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lunes, mayo 28, 2007

XXIV. LAS PIEZAS DEL ROMPECABEZAS (3)

Debo haber hecho unos seiscientos kilómetros en esta jornada interminable y ahora tengo que atravesar media ciudad hasta la Chacarita, porque no hubo forma de convencer a Moreno que nos quedáramos en el patio o que recalarámos en algún lugar más cercano. Espero que lo que tenga para contarme, valga la pena... El arquitecto ronca durante el trayecto. Cuando diviso los muros del sombrío cementerio, lo sacudo... Me indica, con precisión, como llegar al piringundín.
No bien entramos al interior del local, Moreno se excusa para ir al baño. Me alejo de los pocos parroquianos que se alcanzan a ver, y elijo una especie de reservado, desde donde, a pesar de estar retirado, se domina casi todo el ambiente. Ya no creo estar seguro en ningún lado. Me siento en una mesita redonda, con mantel rojo hasta el piso, a tono con las paredes pintadas de rojo, y la rojiza iluminación. No termino de instalarme, que se me acerca una copera –de pollerita negra-. Declino gentil la oferta de compañía y la chica se va. El arquitecto regresa del baño totalmente renovado, con sospechosos restos de polvo blanco alrededor de las fosas nasales. Su conducta es diametralmente opuesta a la discreción. Cuando me ubica, de parado, llama con palmadas a las chicas. Me recuerda al Padrino en el cabaret de armas para el caribe, la sesenta y cuatro de Andanzas, que leí en la reedición de diciembre del '94, como ¿paloma o buitre?. Las coperas acuden de inmediato, en número de tres, incluyendo a la que yo había rechazado antes. Esta me mira ahora como marcando diferencias con mi compañero, que acapara a todas, sin que a mí me importe. Siguiendo con su estilo ampuloso, Moreno llama al camarero y pide un Don Perignon. Para cuando llega el carrito con el balde y las cinco copas, ya ha sobado reiteradamente las piernas de las chicas y proferido un par de chistes procaces. Me preparo para las dificultades que se van a presentar para seguir averiguando en semejante clima. Pero el arquitecto es una caja de sorpresas, como la que duerme debajo de mi camastro. Después de la primer vuelta, despide a las chicas diciendo...
-Tenemos que hablar, acá, con el amigo...
Las coperas no terminaron de levantarse, cuando continúa...
-¿A usted le gustan las historietas del Indio, no?... ¿Conoce el Terre Magellaniche?
-No –Miento, apenas recuperado del impacto.
-Le voy a contar la historia de ese libro... –Preludia, y después de servir ambas copas, comienza un insólito y extenso relato- Yo fui muy amigo del Maestro. Pero no por las revistitas ésas. Nunca me interesaron demasiado, y creo que, en el fondo, a él tampoco. El era más un empresario que un dibujante. Hombres de campo los dos, nos unía la pasión por los caballos. El era un hábil jinete y le gustaba el polo, a mí me tiraba más, como al Padrino, Palermo y San Isidro. Pero nos entendíamos muy bien. El supo tener campos en Brandsen y en Cañuelas, donde criaba animales de raza y me llevaba a verlos. Pero su verdadero refugio fue la estancia de Saladillo. El Maestro era un hombre que huía del mundo, no le gustaba para nada la figuración, aspecto en el que también nos parecíamos. Por eso él mentía respecto a esa estancia, decía que no era suya, sino de unos parientes de apellido similar. Un invento. No quería que lo fueran a embromar, simplemente. Al menos una vez al mes, se hacía una escapada hasta allá y siempre me pedía que lo acompañase. En uno de esos viajes, me tengo que correr hasta el pueblo, no se por qué... Por algunas botellas de vino, debía ser, porque en la estancia no había, el Maestro era abstemio, en eso no éramos parecidos... y, así, de casualidad, lo conozco al Chiquito Cabello. De lo que le cuento hará una punta de años, eh... Vea lo que son las cosas, recién había caído por Saladillo, porque él antes vivía en Cañuelas. El atorrante me comenta que, recorriendo las estancias de los alrededores, había reunido una buena cantidad de antigüedades. Me lleva a verlas, y de verdad, tenía cosas muy interesantes. Yo lo termino conectando con anticuarios de San Telmo, y ahí empezamos a hacer amistad. Así que, cada vez que paraba en la estancia del Maestro, le hacía una visita al Chiquito, al que sí le gusta el chupi, y mucho, chupaba como una esponja el desgraciado... En uno de esos asados, que terminaban como a las cinco de la mañana, me comenta que a la hija le gustaban las historietas y que como yo era amigo del Maestro, me dice si no le podía pedir algunas. Le termino consiguiendo una pila enorme. Ahí, en la estancia, había guardadas cantidades impresionantes de ejemplares. La mayoría tenía defectos de impresión, y como en la editorial no había lugar y al Maestro le daba pena tirarlos, los llevaba ahí, para que leyeran los peones. Los que sabían leer, claro. El Chiquito se embaló y me seguía pidiendo de esas revistitas, sobre todo de las más viejas... Yo se las llevaba, pero me parecía raro, porque calculaba que la hija, ya hace rato las debía tener todas. Una noche, en pedo, me contó la verdad. Resulta que había dos judíos, uno en el Parque Rivadavia y otro por ahí cerca, que estaban acaparando el negocio de las revistas viejas del Indio, y el Chiquito se las proveía. Ahora, como la mayor parte de las que les llevaba eran defectuosas, y los coleccionistas quisquillosos no las querían, a estos judíos se les ocurrió valuar el doble esos ejemplares, con el verso, justamente, de su excepcionalidad. Se ve que son bastante pelotudos los que coleccionan esas cosas, porque se lo tragaron y los judíos hicieron fortunas, aunque a uno de ellos lo terminaron echando del Parque por sus maniobras. Terminó recalando en Palermo, creo... Yo dejo de llevárselas al Chiquito, no me gustaba que me tomara de idiota útil. Un día el Maestro me pregunta, extrañado que no le pida más revistas, y yo le cuento lo que había pasado. El no me dice nada, pero calculé que no le había caído bien. Usted sabe que a los judíos no los quería mucho... Pasó un tiempo, me llama por teléfono. Me dice: Veníte a la editorial. Pensé que quería consultarme por algún caballo que estaría por comprar, y me llego hasta Lambaré 1012, que es donde estaba entonces. Me recibe en su oficina, que era señorial, siempre impecable, sobria, a diferencia del resto de las instalaciones, tapado de revistas y bocetos. Me llama la atención, entonces, que arriba del escritorio hubiera como cien libros, todos iguales y tres ejemplares de una misma Andanzas. Agarra ésos, que eran del número dos, y me señala unas crucecitas en la tapa. Defecto de impresión, me dice... Después, me alcanza un libro, leo en el lomo: Tierra de Magallanes... Lo miro extrañado, porque no me explicaba nada. Parecía esperar que yo entendiera... Por fin me dice: Vamos a darle un escarmiento a esos judíos de mierda... Y tu amigo de Saladillo nos va ayudar.
La fascinación hipnótica que me produce el relato de Moreno, se interrumpe por un torpe movimiento de éste al intentar sacar la botella para volver a servir las copas. El balde cae y un impulso instintivo me hace incorporar para recogerlo. En ese momento, a pesar de la poca luz, alcanzo a distinguir que ingresan al local tres personas. Casi simultáneamente, alguien me aferra el brazo. Me doy vuelta y es ELCOVE. Lleva un bonetito en la cabeza y una matraca en la otra mano. Se le deslizan serpentinas por el saco. Una vez más, me aparece la imagen del Padrino en una de sus tantas farras. Pero ELCOVE está alterado. "Vamos... ", dice, mientras prácticamente me arrastra a una puertita lateral por la que salimos a la calle. El aire fresco me hace reaccionar.
-¿Qué hacés acá? ¿Qué querés?
- Me necesitás. Subí... –Se despoja de los accesorios fiesteros, y ya está arriba del auto. No entiendo cómo tiene la llave, pero obedezco y me ubico en el asiento del acompañante. ELCOVE arranca raudo.
-Tenés a ElTony encima, pelotudo.
Miro hacia atrás y efectivamente, veo el Chevrolet rojo, todavía estacionado enfrente del piringundín.

(continuará)

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