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miércoles, marzo 21, 2007

XVIII. TIERRA DE MAGALLANES (3)

No reconozco al anciano calvo, atildado, con anteojos en la punta de la nariz y modales parcos, parecido a Ezra Winston, el anticuario de Mort Cinder, que emerge del fondo del local vacío de la Libraire. Fueron pocas las veces que visité este lugar. En realidad lo evitaba, para no alimentar malos pensamientos. Cada vez que venía, si bien encontraba todo lo que se me podía ocurrir, mi deseo quedaba fatalmente insatisfecho, debido a los precios que manejaban. Ahora estoy preparado. Tengo resto, como cuando voy a las maquinitas, decidido a aguantar lo que haga falta para que los símbolos mayores se detengan en la línea central... Respondo al saludo cortés. Sé que esta gente no pierde el tiempo con curiosos, por eso lo más valioso del material no está a la vista. Así que, sin más trámite, pregunto por la dos de Andanzas. Noto que el tono de entendido y el no trasuntar ansiedad alguna, causa una buena impresión en Ezra, que ahora, rápidamente, pasa a evaluar mi solvencia. Duda un momento de mi portafolio. Lo debe imaginar o lleno de billetes, o vacío para la rapiña. Al final parece que apruebo, porque asiente levemente con la cabeza y, sin decir palabra, me deja solo para sumergirse en las sombras del interior del local. ¡La tiene!. Es posible que esté guardada en una caja fuerte, como la de ALLIPAC, porque tarda. Pienso que, de haber traído un revólver, no existiría ocasión más propicia. Empiezo a transpirar, y ni siquiera puedo entretener la espera revisando las Hora Cero, Frontera, Misterix, esparcidas aquí y allá. Se me ocurre que es curioso que, en medio de mi nerviosismo, repare justamente en las creaciones de Osterheld y Breccia... ¿Otro signo del destino?. El librero regresa, por fin, con el ejemplar enfundado de la dos. Lo deposita con delicadeza en la palma de su mano y me lo exhibe.
El deslumbramiento que sufriera JUANJOS, al ver por primera vez esa tapa en Internet, resulta absolutamente entendible. Qué decir del mío, que la tengo enfrente en carne y hueso (papel y tinta, para el caso). Ahora observo con nitidez que la redondeada entrada de la caverna, con la roca que la obturaba caída en el piso, apenas permite la entrada de claridad externa. La luz no proviene de ese lugar, sino de un extraño haz, amarillo como las letras de la leyenda Las Grandes Andanzas del Indio, que parece generarse allí y, provocando claroscuros, atraviesa oblicuamente la cueva, dirigiéndose a la figura principal, el gigante y monstruoso bebé descubierto, para perderse después entre los laberintos formados por las estalactitas –o estalagmitas, ya que las concreciones calcáreas de la bóveda se unen con las del piso-. En consecuencia, quedan relativizadas las imágenes del Indio y del Padrino, cuyo asombro se remarca por los comunes rayos que brotan de las cabezas. Sus cuerpos están casi fundidos y suspendidos en el aire, mientras que el del Gurí se halla rotundamente plantado. Así, el Maestro destaca la importancia que cobra aquí el descubrimiento del Hermanito, a diferencia de la mayoría de las tapas de Andanzas, donde el protagonismo, obvio, pasa por el Indio. Aunque, en realidad, está ausente de ésta el gran personaje de la historia: el Tata, que es quien decide encerrar al niño en la montaña de los antepasados. Por otra parte, la revista se ve impecable, con el lomo perfecto, como si nadie la hubiera tocado. Comparándola, el original que me fotocopió Obestein, robado después a ALLIPAC, con sus crucecitas rojas, era una bazofia. Me abstengo de consultar si está completa, para no provocar la indignación del librero. En cambio, en FF, lo haría –por chicanear- y me contestarían, con suficiencia: de kiosco.
Trato que no se transparente demasiado el impacto, y busco un tono frío, de negocios, para preguntar el precio. También profesional, sin ningún tipo de circunloquio, a diferencia de la mayoría de los mercaderes, Ezra dispara: quinientos. Y de inmediato, para que no pueda llegar a alegrarme, agrega: Euros. Ahora sí, dejo que se me note el asombro. Es más, lo manifiesto expresamente, traduciendo la cifra a pesos.
-Dos mil, si lo prefiere - Cierra el librero, implacable.
¿Qué hacer? ¿Abandono acá? ¿Recurro a una estrategia? ¿A cuál, si no puedo sostener ninguna con convicción? La actitud de Ezra con la revista, sumada a una parquedad constitutiva, indica que el precio es inamovible. Está seguro de que lo que sostiene delicadamente en sus manos es una gema, y también que, a pesar de mi disimulo, yo coincido en la valoración. Intento por el lado de las cuotas, citando a RICHARD, el coleccionista concitadino, como referencia. Ezra ni siquiera lo recuerda, o al menos es lo que afirma. El último y desesperado recurso: Tierra de Magallanes. Soy conciente que, si llegara a mostrar un mínimo interés por el volumen, ahí sí habrá que pelear arduamente las condiciones del canje. Contrarrestar el entrenamiento de esta gente en sobretasar lo que poseen y denostar lo que se les ofrece, requiere de una exquisita negociación. Preparo la mise en scène.
-Tengo un libro raro... –Susurro, como cuidándome de oídos curiosos (que aunque por ahora no existan, podrían aparecer en cualquier momento), mientras acaricio el portafolios.- Sobre los Tehuelches. Me costaría mucho desprenderme de él, pero...
Con otra casi imperceptible indicación de cabeza, me invita a sacarlo. Creo advertir en sus labios un dejo de desdén, pero trato de no desanimarme y miro a un lado y otro, sugiriendo que necesito un lugar despejado para apoyar la valijita.
No sé si mi actuación está surtiendo efecto, o si se trata de una práctica frecuente en él, pero lejos de apurar el trámite, permitiendo que efectúe la operación sobre la pila de revistas de las mesas, Ezra me ofrece (siempre sin decir palabra, apenas con un sutil gesto de la mano) usar el escritorio, situado en el fondo del local.
Con parsimonia, mimetizado con su elegancia, llego hasta ahí, apoyo suavemente, desprendo las presillas, abro el cierre interno y extraigo el pesado volumen. Me doy vuelta para alcanzárselo, pero el librero ya está detrás de mí. Me ha acompañado. Lo interpreto como un signo de interés. Con ambas manos, como si tratara de una ofrenda, se lo extiendo.
Ezra, que ha dejado, en algún momento, en algún lugar, el ejemplar de Andanzas, se acomoda los lentes y toma el libro. Ceremonialmente, siguiendo el juego de delicadezas, levanta la tapa. Para mi sorpresa, de pronto, como la hija del Chiquito, se vuelve locuaz.

(continuará)

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