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martes, marzo 20, 2007

XVIII. TIERRA DE MAGALLANES (2)

Las páginas siguientes no se corresponden con el espectacular comienzo y me gana el adormecimiento, ayudado por el traqueteo del tren y el sonido de la lluvia, que ha retornado. Hago un esfuerzo por mantenerme despierto, en consideración que llegue a vender el libro, y no perder alguna otra importante revelación.
Así me entero que el nombre de Tehuelche significa "hombres fuertes". Que su presencia en la Patagonia está registrada desde hace seis mil años. Que eran nómades, expertos cazadores de guanacos, pumas y ñandúes. Que para ello, utilizaban arcos, flechas y boleadoras (arma predilecta del Indio). Que sus viviendas estaban construidas con pieles de guanaco y que conocían los secretos para la fabricación de cerámicas y telas. Que el gobierno era ejercido por caciques, cuyo cargo era hereditario (correcto, el Indio hereda el cacicazgo). Que la muerte era rodeada de complejas ceremonias y, en las primeras épocas, la tumba se ubicaba en un lugar secreto, en curiosa similitud con la cultura egipcia...
Ya con menos asombro, pienso en la cripta donde descansa el sarcófago con la momia del Tata. Tanto se ha hablado de la comicidad buscada por el Maestro con el absurdo de que la ascendencia del Indio provenía de los faraones, y ahora resulta que el propósito sería respetar la verosimilitud histórica.
En los sucesivos capítulos, se siguen confirmando las aseveraciones del Chiquito acerca del descubrimiento del caballo, la consecuente extensión de los campos de caza hacia el norte, lo del poncho y hasta lo de las plantas alucinógenas.
Me encuentro con una imagen del libro, y ésta –por primera vez- pone en crisis el relato del saladillense. Allí aparece el padre de Agustinis saludando a Olkelkkenk, el último de los caciques Tehuelches, según reza el epígrafe de la foto, tomada del documental Tierra de Magallanes. O el Chiquito reavivó su recuerdo con esta ilustración, o imaginó, a partir de ella, su protagonismo. La cuestión que el tal Olkelkkenk, con muchas ka, existió. No encuentro mención alguna a que fuera traído a Buenos Aires en el '30. Si bien el libro fue escrito en el '27, en la revisión del '56, podría haberse consignado.
En el capítulo dedicado a la cosmogonía Tehuelche, un nuevo nombre con Ka, me produce un sobresalto. Kóoch, "El que siempre existió". Tardo un momento en ubicar de donde conozco a este Dios: lo mencionaba CORNALITO en el mail a ELCOVE. ¿Qué otra cosa que la locura de esta gente se desprende de tanto saber antropológico?. Incluído el Maestro, que creyó necesario documentarse exhaustivamente para dibujar una simple historieta. No puedo dejar de asociarlo a la anécdota de Hoffman con Olivier. Cuando el primero le relata el tiempo que le llevó el estudio en la realidad de un modelo de personaje, el otro le pregunta: ¿Y por qué no lo actuó?.
Me sumerjo ahora en un mito abstruso sobre un gigante, un ser monstruoso y perverso, que llega a la tierra junto al sagrado cheruke, el fuego celeste de los aerolitos que caen y que misteriosamente se vuelven piedra colorada y ya nunca más arden, como el meteoro de los tobas, en la ochenta y nueve de Andanzas. El gigante caído del cielo, donde mora Kóoch, el que siempre existió, junto a los innombrables del más allá... el gigante, decía, rapta a un niño y lo encierra en una cueva, tal como hiciera el Tata con el hijo deforme, en la número dos.
"Elekkasekk, padre o generador de la raza que vive en una gruta, gran animal extraño, cubierto de enorme cáscara, muy gruesa, parecida a la de los armadillos actuales. Robaba niños y tenía según algunos cara humana y según otros era un hombre de talla gigantesca cubierta la espalda de una enorme coraza. Los Gükün-a-küna, Tehuelches Septentrionales, tenían un canto dedicado al Elekkasekk y decían que era el "dueño" de todos los animales vivientes y que sólo podía ser muerto por el rayo. Raspaban, cuando dormía, los huesos del Elekkasekk y se lo daban a beber a los niños para que sean fuertes y sanos. Ker-Wwwerr, una tuco-tuco que vivía en su casa subterránea excavada en el fondo de la gruta intenta salvar a su hijo de las garras del gigante. Sigilosamente, en el mismo momento en que el monstruo levantaba al bebé para devorarlo, le mordió el dedo del pie con todas sus fuerzas, y escondió al niño debajo de la tierra antes de que Elekkasekk pudiera reaccionar, y le robó un hueso. Después, Ker-Wwwerr revuelve un caldero cocinando el hueso del gigante, para preparar el caldo-caldo que beberá primero ella y que a través de sus enormes tetas dará de mamar al hijo y alrededor de ella y del enorme caldero danzan unos caníbales con tenedores en el pelo, que a medida que dan vueltas se van enterrando en el barro. Pero Elekkasekk, rengueando, recorre con pasos de gigante toda la caverna y rescata a los caníbales del barro. Al final se los termina comiendo, escupe los tenedores que se clavan a todo lo largo de la cueva y recupera su hueso, que se calza en la espalda, y encuentra al chico y le revisa las manos que están llenas de pelos, entonces Elekkasekk se las ata para que no se masturbe más y se me acerca, huelo su aliento fétido y veo que tiene la cara humana e irónica de ELCOVE, que se saca la coraza negra y me susurra Antofagasta queda de este lado de los Andes, buscá un mapa, buscá un mapa... mientras extiende los brazos y los agita y con una de sus enormes manazas estruja la número dos de Andanzas y con la otra aprieta el cuello de Ker-Wwwerr, despiadadamente, sin considerar siquiera que fue Ella la que le sugirió la idea del canje. La madre tuco-tuco alcanza a decir al niño, con su último aliento, que lo único que puede salvarlo es gritar Huikka, que en Tehuelche quiere decir el más oculto de los secretos, y que después lea en su nombre y que se cuide de... Pero sus palabras son tapadas por la risa estridente de ELCOVE y Ella muere y entonces...".
Cuando me despierto estoy en Constitución, solo en el tren. Cierro el libro y lo retorno a la valija. A la salida de la estación la ansiedad me lleva a tomar un taxi. Gasto superfluo, puesto que ahora apenas garúa y el cielo comienza a aclarar. Justamente, el tiempo es el tema extensamente desarrollado por el taxista. De agarrar el subte podría haber seguido leyendo. Me resigno a que, si los de la Libraire Antique me tomaran el volumen como parte de pago de la dos, nunca voy a saber cómo termina la historia, y qué pertenecía realmente a ella y qué a Ella, a El, a ELCOVE o a mí.

(continuará)

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