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lunes, mayo 28, 2007

XXIV. LAS PIEZAS DEL ROMPECABEZAS (2)

Conseguir velas a esta hora y en este barrio debe ser tarea tan imposible como desenredar la madeja de mis conjeturas. De modo que, ni bien llego a la puerta del caserón, saco mi encendedor para que interrumpa las tinieblas del patio hasta llegar a mi cuartito. Doy por descontado que el compañero equilibrista no volvió de su exitosa gira y por lo tanto la conexión clandestina no fue restablecida. No me equivoco. Sin embargo, el patio está iluminado a full. Mis amigos actores, reunidos allí, parecen haber libado copiosamente. Algunos, los que aún resisten, lo siguen haciendo frente a los restos de un gran asado. Me sale al cruce Palo, exultante.
-La que te perdiste, loco... Chupi y morfi de primera.
-¿Un contrato con Romay?
-Convite del arquitecto... –Señala.
Entre el grupo de borrachos, individualizo a Moreno, con pantaloncitos cortos, a pesar del frío.
-No sabés... –Prosigue Palito- Resultó ser un tipo de primera. Armamos una comisión y fuimos a explicarle que éramos una comunidad de actores investigando sobre teatro griego... Le mandamos cualquiera con tal que no nos deje en la calle... El tipo se reenganchó con el verso de la cultura, y no sólo nos firmó un contrato de... ¿Che, cómo dijo que se llamaba el contrato, el abogado de la Asociación? –Interpela a otro.
-De usu.. fruto... –Contesta el antagonista de voz aguardentosa. Y remata, con la acción física del brindis- ...de la vid.
Palo se ríe del gag, repetido seguramente a lo largo de toda la velada, y prosigue...
-También, ahí nomás, movió influencias para que nos conecten la luz... Por derecha. Y nos prometió gas, teléfono... Y un subsidio... Un capo, el arquitecto.
El susodicho nota mi presencia y parece reconocerme. Agitando la mano enfáticamente –quizá contagiado por la calidad expresiva de los que lo rodean-, me invita a acercarme.
-¿Qué dice el amigo de un amigo, que por ende, es amigo mío también? ¿Cómo anda el atorrante ése del Chiquito? Dígale, cuando lo vea, que en cualquier momento me caigo por allá...
Moreno se parece ahora al retrato pintado por el saladillense. Se nota que las libaciones etílicas lo transforman...
-Apropíncuese, nomás... Acá queda un resto de costillar y hemos procurado que el vino no falte... ¿Conoce el cuento del tipo que compra dos salamines y dos damajuanas de vino? Cuando llega a la casa el amigo le dice: Che... ¿no será mucho?... ¿Qué, el vino?, pregunta el otro. ¡No, boludo! ¡Los salamines!...
Los salamines, los salamines... repite el coro trágico, en puesta vanguardista, que debe ir, en esta escena, por el décimo ensayo. Me sumo a la lastimosa jocosidad reinante. No recuerdo cuando fue la última vez que comí. Antes, eso sí, voy a esconder bajo el camastro, la caja con los libros y la fotocopia y el original de la dos de Andanzas.
El asado está exquisito y el vino es de buena calidad. De a poco, los coreutas se van retirando a los cuartos, o directamente se tiran a dormir de cara al cielo estrellado. Cuando termino el cigarrillo del postre, he quedado solo con el arquitecto. Quizá sea el deus ex machina que necesitaba. Su estado me invita a la audacia. Calculo que dentro de un rato estará dormido como los otros, y mañana habrá olvidado cualquier pregunta peligrosa que pudiera formularle. Comienzo lateralmente...
-Me parece recordar que en su gestión se hizo un homenaje al creador de las historietas del Indio, ¿no?
-Muchos homenajes hicimos... No costaba nada... Formaban parte de un ciclo... "Se viene la homenajeada", lo habíamos titulado...
Las carcajadas que emite, por suerte, no despiertan a los artistas. Presiento, de todos modos, que no va a ser fácil...
-Cuando inauguraron la plazoleta del Maestro, estaba ahí otro conocido en común...
-¿Ah sí, che? No diga... ¿Quién?
-Pablo Sepia.
-Lo conozco a ese muchacho... Y vea lo que son las cosas... Una vez lo llevé a Saladillo... A la casa del Chiquito...
-Que curioso.
-Sepia estaba interesado por un libro, que tenía el atorrante aquél...
Se interrumpe, hipando.
-¿Un libro? ¿Cuál?
Mi incitación a que continúe el relato no surte efecto, porque el arquitecto, de pronto, parece haber caído en un sopor definitivo. Tengo que impedirlo, siempre y cuando encuentre algo en la cocina...
-¿No se tomaría un cafecito?... O unos mates –Amplío, por las dudas.
-Que café ni mate –Se despierta- ¡Champagne!... ¿Anda en auto, usted?...
-Sí, pero...
-Partamos. Conozco un piringundín, por la Chacarita, donde hay unas chicas preciosas...
-Usted me hablaba de Sepia, de un libro...
-Allá le cuento la historia... –Concluye, levantándose penosamente y acomodando su boina.

(continuará)

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