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miércoles, marzo 07, 2007

XV. LA LLUVIA DEL OLVIDO (2)

Estas consideraciones me impiden registrar los primeros tramos del llamado, de modo que las dejo de lado, para poder concentrarme en las palabras de RICHARD. Reconstruyo que el otro también realiza un racconto de nuestras comunicaciones y que el hilo conductor no soy yo, sino ELCOVE. Me está diciendo que le otorga razón a todo lo éste opina, pero que sus métodos son un poco estrafalarios, cosa con la que acuerdo inmediatamente, yendo incluso más allá, calificándolo de extremista. Quiere saber si ELCOVE es de nuestra misma ciudad, y esa pregunta me perturba por dos motivos: el interés que denota y el recuerdo de haberle dicho ya en un mail que no, que vive en Capital, con lo que si el concitadino es realmente despistado, lo es en demasía; de modo que después de repetírselo, rápidamente cambio de tema.
Recordando también que RICHARD le había solicitado a ELCOVE direcciones dónde se pudiera conseguir material, y éste se las envió, tanteo por ese lado, preguntándole en qué lugares realiza sus búsquedas. Para mi asombro, el dato suministrado por ELCOVE, evidentemente, no le había aportado nada nuevo, ya que conoce al dedillo cada escondrijo de los vendedores: El Comic's Club y el Parque, obvio; pero también el local de Alberdi (al que casi todos los coleccionistas creen desaparecido), la Libraire Antique, el puesto de Isaac en Palermo y tantos otros. Cuando me menciona la galería en la que está ALLIPAC, le comento que antes estaba allí Ramiro, y que le había perdido la pista, entonces es él quien me pasa la dirección actual, la misma que la original, en Rivadavia, lo que nunca hubiera sospechado. RICHARD conoce también a Obestein, en sus dos versiones: la Bond Street y el depósito de Flores. Y añade que justamente ahí le compró muchos de los primeros números de Correrías, a un precio conveniente. Insidiosamente, le pregunto si Obestein no es el BATIMITO de FERIA FRANCA, pero en consonancia con lo que le respondió a ELCOVE, me dice que ignora todo lo de ese sitio, ya que nunca operó ahí. El último local que cita es el de Bulnes, que conocen muy pocos, y donde por única vez me topé con la setenta y uno, del cielo cayó una tía, pero debido al precio astronómico, no lo compré. Le refiero esto y que ése número debe resultar difícil, pero sin embargo él lo tiene. Me interroga a su vez, si yo conozco a otra gente, y el primer nombre que me sale es el de OQUEDA MENQUEZ, provocando RICHARD de nuevo mi desconcierto ya que lo conoce, aunque me dice que nunca llegó a un trato con él. Le había prometido traerle en uno de sus viajes la setenta y tres, puente al otro mundo, pero después no lo llamó. Pienso entonces, que algo raro pasa con ese ejemplar que de chico yo también tuve problemas en conseguir. También se me cruza la duda de cómo llegó a conectarse con el uruguayo, siendo RICHARD una persona poco afecta a Internet, como lo revela que no tenga un correo propio (usa el de la que debe ser su mujer) y que, según sus dichos, no opera con FERIA FRANCA, porque prefiere "el viejo trato personal", como le escribió al "Estimado Elio".
Esta nueva distracción hace que me pierda la primera parte de un comentario realmente interesante que está desarrollando el concitadino acerca de la singularidad los argumentos de una franja numérica de Correrías. Habla, claro, de algo que yo había advertido hace mucho, pero que nunca se lo escuché decir a ningún otro coleccionista: desde -aproximadamente- la cincuenta a la ciento veinte, las historias son realmente excepcionales, denotando una gran imaginación y un acabado oficio de parte de los guionistas que las creaban. En esa época –del '62 al '67- aparecen títulos memorables, como el santo del pueblo, club de mentirosos, el hombre de nieve (la que adaptaba El perjurio de la Nieve, de Bioy, dato que le comento a RICHARD y que éste desconocía), el rey de la pradera (donde nace el potrillito), el dios de las aguas, el evadido (que hace referencia a El Fugitivo, serie televisiva entonces de moda), la vuelta del rencoroso, el justiciero... Incluyendo, por supuesto, la tan mencionada ya monaguillo del diablo, la extraña puente al otro mundo, y en definitiva, la mayoría de la franja. La particularización resulta injusta, todas eran excelentes. Por supuesto que el comentario de RICHARD se ha originado por la referencia a la setenta y uno, del cielo cayó una tía, que yo no recuerdo ni tengo, pero que seguramente se debe incluir en esta valoración, que le otorga al concitadino –en mi propia escala de mérito- un alto puntaje, por su capacidad de observación. Este es un espécimen más que interesante, me digo.
El rango es corroborado de inmediato, porque después de confrontar los límites de las respectivas colecciones (ahí es donde me entero que la suya –sólo de Correrías- llega a la trescientos, "por ponerle un número redondo"), me cuenta que él también anduvo por la Editorial, y que además de mostrarle los tomos de Andanzas, Correrías y Locuras encuadernados desde el primer número, cosa que no hicieron conmigo, incluso le vendieron -¡a precio de tapa!- unos cuantos ejemplares, entre el ciento setenta y el doscientos setenta, "que es donde se dejaron de publicar originales", me dice.
Y es así que me entero de algo que el mismo ELCOVE ignora: la respuesta a la última pregunta del cuestionario, la número veinte. Aunque la información sólo estuviese referida a Correrías, de ahí se deduce que en las del Indio, teniendo en cuenta que aparecieron un año antes, el último título original debió haber andado por la doscientos ochenta, si por esa época la frecuencia seguía siendo trisemanal. Me invade un sentimiento de gratitud hacia RICHARD, que eclipsa la envidia que me produjo saber que el trato que me dieron en la editorial fue desigual. Me acaba de proporcionar el dato que me faltaba, el conocimiento que completa –casi- el universo de las creaciones del Maestro. No me importan ahora sus dimensiones, ni me molesta que nada quede por descubrir (seguramente, no será así), es más trascendente esta sensación de sabiduría total que me invade, que súbitamente he adquirido. Me siento en la necesidad de retribuir lo recibido, y le menciono la incontestada oferta mía de intercambiar fotocopias, lo que me llamó la atención, ya que sí me contestó que poseía la dos, la siete y la setenta y uno, que son las que me faltan para completar la colección, hasta el doscientos.
-Yo puedo –le digo-, de interesarte las fotocopiadas, ofrecerte todas las que te faltan, con tapa color y doble faz, de modo que queden como las originales. Así es como tengo la uno... A propósito –continúo-, tampoco me dijiste nada sobre el ejemplar sin tapa que te comenté había visto en el Comic's Club.
-No bien recibí tu mail, llamé por teléfono para preguntar el precio y lo encontré a ElTony. Me pidió trescientos, asegurándome que me conseguía fotocopia color de la tapa. Vos sabés que ellos calculan que la tapa es la mitad, o sea que él tiene valuada la uno en seiscientos mangos. Ahí nomás llamo al de la Libraire Antique, que tiene todo, pero bastante caro, y me dice que la uno –en excelente estado- la vende en novecientos y que me la daría a pagar en tres cuotas, porque soy cliente... –y prosigue RICHARD-: No te contesté lo de las fotocopias, no porque me hayas ofendido, nada de eso, sino que a mí no me convencía mucho, pero la verdad que ni en pedo pago trescientos por un ejemplar sin tapa, ni siquiera seiscientos completo... O sea, si tenés guita de sobra, te armás la colección enseguida, si andás más o menos, vas a tardar mucho y si sos un seco, no la completás nunca. Yo, al menos, la uno no la voy a tener nunca, salvo fotocopiada.
-Te la ofrezco desde ya, a cambio de una de las que necesito, puede ser la siete...
-No, yo no tengo problemas, te doy las tres. La cuestión es conseguir una buena fotocopiadora. Si vos conocés alguna, te presto las mías, hacés todas las copias, y después me las devolvés junto con la uno, y te pago ésa.
La magnanimidad de la oferta hace que automáticamente deseche todas las sospechas que la paranoia de ELCOVE me había inoculado sobre RICHARD. No cualquier coleccionista tiene semejante gesto. ¿Quién presta sus preciosos ejemplares a un desconocido? Para fotocopiarlos, encima. Sin tener control siquiera del trato desaprensivo que le puede llegar a dar algún granujiento muchacho a cargo de hacer las copias. Que tranquilamente puede, mientras efectúa la tarea, estar comiendo, por ejemplo, un alfajor de chocolate sacado de su envoltorio. RICHARD es un coleccionista auténtico, pero sin las taras obsesivas del género. Un espécimen único, sin lugar a dudas. De ninguna manera me atrevería a identificar su nobleza, con la actitud dubitativa y blandengue que exhibió LOLO, en la charla que tuve en su negocio. Su cartelito en la vidriera era para vendedores, no para mí. El rey del dulce arregla todo a fuerza de la plata que, evidentemente, le sobra. Si nunca me llamó debe haber sido porque las revistas a las que les faltaban hojas, rescatadas de la casa del primo, ya las debe haber reemplazado por otras compradas a los mercaderes de FERIA FRANCA, a precios exorbitantes. Ni siquiera puede apreciar que aquéllas, las conservadas, venían directamente de la infancia, sin ningún tipo de manoseo. Lo que yo hubiera querido me pasara con las de mi primer colección.
Por estas razones, seguramente, RICHARD no se muestra entusiasmado con la posibilidad que nos juntemos los tres. El y yo pertenecemos a un género muy diferente al de LOLO. Sólo la personalidad sicótica de ELCOVE puede absurdamente conjeturar que éste y RICHARD son la misma persona. Es hora de despegarme totalmente del enfermo Vengador y acercarme, por el contrario, a gente como el concitadino, reunirme a tomar un café con él, charlar de lo que al fin de cuentas es un hobby inocente, como juntar boletos capicúa o envases antiguos de gaseosas o marquillas de cigarrillos. Tomar un café, charlar, simplemente eso; encontrar coincidencias, acordar en observaciones comunes, intercambiar los mismos datos repetidos, las similares historias de búsquedas. Hasta que el tema se agote y nos hayamos suficientemente reconocido en el otro y nos despidamos, ya como buenos amigos. Eso, en definitiva, es el espíritu del Club que imaginé y por el que JUANJOS está trabajando. También con él me encontraré, posiblemente en la Boston, enfrente del departamento de Graciela, enfrente del mar, en un ámbito distendido, lejos del Casino y sus malditas tragamonedas, que sólo sirven para seguir perdiendo, lejos de las tortuosas elucubraciones de ELCOVE, al que tendré que espantar como se espanta a los vampiros con las cruces y las ristras de ajo, quizá rayando o poniendo sellos en los ejemplares perfectos -de kiosco- de mi colección, doblándolos por la mitad para leerlos, mojando con saliva mi dedo para pasar las hojas, rasgando alguna inclusive, juntándolos promiscuamente con los de Selección de las Mejores, de modo que entienda de una vez por todas que a mí no me importan sus fatuos aires de refinamiento, que soy un tipo común al que simplemente le gusta tener estas historietas para releerlas de vez en cuando, sea en los originales, en fotocopias o en reediciones.
Quedamos, entonces, con RICHARD, en arreglar el encuentro para antes de mi viaje a Mar del Plata y cuando cuelgo el teléfono, en ese mismo instante, noto que ha comenzado a llover. Hubo, hace muchísimos años, en otra vida, una lluvia que no alcanzó a redimirme, que sólo postergó la confesión de mis pecados. Esta, en cambio, quizá sí sea la lluvia celestial que esperaba, la que –como en la cola del diablo- borre para siempre el recuerdo de las maldades de ELCOVE y me permita ser el que era antes que apareciera, un coleccionista más, uno más entre tantos otros, uno más del montón.

(continuará)

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