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Acá vas a encontrar, básicamente, data sobre historieta cómica argentina clásica. Además, bastante de bande dessinée. Algunas reflexiones sobre el lenguaje historietístico, muchas polémicas y miles de imágenes, la mayoría de mis propios archivos. La forma más fácil de ubicar un material o autor es ir a "Etiquetas", revisar y hacer click en la pertinente. También podés escribir una palabra clave en "Buscar en este blog". Tenés mi contacto, encima. Suelo responder mails si la consulta es muy específica. Podés tomar lo que quieras, siempre que cites la procedencia. Si no citás, y te ubico, te escracho públicamente, como he hecho en varias oportunidades. Enjoy

lunes, marzo 19, 2007

XVIII. TIERRA DE MAGALLANES (1)

Entre el desperfecto del auto y el atracón del viejo, perdí un tiempo precioso. Si bien lo de mi suegro no pasó de un susto, Graciela me hizo quedar un día entero en el departamento para vigilar que cumpliera la dieta prescripta, mientras ella iba a trabajar. El día siguiente lo ocupé deambulando por talleres mecánicos, en busca de un presupuesto medianamente asequible, porque el problema resultó más grave de lo que pensaba, producto del recalentamiento del motor. Terminé recalando en lo de un conocido de Graciela, que promete hacerme precio. Eso sí: no sólo me distraje con los mil prestados, sino que logré que el geronte me facilitara otro fajo, explotando mi silencio sobre sus excesos gastronómicos ante su hija. Le cargamos la culpa al estado del mondongo, pero sin demasiado énfasis, porque mi tercer mujer es muy capaz de iniciar demanda contra el bar de Alberdi, acción que indefectiblemente se perdería. Los fondos conseguidos van a ser suficientes para el arreglo y para la dos de Andanzas, si es que la consigo en los dos días que me quedan antes de viajar a Mar del Plata. Viaje que depende, claro, de que el auto esté listo para esa fecha.
Pareciera que el mal tiempo comienza a disiparse, de modo que me largo temprano en tren a Capital, con la esperanza que los puestos del Parque abran a la tarde. Me queda, de todos modos, la Libraire Antique. También estaría la posibilidad de localizar a Obestein. Pero en Flores, no vale la pena llegarme a la Bond Street porque ahí no tenía material antiguo. Aunque no es de descartar que ya se haya ido de ambos lugares. Han pasado años de la última vez que lo visité, que si mal no recuerdo, fue cuando me hizo las fotocopias de las cinco primeras. Me alienta la mención del CORSARIO al BATIMITO de Flores, que presumo puede ser el judío Obestein.
Se me ocurrió que quizá el tomo de la Historia de los Tehuelches, que me impusiera el Chiquito Cabello a fuerza de carabina, tenga, después de todo, algún valor. Si fuera así, la Libraire es el lugar ideal para ubicarlo, ya que no sólo se especializan en historietas, sino que también comercian volúmenes raros. Lo cargué en el portafolio, con la esperanza de poder achicar la diferencia con la número dos del Indio, y no llegar a gastarme inconcientemente los mil que guardo en el bolsillo. No hay certeza que con lo que me quedó pueda cubrir la reparación del auto, y además, en algún momento, mi suegro va a terminar reclamando la deuda.
Saco el grueso ejemplar encuadernado. Es curioso que yo haya leído tanto de joven y que de adulto, fuera de las historietas y de lo que necesito como información para el trabajo, no lea nada. La prueba es que ni siquiera hojeé el libro desde que cayera en mis manos. Si bien no me entusiasma demasiado ahondar en vida y costumbres de los verdaderos Tehuelches, esta culpa de ex – lector, me lleva ahora a abrirlo. En la primera página me entero que el autor, el cura italiano de cuyo nombre el Chiquito Cabello no podía acordarse, se llamaba Alberto María de Agustinis. Una breve reseña biográfica da cuenta que nació en 1883, que pertenecía a la orden de los salesianos y que también era alpinista, fotógrafo y operador cinematográfico empedernido.
O sea que al menos esta refencia del Chiquito era certera. Prosigue el prólogo, textualmente: "Edificó este valioso memorial de las últimas tribus Tehuelches mientras exploraba montañas, lagos y glaciares entre Chile y Argentina, desde 1913 a 1927. De aquellas experiencias resultaron tres libros que hoy son considerados biblias por los montañistas: Mis viajes a la Tierra del Fuego (1930), Andes Patagónicos (1932) y Esfinges de hielo (1939). El presente volumen precede a todos ellos, ya que fue escrito en 1927, al final de su raid y recoge lo consignado en el documental del mismo nombre. Fue editado por primera vez en 1928, y la presente edición, corregida y aumentada por el mismo autor meses antes de su fallecimiento (acaecido en 1956), incluye fotos de la película, lamentablemente hoy perdida."
El último párrafo me alarma, porque indica que la edición no es tan vieja como suponía. Paso a la segunda hoja y corroboro, efectivamente, que es del '60. Ya doy por aniquilada la posibilidad de que los de la Libraire Antique se interesen por el libro, maldiciendo al Chiquito, a su hija boba y a la finadita, cuando reparo que la tirada ha sido reducida (cien ejemplares) y numerada. Curiosamente el que tengo en mis manos es el cero cero dos. Este descubrimiento no sólo le otorga valor al volumen, sino que también parece otro guiño del destino: la dos por la dos. Pero considerando que el destino no se ha portado muy bien conmigo últimamente, decido no darme manija y continuar la inspección.
Historia de los Tehuelches, el título que aparece en el lomo, resulta en realidad subtítulo. El principal (letras rojas en la segunda hoja) es Tierra de Magallanes, al que supongo, por lo consignado en el prólogo, homónimo de la película hoy recuperada, al decir del Chiquito.
En el inicio del libro se cita un párrafo escrito en 1520 por Antonio Pigaffeta, cartógrafo y cronista de la expedición de Fernando de Magallanes: "Cierta mañana aparece sobre una colina una figura extraña, un hombre que en un comienzo no reconocemos como semejante, pues la primera impresión es una mezcla de terror y sorpresa, que nos hace ver a ese ser dos veces mayor que un hombre común. Era tan grande este hombre, que nosotros le llegábamos a la cintura. Era bien plantado y tenía la cara ancha pintada de rojo, con aros amarillos alrededor de los ojos, algo así como dos manchas en forma de corazón en las mejillas. Su pelo era corto y teñido de blanco, y su vestimenta consistía en pieles de algún animal, excelentemente unidas."
Me agendo mentalmente comparar la estatura del primer Indio, con la de Don Gil Contento, su arcaico tutor. Sin duda al Chiquito la memoria le funcionaba bien. No creí su alusión al gigantismo de los tehuelches, puesto que nunca lo había escuchado antes, pero evidentemente tenía razón. Relativicé, además, la referencia que hizo a que el poncho no era su vestimenta original, lo que la cita parece ahora confirmar.
La lectura me empieza a interesar: "Los españoles admiran sobre todo los enormes pies de ese monstruo humano, y en consideración de esos grandes pies, denominan a los nativos “patagones” y a la región “Patagonia”. Pero pronto se desvanece el temor producido por el hijo del desierto, pues ese ser envuelto en pieles abre continuamente los brazos riendo con toda la boca".
El que queda con la boca abierta soy yo. Inmediatamente, me aparece una de las tantas imágenes del Indio, que fue cambiando mucho con el transcurrir del tiempo. Esta corresponde a su época más remota, es posible que a la de los anuncios que preludiaron su aparición en Crítica, cuando todavía se llamaba Curugua-Curiguagüigua, o a la primer tira con Gilito, la que me prometí revisar hace un momento. Cuando el poncho era largo y con rayas en vez de cruces, cuando usaba una especie de calzoncillos a media pierna y su nariz era puntiaguda y su jeta desmesurada. El cuadro prehistórico que acabo de recordar lo muestra con los brazos extendidos y riendo a mandíbula batiente. La imagen resulta un calco del relato. La revelación es impresionante: el Maestro se documentó en las crónicas del cartógrafo para crear su personaje. También relaciono lo leído con la corrección que me hiciera OQUEDA. Parece que yo era el único que no estaba al tanto de estas cosas... salvo, claro, lo de la pata enorme –dedo gordo y uña, más bien- repetida en la familia (Indio, Hermano, Hermana, Nodriza, inclusive), asociada a lo de patagón.

(continuará)

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