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viernes, abril 20, 2007

XXIII. LOS LIBROS DEL MAESTRO (1)

Por suerte, mi ex – suegro no había desempacado desde que llegó de Mar del Plata, de modo que arrancar para Saladillo sólo le llevó el tiempo de dejarle una nota a Graciela.
A las pocas cuadras, el viejo se me empaca.
-¡Pará!, pará acá...
-No tengo tiempo de parar.
-Pará o me tiro del auto.
Freno, porque sé que es tan loco como la hija.
-¿Qué se olvidó? Si volvemos, por ahí está Graciela y...
-No. Quiero comprar unas masas para el viaje. Estoy cagado de hambre...
-Después se va a cagar, pero en serio. Su hija...
-Vos ya no tenés que cuidarme. –Concluye taxativo, bajándose.
Recién ahí reparo en que lo que había detectado el viejo era el local de El Rey del Dulce.
¿Qué significa este derrotero, que estoy siguiendo a ciegas? ¿Mero producto de la casualidad? ¿O está fijado de antemano por alguien? ¿Por qué me dirijo ahora a Saladillo, aún a riesgo de que el auto me deje a mitad de camino? Descarto que me guíe un tardío reflejo compulsivo por la dos de Andanzas. Los acontecimientos que acabaron con esa búsqueda, si bien son recientes, parecen haber sucedido hace un siglo. Tal la dimensión del cambio de circunstancias. Resulta paradójico pensar que si la aparición del peón de los Quinteros se hubiera dado apenas unos días antes, todo hubiera sido distinto. Quizá estaría yo ahora en Mar del Plata, tomando un café en la Boston con JUANJOS y mostrándole el ejemplar de la tapa con crucecitas, igual a la que le mandé por mail. Supongo que es justamente por esas crucecitas que voy a Saladillo, antes que por el negocio que significa comprar esa revista en diez pesos. Si no, sería más sensato pasar primero por el Club, darle a Tony la fotocopia, y asegurarme las diez lucas. ¿Cómo fue a parar la dos robada a ALLIPAC, propiedad de Obestein, a la estancia de –al decir de mi ex – suegro- la familia del Maestro? Y en manos de un peón que seguramente la rescató, antes del remate, de algún mueble donde estaba olvidada junto a otras revistas... ¿Se tratará del mismo ejemplar? Apenas si ví el original de Obestein, en su momento. Después, cuando reparé en las crucecitas rojas que aparecen en la copia, las atribuí al lápiz de un pibe aburrido en una siesta de hacía más de cuarenta años. Por primera vez se me ocurre que quizá no se deban a eso, sino a un defecto de impresión. Es sabido que no todos los ejemplares de una tirada son exactos. A menudo salían a la venta algunos imperfectos, como el de puente al otro mundo de Correrías, que estaba deshojado cuando lo compré en la distribuidora de Zárate. O sucedía que el color estaba desfasado del dibujo. O el corte entre las revistas era desparejo, de modo que en el borde de abajo se colaba un pedazo de la siguiente. Sin duda, las crucecitas no responden al diseño de tapa original. Lo terminé de comprobar con la de Ezra, donde no aparecían. Es posible que un defecto de la matriz, después corregido, haya quedado impreso en unos cuantos ejemplares. Dado que el delirio de los coleccionistas no tiene límites, puede ser también que, justamente éstos, sean los más codiciados. He oído de casos parecidos, donde las pocas ediciones imperfectas de una tirada, eran cotizadas muy por encima de las normales. Eso explicaría la mención al detalle de las crucecitas en Obestein, ALLIPAC y ElTony mismo. La insistencia de éste último en que le llevara, aunque sea, la fotocopia, hace augurar que si le ofreciera el original marcado, puedo sacarle unos dos mil adicionales, al menos, teniendo en cuenta la cotización que hacía Ezra de uno sin crucecitas. Pero antes de negociar con él, tengo que comprobar mis teorías en Saladillo.
Mi ex - suegro vuelve del Rey del Dulce, cargado de paquetes grasientos. Mientras sube al auto me comenta:
-Decíme... Esa que va ahí... ¿No es la piba que te culiaste?
Miro en la dirección que me señala y, en efecto, alcanzo a ver, entrando en el local de LOLO, a Federica. Va acompañada de dos muchachos: un flaco alto, de unos treinta años, y un morocho petizo, que me parece conocer de algún lado.
Ahora, no me caben dudas. LOLO y RICHARD son una misma persona.
-La verdad... –Prosigue mi ex – suegro-, aunque no tendría que decirlo, te entiendo. La pendeja tiene flor de ojete... Arrancá, che. Yo ya estoy equipado.
Por suerte, en el resto del viaje, mantiene la boca ocupada en las masas, facturas y variados sándwiches de miga. El silencio me ayuda para tratar de dilucidar si el accionar de Federica obedeció a un mandato de su padre o formaba parte de su propia naturaleza. Llegando a Saladillo, los datos analizados inclinan la balanza por la última hipótesis, por lo menos en cuanto al dinero faltante. El sólo hecho de la posición económica de LOLO-RICHARD descarta que haya mandado a su hija a robar. Tampoco podría explicarse como una trampa de aquél, la espuria oferta que Federica me hiciera por los ejemplares de Correrías. Siguieron en mi poder y, al parecer, al momento, no me han sido reclamados. De lo contrario, mi suegro me lo hubiera dicho.
El viejo recién vuelve a hablar cuando nota que, en vez de dirigirme hacia su casa, enfilo para el kiosco de su amigo.
-Eh, che... Dejáme a mí antes. Tengo que ir al baño.
-Espéreme. Es un minuto.
No bien el kiosquero me ve, repite su lamento de que no haya respondido antes.
-Que lástima. El peón tenía un montón de revistas... Pero yo no sabía si usted, a ese precio...
-No importa. Muéstreme el ejemplar.
Me lo trae y compruebo, tal como pensaba, que las crucecitas de la tapa responden a la impresión y no a un agregado. Después de pagarle lo que él había abonado, más una comisión de dos pesos, se me ocurre preguntarle...
-¿Vive por acá ese hombre?
-Casi saliendo del pueblo, por el puente viejo, creo...
-¿Cómo se llama?
-Barboza... ¿Va a ir a verlo? En una de ésas tiene suerte, y todavía no las vendió... Me dijo que si yo no las quería, se las iba a ofrecer al Chiquito Cabello.
Antes de subir al auto, decido que me voy a tirar el lance. Si bien, de los cien adelantados por ElTony ya me queda muy poco, lo tengo a mi ex - suegro de rehén.
-¿Para dónde agarrás?
-Para el puente viejo.
-Pero yo me estoy cagando...
-Aguante. Después lo llevo.
-¿Qué tenés que hacer ahí?...
-Nada. es un minuto.
Pasa más de media hora hasta que, después de preguntar por los alrededores, localizo el rancho de Barboza. Me bajo, tosiendo por las nubes de tierra que tragué en la búsqueda, pero totalmente impermeable a las quejas de mi ex – suegro, que viene desgranando desde que salimos del kiosco. Me reciben los perros. Esos bichos me generan una infinita desconfianza, porque nunca los tuve. En realidad, en casa, de chico, había uno, pero era de El.
En el fondo del rancho se encuentra un paisano mateando. Cuando me advierte por los ladridos, me grita que entre. Le hago señas de que se aproxime. Parsimoniosamente, se levanta del banquito, deja el mate y comienza el recorrido. Espero que esa misma lentitud haya impedido que los ejemplares caigan en las garras del Chiquito.
-¿Qué dice, amigo?
-¿Usted es Barboza, el que era peón de los Quinteros?
-El mesmo, para servirle... Parece que hoy es día de visitas...
-Yo vengo a comprarle unas revistas, que me dijeron...
-¿Ah, sí? Pero vea usted la coincidencia... ¿No quiere entrar?
¿Coincidencia? ¿Día de visitas?... ¿Se me habrá adelantado el Chiquito? No. Si fuera así no me invitaría a pasar. Se debe referir a que yo quiero comprar y él vende. Y con lo de las visitas, a que por acá nunca pasa nadie. Estos paisanos hablan elípticamente. Ahora, el problema son...
-Los perros...
-No le hacen daño a una mosca... ¡Batuque! ¡Manchau! ¡Berruco! ¡Vaya 'dentro, carajo!
Las bestias obedecen.
-¿Lo ve?... Pase ahora. –Señala a mi suegro- ¿El señor...?
-¿Tiene baño acá? –Se me ocurre.
-Apenas un excusau, pero limpito, eso sí...
Le pido al gaucho que me espere, y me dirijo al auto. Ventanilla de por medio, le digo a mi ex – suegro...
-Tengo que hacer un negocio con el paisano. Présteme cien...
-¿Sos loco? Me debés un montón.
-Eso era a cambio de traerlo. No le cobré la nafta...
-Igual. No te doy.
-Hago el negocio y le prometo que le devuelvo todo...
- No te creo. Lleváme a casa, o me cago arriba del auto.
-Lo lamento. Si no puedo hacer este negocio, tengo que seguir camino hasta De La Riestra. Si quiere, bájese acá y vaya caminando.
La extorsión tiene éxito y hasta le saco veinte adicionales, por el uso del excusado.
Mi anfitrión, mate de por medio, me relata que previo al remate de la estancia de los Quinteros, hará de esto como un mes, le habían ordenado hacer limpieza en el casco, pero le encomendaron que no tirara una caja con libros y revistas viejas. Según le dijeron sus ex - patrones, pertenecían al mismísimo creador del Indio, que acostumbraba, de tanto en tanto, aparecer por el campo de sus parientes. El peón se enteró, también por mentas de los ex –dueños del campo, que en un lugar que se llamaba FERIA FRANCA, esas revistas cotizaban muy bien. Después del remate, como compensación por jornales adeudados, se llevó de allí la caja. Pero lo de vender por la Internet, resultaba muy complicado para él, así que, habiendo visto el cartelito en el kiosco, decidió llevarlas ahí.
-Justamente –Intervengo-. Me enteré que el kiosquero no se las compró, por eso vine...
-Llega tarde, amigazo –Me ataja-. Ya no las tengo.
Mis sospechas se confirman. Me aventajó el desgraciado del Chiquito Cabello, pienso. Pero me equivoco.
-Las dejé acá, pensando en ir una tarde de éstas a ver a uno que se ocupa de comprar cosas viejas, acá en el pueblo... Pasaron los días y por una cosa o por otra, no fui... Pero resulta que reciencito... ¿qué hará?... una hora a lo sumo, así como llegó usted, para un auto rojo acá adelante. Venían tres tipos arriba. Uno de ellos se baja y me dice que eran parientes de los Quinteros, y que se habían enterau que yo me había llevado una caja de la estancia y que la querían de vuelta. Yo me ocupé de aclararle que no era ningún ladrón y que si había tomau lo que no es mío era porque se me debían jornales... Ningún problema, me dice el hombre. ¿Cuánto se le debe?... Unos cien pesos, calculo –Le contesto. El tipo ahí nomás pela la billetera, saca doscientos, me los da... ¿Conforme? –Me pregunta. Conforme –Le digo. Le doy las revistas y se van.
Mala suerte. Pareciera que el tiempo (o el destino) me atrasa o me adelanta. Me consuelo pensando que, al menos, rescaté la dos. Ya me estoy levantando para ir a buscar al viejo, que sigue en el excusado, cuando el peón agrega...
-Lo que sí me quedaron son los libros. Como los había apartau de las revistas, con los nervios que me agarré con éstos del auto rojo, me olvidé de dárselos. Si le interesan...
Sin esperar contestación, entra al rancho a buscarlos. Lo que me hace pensar que el paisano es lento sólo para algunas cosas. Después de todo, no estará de más echar una ojeada, me digo. Vuelve con una caja que contiene una veintena de libros. Comienzo a revisarlos y no parece haber nada particular. Un poco de literatura: el "Martín Fierro", "En busca del tiempo perdido"... Mucho de historia... De pronto, me llama la atención uno, con aspecto bastante antiguo, en alemán, de título nefasto. "Mein Kampf", se lee en la portada. Lo abro y en la primer hoja aparece, inconfundible, la firma manuscrita del Maestro. Reviso ahora con más detenimiento los otros volúmenes y advierto que la mayoría trata sobre el nazismo. Se repite en todos, además, la rúbrica con doble línea, para nombre y apellido, y con las rayitas precediendo a la Q y sucediendo a la O. Entonces era cierto, nomás. El creador del Indio anduvo por Saladillo. Y además, paseando sus simpatías ideológicas.
-Me da lo que a usted le parezca y se los lleva a todos... –Me está diciendo el peón.
Siento una súbita aversión por esa caja contaminada de infame literatura y ya voy a devolvérsela, cuando reparo en un volumen que había quedado tapado por los demás. El título me resulta conocido. Voy a la primer página y no encuentro la firma del Maestro. Debajo de una dedicatoria, aparece otra. Perfectamente legible y perteneciente al autor: el padre Alberto María de Agustinis.
Al alejarme del rancho de Barboza, veo a un auto estacionando allí. La polvareda me impide identificar si es rojo. Por las dudas que los parientes de los Quinteros hayan registrado el faltante y vuelvan por él, acelero a fondo.

(continuará)

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