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Acá vas a encontrar, básicamente, data sobre historieta cómica argentina clásica. Además, bastante de bande dessinée. Algunas reflexiones sobre el lenguaje historietístico, muchas polémicas y miles de imágenes, la mayoría de mis propios archivos. La forma más fácil de ubicar un material o autor es ir a "Etiquetas", revisar y hacer click en la pertinente. También podés escribir una palabra clave en "Buscar en este blog". Tenés mi contacto, encima. Suelo responder mails si la consulta es muy específica. Podés tomar lo que quieras, siempre que cites la procedencia. Si no citás, y te ubico, te escracho públicamente, como he hecho en varias oportunidades. Enjoy

jueves, marzo 22, 2007

XVIII. TIERRA DE MAGALLANES (4)

-Caramba... el padre Alberto María de Agustinis. Todo un personaje, ¿sabía?. Temprano aficionado al cinematógrafo, alpinista... Gran amigo del Duce. Se dice que influyó sobre Mussolini para que terminara con el conflicto entre el Vaticano y el estado italiano y ganar así simpatizantes entre los católicos. La Iglesia ha preferido olvidarse de él. No sólo por sus simpatías fascistas... Se lo caratulaba como un fantasioso, un embaucador. Pretendía poseer un don profético, que sin embargo, caló en algunos. Siempre hay gente dispuesta a creer en esas cosas. Vea lo de Nostradamus, si no. Todavía sigue dando que hablar...
Si bien el comienzo fue promisorio, el final apunta con claridad a desvalorizar el volumen. Inusitadamente, intenta equipararlo a cualquier basura astrológica. Lo atajo...
-Si se fija en la segunda página, comprobará...
-Sí, la edición del '60... –Me ataja, restando importancia- Corregida y aumentada por el autor. Una tirada limitada. Cien ejemplares, si no me equivoco...
Recién ahí va al lugar correspondiente, en fingida comprobación, ya que está absolutamente seguro de su saber erudito. Me queda un argumento...
-Es el ejemplar cero cero dos...
-Eso cuenta para las revistas. En los libros, daría lo mismo si fuera el cien. Excepcionalmente, podría llegar a valuarse más el primer ejemplar de una tirada. Pero siempre depende de qué libro hablemos... No esto, claro.
A pesar de pretender una retirada digna, la irritación que me provoca, me lleva a extender las manos, reclamando el volumen...
-Bien. Si no vale nada...
-No dije eso. –Y de inmediato, sonriendo por primera vez, relativiza:- Tampoco lo contrario, por supuesto...
Ezra sostiene la sonrisa y calla, mientras hojea distraídamente las últimas páginas de Tierra de Magallanes. Idiota de mí, caí en su juego. Me apresuré. Me enterré con mi frase. Dí por tierra con toda mi actuación anterior, convirtiendo la situación en una torpe consulta sobre el valor o el disvalor del ejemplar. Tendría que haberme dado cuenta que si no le interesara, no le dedicaría una sola palabra. Los embates depreciatorios ya empezaban a formar parte de la negociación. Y el que está convencido del valor de lo que ofrece, no se tiene que dejar arredrar. Hay que esperar, tranquilamente, que el otro termine con la sarta de obstáculos. Escuchar hasta el final, callado, obligándolo a llegar a la oferta. O a la pregunta evaluatoria de cuánto pretende uno. Recién ahí viene el contraataque. Ahora, él sabe que yo no tengo la menor idea de la cotización del volumen, y eso le da una ventaja enorme. A pesar de que ya me quedé sin elementos para pelear el precio, no pienso dejárselo en dos mangos. Prefiero, aunque más no sea por los doscientos que me sacó el Chiquito, quedármelo y seguir leyendo el mito de Elekkasekk. Ezra parece adivinarme el pensamiento...
-Supongo que no pretenderá un canje mano a mano.
-No... Aunque este texto es raro, muy difícil de conseguir, ¿no?... –Intento, tambaleante.
-No crea... Hay otras ediciones, más populares, que todavía circulan...
-Me parece que ésta tiene alguna particularidad... –Arriesgo.
-Eso no aumenta demasiado el valor.
-Siempre puede haber un entendido, que sepa apreciar... -Me embalo.
-Claro, pero hay que encontrar a esa persona. Tiene que caer acá, pueden pasar años...
-O una semana, un día.
-Sí, todo es posible... Pero comprenderá que si no existe un valor objetivo, establecido por las leyes del mercado, yo no puedo invertir en algo tan azaroso. Demasiado riesgo.
-Creo que por alguna razón estaremos conversando...
Me da la impresión que estoy volviendo a estabilizarme.
-No sé... Podría ofrecerle, a cambio, un descuento... mínimo, por la dos de Andanzas. Es un número afanosamente buscado, más que el uno, inclusive...
-¿A ese precio? –Trato de no subrayar la ironía.
-Usted sabe, quedan muy pocas en venta. Y en este estado, me atrevería a decir que ninguna. Aparte, si la cotizo en Euros es porque mi clientela...
Resulta más hiriente que no complete la frase con lo del poder adquisitivo de sus clientes, sean de acá o del exterior. No me queda más remedio que desistir o entregarme en sus manos.
-¿De qué descuento hablamos?
-Digamos... un diez por ciento.
Lo que pagué. Entonces lo del Chiquito no fue un robo, sino un regalo. Si Ezra me cotiza la Historia en doscientos, es porque calcula venderla al triple. Pero aunque pudiera pelearla un poco más, la diferencia con la Andanzas sigue resultando insalvable.
-No. Lo lamento. No llego a cubrir el saldo... –Digo, y vuelvo a extender los brazos.
-Hagamos una cosa... –Me detiene el otro, sin entregar el libro.- Tengo un cliente, que suele interesarse por estos temas. No le prometo nada, pero si existiera la posibilidad de que él lo compre, quizá...
El muy turro finge que se le acaba de ocurrir, cuando debe haber tenido ubicado al candidato desde el momento mismo en que abrió el volumen. ¿Qué hacer, de todos modos? ¿Cuánto podría llegar a subir Ezra? ¿Cien más? Regateando mucho, podría lograr tres cincuenta, cuatro, en total. Tengo mil en el bolsillo y otro tanto en casa. ¿Quedarme con cuatrocientos? ¿Y el arreglo del auto?... Ya no puedo seguir recurriendo a mi suegro. Mucho menos a Graciela, que no larga un mango... Pero no tengo que decidirlo ya.
-Bueno... Vuelvo cuando usted...
-Podría consultar ahora a este cliente.
-¿Ahora?
-Probemos...
Ezra deja el libraco sobre el mostrador, recupera la Andanzas que mágicamente aparece debajo de un talonario de facturas, y se aleja con ella (en un gesto tan descortés como el de haberlo escondido) hacia un antiquísimo teléfono de pared, situado en una esquina del local.
Mi primer impulso es pararlo y decirle que, de todos modos, no tengo el efectivo suficiente. Pero, en vez de eso, termino acercándome discretamente al teléfono, para no perderme detalle de la conversación. El interés de Ezra en cerrar el trato me revela que lo que tengo entre manos es más valioso de lo que pueda calcular.
-Hola... De Libraire Antique, quisiera hablar con el señor Elenio...
¿Picco? ¿El prestigioso coleccionista? ¿Quién otro puede llamarse Elenio e interesarse por los Tehuelches?. Ezra me indica con la mirada que no está. Mejor. Podría negociar con él directamente. Sé donde ubicarlo. Hace años lo visité y me mostró sus originales de tiras de diarios, los de la primera época del Maestro, que era a lo que se dedicaba, desdeñando lo posterior. Al ser él mismo un dibujante –me explicó-, encontraba en aquel trazo virtudes que posteriormente se aggiornaron. Espero que siga en el mismo lugar –no le puedo preguntar la dirección al librero-, un estudio que tenía sobre Pueyrredón, casi Santa Fé. Ezra está dejando el recado.
-Dígale, por favor, que se trata de la edición del ´60 de Terre Magellaniche... Sí, le deletreo... Te-rre Ma-ge-lla-ni-che... Incluye las profecías, dígale...
No termina de colgar, que ya le estoy preguntando...
-¿Terre Magellaniche?
-El nombre original, en latín. Tierra de Magallanes. Acá optaron por castellanizarlo.

(continuará)

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