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domingo, marzo 18, 2007

XVII. VIAJE CON SUEGRO (3)

Pasando la laguna de Lobos, el auto empieza a fallar. La profecía de mi actual suegro se cumple. Algunos tramos de la ruta hubo que transitarlos a paso de hombre, porque el agua alcanzaba varios centímetros. No entiendo nada de mecánica, ni tampoco me interesa, por eso elegí las del Indio y no las Lúpin, que traían en la página central las instrucciones para armar artefactos de todo tipo, aunque las primeras, de chico, las compré, me gustaban las historietas de la revista, sobre todo las de Bicho y Gordi. Quizá, si hubiera leído alguna de esas páginas dobles (muy cotizadas, hoy en día), ahora podría determinar la gravedad del desperfecto, atribuible, sin duda -no se necesita saber de mecánica para eso-, a la entrada de agua en el motor.
Decido no agarrar por Brandsen, un camino demasiado solitario como para quedarse varado, en medio de un vendaval y cargando a un viejo. Aparte, es muy posible que también se encuentre inundado. Mi suegro protesta, porque yendo por Cañuelas son muchos más kilómetros y quiere llegar a La Plata cuanto antes. Ni se me ocurre comentarle que, aprovechando el desvío, pienso pasar de largo en Cañuelas, sin tomar la seis, que es un desastre, y hacer alguna parada en Buenos Aires, para continuar mi búsqueda de la dos. Si bien mi capital, entre coima, nafta y los doscientos expoliados por el Chiquito, se ha reducido casi a la nada, vuelvo a ser solvente, porque cuento con recurrir, en caso de urgencia, a la abultada billetera del geronte. Me fijé bien, cuando la guardó en el bolsillo, que su grosor era extraordinario. Y que apenas fue mermado por el pago de la bendita cuota en el Banco de la Edificadora de Saladillo, trámite que nos llevó, a pesar de que no había nadie, más de una hora, porque mi suegro se empeñó en hacer sociales con cada uno de los empleados. Y si ahora le vino el apuro de golpe, sospecho que es porque no quiere que lo sorprenda la hora del almuerzo en viaje, y sin una parrilla a la vista. O sea que pasar por la Capital, en definitiva, no le va a disgustar tanto, ya que tendrá para elegir. Si lo meto en un restaurante me garantizo, mínimo, una hora de expedición. Comer es una de las dos cosas que más le gustan en la vida. La otra es ir al Casino, para lo cual, necesariamente, debe contar con mi complicidad de acompañante, porque Graciela combate con fiereza esos malos hábitos, al igual que mi afición a las revistas antiguas. Como todas las mujeres, considera que cualquier cifra que se pague por ellas es plata tirada a la basura. Y quizá me termine convenciendo de que tiene razón y la dos sea mi última compra. De la que no tendría por qué enterarse, ya que aún si tuviera que blanquearle a mi suegro el destino de lo que me preste, me aseguraría su discreción, a cambio de mi silencio respecto a las fortunas que pierde en la ruleta. Yo, por las maquinitas –que él detesta-, no tengo que retribuir la reserva. Le hice creer que en ellas se pierden monedas, lo cual es rigurosamente cierto.
Pasando Ezeiza el motor no sólo ratea, sino que también calienta. De modo que es el destino, y no mi decisión, el que hace que tome la General Paz y baje en Juan Bautista Alberdi, a pocas cuadras de la vieja Librería. Falta poco para el horario de cierre del mediodía, así que postergo la revisión del auto y enfilo hacia allí. La encuentro abierta. Estaciono en la puerta y por suerte no tengo que darle explicaciones a mi suegro, que ronca plácidamente desde hace varios kilómetros, en una siesta anticipada.
Tendré que admitir definitivamente que cada vez que creo percibir señales del destino, mi radar se equivoca, pues como era previsible, el milagro no se produce y en los polvorientos estantes de la Librería Alberdi, otrora poblados de increíbles números de las del Indio, ya no se encuentra otra cosa que una perdida Diabluras de Jaimito. Aunque quizá, no... Quizá haya interpretado incorrectamente el signo, porque cerca de acá estaba el almacén de Isaac, el del puesto de Palermo. ¿Vivirá aún? No lo creo. De todos modos, el hijo –al que nunca conocí- continuaba el negocio... El viejo, extrañamente, decía que no comerciaba la dos de Andanzas. Supongo que el heredero no tendrá esa absurda limitación. El problema es que hace años no voy por ahí. Encima, era una callecita cortada, de una única cuadra. Recuerdo vagamente que tenía el nombre de una ciudad chilena. Santiago, no... ¿Valparaíso? No estoy seguro de poder encontrar el lugar. Tendría que dar muchas vueltas y ahora el viejo se despertó y ya está preguntándome el motivo de la detención. Le explico que tengo que ubicar algún taller para que revisen el auto, porque no creo que así podamos llegar a La Plata. Mi querido suegro se me empaca: alegando que está cansado, que mi auto es incómodo, y que quiere llegar cuanto antes, amenaza con tomarse un colectivo. Yo sé que el verdadero propósito radica en joderme la vida, pero es capaz, si no le freno el amague, de cumplir. Y de ningún modo lo puedo dejar solo, en medio de este diluvio, porque si lo hago Graciela me echa de su casa. Pronuncio entonces las palabras mágicas: mondongo a la española. Que en el boliche de la esquina preparan exquisito, agrego. El encanto funciona. Espero que la suerte me ayude y que ése sea el plato del día, como la primera vez que fui, haciendo tiempo para que abra la Librería, y el mozo me lo sugirió, en vez del revuelto gramajo que figuraba en el menú y yo había pedido.
Ahora sí, la suerte está de mi lado y mientras mi actual suegro, con una sonrisa de oreja a oreja, se acomoda la servilleta, aprovecho para mangarle una luca por si lo del auto resulta complicado. Ni mosquea en desembolsar los diez billetes, mientras le pregunta al mozo galaico –presumiblemente el mismo que me atendiera hace años- qué puede haber de entrada. Alcanzo a escuchar que se decide por el matambre con rusa, antes del mondongo. Teniendo en cuenta que después vendrán postre y café, calculo que por hora y media, al menos, va estar entretenido. Arranco el motor y la aguja de la temperatura sube peligrosamente, pero confío en que va a aguantar. De última lo paro en una estación de servicio y sigo la búsqueda en taxi.
Mientras circulo despacio, guiado por una única y obsesiva idea, noto que me estoy sumergiendo en esa particular dimensión de las antiguas expediciones, y ya no me gusta. La lluvia no facilita la tarea. No encuentro a quién preguntarle. Los automovilistas circulan con las ventanillas cerradas y los pocos peatones van corriendo. Mis datos son un tanto inespecíficos para que, en el caso de poder parar a alguno, me aguante la consulta bajo el diluvio. ¿Cuántas ciudades de Chile son reconocibles para un argentino medio, que nunca viajó a ese país?... ¿Viña del Mar? ¿Atacama? Punilla, ¿está en Chile o en Perú? No, no era ninguna de ésas. Termino llegando, no se cómo, al enorme predio del frigorífico Lisandro De La Torre. Un hombre, con una capa negra, como la que yo usaba para ir al colegio del barrio de calles de tierra, está parado, indiferente al temporal, al parecer a la espera de un colectivo. Estaciono junto a él, con cuidado para no salpicarlo. Cuando bajo la ventanilla, el hombre, sin que medie interpelación alguna, se apoya en el auto. El hueco de la capucha me revela el rostro burlón de ELCOVE. "Antofagasta", susurra. Y sale disparado a hacer señas a un 117, que estaciona bruscamente detrás de mí, casi tocando el paragolpes del auto. Arranca con la misma rapidez, llevándose consigo al espectro.
Antofagasta, sí. Ese era el nombre de la cortada... Pero ¿qué hacía Vélez, acá? ¿Cómo sabía lo que busco? Si la fugaz visión fue real, al menos me hubiera aportado el dato adicional de cómo llegar hasta ahí. Y si fue producto de mi imaginación, la contribución de mi memoria resultó incompleta. Sigo en el mismo problema.
Doy infinitas vueltas por el barrio, tratando de leer los carteles de las calles, bajo la cortina de agua. De pronto, al doblar en una esquina, un instante de lucidez me hace dirigir la mirada al indicador de la temperatura. Advierto que sobrepasa el punto crítico y automáticamente paro el motor. Bajo para abrir el capó y se impone aquí mi convicción que el lenguaje, por ser de naturaleza sucesiva, resulta limitado para traducir los hechos en su contemporaneidad. Porque las percepciones que tengo son cuasi simultáneas. Humo denso, alarma, miedo a que el auto se incendie, impulso de agarrar el matafuegos, registro de que la humareda no proviene de él, cartel de la esquina que reza Antofagasta, ubicación del foco del humo: una casa ubicada unos metros más adelante, con un antiguo letrero de despensa, se está prendiendo fuego.
Me acerco al grupo de personas que, a pesar de la lluvia se agolpa frente a la casa de Isaac, el judío de Palermo, uno de los primeros fundadores del Parque. Algunos vecinos forcejean, intentando impedir que un desesperado ingrese al local en llamas. Se trata de un tipo de barba, rechoncho, de unos cuarenta y cinco años, con rasgos notoriamente semíticos, característica ésta omitida en la casi exacta descripción que JUANJOS me hiciera del vendedor que encontró en el puesto de enfrente de la Rural. El hijo de Isaac, indudablemente, ya que repite a los gritos, mientras lo sujetan: ¡Papá! ¿Qué hiciste?... Una vecina, con lenguaje culto que disimula su proclividad al chismorreo, me informa espontáneamente que el anciano se acaba de inmolar, a lo bonzo.
No encuentro un puto taxi por el barrio y tengo que volverme a pié, porque el auto, definitivamente, se quedó en el lugar. Habiendo realizado un periplo interminable, debo estar ahora, paradójicamente, a unas tres o cuatro cuadras del bar donde dejé a mi suegro a la espera del mondongo. Ruego que hayan tardado en servirle, ya que la infructuosa expedición me llevó cerca de dos horas. Mientras corro bajo la lluvia, oigo la sirena de los bomberos a la par que me siguen resonando las palabras de la vecina chusma y culturosa:
-El viejo estaba loco. Deliraba con que lo perseguían para robarle y preanunciaba que se iba a terminar prendiendo fuego, junto a una montaña de revistas antiguas que atesoraba.
Cuando terminó de decirlo, las llamas ya tocaban los techos. De lo contrario yo, como el hijo de Isaac, hubiera intentado entrar, para ver si se podía salvar al menos una pilita de las del Indio.
Llego a la avenida Alberdi, totalmente empapado y siguen las sirenas. Pero ahora se trata de una ambulancia, que estaciona exactamente en mi lugar de destino. Ya en la puerta del bar de la esquina, alcanzo a escuchar que el mozo galaico, visiblemente nervioso, le aclara al médico de urgencias:
-Le aseguro que el mondongo está en perfecto estado. Lo que pasa es que el señor se comió cuatro platos... La descompostura le vino al comenzar el quinto.
No queda otro remedio que acompañar a mi suegro al hospital. Desde allí llamaré a un auxilio para que remolque el auto hasta La Plata. Siempre y cuando no termine yo también internado por una pulmonía.

(continuará)

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