SOBRE ESTE BLOG...

Acá vas a encontrar, básicamente, data sobre historieta cómica argentina clásica. Además, bastante de bande dessinée. Algunas reflexiones sobre el lenguaje historietístico, muchas polémicas y miles de imágenes, la mayoría de mis propios archivos. La forma más fácil de ubicar un material o autor es ir a "Etiquetas", revisar y hacer click en la pertinente. También podés escribir una palabra clave en "Buscar en este blog". Tenés mi contacto, encima. Suelo responder mails si la consulta es muy específica. Podés tomar lo que quieras, siempre que cites la procedencia. Si no citás, y te ubico, te escracho públicamente, como he hecho en varias oportunidades. Enjoy

jueves, marzo 29, 2007

XX. PASO DE COMEDIA (2)

El tallerista amigo de mi actual mujer tiene problemas en conseguir algunos repuestos, que parece que son importados (y que, además, cuestan fortunas). Graciela no admite el argumento para postergar el viaje, de modo que decidimos que vaya ella con el padre, en colectivo, y que yo me sume cuando esté listo el auto. Me tranquiliza no tener que evadir los llamados de JUANJOS, al que le di el teléfono del departamento de Varese. Por alguna razón, me pesa seguir mintiendo a ese muchacho. Le tendré que escribir, anunciándole la postergación de mi visita a Mar del Plata. De ir, finalmente, no tiene por qué enterarse.
Ahora, estoy pensando en completar mi colección de Correrías. La decisión de terminar con el Indio no necesariamente debería incluír su versión infantil. Después de todo fue mi primer amor, descubierto en la panadería de Boedo y San Juan, donde Ella me dejaba, cada vez que tenía que cuidarlo a El, y yo la extrañaba, pero cuando volvía a buscarme, entonces ya no la quería. Y si bien asimilaba la imagen de mi primo mayor a la del Padrino, las que abundaban allí eran las del Indiecito. Quizá me diversifiqué demasiado. Tendría, como lo hizo RICHARD, el concitadino, haber restringido mi colección a esas revistas, hasta la trescientos, por ejemplo, para ponerle un número redondo. Pero hasta la doscientos, con la reciente adquisición, me faltan nada más que dos números, el siete, trampas gitanas, y el setenta y uno, del cielo cayó una tía. Muchísimas menos que las Andanzas, lo que prueba lo marcado de mi predilección. También debe computarse que en las Correrías, salvo la uno y unas cuantas tapas, no hay fotocopias, que en cambio, abundan en las otras. Puedo rápidamente ahora lograr mi propósito, aceptando el ofrecimiento de RICHARD. Con el tiempo, cuando consiga los originales de esos ejemplares, los iré reemplazando. También a los de tapas fotocopiadas e, incluso, si mi suerte económica mejora, a la copia de la uno.
Sé que cuando el concitadino me llamó por teléfono, me dejó su número, que yo anoté en algún papelito y que Graciela debe haber tirado, como tira todo lo que no hace a su propio interés. Pero me parece recordar que en uno de los mails estaba. No abro correos desde la vez en Saladillo, así que voy a aprovechar para ponerme al día, y también avisarle a JUANJOS que no me espere.
No es necesario. Tengo tres líneas de él: Por fin nos estamos empezando a sacar las caretas, chei. No traigas la dos acá. Voy yo a La Plata. La justicia me reclama.
¿Qué dice? ¿Viene? ¿Cuándo? ¿Quiere que le muestre la dos in situ? ¿Y la alusión a la justicia...? ¿Me identifica con ella? ¿Lo de las caretas, es metáfora de conocernos? Estos chicos no se caracterizan por la transparencia. Ya me aclarará. Aunque la historia de la dos me tiene harto, terminaré mintiéndole -la última mentira- que la canjeé por la Correrías. Le muestro ésa y chau picho, que se conforme. Encuentro el teléfono de RICHARD y lo llamo. Lo escucho más acatarrado que antes, y me aclara, derribando mi teoría de la voz de fumador, que venía incubando una gripe, que ahora ha estallado en todo su fulgor. No puede encontrarse conmigo, pero sí mandarme las revistas para que las fotocopie, tal como me prometió. Ofrezco ir yo, pero me dice que no me moleste, que es bueno que su zángana progenie se ocupe de algo. Le aclaro que se las voy a cuidar, que omita la dos que ya conseguí (acá van detalles de lugar, precio, estado, a más de comentarios varios), y que se las voy a devolver junto con la copia de la uno. El consulta, fuera del teléfono, a cuál de los parásitos le encargará la misión, y parece que el que está más descansado de todos (no me dice cuántos tiene) es Fede. Le doy mi dirección y arreglo para mañana, cuando Graciela y el viejo ya no estén. Prefiero no tenerlos de testigos de mis aficiones, que les resultan marcianas, le comento a RICHARD.
Despido a los turistas en la terminal, hasta donde tuve que cargar trabajosamente las valijas (mi actual mujer se caracteriza por llevar el guardarropas completo, cada vez que viaja), y me queda tiempo, hasta la cita con Fede, de recorrer casas de fotocopias, para evaluar calidad de servicio y precios. Lo primero resulta fundamental, no es cuestión de hacerlas en cualquier aparato antediluviano, de ésos que hay en los kiosquitos, que tiran hojas pálidas y llenas de manchas. Lo segundo, si bien el gasto no será demasiado significativo, apunta a cuidar celosamente los mil seiscientos que me quedan, que ni siquiera sé si finalmente alcanzarán para el arreglo del auto. Encuentro, cerca de la terminal, un localcito bastante aparente, que reúne ambos requisitos y vuelvo al departamento, a esperar que Fede traiga los ejemplares que harán, aunque sea con fotocopias, que complete mi colección de Correrías.
Cuarenta y cinco minutos más tarde de lo convenido, tocan el portero. No anda el intercomunicador, así que bajo rápidamente a abrir, antes que el emisario de RICHARD se canse y se vaya a atender sus múltiples obligaciones. En la puerta del edificio, con una bolsita en la mano, está SOADORA.
La misma forma de vestir, los mismos aritos incrustados en la nariz, el mismo pelo hirsuto, pintado de colores varios.
-¿Vos tocaste?
-¿Y vos sos el chabón que junta revistitas? –Mismo lenguaje-. Me manda mi viejo a traerte éstas.
Exhibe descuidadamente la bolsita, que deja transparentar el formato de las Correrías. Ese registro, más que sus palabras, es el que me ubica.
-Vos sos la hija de RICHARD.
-Obvio.
-Ah... Pensé que iba a venir tu hermano.
-No tengo hermano.
-Me pareció entender que tu papá había dicho Fede...
-Fede soy yo...
-Creí que...
-Federica es nombre de mujer, también... ¿Te parece tan raro?
Ella advierte mi asombro, que en realidad proviene de recordar el misterioso nick de uno de los participantes en las batallas de FF, FEDERICA FRANCA. En su momento creí que cifraba a alguien de la FERIA, pero contradictoriamente, se mostraba como aliada de ELCOVE. ¿Y si FRANCA tampoco fuera un seudónimo?
-¿Y tu segundo nombre?
-¿Por qué? ¿Sos de la yuta, vos?... Federica Carla, me llamo.
Franca... Carla... Suenan parecido. Se repiten las dos ca. ¿Se dio cuenta ahora de mi asociación e intenta desprolijamente despistar? ¿Por qué habría de hacerlo, si se había aliado al Vengador? ¿Me vincula con él? Su padre hacía ostensible el desconocimiento de la FERIA... Pero la posibilidad que él y Lolo fueran... ¿La bolsita de las revistas no llevará el logo del Rey del Dulce?... Es ridículo, me digo. Mi paranoia, a veces, equipara a la de Vélez.
-No, por nada. Pasá...
Podría haber tomado las revistas ahí mismo. O ella habérmelo propuesto. No lo hace. Y yo no sé qué me motivó invitarla a subir, porque recién en el ascensor reparo en su hermosura, ya que hace todo lo posible por disimularla. Además, me está vedada, debe tener apenas dieciocho. Me lamento de que en pocos años más vaya a triplicarla en edad.
-Lindo bulo... ¿Vivís solo?
-No, con mi mujer... Pero se acaba de ir a Mar del Plata.
-Así que estamos solos, bolú... ¿Me cebás unos mates, entonces?
El tiempo y las formas, para esta generación, funcionan diferente. Sin ocupaciones definidas, van allí donde sus pasos los conduzcan y una curiosidad genérica los lleva a entablar inmediatamente, pero sin profundidad, nuevos vínculos. Por otra parte, es imposible frenar su liviana irreverencia. Así que terminamos en la cocina, tomando mate (que, a diferencia mía, le gusta muy dulce).
-Qué mambo el de ustedes, ¿eh?... Mi viejo gasta un toco en estas revistitas, pero a escondidas de mi vieja... Si se llega a enterar, lo mata... ¿Vos también hacés cosas a escondidas de tu mujer?
-No, yo no –Miento, aunque no en el caso que la pregunta incluyera doble sentido. Hace mucho que me estoy portando bien.
Ella acaba de sacar los dos ejemplares de la bolsita. Los cambia distraídamente de orden, alternando las tapas del Indiecito enfrentando a un oso y frustrando el tiro de una escopeta.
-A mí no me cabe que paguen fortunas por esto. Después, mi viejo me anda amarreteando diez mangos...
- Cuestión de códigos –Comento, intentando ponerme a tono con el lenguaje, sin que el recurso cause ningún efecto.
-Y decíme... el chaboncito éste... -Señala las tapas- ¿Es el hijo del otro narigón?...
-Vos te referís al Indio, en las Andanzas. No. Es él mismo, de chico.
-Y el otro careta... ése que anda de traje y corbata... ¿qué pito toca?
-El Padrino del Indio. Tiene además su propia revista, las Locuras, que son muy posteriores. Este que ves acá –Señalo, a mi vez una tapa-, es él, también de chico. Se encuentran dos veces. Primero, adultos, como si no se hubieran conocido nunca, y después, contradictoriamente, en la infancia...
Me detengo, porque, aparte de ser muy complicado de traducir para alguien que no está en el tema, sospecho que mi didactismo la aburre. Pero parece que no...
-Se ve que sabés un toco. Mi viejo junta de éstas, nada más... ¿Vos las juntás todas?
-Sí, las tres. Correrías, Andanzas y Locuras.
-¿Y tenés muchas?
-Bastantes. ¿Querés verlas?
La tentación de conducirla a un lugar más íntimo de la casa, me hace sentir un sátiro, pero no puedo refrenarla. Ella acepta sin problemas acompañarme hasta el escritorio.
-Mi colección –Presento.
-Qué grande... –Comenta ella, y me parece advertir un dejo de ironía en su tono- Debés tener mucha guita invertida en esto...
-Me llevó años... ¿Ves? Estas son las Andanzas, éstas las Locuras...
Mi intento de retirar dos pilitas resulta torpe –debo estar un poco nervioso- y se me caen al suelo. Nos agachamos simultáneamente y nos rozamos. Ella me mira y se sonríe. Prefiero creer –para espantar ratones- que es por la coincidencia de acciones. Inclinada sobre las revistas, la remera deja ver con generosidad sus senos. Levanto los ejemplares y la vista, mientras pienso en el tiempo que hace que no acaricio una piel joven.
-Bueno... Muy linda tu... colección, ¿era, no?
Parece dispuesta a irse. La aburrí. Me resigno.
-Decíle a tu papá que muchas gracias. No bien las fotocopie, lo llamo para llevárselas.
-No, dejá... Vuelvo yo, así me convidás otros mates. Cebás rico... ¿Vas a estar solo?
Arreglamos para dentro de dos días y después me arrepiento, porque el trámite de fotocopiado fue de lo más expeditivo, y las horas no pasan nunca. Aunque no quiera darme manija, no puedo apartar la impresión que la pendeja me tiraba onda. ¿No será una histérica? Ahora empiezan desde muy chicas, saben muy bien lo que provocan en tipos de mi edad... ¿Habrá cumplido los dieciocho? Me causa gracia que se me ocurra, como objeción añadida, el que sea hija de otro coleccionista... Ni siquiera conozco al padre personalmente. Y no existe impedimento alguno, tácito o explícito, en los reglamentos del Club. De última, podría ofrecer en canje a Graciela, si RICHARD aceptara...
Mejor que me enfríe con una ducha de escritos judiciales que tengo pendientes.
Tres de la tarde del día de la cita, el portero suena con puntualidad y yo, deliberadamente, bajo sin las revistas prestadas y sin la fotocopia –impecable- de la uno. Esperan en la mesa de la cocina, junto a unos bizcochitos de grasa.
Federica está de ánimo distinto.
-Te noto callada... ¿Te pasa algo?
-Mi viejo... Es un jodido.
-¿Discutieron?
-Lo de siempre, la guita... No larga un mango... Después gasta en estas porquerías...
Paso por alto la afrenta.
-¿Cuánto cuestan estas dos que te prestó, por ejemplo?
-Bueno, depende... la siete, se debe cotizar unos... no sé, cien pesos. Siempre las más antiguas son las más caras. La otra vale bastante menos.
-¿Cuánto?
-Treinta, treinta y cinco...
-Te dejo las dos en cien.
-¿Cómo?
-No te preocupes, mi viejo no se entera. Le meto cualquier verdura, que las perdí, me las robaron...
-No me parece bien...
-Dále, loco... ¿Qué te importa? ¿No es negocio para vos?
-Sí, pero...
-¿Y entonces? Dame ochenta...
-¿Para qué necesitás la plata?
-Son cosas mías... ¿Por qué? ¿Me pensás prestar?
-...
-¿Y qué me pedirías a cambio?
Me despiertan ruidos en el baño. Constato que Federica no está al lado mío. Me expando en la cama, para seguir durmiendo, pero inmediatamente oigo que la puerta de entrada se abre... ¿Se va así? ¿Qué hice mal?... Me levanto de un salto y voy a buscarla. A la que encuentro es a Graciela, fastidiada, descargando las valijas del ascensor y empezando a entrarlas.
O me las ingenio para avisarle a Federica que se quede en el baño, hasta que pueda urdir algo, o se avecina la catástrofe. De aparecer medio en bolas, como supongo andará, es mi perdición. Igual, cualquier explicación va a resultarle increíble a Graciela, desde el momento que yo mismo estoy en calzoncillos. Si lograra una maniobra distractiva y hacer escapar a la pendeja...
Empiezo por decir, a los gritos:
-¿Volviste? ¿Qué pasó?
Y me paro en la entrada, con el pretexto de agarrar los bolsos, para obstruir el paso.
-No tuve más remedio. Papá se me escapó al puerto anoche y se dio un atracón de cazuela de mariscos. Le agarró una descompostura... No lo iba a hacer atender en Mar del Plata, que son de terror. Le dí unas pastillas de carbón y me lo traje.
-¿Dónde está? –Atino a preguntar.
-Vino corriendo al baño... No le para la colitis. Ahora mismo llamo al médico.
Un rápido procesamiento de la información me hace concluir que si el que está ahí es el viejo, Federica se debe haber ido mientras yo dormía. Mi ritmo cardíaco se aquieta un tanto, pero de todos modos, me adelanto a Graciela, llevando algunas valijas al dormitorio, mientras ella se ocupa de sacar del ascensor las restantes. Necesito corroborar que no haya quedado elemento incriminatorio alguno. Al entrar al cuarto, mis pulsaciones rompen la marca anterior, porque compruebo que la ropa de la pendeja está tirada en el piso. ¿Dónde se metió, entonces? Pateo las prendas abajo de la cama y salgo disparado para el escritorio. Me choco con mi suegro, que sale del baño.
-¿Te contó tu mujer? Es muy exagerada... Una simple cagadera, nada más –Alcanzo a escuchar.
Encuentro a Federica, semidesnuda y agachada sobre los ejemplares de la colección desparramados en el piso.
Demasiado tarde. El viejo y Graciela ya están entrando en el escritorio.


(continuará)

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