras las alusiones a su alianza con Isaac, a los cambios en el Parque... La insistencia en elogiar mi repudio a la ideología del Maestro... ¿De qué hablaba? ¿De antisemitismo? ¿Y la supuesta traición del CORSARIO, al que sin duda refería como "el pibe éste"? ¿Lo acusaba de ser el violador de la caja fuerte? La pelea de ELCOVE con el CORSARIO fue pública en FF. ¿Buscaba adularme, ganar mi confianza?... No tengo más remedio que volver a la primera conclusión: un hábil enredo, cuyo único fin era despojarme del libro.
Mis pasos, falsamente azarosos, tenían un rumbo. Estoy frente al Parque. Los puestos abrieron.
En los pasillitos que los separan, ahora hay más espacio. La disposición también es distinta. Reparo en que no venía desde antes de las reformas, de las vallas, que le dan un aspecto de jardín privado. Cuesta ubicarse. Siento que no me gusta este Parque. No es el mismo. Cambió, además, la gente. Ahí están, en los primeros puestos, los skinheads, que mencionaba Obestein. Con musculosas –a pesar del frío- que dejan ver los grabados de calaveras y dragones. Si tienen esvásticas, será en algún lugar menos notorio. No sé de qué se asombra el judío, si uno de sus locales estaba justamente en la Bond Street, meca del tatuaje y el piercing. Estos imbéciles neonazis de opereta no pueden asustar a nadie, a lo sumo son desagradables estéticamente. Muy pocos venden Andanzas o Correrías. Me pregunto si uno de ellos no será Joaquín, el CORSARIO. Por ejemplo, el que ofrece una pila de las del Indiecito, del ciento setenta para arriba, a treinta pesos cada una, lo cual resulta un despropósito. Es un morochito fornido, bajo, de piel cetrina, casi rapado, con arito en la oreja y calavera en el hombro, de unos veintipico de años. Estoy tentado de preguntarle si comercia en FERIA FRANCA, pero me arrepiento. Me está mirando con curiosidad, o al menos me parece a mí, que estoy un tanto paranoico, ya que vengo de comprobar que mi supuesto anonimato no es tal. Sin duda, la expectativa debe atribuirse a la habitual en un vendedor ante un posible cliente, pero por las dudas, sigo camino. El CORSARIO tenía cuentas pendientes con ELCOVE, al que atribuye la pérdida de sus medallitas (aparte de todas las que Vélez le hizo), y no vaya a ser que de nuevo la ligue yo por él. El escaso material que voy encontrando es de la misma época del puesto del morochito o, peor aún, Selección de las Mejores. Parece que ahora la onda son unas tarjetas con grabados similares a los de los cuerpos, que todos los pendejos posmo eligen mediante catálogos.
La nueva disposición de los puestos hace que pase un largo rato buscando a Carlos, el rengo, que según el CORSARIO seguía estando en el Parque, y sería mi último recurso para conseguir la dos. Por fin, en una esquina distinta a la que se ubicaba antes, muy alejado de los neonazis de la entrada, encuentro su templo. El se ve igual que siempre, con su fina barbita candado rubia, su físico esmirriado, su extrema palidez típicamente porteña. Lo que parece haber cambiado es su preferencia sexual, a juzgar por el pato vica que lo acompaña y le ceba mate amorosamente. Me ignora olímpicamente, táctica normal en él. Acomoda revistas, charla en voz baja con su amiguito. Este me lanza una mirada oteliana, cuando por fin decido hacer notar mi presencia:
-¿Qué tal, Carlos, tanto tiempo?...
El rengo, en cambio, apenas me registra.
-No sé si te acordarás de mí... –Me humillo.- Yo era cliente tuyo, venía desde Campana a buscar las del Indio...
El pato vica se tranquiliza al comprobar que soy un simple comprador. El rengo contesta con un lacónico "Ah... Hola... ", que no implica reconocimiento alguno, y que no es producto del disimulo ante el celoso concubino, sino de su sempiterno desprecio por la humanidad.
Estoy muy cansado y no me dan ganas ya de jugar el antiguo juego de ablandamiento. Encima, el tema de denostar ex – parejas, con el que se enganchaba el rengo, aparentemente no funcionaría. No tengo experiencia en el mundo gay. Aparte, vengo de muchas visicitudes, y no quisiera correr riesgos con el grandote. Así que, aún sabiendo que con Carlos hay que usar otras tácticas, voy –al igual que lo hice con Ezra, pero en ese caso, apropiadamente- directo al asunto, preguntando por la dos de Andanzas.
-No. Yo ese material, acá no lo trabajo... -Me contesta, crípticamente.
-¿Qué? ¿Ahora vendés en Feria Franca? –Se me ocurre arriesgar.
-Feria Franca es todo fraude, una cueva de mafiosos. Yo no tengo nada que ver con esa gente... Esa basura de Internet, de los mails... –Escupe nervioso, despectivo, mientras el urso asiente-. No traigo el material antiguo acá, es todo. Lo guardo para muy pocos clientes.
-Sin embargo, veo que seguís teniendo la dos de Correrías.
En efecto, el ejemplar de rescate en el Amazonas que viera por primera vez, hace ya una eternidad, en el patio de piedra de colegio del barrio de calles embarradas, en manos de un primer otro en la especie, del segundo, diríamos, sigue luciendo en el revistero del rengo. Este repite su bocadillo de memoria.
-Sí... Es lo único. Está de adorno. Si no me pagan cuatrocientos, no la muevo; mirála, ¿no queda linda ahí?.
No fue la especulación con que hubieran pasado maremotos económicos en el país y el precio siguiera siendo el mismo que hace años, desmesurado entonces, pero aceptable ahora, incluso si se lo relaciona con las recientes informaciones acerca del valor de la uno. Tampoco la desesperanza que me invadía respecto a poder conseguir ya el ejemplar prometido a JUANJOS. Ni siquiera el encono que me produce Carlos, el rengo (encima, ahora, gay)... Fue un impulso reprimido por una eternidad, el de arrebatarle a aquél pibe sucio y mocoso el ejemplar de la mano y quedármelo para siempre, el que me hizo sacar los cuatrocientos pesos del bolsillo y hacerle bajar al rengo puto su adornito.
Me siento en un banco de piedra del Parque y una rápida hojeada me revela el caldero y los caníbales, vislumbrados en el patio -también de piedra- del colegio del barrio de calles de tierra perdido en el tiempo.
Después de leerla íntegra, en el viaje de vuelta en tren, me queda una extraña sensación, parecida a la angustia, emparentada con la que tuve en aquel colectivo de regreso de Luján. Era como si ya nada restara por descubrir y, al mismo tiempo, todos y cada uno de los enigmas permanecieran oscuros.
(continuará)

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