SOBRE ESTE BLOG...

Acá vas a encontrar, básicamente, data sobre historieta cómica argentina clásica. Además, bastante de bande dessinée. Algunas reflexiones sobre el lenguaje historietístico, muchas polémicas y miles de imágenes, la mayoría de mis propios archivos. La forma más fácil de ubicar un material o autor es ir a "Etiquetas", revisar y hacer click en la pertinente. También podés escribir una palabra clave en "Buscar en este blog". Tenés mi contacto, encima. Suelo responder mails si la consulta es muy específica. Podés tomar lo que quieras, siempre que cites la procedencia. Si no citás, y te ubico, te escracho públicamente, como he hecho en varias oportunidades. Enjoy

miércoles, abril 04, 2007

XXI. ULTIMA SEPARACION (2)

La celeridad con la que mi mujer (ahora tercera ex -), resolvió la escena resultó de altísima dramaturgia. La huída de Federica fue inmediata. La mía, casi simultánea, previa amenaza de cercenamiento corporal.
De nada me sirvió el argumento de que había sido víctima de los manejos de una guachita. Lo cual es absolutamente veraz, dado que si bien pude salvar mi integridad física, no ocurrió lo mismo con los mil seiscientos pesos que me quedaban. Los guardaba entre las pilas de revistas y terminaron desaparecidos. Mi hipótesis es que, antes de que pasáramos al cuarto, la niñita me espió cuando sacaba del escondite el espurio precio de las dos Correrías. Después, mientras yo dormía, ella volvió al escritorio, revolvió todo y encontró los billetes. Al escuchar ruido, debe habérselos metido, vaya a saber cómo, en su ínfima bombacha.
En un primer momento, en medio de la confusión, de los gritos, del enredo de alcoba, no se me ocurrió asociar el desorden de la colección con la plata. Cuando, mientras exponía mi inútil defensa, caí en ese detalle, corrí al ya abandonado escritorio en busca del fajo, aún bajo las amenazas carniceriles de Graciela.
Mi suegro me siguió, en tanto su hija se dirigía a la cocina con propósito desconocido. El viejo farsante, aunque dejaba traslucir patriarcal indignación, había permanecido callado hasta entonces. Bien que le habrá relojeado el culo a la pendeja, el muy degenerado.
-No ves que a éste lo único que le preocupa son esas revistitas de mierda... –Comentó el traidor, al verme revolverlas febrilmente, alertando de esa manera a la otra.
Mi último fracaso sentimental reapareció, esgrimiendo un cuchillo, al tiempo que vociferaba:
-¡Mejor que te las lleves ahora mismo, porque te juro que las quemo, junto con tus bolas!
En ese instante la creí perfectamente capaz de cumplir ambas amenazas. Pero ya comprobado el despojo de Federica, no me quedaba sino disparar lo antes posible. El tiempo que hubiera llevado empacar la colección, bastaba de sobra para convertirme en eunuco. Me terminé de vestir en el ascensor.
La única pertenencia que me queda en la vida, aparte de lo puesto, es el auto. Siguiendo el consejo de un amigo experto en estas lides, nunca permití compartir la titularidad a ninguna mujer. Un auto, en casos extremos como éste, puede servir hasta de vivienda. Hoy debería estar listo. En mis actuales condiciones, no me puedo dar el lujo de tomar un taxi. Así que voy caminando al taller, mientras trato de pergeñar algún invento para evadir el pago. La suerte me ayuda: todavía falta que llegue un accesorio. Le ruego al amigo de mi tercer ex –mujer que haga cualquier emparche de urgencia, para poder usarlo un día, al menos, y traérselo nuevamente. No hay cosa que les guste más a los mecánicos que el desafío y de inmediato empieza la tarea del atado con alambre. Al cabo de dos horas, me lo entrega, con la advertencia de que no voy a poder andar con ese arreglo provisorio más que unos cientos de kilómetros. La convicción de que tendré que volver y su amistad con Graciela, hace que el tallerista no mencione el costo de los arreglos. Parto raudo. Aún con dudas, me dirijo a mi ex – departamento. Calculo que el tiempo transcurrido puede haber transformado la furia en depresión. Intentaré rescatar la ropa, algunos libros de teatro y la colección. Levanto unas cajas de cartón en el trayecto. Ruego no encontrarme con un incendio en la puerta del edificio.
El basilisco, por suerte, está tirado en el lecho adúltero, en plena etapa de lamento. Mientras empaco, suma llorosa, al reproche de infidelidad, no sé qué historia de que le robé el sello de abogada, que le falsifiqué la firma y que inicié una demanda en su nombre. Y, para peor de males, se enteró porque un tipo que está citado por el juzgado interviniente, recién vino y le armó quilombo a ella...
Fue un acierto volver enseguida, dado que a medida que desgrana las quejas, va creciendo en belicosidad... No quiero imaginarme hasta donde se escucharán sus gritos cuando, encima, su amigo mecánico le reclame la factura del auto. También fue feliz haber previsto lo de las cajas, que me abreviaron enormemente el trámite de embalaje. Mi querido ex – suegro no volvió a aparecer. Lo supuse encerrado en el baño o internado. Creí haberme salvado de que me reclame la deuda, pero cuando termino de cargar en el baúl el último bulto, lo veo doblar la esquina, con una bolsita de farmacia en la mano. Subo rápido al coche, intentando evadirlo, pero el motor no arranca. Ya lo tengo agachándose sobre la ventanilla. Como le levanto el vidrio, se enoja y empieza a golpear con la bolsita que traía.
-¡Che... ! ¿Cuándo me vas a pagar los dos mil que te presté?
Por fin logro arrancar. Por el espejito retrovisor, veo al viejo agachado, juntando lo que supongo serán pastillitas de carbón.
Queda algo de nafta en el tanque y algunas monedas en el bolsillo. Tanto como para llegar a Buenos Aires. Enfilo hacia allá, a ver que me depara el destino. Por suerte, la familia teatral es solidaria y no tengo que dormir en el auto. Encuentro alojamiento en el antiguo cuarto de servicio de un caserón derruido, que una comunidad de actores alquila en San Telmo. Vuelvo así a las penurias de mi verdadera profesión. Que si bien nunca dejé del todo, pensaba, en poco tiempo, abandonar definitivamente, merced al contraste de ingresos con mi ahora frustrada carrera judicial. Al igual que la incipiente prosperidad lograda con Cristina en el comercio, todo se derrumba con la separación. Como entonces me resta, para aguantar comida y viáticos de castings, el recurso desesperado de la venta de la colección.
Se me ocurre que, irónicamente, estoy en la misma situación que Elio Coradino, el viejito fingido por ELCOVE. Pero peor, porque al menos él, tenía los primeros números, los más cotizados, para vender. Yo, ni siquiera las fotocopias, que deben dormir olvidadas en mi ex - mesa de luz, desde que las aparté, después de escanear la dos para JUANJOS, con el propósito de revisarlas con tranquilidad. Ahora, gracias a una lamparita de cuarenta, y sentado en un camastro, contemplo las cajas repletas de revistas. De pronto, me asalta el temor que Federica, aparte de robarme la plata, se haya llevado alguna de las más antiguas para venderlas. Comienzo a desembalar y me tranquiliza encontrar la seis, las armas del Tata y la trece, el irascible coronel, de Andanzas. También de la dos en adelante de Correrías, incluyendo la siete y la setenta y uno de RICHARD, que sin duda Federica intentó rescatar y no pudo. Esas dos revistas y un polvo me terminaron costando mil seiscientos pesos. ¿Y si lo llamara al ex –concitadino y le contara, con obligados retoques, la doble estafa de su hija? Mejor no correr el riesgo, esa pendeja es capaz de acusarme de haberla violado, y encima no hay que descartar que sea menor de edad. Puedo terminar preso.
Después de la inspección de los ejemplares, subsiste, de todos modos, la impresión que algunos faltan. Tendrían que ser de Andanzas, porque corroboré que las Correrías están completas. Pero no podría precisar cuáles, ya que la lista la guardaba en la PC de Graciela. ¿Es posible que Federica los hubiera ocultado en su bolso (que había quedado en la cocina y alcanzó a manotear, al salir), y vuelto al escritorio por otros? No resulta lógico. De ser así, hubiera privilegiado los de mayor valor, instruida como estaba por mi propia acción docente. Si hay algún faltante, debe atribuirse al apuro con que empaqué, urgido por la furia de Graciela. Algunos pocos pueden haber caído detrás de los estantes. Pero, al menos por lo que constaté, no debe tratarse de números importantes.
Me resta decidir donde vender. Necesito un lugar donde poderlos ubicar en bloque y rápido. Donde me los coticen relativamente bien y me paguen en efectivo. Un lugar importante. De FERIA FRANCA, ni hablar. Descartando a los pequeños mercaderes y a los del Parque, me quedan la Librarie y el Comic's Club. Ezra, a diferencia del otro local, sólo trafica ejemplares perfectos. Y aún de interesarse en mi despareja colección, con su hábil juego de regateo, pretendería sacarla por centavos, para después valuarla en Euros. No hay más que pensar. El candidato es ElTony. Aparte, es con quien mejor vínculo he tenido en los últimos tiempos y no anda con ninguna historia extraña. Mañana a primera hora lo llamo. No puedo correr el riesgo de no encontrarlo. La nafta apenas me va a alcanzar para llegar al centro.De modo que, en vez del mar, el lugar para arrojar los restos del Indio será el Comic's Club. Debería meter, entre los ejemplares, una foto de Graciela. Hoy es noche de despedidas. Esta colección, trabajosamente construida a lo largo de más de una década, merece un digno adiós, a diferencia del que tuve con mi tercer ex - mujer. Estoy demasiado cansado para revolver y saco al azar una revista. Le toca representar a sus congéneres, en la ceremonia, a la Andanzas número cien. Un número redondo, diría RICHARD. El título, rivales en el infierno, me recuerda las escenas de esta tarde. Abril del '65. Yo estaría cumpliendo ocho... ¿Cómo habrá sido mi fiesta de cumpleaños? ¿Me lo habrán festejado? ¿O El sufriría una de sus tantas internaciones y Ella estaría acompañándolo?... Para abril del '65, yo debía tener conciencia de la importancia de los números redondos, porque recuerdo ahora que esperé que algo pasara con la aparición del cien. Un festejo, una edición extraordinaria, un destacado en portada... Nada de eso ocurrió. Aunque en la tapa vuelve a estar Mandinga. Aquí sí, viste el jacquet con capa y galera, su histórica indumentaria en las Andanzas. El argumento versa sobre un poderoso empresario que está haciendo sombra con sus maldades al mismísimo jefe del infierno. Los secuaces de éste, admiran a aquél. Entonces, el diablo, sufriendo uno de los pecados capitales, va a pactar nuevamente con el Indio. Le pide que elimine a su competidor, regenerándolo. Cuando el quijotesco Cacique está a punto de fracasar, la redención parece lograrse a través del amor. Pero resulta que el que mete la cola en esta oportunidad es el Padrino, que ha atravesado en el camino del empresario a una corista para, asociado con ella, desplumarlo. Al enterarse del vil propósito, el engañado industrial, estrujando el ramo de flores que llevaba a su prometida, dice: "¡Esto me ha convencido de que no se puede creer en nadie! ¡El mundo conocerá mi odio y mi rencor!". Mandinga, que lo escucha agazapado en una esquina, calcula que hallándose todavía redimido, si muriera en ese momento, no iría al infierno...
Mi atención en la lectura, hasta ahora distraída, se agudiza cuando llego al siguiente cuadrito, donde unos obreros levantan con sogas una caja fuerte, por debajo de la cual está pasando justamente el empresario. El diablo envía con la mirada un rayo que corta las cuerdas y el pesado objeto cae sobre la cabeza del otro...
¿Qué implicancias tiene esta imagen?
Pone en crisis la de Mandinga, sobre un techo, empujando una caja fuerte para que caiga en la cabeza del Indio, que yo supuse haber visto en el ejemplar en manos del sereno de la galería CADU, y atribuí a la cola del diablo, la cincuenta y ocho, aparecida en octubre del '61, es decir casi cuatro años antes de la cien, cuando yo tenía apenas cuatro, y que al no encontrarla en diablos paralelos, Selección de las Mejores de enero del '97 (donde sí estaba en un cuadrito Satanás observando desde arriba, pero subido a un mueble y una caja fuerte, que no era empujada sobre nadie), supuse que era a causa de la adaptación, lo mismo que los cambios en la indumentaria de Mandinga, lo que ahora relativizo, porque quizá mi recuerdo del jacquet con capa corresponda a la cien y a otras Andanzas, pero no a la cola del diablo, que es muy anterior y donde quizá sí vistiera traje con gabán, incluso me parece recordar ahora un sombrerito con pluma que se correspondería al traje con gabán, puesto que con el jacquet porta rigurosa galera. ¿De dónde salió el sombrerito? La tapa de la cola del diablo la vi una única vez en el Parque, y sólo recuerdo borrosamente de ella que aparecían las pamelitas... No. La volví a ver hace poco, en FERIA FRANCA, en la venta de SERTUFILIUS, que originó la ruptura con ELCOVE. Y el diablo tenía en esa tapa traje con gabán y sombrerito con pluma. Aún en baja resolución, esos detalles eran fácilmente perceptibles. ¿Por qué, entonces, seguí cargándole culpa al versionista?¿Por qué la imagen en jpg. no reemplazó a la que tramposamente había instituido mi memoria? No basta la explicación de las circunstancias conflictivas en medio de las cuales la observé. ¿Y cuántas veces habré releído rivales en el infierno, desde que fue recuperada? ¿Tres, cuatro? ¿Por qué recién ahora, reparo en que el cuadrito perdido en el pasado parece corresponderse a ésta, aunque el que pase debajo de la caja fuerte no sea el Indio, sino un malvado empresario? ¿Por qué, si estaba acá, seguí buscando, ubicándolo imaginariamente en la cola del diablo? ¿Decidí que la víctima no podía ser un villano? ¿Pensé que sólo encima de la cabeza de los héroes pendían las amenazas? Sin duda, he preferido quedarme con mi recuerdo, asociando así la idea de un peligro inminente, cerniéndose sobre el protagonista, con mi propia situación, en esa otra vida, expuesto al pozo de la galería CADU de Zárate, pero felizmente preservado por El o por Ella, o por El y Ella, que me tenían de la mano para que no cayera. Y no ha sido el azar, sino el destino, el que me hizo escoger, entre tantísimas otras, la cien de Andanzas. En esta noche fatal, en la que ya nadie me sujeta, no puede ser casual que aparezca la revelación.
Pero quizá sea lo que me pasa esta noche, justamente, lo que me lleve a aferrarme de rivales en el infierno, que tengo en mis manos, e identificarla con el cuadrito perdido, como una forma de seguir aferrado a la de Ellos, ya que no le compré a SERTUFILIUS, en contra de la opinión de ELCOVE, la cola del diablo, y apenas tengo, sepultada en las cajas, una Selección de las Mejores, con el título sustituido. Porque para la época de la cien, yo estaba muy cercano a iniciar la primer colección, que arrancaba, sin que me importaran demasiado los números redondos, aunque tuviera conciencia de ellos, o a lo mejor la poca importancia dada por la editorial al acontecimiento de llegar al centenar, hizo que creyera que no la tenían, arrancaba, digo, con la ciento siete, platos voladores, en las Andanzas, como traslación de mi decisión respecto a el monaguillo del diablo, la noventa y cinco de Correrías, puesto que ambas eran contemporáneas. Es curioso que el diablo siga apareciendo y me confunda, porque para ese entonces, aunque todavía no las juntara, Ella ya me las compraba a todas, entonces no se justifica, que me hubiera quedado tan grabado como enigma el cuadrito visto en la galería, si tenía ese mismo ejemplar en mi casa. Aparte, al contemplarme en el recuerdo en aquel lugar, aparezco como un chico mucho más cercano a los cuatro años, que a los ocho. Y un chico de cuatro años no debería tener demasiada conciencia de los números redondos. Y hasta es posible que tuviera menos y que el cuadrito perdido, ya que esas escenas eran frecuentes en las historietas, lo mismo que la presencia de Mandinga, no perteneciera ni siquiera a la cola del diablo, sino a otra anterior e ignota Andanzas, que nunca he tenido, ni tendré jamás.
No existirá en el futuro oportunidad de contestarme estos interrogantes. Mañana me desprenderé de mi segunda colección, y ya no habrá una tercera en mi vida.
Restituyo a rivales en el infierno su condición de ser una más entre tantas, concluyendo así la ceremonia de despedida.
Apago la lamparita de cuarenta, y me tapo con una raída frazada.
En la duermevela, aparece la idea de que nada de lo que se procesa en la mente puede darse por seguro, aún cuando se pretenda constatarlo en la realidad.
Después, el sueño me dicta tres imágenes.
Un volcán del que brota un magma indiferenciado.
Un rompecabezas que trato de armar infructuosamente, con piezas equivocadas, pero de número redondo.
El diablo, vistiendo alternativamente, traje o jacquet. Está en el aula de un colegio. El es el maestro y yo uno de los tantos alumnos. Escribe en un pizarrón la palabra casualidad. También las letras empiezan a cambiar de lugar.

(continuará)

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