SOBRE ESTE BLOG...

Acá vas a encontrar, básicamente, data sobre historieta cómica argentina clásica. Además, bastante de bande dessinée. Algunas reflexiones sobre el lenguaje historietístico, muchas polémicas y miles de imágenes, la mayoría de mis propios archivos. La forma más fácil de ubicar un material o autor es ir a "Etiquetas", revisar y hacer click en la pertinente. También podés escribir una palabra clave en "Buscar en este blog". Tenés mi contacto, encima. Suelo responder mails si la consulta es muy específica. Podés tomar lo que quieras, siempre que cites la procedencia. Si no citás, y te ubico, te escracho públicamente, como he hecho en varias oportunidades. Enjoy

sábado, marzo 31, 2007

EL REGRESO DEL INDIO (18): LA NOTICIA ES ALARMANTE, PARTE ISIDORO CON DANTE


XXI. ULTIMA SEPARACION (1)

(Continuación)... Volvemos a la desolada cumbre y es el hijo quien habla:
EL INDIO: ¿Te das cuenta, Tata?... Así andamos tuitos, como bola sin manija...
EL TATA: Pero al final no me has contaú cómo perdiste tu fortuna. ¡Desembuchá de una vez, canejo! ¿O te creés que los espirítus tenemos la eternidad pa' perderla escuchando pavadas?
EL INDIO: (Demudado, intenta explicar) Los pobres, Tata... Fue por ellos que me he arruinaú... La beneficencia... Siempre créiba que iba poder ayudar a tuitos, pero cada vez hay más gurises en la calle, gente sin trabajo, viejitos pidiendo... No doy abasto... Antes, con el asilo 'e las pamelitas alcanzaba... Pa' pior, mis antiguos enemigos ahura parece que se han convertido en gente rispetable.
Sobre el off del Indio se suceden cuadritos que muestran: el mapa de la pobreza; el villano francés, levantando la mano en un banca del Congreso; el Hindú, posando para la prensa junto al Presidente; Mandinga dictando una sentencia al oído de un Juez de la Nación... (continuará).

(continuará)

jueves, marzo 29, 2007

XX. PASO DE COMEDIA (2)

El tallerista amigo de mi actual mujer tiene problemas en conseguir algunos repuestos, que parece que son importados (y que, además, cuestan fortunas). Graciela no admite el argumento para postergar el viaje, de modo que decidimos que vaya ella con el padre, en colectivo, y que yo me sume cuando esté listo el auto. Me tranquiliza no tener que evadir los llamados de JUANJOS, al que le di el teléfono del departamento de Varese. Por alguna razón, me pesa seguir mintiendo a ese muchacho. Le tendré que escribir, anunciándole la postergación de mi visita a Mar del Plata. De ir, finalmente, no tiene por qué enterarse.
Ahora, estoy pensando en completar mi colección de Correrías. La decisión de terminar con el Indio no necesariamente debería incluír su versión infantil. Después de todo fue mi primer amor, descubierto en la panadería de Boedo y San Juan, donde Ella me dejaba, cada vez que tenía que cuidarlo a El, y yo la extrañaba, pero cuando volvía a buscarme, entonces ya no la quería. Y si bien asimilaba la imagen de mi primo mayor a la del Padrino, las que abundaban allí eran las del Indiecito. Quizá me diversifiqué demasiado. Tendría, como lo hizo RICHARD, el concitadino, haber restringido mi colección a esas revistas, hasta la trescientos, por ejemplo, para ponerle un número redondo. Pero hasta la doscientos, con la reciente adquisición, me faltan nada más que dos números, el siete, trampas gitanas, y el setenta y uno, del cielo cayó una tía. Muchísimas menos que las Andanzas, lo que prueba lo marcado de mi predilección. También debe computarse que en las Correrías, salvo la uno y unas cuantas tapas, no hay fotocopias, que en cambio, abundan en las otras. Puedo rápidamente ahora lograr mi propósito, aceptando el ofrecimiento de RICHARD. Con el tiempo, cuando consiga los originales de esos ejemplares, los iré reemplazando. También a los de tapas fotocopiadas e, incluso, si mi suerte económica mejora, a la copia de la uno.
Sé que cuando el concitadino me llamó por teléfono, me dejó su número, que yo anoté en algún papelito y que Graciela debe haber tirado, como tira todo lo que no hace a su propio interés. Pero me parece recordar que en uno de los mails estaba. No abro correos desde la vez en Saladillo, así que voy a aprovechar para ponerme al día, y también avisarle a JUANJOS que no me espere.
No es necesario. Tengo tres líneas de él: Por fin nos estamos empezando a sacar las caretas, chei. No traigas la dos acá. Voy yo a La Plata. La justicia me reclama.
¿Qué dice? ¿Viene? ¿Cuándo? ¿Quiere que le muestre la dos in situ? ¿Y la alusión a la justicia...? ¿Me identifica con ella? ¿Lo de las caretas, es metáfora de conocernos? Estos chicos no se caracterizan por la transparencia. Ya me aclarará. Aunque la historia de la dos me tiene harto, terminaré mintiéndole -la última mentira- que la canjeé por la Correrías. Le muestro ésa y chau picho, que se conforme. Encuentro el teléfono de RICHARD y lo llamo. Lo escucho más acatarrado que antes, y me aclara, derribando mi teoría de la voz de fumador, que venía incubando una gripe, que ahora ha estallado en todo su fulgor. No puede encontrarse conmigo, pero sí mandarme las revistas para que las fotocopie, tal como me prometió. Ofrezco ir yo, pero me dice que no me moleste, que es bueno que su zángana progenie se ocupe de algo. Le aclaro que se las voy a cuidar, que omita la dos que ya conseguí (acá van detalles de lugar, precio, estado, a más de comentarios varios), y que se las voy a devolver junto con la copia de la uno. El consulta, fuera del teléfono, a cuál de los parásitos le encargará la misión, y parece que el que está más descansado de todos (no me dice cuántos tiene) es Fede. Le doy mi dirección y arreglo para mañana, cuando Graciela y el viejo ya no estén. Prefiero no tenerlos de testigos de mis aficiones, que les resultan marcianas, le comento a RICHARD.
Despido a los turistas en la terminal, hasta donde tuve que cargar trabajosamente las valijas (mi actual mujer se caracteriza por llevar el guardarropas completo, cada vez que viaja), y me queda tiempo, hasta la cita con Fede, de recorrer casas de fotocopias, para evaluar calidad de servicio y precios. Lo primero resulta fundamental, no es cuestión de hacerlas en cualquier aparato antediluviano, de ésos que hay en los kiosquitos, que tiran hojas pálidas y llenas de manchas. Lo segundo, si bien el gasto no será demasiado significativo, apunta a cuidar celosamente los mil seiscientos que me quedan, que ni siquiera sé si finalmente alcanzarán para el arreglo del auto. Encuentro, cerca de la terminal, un localcito bastante aparente, que reúne ambos requisitos y vuelvo al departamento, a esperar que Fede traiga los ejemplares que harán, aunque sea con fotocopias, que complete mi colección de Correrías.
Cuarenta y cinco minutos más tarde de lo convenido, tocan el portero. No anda el intercomunicador, así que bajo rápidamente a abrir, antes que el emisario de RICHARD se canse y se vaya a atender sus múltiples obligaciones. En la puerta del edificio, con una bolsita en la mano, está SOADORA.
La misma forma de vestir, los mismos aritos incrustados en la nariz, el mismo pelo hirsuto, pintado de colores varios.
-¿Vos tocaste?
-¿Y vos sos el chabón que junta revistitas? –Mismo lenguaje-. Me manda mi viejo a traerte éstas.
Exhibe descuidadamente la bolsita, que deja transparentar el formato de las Correrías. Ese registro, más que sus palabras, es el que me ubica.
-Vos sos la hija de RICHARD.
-Obvio.
-Ah... Pensé que iba a venir tu hermano.
-No tengo hermano.
-Me pareció entender que tu papá había dicho Fede...
-Fede soy yo...
-Creí que...
-Federica es nombre de mujer, también... ¿Te parece tan raro?
Ella advierte mi asombro, que en realidad proviene de recordar el misterioso nick de uno de los participantes en las batallas de FF, FEDERICA FRANCA. En su momento creí que cifraba a alguien de la FERIA, pero contradictoriamente, se mostraba como aliada de ELCOVE. ¿Y si FRANCA tampoco fuera un seudónimo?
-¿Y tu segundo nombre?
-¿Por qué? ¿Sos de la yuta, vos?... Federica Carla, me llamo.
Franca... Carla... Suenan parecido. Se repiten las dos ca. ¿Se dio cuenta ahora de mi asociación e intenta desprolijamente despistar? ¿Por qué habría de hacerlo, si se había aliado al Vengador? ¿Me vincula con él? Su padre hacía ostensible el desconocimiento de la FERIA... Pero la posibilidad que él y Lolo fueran... ¿La bolsita de las revistas no llevará el logo del Rey del Dulce?... Es ridículo, me digo. Mi paranoia, a veces, equipara a la de Vélez.
-No, por nada. Pasá...
Podría haber tomado las revistas ahí mismo. O ella habérmelo propuesto. No lo hace. Y yo no sé qué me motivó invitarla a subir, porque recién en el ascensor reparo en su hermosura, ya que hace todo lo posible por disimularla. Además, me está vedada, debe tener apenas dieciocho. Me lamento de que en pocos años más vaya a triplicarla en edad.
-Lindo bulo... ¿Vivís solo?
-No, con mi mujer... Pero se acaba de ir a Mar del Plata.
-Así que estamos solos, bolú... ¿Me cebás unos mates, entonces?
El tiempo y las formas, para esta generación, funcionan diferente. Sin ocupaciones definidas, van allí donde sus pasos los conduzcan y una curiosidad genérica los lleva a entablar inmediatamente, pero sin profundidad, nuevos vínculos. Por otra parte, es imposible frenar su liviana irreverencia. Así que terminamos en la cocina, tomando mate (que, a diferencia mía, le gusta muy dulce).
-Qué mambo el de ustedes, ¿eh?... Mi viejo gasta un toco en estas revistitas, pero a escondidas de mi vieja... Si se llega a enterar, lo mata... ¿Vos también hacés cosas a escondidas de tu mujer?
-No, yo no –Miento, aunque no en el caso que la pregunta incluyera doble sentido. Hace mucho que me estoy portando bien.
Ella acaba de sacar los dos ejemplares de la bolsita. Los cambia distraídamente de orden, alternando las tapas del Indiecito enfrentando a un oso y frustrando el tiro de una escopeta.
-A mí no me cabe que paguen fortunas por esto. Después, mi viejo me anda amarreteando diez mangos...
- Cuestión de códigos –Comento, intentando ponerme a tono con el lenguaje, sin que el recurso cause ningún efecto.
-Y decíme... el chaboncito éste... -Señala las tapas- ¿Es el hijo del otro narigón?...
-Vos te referís al Indio, en las Andanzas. No. Es él mismo, de chico.
-Y el otro careta... ése que anda de traje y corbata... ¿qué pito toca?
-El Padrino del Indio. Tiene además su propia revista, las Locuras, que son muy posteriores. Este que ves acá –Señalo, a mi vez una tapa-, es él, también de chico. Se encuentran dos veces. Primero, adultos, como si no se hubieran conocido nunca, y después, contradictoriamente, en la infancia...
Me detengo, porque, aparte de ser muy complicado de traducir para alguien que no está en el tema, sospecho que mi didactismo la aburre. Pero parece que no...
-Se ve que sabés un toco. Mi viejo junta de éstas, nada más... ¿Vos las juntás todas?
-Sí, las tres. Correrías, Andanzas y Locuras.
-¿Y tenés muchas?
-Bastantes. ¿Querés verlas?
La tentación de conducirla a un lugar más íntimo de la casa, me hace sentir un sátiro, pero no puedo refrenarla. Ella acepta sin problemas acompañarme hasta el escritorio.
-Mi colección –Presento.
-Qué grande... –Comenta ella, y me parece advertir un dejo de ironía en su tono- Debés tener mucha guita invertida en esto...
-Me llevó años... ¿Ves? Estas son las Andanzas, éstas las Locuras...
Mi intento de retirar dos pilitas resulta torpe –debo estar un poco nervioso- y se me caen al suelo. Nos agachamos simultáneamente y nos rozamos. Ella me mira y se sonríe. Prefiero creer –para espantar ratones- que es por la coincidencia de acciones. Inclinada sobre las revistas, la remera deja ver con generosidad sus senos. Levanto los ejemplares y la vista, mientras pienso en el tiempo que hace que no acaricio una piel joven.
-Bueno... Muy linda tu... colección, ¿era, no?
Parece dispuesta a irse. La aburrí. Me resigno.
-Decíle a tu papá que muchas gracias. No bien las fotocopie, lo llamo para llevárselas.
-No, dejá... Vuelvo yo, así me convidás otros mates. Cebás rico... ¿Vas a estar solo?
Arreglamos para dentro de dos días y después me arrepiento, porque el trámite de fotocopiado fue de lo más expeditivo, y las horas no pasan nunca. Aunque no quiera darme manija, no puedo apartar la impresión que la pendeja me tiraba onda. ¿No será una histérica? Ahora empiezan desde muy chicas, saben muy bien lo que provocan en tipos de mi edad... ¿Habrá cumplido los dieciocho? Me causa gracia que se me ocurra, como objeción añadida, el que sea hija de otro coleccionista... Ni siquiera conozco al padre personalmente. Y no existe impedimento alguno, tácito o explícito, en los reglamentos del Club. De última, podría ofrecer en canje a Graciela, si RICHARD aceptara...
Mejor que me enfríe con una ducha de escritos judiciales que tengo pendientes.
Tres de la tarde del día de la cita, el portero suena con puntualidad y yo, deliberadamente, bajo sin las revistas prestadas y sin la fotocopia –impecable- de la uno. Esperan en la mesa de la cocina, junto a unos bizcochitos de grasa.
Federica está de ánimo distinto.
-Te noto callada... ¿Te pasa algo?
-Mi viejo... Es un jodido.
-¿Discutieron?
-Lo de siempre, la guita... No larga un mango... Después gasta en estas porquerías...
Paso por alto la afrenta.
-¿Cuánto cuestan estas dos que te prestó, por ejemplo?
-Bueno, depende... la siete, se debe cotizar unos... no sé, cien pesos. Siempre las más antiguas son las más caras. La otra vale bastante menos.
-¿Cuánto?
-Treinta, treinta y cinco...
-Te dejo las dos en cien.
-¿Cómo?
-No te preocupes, mi viejo no se entera. Le meto cualquier verdura, que las perdí, me las robaron...
-No me parece bien...
-Dále, loco... ¿Qué te importa? ¿No es negocio para vos?
-Sí, pero...
-¿Y entonces? Dame ochenta...
-¿Para qué necesitás la plata?
-Son cosas mías... ¿Por qué? ¿Me pensás prestar?
-...
-¿Y qué me pedirías a cambio?
Me despiertan ruidos en el baño. Constato que Federica no está al lado mío. Me expando en la cama, para seguir durmiendo, pero inmediatamente oigo que la puerta de entrada se abre... ¿Se va así? ¿Qué hice mal?... Me levanto de un salto y voy a buscarla. A la que encuentro es a Graciela, fastidiada, descargando las valijas del ascensor y empezando a entrarlas.
O me las ingenio para avisarle a Federica que se quede en el baño, hasta que pueda urdir algo, o se avecina la catástrofe. De aparecer medio en bolas, como supongo andará, es mi perdición. Igual, cualquier explicación va a resultarle increíble a Graciela, desde el momento que yo mismo estoy en calzoncillos. Si lograra una maniobra distractiva y hacer escapar a la pendeja...
Empiezo por decir, a los gritos:
-¿Volviste? ¿Qué pasó?
Y me paro en la entrada, con el pretexto de agarrar los bolsos, para obstruir el paso.
-No tuve más remedio. Papá se me escapó al puerto anoche y se dio un atracón de cazuela de mariscos. Le agarró una descompostura... No lo iba a hacer atender en Mar del Plata, que son de terror. Le dí unas pastillas de carbón y me lo traje.
-¿Dónde está? –Atino a preguntar.
-Vino corriendo al baño... No le para la colitis. Ahora mismo llamo al médico.
Un rápido procesamiento de la información me hace concluir que si el que está ahí es el viejo, Federica se debe haber ido mientras yo dormía. Mi ritmo cardíaco se aquieta un tanto, pero de todos modos, me adelanto a Graciela, llevando algunas valijas al dormitorio, mientras ella se ocupa de sacar del ascensor las restantes. Necesito corroborar que no haya quedado elemento incriminatorio alguno. Al entrar al cuarto, mis pulsaciones rompen la marca anterior, porque compruebo que la ropa de la pendeja está tirada en el piso. ¿Dónde se metió, entonces? Pateo las prendas abajo de la cama y salgo disparado para el escritorio. Me choco con mi suegro, que sale del baño.
-¿Te contó tu mujer? Es muy exagerada... Una simple cagadera, nada más –Alcanzo a escuchar.
Encuentro a Federica, semidesnuda y agachada sobre los ejemplares de la colección desparramados en el piso.
Demasiado tarde. El viejo y Graciela ya están entrando en el escritorio.


(continuará)

lunes, marzo 26, 2007

XX. PASO DE COMEDIA (1)

(Continuación)... Ahora, al Indio se le llenan los ojos de lágrimas:
EL INDIO: Y mi Capataz, chei... Ahijuna que es ingrato el destino... Parece que me ha entraú una basurita en el ojo... Snif... Snif...
En otro único cuadro, el Maestro resuelve la situación: el gaucho octogenario corretea penosamente detrás de una chinita, mientras le exhibe -audacia otrora impensable- sus partes pudendas. En primer plano, el Indio, compungido, escucha la explicación de un galeno:
DOCTOR: Se debe a tanto asado que ha comido en su vida. La grasa le tapó las arterias cerebrales. Es irreversible. Si puede pagar, le aconsejo lo interne en un geriátrico... (continuará).

(continuará)

domingo, marzo 25, 2007

EL REGRESO DEL INDIO (15): YO LES JURO QUE NO ES CHANZA! NO VA A APARECER ANDANZAS!


XIX. EL NUMERO DOS (3)

Simultáneo a las últimas frases, con una rapidez inusitada, sin darme tiempo a reaccionar, me saca el portafolio y se lo alcanza al mozo, que desaparece en el interior. Me deja sobre la mesa un papelito con una dirección y se va.
Quedo, por un momento más, paralizado. Cuando por fin salgo, no lo veo. Llego a la calle y tampoco. Recuerdo que la galería tiene otra salida. Me interno corriendo en los laberínticos pasillos. Me detengo en seco. Mi portafolios está el bar, ¿qué hago corriendo detrás de este loco?. Cuando regreso, el cafecito está cerrado, con las luces apagadas. Golpeo. Recorro nuevamente la galería de punta a punta. Vuelvo. Golpeo una y otra vez. Ni rastros del mozo. A través de los sucios vidrios, y a pesar de la oscuridad, observo que ha retirado el pocillo de la mesa donde estuve sentado. También el papelito con la supuesta dirección anotada. No quedan rastros de nada.
¿Qué fue esta escena? ¿Una farsa para robarme el Terre Magellaniche? Es claro que Obestein estaba al tanto de qué se trataba. Me vio leyéndolo, me lo mencionó. Conocía lo que quería decir Huija. ¿Su delirio era fingido y sólo apuntaba a confundirme? ¿Tan bajo pudo haber caído este hombre, otrora un confiable mercader? ¿O la codicia que desata ese libro es enorme? ¿Cuánto acabo de perder? ¿Dos, tres mil pesos?. Prefiero pensar que sólo los doscientos que le pagué al Chiquito Cabello. ¿Volver? ¿Recurrir a la policía...? Un chiste. Tengo que agradecer que los mil que traía, sigan estando todavía en mi bolsillo.
Hace un rato que ando en la calle y recién ahora me doy cuenta que ha salido el sol. No me siento con ánimo de llegarme hasta el Parque, a pesar de la cercanía. Noto que voy caminando sin rumbo, mientras repaso que hay de lógica, entre todas las incoherencias proferidas por Obestein. Puedo sí, sacar en limpio la manera en que fácilmente dedujo mi vinculación con ELCOVE. La tapas escaneadas y publicadas en FERIA FRANCA se correspondían con las de sus originales. Y si yo era el único al que le había hecho fotocopias... Lo de SOADORA es más extraño, pero poniendo en duda que Obestein se haya dado cuenta de inmediato por el cuadrito del chiquero, se puede aclarar. Los mails finales de ella preanunciaban a El Coleccionista Vengador, que así era como los terminaba firmando. ALLIPAC relacionó esa pista con ELCOVE, al que culpa del robo de su ejemplar de las crucecitas, que en realidad seguía perteneciendo a Obestein. Porque ALLIPAC, invirtiendo su apellido, no es otro que su antiguo empleado, al que nombra en diminutivo, en la Bond Street. Por eso siempre me dio la impresión de conocerlo de otra parte. El judío le confió el ejemplar de la dos, para que lo guardara en la caja fuerte y Capilla lo traicionó, intentando venderlo, aunque no en FF, donde se delataría ante Obestein (el BATIMITO que yo suponía). Sin duda, al explicarle el robo, Capillita le relató el antecedente de SOADORA, interesada por la dos. Y si Obestein desconfía de su ex – empleado es porque sabe que la acusación de éste hacia ELCOVE no tiene sustento. La publicación de la tapa de las cruces en la subasta trucha, no es prueba para OBESTEIN, ya que él mismo me proporcionó la fotocopia de ese ejemplar, junto a los otros cuatro.
Son más oscuras las alusiones a su alianza con Isaac, a los cambios en el Parque... La insistencia en elogiar mi repudio a la ideología del Maestro... ¿De qué hablaba? ¿De antisemitismo? ¿Y la supuesta traición del CORSARIO, al que sin duda refería como "el pibe éste"? ¿Lo acusaba de ser el violador de la caja fuerte? La pelea de ELCOVE con el CORSARIO fue pública en FF. ¿Buscaba adularme, ganar mi confianza?... No tengo más remedio que volver a la primera conclusión: un hábil enredo, cuyo único fin era despojarme del libro.
Mis pasos, falsamente azarosos, tenían un rumbo. Estoy frente al Parque. Los puestos abrieron.
En los pasillitos que los separan, ahora hay más espacio. La disposición también es distinta. Reparo en que no venía desde antes de las reformas, de las vallas, que le dan un aspecto de jardín privado. Cuesta ubicarse. Siento que no me gusta este Parque. No es el mismo. Cambió, además, la gente. Ahí están, en los primeros puestos, los skinheads, que mencionaba Obestein. Con musculosas –a pesar del frío- que dejan ver los grabados de calaveras y dragones. Si tienen esvásticas, será en algún lugar menos notorio. No sé de qué se asombra el judío, si uno de sus locales estaba justamente en la Bond Street, meca del tatuaje y el piercing. Estos imbéciles neonazis de opereta no pueden asustar a nadie, a lo sumo son desagradables estéticamente. Muy pocos venden Andanzas o Correrías. Me pregunto si uno de ellos no será Joaquín, el CORSARIO. Por ejemplo, el que ofrece una pila de las del Indiecito, del ciento setenta para arriba, a treinta pesos cada una, lo cual resulta un despropósito. Es un morochito fornido, bajo, de piel cetrina, casi rapado, con arito en la oreja y calavera en el hombro, de unos veintipico de años. Estoy tentado de preguntarle si comercia en FERIA FRANCA, pero me arrepiento. Me está mirando con curiosidad, o al menos me parece a mí, que estoy un tanto paranoico, ya que vengo de comprobar que mi supuesto anonimato no es tal. Sin duda, la expectativa debe atribuirse a la habitual en un vendedor ante un posible cliente, pero por las dudas, sigo camino. El CORSARIO tenía cuentas pendientes con ELCOVE, al que atribuye la pérdida de sus medallitas (aparte de todas las que Vélez le hizo), y no vaya a ser que de nuevo la ligue yo por él. El escaso material que voy encontrando es de la misma época del puesto del morochito o, peor aún, Selección de las Mejores. Parece que ahora la onda son unas tarjetas con grabados similares a los de los cuerpos, que todos los pendejos posmo eligen mediante catálogos.
La nueva disposición de los puestos hace que pase un largo rato buscando a Carlos, el rengo, que según el CORSARIO seguía estando en el Parque, y sería mi último recurso para conseguir la dos. Por fin, en una esquina distinta a la que se ubicaba antes, muy alejado de los neonazis de la entrada, encuentro su templo. El se ve igual que siempre, con su fina barbita candado rubia, su físico esmirriado, su extrema palidez típicamente porteña. Lo que parece haber cambiado es su preferencia sexual, a juzgar por el pato vica que lo acompaña y le ceba mate amorosamente. Me ignora olímpicamente, táctica normal en él. Acomoda revistas, charla en voz baja con su amiguito. Este me lanza una mirada oteliana, cuando por fin decido hacer notar mi presencia:
-¿Qué tal, Carlos, tanto tiempo?...
El rengo, en cambio, apenas me registra.
-No sé si te acordarás de mí... –Me humillo.- Yo era cliente tuyo, venía desde Campana a buscar las del Indio...
El pato vica se tranquiliza al comprobar que soy un simple comprador. El rengo contesta con un lacónico "Ah... Hola... ", que no implica reconocimiento alguno, y que no es producto del disimulo ante el celoso concubino, sino de su sempiterno desprecio por la humanidad.
Estoy muy cansado y no me dan ganas ya de jugar el antiguo juego de ablandamiento. Encima, el tema de denostar ex – parejas, con el que se enganchaba el rengo, aparentemente no funcionaría. No tengo experiencia en el mundo gay. Aparte, vengo de muchas visicitudes, y no quisiera correr riesgos con el grandote. Así que, aún sabiendo que con Carlos hay que usar otras tácticas, voy –al igual que lo hice con Ezra, pero en ese caso, apropiadamente- directo al asunto, preguntando por la dos de Andanzas.
-No. Yo ese material, acá no lo trabajo... -Me contesta, crípticamente.
-¿Qué? ¿Ahora vendés en Feria Franca? –Se me ocurre arriesgar.
-Feria Franca es todo fraude, una cueva de mafiosos. Yo no tengo nada que ver con esa gente... Esa basura de Internet, de los mails... –Escupe nervioso, despectivo, mientras el urso asiente-. No traigo el material antiguo acá, es todo. Lo guardo para muy pocos clientes.
-Sin embargo, veo que seguís teniendo la dos de Correrías.
En efecto, el ejemplar de rescate en el Amazonas que viera por primera vez, hace ya una eternidad, en el patio de piedra de colegio del barrio de calles embarradas, en manos de un primer otro en la especie, del segundo, diríamos, sigue luciendo en el revistero del rengo. Este repite su bocadillo de memoria.
-Sí... Es lo único. Está de adorno. Si no me pagan cuatrocientos, no la muevo; mirála, ¿no queda linda ahí?.
No fue la especulación con que hubieran pasado maremotos económicos en el país y el precio siguiera siendo el mismo que hace años, desmesurado entonces, pero aceptable ahora, incluso si se lo relaciona con las recientes informaciones acerca del valor de la uno. Tampoco la desesperanza que me invadía respecto a poder conseguir ya el ejemplar prometido a JUANJOS. Ni siquiera el encono que me produce Carlos, el rengo (encima, ahora, gay)... Fue un impulso reprimido por una eternidad, el de arrebatarle a aquél pibe sucio y mocoso el ejemplar de la mano y quedármelo para siempre, el que me hizo sacar los cuatrocientos pesos del bolsillo y hacerle bajar al rengo puto su adornito.
Me siento en un banco de piedra del Parque y una rápida hojeada me revela el caldero y los caníbales, vislumbrados en el patio -también de piedra- del colegio del barrio de calles de tierra perdido en el tiempo.
Después de leerla íntegra, en el viaje de vuelta en tren, me queda una extraña sensación, parecida a la angustia, emparentada con la que tuve en aquel colectivo de regreso de Luján. Era como si ya nada restara por descubrir y, al mismo tiempo, todos y cada uno de los enigmas permanecieran oscuros.
(continuará)

sábado, marzo 24, 2007

EL REGRESO DEL INDIO (14): ISIDORO, PRECAVIDO, DEJA A DON DANTE ESCONDIDO


XIX. EL NUMERO DOS (2)

-Ya sé que cambié mucho. Miráme bien... –Me dice, clavándome sus grandes ojos de un azul desvaído.
Si un rostro sin arrugas, adornado con una sonrisa permanente, puede convertirse en algunos años en un mapa sombrío... Si es posible, en ese tiempo, cambiar radicalmente de imagen, rebajar unos cincuenta kilos y pasar de ser un próspero y prolijo comerciante a una especie de ruina humana... Si las manos que antes contaban rápidamente los billetes, ahora se tornaran temblorosas, al punto de dificultar el permanente encendido de cigarrillos... Si el único rasgo de identidad conservado fuera la nariz semítica... Entonces, de darse todos y cada uno de esos supuestos, el que tengo enfrente, es...
-¿Obestein?...
-Lo que queda de mí. Sabía que estabas por volver. Te esperaba.
Sigue un largo y atormentado monólogo de aquel hombre amenazado por la locura. Dicho en un susurro, casi de un tirón, con inútiles intentos de intervención de mi parte. Escupido vertiginosamente, mientras vigila la entrada del café como si estuviera a punto de ingresar alguien que quiere matarlo. Un monólogo que resulta difícilmente entendible, a causa de las reiteraciones, las incoherencias, las múltiples digresiones...
-Estaba seguro que ibas a terminar interpretando los signos... ¿Sabés lo que me hizo confiar en vos? Un comentario que me hiciste la última vez, cuando me compraste varios números... Dijiste que no te explicabas la contradicción entre que te apasionara el Indio y que, al mismo tiempo, repudiaras la ideología del Maestro. Eso dijiste, textualmente... Ahí descubrí que eras el hombre. Que podía depositar mi confianza en vos, para que me guardaras las copias... Vos eras cliente de mucho antes, pero recién ahí yo me dí cuenta... No era por la venta que te había hecho, no creas. Yo hacía montones de ventas más importantes que la tuya todos los días... Fue mi época de esplendor... Hasta que empezaron las persecuciones, apareció el pibe éste... Maldita la hora en que me metí en Feria Franca... Pero no, tengo que agradecer, porque gracias a ella volví a conectarme con vos... Te había perdido el rastro... ¿Vos vivías en Zárate? No, Campana, Campana... Me acuerdo, me dejaste un teléfono, de un negocio, creo... Yo llamé ahí y una mina me dijo que te había sacado a patadas en el culo, que no sabía ni le interesaba por dónde andabas... Las mujeres... Pero algunos hombres son peores, como el pibe éste... Se hacía el amigo. Detestable. Esta gente del Parque... Antes era distinto... Ahora están todos tatuados, las cabezas rapadas, los aros... Yo, con Isaac, fui uno de los pioneros... Y el padre del pibe, que no era mala persona, al principio... Después se terminó asociando con ElTony, que a ése mejor ni nombrarlo... Pero igual, la generación nueva es terrible... Por eso decidí confiar en vos... Yo sabía la que se venía... Lo intuía. Isaac también, pobre, mirá cómo terminó... Y en parte la culpa es mía... No quiero hablar de eso ahora, me hace mal... Repudiabas el pensamiento del Maestro, así dijiste y yo pensé es el hombre. Me dí cuenta que eras mucho más inteligente que los demás coleccionistas. No piensan, son unos cretinos... Vos debés haber creído en ese momento que accedí a fotocopiarte porque me hiciste una compra grande, porque me insistías, pero fui yo el que te induje con la charla, te mostré los primeros, sabía que te ibas a entusiasmar y que no tenías la plata. Deslicé un comentario que había gente que los fotocopiaba, cuando no podía pagarlos... Te hice los cinco para que no fuera tan evidente de entrada... Lo importante era que vos solito te fueras dando cuenta... Era muy pesado para tirártelo... Corría el riesgo que me creyeras un loco. Estaba seguro que con el tiempo ibas a ir descifrando las claves, una por una... Sos inteligente. Me di cuenta por algunas observaciones sutiles que hiciste. La influencia del Maestro en Goscinny, nadie hablaba de eso en ese tiempo... No era tan popular Asterix, acá... Encima vos dijiste lo de Umpah-Pah. Ese es el anzuelo que tengo que tirar, pensé, cuando llegó la hora de recuperarlo, cuando el traidor de Capillita me dijo que se lo habían robado de la caja fuerte. No le creo, para mí se lo quedó en combinación con el pibe éste.... Yo se lo había confiado a él, era mi empleado en la Bond Street, tenés que haberlo visto, vos has andado por ahí, me acuerdo... Después se cortó solo, pero yo ya se lo había dado para que me lo guarde, y confié en él, como confié en el pibe éste que me iba preguntando cosas, parecía inocente y yo conocía al padre, que no era mala persona al principio, y le contestaba... Me conmovió con un cuento que me hizo de que le habían robado un montón de revistas de chico y ahora él estaba empeñado en recuperarlas, para que esos ladrones no se salieran con la suya... Y venía y me compraba y, de a poco, me sacaba información... Qué me iba a imaginar yo, que después... Maldigo el momento en que le conté lo de Capillita... Pero bueno, ahora no importa, porque viniste, interpretaste el mensaje... Cuando recordé lo de Umpah-Pah, me dije: ésa es la clave... Busqué como se decía el más oculto de los secretos en dialecto piel roja y lo encontré: Zerumba, y entonces modifiqué el cuadrito original, porque en inglés, en realidad, lo que aparecía era una versión fonética del ¡Huija!... Entonces lo publiqué como BATIMITO... Y esperé, y vos me respondiste como SOADORA, enseguida me dí cuenta con el cuadrito mío modificado a su vez, el del Padrino entre los cerdos, animales impuros, justamente... Pero más con la mención a las facetas ocultas del Maestro... Entendí que si usabas ese medio, era porque todavía no había llegado el momento de encontrarnos. De lo contrario, me hubieras escrito directamente, hubieras ofertado en alguna subasta mía... Lo mismo con ELCOVE, ahí estaban mis tapas, las que te había fotocopiado, la dos con crucecitas, y supe que me decías seguí esperando, voy a ir, pero todavía hay peligro... Y cuando cambiabas ¡Huija! por ¡Iajú!, sabía que lo del Club era una trampa para los giles, y un mensaje sólo para mí, que quería decir: sigo acá, por ahora, en el ciberespacio, para el encuentro en la realidad falta, esperá... Y yo esperé, esperé acá, en el bar de al lado... Ya no abro el negocio, ¿sabés? Desconfío de todos, sé que me vigilan... Pero confío en que si viniste, por ahora, estamos tranquilos... Ví que te cuidás muy bien las espaldas... Los estás mareando... No saben a ciencia cierta donde ubicarte... Tu juego es muy hábil... Ellos, en el fondo, son tan cretinos como los demás coleccionistas... Ahora maduraste, sabés mucho... Pero yo te puedo ayudar, todavía. Aportar todos mis descubrimientos... Cuanta más información manejemos, mejor nos vamos a poder defender... Tenemos mucho que hablar, vos y yo... Pero no acá. ¿Está ahí adentro, verdad?... Lo supe ni bien lo abriste... Pero ahora no, acá no... Le dejamos el maletín al dueño del bar, es un amigo... El me lo lleva en un rato. Nosotros salimos separados, con las manos vacías. Por las dudas. No hay que levantar sospechas... Veme en este lugar en una hora... Queda cerca de acá... Tranquilo, que el maletín va a estar ahí...

(continuará)

EL REGRESO DEL INDIO (13): ESTE CUSTODIO -ISIDORO- HABLA Y HABLA COMO UN LORO


viernes, marzo 23, 2007

XIX. EL NUMERO DOS (1)

El subte está repleto y no hay hueco posible que me permita, de parado, leer el vaticinio final de Terre Magellaniche, la tercer indicación que le hiciera CORNALITO a ELCOVE. Desistí de la tentación de localizar a Picco, y presentarme con el volumen, no tanto con la finalidad de vendérselo, sino para averiguar un poco por donde transcurren las obsesiones de esta gente. Es de suponer que si CORNALITO lo menciona en su mail, y además anduvo rastreando en este tipo de literatura, el señor Elenio pertenece a la misma fauna alucinada. Me divierte pensar la panzada que se haría ELCOVE con un menú tan apetitoso. Sobre todo, habiendo caído a la mesa nuevos comensales. No niego que a mí también me intriga bastante, pero es más fuerte mi necesidad de terminar arrojando al mar al Indio. Descartado el hermoso ejemplar de la dos que volvió a la caja fuerte de Ezra (al que, por si las moscas, dejé mis datos), me queda, como último recurso, encontrar a Obestein en Flores. O en su defecto, orar a Kóoch, el Dios de los Tehuelches, para que despeje el cielo y esta tarde pueda abrir el Parque.
El local de Obestein sigue existiendo, pero está cerrado. Es un sucucho, en medio de una galería estrecha y laberíntica, atestado de revistas hasta el techo, a la manera de La Tonina, de Luro e Independencia, en Mar del Plata. El negocio contiguo es un barcito interno, con similares características de sordidez, en el que, seguramente, los únicos parroquianos serán comerciantes de la galería. Ahora, las escasas mesas están vacías y no se ve a nadie detrás de la barra. Delante de ella, solitario, está sentado un tipo desaliñado, fumando y leyendo el diario. Le pregunto el horario del local de al lado, y me mira fijamente. Con voz ronca, me dice:
-Espere. El dueño debe haber ido a hacer un mandado.
No me va a venir mal sentarme a tomar un cafecito mientras rastreo las tan mentadas profecías del padre Agustinis. Aparte, mientras siga el mal tiempo, no tengo otra cosa que hacer. Por tercera vez en el día, saco el volumen de la valijita. Curioso, lo de este ejemplar. Me lo impusieron en Saladillo, el mismo lugar donde abro el correo de ELCOVE y lo mencionan, sin que yo lo advirtiera entonces, por mis carencias con el latín. También, curiosamente, en ese mail se menciona a Moreno, el arquitecto amigo del Chiquito, que creí me había esquilmado con los doscientos pesos que me sacó, y me termino enterando que debe valer al menos el triple. Finalmente, parece que en vez de la Historia de los Tehuelches, el libro trata sobre las visiones de un cura fascista.
Aparece el mozo, tan desaliñado como el comensal de la barra, que ahora advierto me está mirando de reojo. Supongo que no es frecuente que caigan desconocidos en este lugar. He comprobado que a los habitúes de los bares de barrio les disgusta que eso ocurra. Empiezan a hablar alto de mesa a mesa, se desplazan impunemente por el local, hacen notar su familiaridad. Sin duda la escena archirepetida en las películas, está tomada de la realidad. Los mozos también se prenden en ese juego. Recuerdo que me pasó la primera vez que fui al de Alberdi. Me pareció que el galaico comentaba mi pedido de revuelto gramajo con un par de clientes y se sonreían despectivamente. Cuestión de códigos, me digo, usando la jerga de las nuevas generaciones.
Para cuando llega el café, creo haber ubicado el párrafo final señalado a ELCOVE.
"La olvidada grandeza de los Tehuelches renacerá cuando se junten los tres Tomos perdidos del Segundo. El poseedor del primero, despojado ya desde antaño de su vestidura de fundador, acorralado en su madriguera, perecerá bajo las llamas del Infierno, que ninguna lluvia podrá apagar. Al poseedor del segundo se lo encontrará, desquiciado, en los floridos campos del Señor, cuando ya no se halle en su poder. Habrá que recurrir entonces al Santuario, heréticamente invertido, y buscarlo en el lugar donde el Cáliz se preserva. El rastro del poseedor del tercero podrá seguirse escribiendo con los dedos el nombre del último descendiente, allí, donde como en el número que cifra a la Bestia, una de las últimas letras se repite tres veces, y donde una de las primeras se repite dos. Así se reunirán los tres de la dos, podrá subsanarse la desobediencia y se develará el más oculto de los secretos."
¿Qué significa este galimatías numérico? Súbitamente, me aparece la imagen de Ezra, hojeando las últimas páginas del libro. En ese momento, en el furor de la puja, supuse que verificaría que estuviera completo. Me resuenan también las últimas palabras del recado al señor Elenio: "Incluye las profecías, dígale..." ¿Lo imagino ahora, o bajó la voz en esa frase?. No podría afirmarlo, ya que estaba demasiado impactado por el nombre en latín. Algo se empieza a armar en mi cabeza... Se supone que si Picco es conocedor del tema y está interesado en conseguir la edición del '60, es porque sabe que en ésta se incluyen las profecías. La aclaración suena redundante, sobre todo partiendo de Ezra, que no suele usar palabras de más.
¿Y si mis baladronadas frente al anticuario, acerca de la rareza del ejemplar cero cero dos, fueran reales? ¿No habré acertado, de casualidad, a encajar una de las piezas del rompecabezas profético? Releo el final del primer párrafo: "... los tres Tomos perdidos del Segundo". El prólogo dice que esta edición, de tirada numerada y reducida, fue corregida y aumentada por el propio autor poco antes de morir. Supongamos, por un momento, que el monje loco haya pactado con el editor que sólo tres tomos, de los cien, incluyeran sus profecías, articulándolas en cada uno de ellos. Y que haya elegido para eso repetir tres veces el cero cero dos. Y que en el final de esos tres ejemplares únicos, distintos a los noventa y nueve restantes, se incluyera la recomendación de juntarlos ("Así se reunirán los tres de la dos"), para completar algún delirante mensaje póstumo incluido en ellos. Estos alucinados gustan de los jeroglíficos.
Ezra disimuló mucho más de lo que yo creí. Mientras repaso los detalles de nuestra conversación, cada vez me convenzo más que estuvo poniéndome a prueba todo el tiempo, con palabras cifradas, para comprobar si manejábamos un mismo lenguaje. Debe haberse convencido de lo contrario, cuando no peleé el precio del volumen. "Incluye las profecías"... Claro, no podía dejarle dicho a Picco, delante de mí, que era uno de los tres cero cero dos. Pero, ¿por qué no subió la oferta, al no encontrar al coleccionista?. Corría el riesgo que yo lo vendiera en otra parte. Pudo más, seguramente, la prevención de no alertarme del valor. Se preocupó sí en anotar mis datos, y prometió llamarme si el otro llegara a interesarse. Además, es posible que poca gente esté al tanto del secreto. Subestimó mi capacidad de descubrirlo. El confía en que posee un cebo poderoso para hacerme volver, y en eso está en lo cierto. Podría ir ahora mismo y tirarle sobre el escritorio quinientos pesos y el libro. Mejor: lo abro en la última página, le señalo la profecía, pongo arriba trescientos, y simplemente le digo "la dos de Andanzas". O no pongo nada. A lo mejor, cuando me sugirió que pretender un cambio mano a mano sería un disparate, me estaba tanteando. Finalmente va a ser Ezra quien termine pagando una diferencia.
El libraco vuelve a mi portafolio. Llamo al mozo, dispuesto a abandonar el intento de Obestein, y volver a la Libraire. Cuando sale de su madriguera, con aspecto cansino, el solitario parroquiano lo detiene con un gesto. Deja el diario. Se levanta de su taburete. Viene a sentarse a mi mesa.
-Permítame pagar su café, señor.
En medio del asombro, pienso en la frase "la bondad de los extraños", que debe provenir de alguna obra de teatro. Me causa gracia... ¿Qué es esto? ¿Una película del Far-West, donde me toca el rol del forastero?. El desastrado cow-boy no me da tiempo a reaccionar.
-Por fin volvemos a encontrarnos, ELCOVE.
-¿Perdón?
-O SOADORA... , depende.
¿De dónde conozco a este tipo vapuleado por la vida? A pesar de mi deficitaria memoria visual, estoy seguro que no es OQUEDA MENQUEZ, el único que me trató personalmente, y que me podría vincular con ELCOVE, aunque no con SOADORA, salvo que se lo hayan dicho. Tampoco puede ser JUANJOS, al que el CORSARIO adjudica unos treinta años y que encima nunca nos vio. Lo mismo que el CORSARIO... Aunque éste opera por la zona y le compra a BATIMITO, que podría ser Obestein, que tiene el local al lado... Pero el CORSARIO era más joven aún que JUANJOS... No. Descartemos todas las hipótesis, antes de contestarnos la pregunta clave: ¿Cómo este tipo reconoce a ELCOVE en mí, por más parecido que tengamos? ¿Quién puede haberle dado una información tan exacta, como para arriesgar ahora, de esta manera, que yo sea Vélez...?

(continuará)

CARLITOS EN COMIQUEANDO DE MARZO

una más y nos alcanzan, eh, PyBe...

EL REGRESO DEL INDIO (12): QUINTERNO EXPONE RAZONES, ANTE EL CORONEL CAÑONES


jueves, marzo 22, 2007

XVIII. TIERRA DE MAGALLANES (4)

-Caramba... el padre Alberto María de Agustinis. Todo un personaje, ¿sabía?. Temprano aficionado al cinematógrafo, alpinista... Gran amigo del Duce. Se dice que influyó sobre Mussolini para que terminara con el conflicto entre el Vaticano y el estado italiano y ganar así simpatizantes entre los católicos. La Iglesia ha preferido olvidarse de él. No sólo por sus simpatías fascistas... Se lo caratulaba como un fantasioso, un embaucador. Pretendía poseer un don profético, que sin embargo, caló en algunos. Siempre hay gente dispuesta a creer en esas cosas. Vea lo de Nostradamus, si no. Todavía sigue dando que hablar...
Si bien el comienzo fue promisorio, el final apunta con claridad a desvalorizar el volumen. Inusitadamente, intenta equipararlo a cualquier basura astrológica. Lo atajo...
-Si se fija en la segunda página, comprobará...
-Sí, la edición del '60... –Me ataja, restando importancia- Corregida y aumentada por el autor. Una tirada limitada. Cien ejemplares, si no me equivoco...
Recién ahí va al lugar correspondiente, en fingida comprobación, ya que está absolutamente seguro de su saber erudito. Me queda un argumento...
-Es el ejemplar cero cero dos...
-Eso cuenta para las revistas. En los libros, daría lo mismo si fuera el cien. Excepcionalmente, podría llegar a valuarse más el primer ejemplar de una tirada. Pero siempre depende de qué libro hablemos... No esto, claro.
A pesar de pretender una retirada digna, la irritación que me provoca, me lleva a extender las manos, reclamando el volumen...
-Bien. Si no vale nada...
-No dije eso. –Y de inmediato, sonriendo por primera vez, relativiza:- Tampoco lo contrario, por supuesto...
Ezra sostiene la sonrisa y calla, mientras hojea distraídamente las últimas páginas de Tierra de Magallanes. Idiota de mí, caí en su juego. Me apresuré. Me enterré con mi frase. Dí por tierra con toda mi actuación anterior, convirtiendo la situación en una torpe consulta sobre el valor o el disvalor del ejemplar. Tendría que haberme dado cuenta que si no le interesara, no le dedicaría una sola palabra. Los embates depreciatorios ya empezaban a formar parte de la negociación. Y el que está convencido del valor de lo que ofrece, no se tiene que dejar arredrar. Hay que esperar, tranquilamente, que el otro termine con la sarta de obstáculos. Escuchar hasta el final, callado, obligándolo a llegar a la oferta. O a la pregunta evaluatoria de cuánto pretende uno. Recién ahí viene el contraataque. Ahora, él sabe que yo no tengo la menor idea de la cotización del volumen, y eso le da una ventaja enorme. A pesar de que ya me quedé sin elementos para pelear el precio, no pienso dejárselo en dos mangos. Prefiero, aunque más no sea por los doscientos que me sacó el Chiquito, quedármelo y seguir leyendo el mito de Elekkasekk. Ezra parece adivinarme el pensamiento...
-Supongo que no pretenderá un canje mano a mano.
-No... Aunque este texto es raro, muy difícil de conseguir, ¿no?... –Intento, tambaleante.
-No crea... Hay otras ediciones, más populares, que todavía circulan...
-Me parece que ésta tiene alguna particularidad... –Arriesgo.
-Eso no aumenta demasiado el valor.
-Siempre puede haber un entendido, que sepa apreciar... -Me embalo.
-Claro, pero hay que encontrar a esa persona. Tiene que caer acá, pueden pasar años...
-O una semana, un día.
-Sí, todo es posible... Pero comprenderá que si no existe un valor objetivo, establecido por las leyes del mercado, yo no puedo invertir en algo tan azaroso. Demasiado riesgo.
-Creo que por alguna razón estaremos conversando...
Me da la impresión que estoy volviendo a estabilizarme.
-No sé... Podría ofrecerle, a cambio, un descuento... mínimo, por la dos de Andanzas. Es un número afanosamente buscado, más que el uno, inclusive...
-¿A ese precio? –Trato de no subrayar la ironía.
-Usted sabe, quedan muy pocas en venta. Y en este estado, me atrevería a decir que ninguna. Aparte, si la cotizo en Euros es porque mi clientela...
Resulta más hiriente que no complete la frase con lo del poder adquisitivo de sus clientes, sean de acá o del exterior. No me queda más remedio que desistir o entregarme en sus manos.
-¿De qué descuento hablamos?
-Digamos... un diez por ciento.
Lo que pagué. Entonces lo del Chiquito no fue un robo, sino un regalo. Si Ezra me cotiza la Historia en doscientos, es porque calcula venderla al triple. Pero aunque pudiera pelearla un poco más, la diferencia con la Andanzas sigue resultando insalvable.
-No. Lo lamento. No llego a cubrir el saldo... –Digo, y vuelvo a extender los brazos.
-Hagamos una cosa... –Me detiene el otro, sin entregar el libro.- Tengo un cliente, que suele interesarse por estos temas. No le prometo nada, pero si existiera la posibilidad de que él lo compre, quizá...
El muy turro finge que se le acaba de ocurrir, cuando debe haber tenido ubicado al candidato desde el momento mismo en que abrió el volumen. ¿Qué hacer, de todos modos? ¿Cuánto podría llegar a subir Ezra? ¿Cien más? Regateando mucho, podría lograr tres cincuenta, cuatro, en total. Tengo mil en el bolsillo y otro tanto en casa. ¿Quedarme con cuatrocientos? ¿Y el arreglo del auto?... Ya no puedo seguir recurriendo a mi suegro. Mucho menos a Graciela, que no larga un mango... Pero no tengo que decidirlo ya.
-Bueno... Vuelvo cuando usted...
-Podría consultar ahora a este cliente.
-¿Ahora?
-Probemos...
Ezra deja el libraco sobre el mostrador, recupera la Andanzas que mágicamente aparece debajo de un talonario de facturas, y se aleja con ella (en un gesto tan descortés como el de haberlo escondido) hacia un antiquísimo teléfono de pared, situado en una esquina del local.
Mi primer impulso es pararlo y decirle que, de todos modos, no tengo el efectivo suficiente. Pero, en vez de eso, termino acercándome discretamente al teléfono, para no perderme detalle de la conversación. El interés de Ezra en cerrar el trato me revela que lo que tengo entre manos es más valioso de lo que pueda calcular.
-Hola... De Libraire Antique, quisiera hablar con el señor Elenio...
¿Picco? ¿El prestigioso coleccionista? ¿Quién otro puede llamarse Elenio e interesarse por los Tehuelches?. Ezra me indica con la mirada que no está. Mejor. Podría negociar con él directamente. Sé donde ubicarlo. Hace años lo visité y me mostró sus originales de tiras de diarios, los de la primera época del Maestro, que era a lo que se dedicaba, desdeñando lo posterior. Al ser él mismo un dibujante –me explicó-, encontraba en aquel trazo virtudes que posteriormente se aggiornaron. Espero que siga en el mismo lugar –no le puedo preguntar la dirección al librero-, un estudio que tenía sobre Pueyrredón, casi Santa Fé. Ezra está dejando el recado.
-Dígale, por favor, que se trata de la edición del ´60 de Terre Magellaniche... Sí, le deletreo... Te-rre Ma-ge-lla-ni-che... Incluye las profecías, dígale...
No termina de colgar, que ya le estoy preguntando...
-¿Terre Magellaniche?
-El nombre original, en latín. Tierra de Magallanes. Acá optaron por castellanizarlo.

(continuará)

miércoles, marzo 21, 2007

EL REGRESO DEL INDIO (11): CONTINUA ESTE MISTERIO, JUSTO FRENTE AL MINISTERIO


XVIII. TIERRA DE MAGALLANES (3)

No reconozco al anciano calvo, atildado, con anteojos en la punta de la nariz y modales parcos, parecido a Ezra Winston, el anticuario de Mort Cinder, que emerge del fondo del local vacío de la Libraire. Fueron pocas las veces que visité este lugar. En realidad lo evitaba, para no alimentar malos pensamientos. Cada vez que venía, si bien encontraba todo lo que se me podía ocurrir, mi deseo quedaba fatalmente insatisfecho, debido a los precios que manejaban. Ahora estoy preparado. Tengo resto, como cuando voy a las maquinitas, decidido a aguantar lo que haga falta para que los símbolos mayores se detengan en la línea central... Respondo al saludo cortés. Sé que esta gente no pierde el tiempo con curiosos, por eso lo más valioso del material no está a la vista. Así que, sin más trámite, pregunto por la dos de Andanzas. Noto que el tono de entendido y el no trasuntar ansiedad alguna, causa una buena impresión en Ezra, que ahora, rápidamente, pasa a evaluar mi solvencia. Duda un momento de mi portafolio. Lo debe imaginar o lleno de billetes, o vacío para la rapiña. Al final parece que apruebo, porque asiente levemente con la cabeza y, sin decir palabra, me deja solo para sumergirse en las sombras del interior del local. ¡La tiene!. Es posible que esté guardada en una caja fuerte, como la de ALLIPAC, porque tarda. Pienso que, de haber traído un revólver, no existiría ocasión más propicia. Empiezo a transpirar, y ni siquiera puedo entretener la espera revisando las Hora Cero, Frontera, Misterix, esparcidas aquí y allá. Se me ocurre que es curioso que, en medio de mi nerviosismo, repare justamente en las creaciones de Osterheld y Breccia... ¿Otro signo del destino?. El librero regresa, por fin, con el ejemplar enfundado de la dos. Lo deposita con delicadeza en la palma de su mano y me lo exhibe.
El deslumbramiento que sufriera JUANJOS, al ver por primera vez esa tapa en Internet, resulta absolutamente entendible. Qué decir del mío, que la tengo enfrente en carne y hueso (papel y tinta, para el caso). Ahora observo con nitidez que la redondeada entrada de la caverna, con la roca que la obturaba caída en el piso, apenas permite la entrada de claridad externa. La luz no proviene de ese lugar, sino de un extraño haz, amarillo como las letras de la leyenda Las Grandes Andanzas del Indio, que parece generarse allí y, provocando claroscuros, atraviesa oblicuamente la cueva, dirigiéndose a la figura principal, el gigante y monstruoso bebé descubierto, para perderse después entre los laberintos formados por las estalactitas –o estalagmitas, ya que las concreciones calcáreas de la bóveda se unen con las del piso-. En consecuencia, quedan relativizadas las imágenes del Indio y del Padrino, cuyo asombro se remarca por los comunes rayos que brotan de las cabezas. Sus cuerpos están casi fundidos y suspendidos en el aire, mientras que el del Gurí se halla rotundamente plantado. Así, el Maestro destaca la importancia que cobra aquí el descubrimiento del Hermanito, a diferencia de la mayoría de las tapas de Andanzas, donde el protagonismo, obvio, pasa por el Indio. Aunque, en realidad, está ausente de ésta el gran personaje de la historia: el Tata, que es quien decide encerrar al niño en la montaña de los antepasados. Por otra parte, la revista se ve impecable, con el lomo perfecto, como si nadie la hubiera tocado. Comparándola, el original que me fotocopió Obestein, robado después a ALLIPAC, con sus crucecitas rojas, era una bazofia. Me abstengo de consultar si está completa, para no provocar la indignación del librero. En cambio, en FF, lo haría –por chicanear- y me contestarían, con suficiencia: de kiosco.
Trato que no se transparente demasiado el impacto, y busco un tono frío, de negocios, para preguntar el precio. También profesional, sin ningún tipo de circunloquio, a diferencia de la mayoría de los mercaderes, Ezra dispara: quinientos. Y de inmediato, para que no pueda llegar a alegrarme, agrega: Euros. Ahora sí, dejo que se me note el asombro. Es más, lo manifiesto expresamente, traduciendo la cifra a pesos.
-Dos mil, si lo prefiere - Cierra el librero, implacable.
¿Qué hacer? ¿Abandono acá? ¿Recurro a una estrategia? ¿A cuál, si no puedo sostener ninguna con convicción? La actitud de Ezra con la revista, sumada a una parquedad constitutiva, indica que el precio es inamovible. Está seguro de que lo que sostiene delicadamente en sus manos es una gema, y también que, a pesar de mi disimulo, yo coincido en la valoración. Intento por el lado de las cuotas, citando a RICHARD, el coleccionista concitadino, como referencia. Ezra ni siquiera lo recuerda, o al menos es lo que afirma. El último y desesperado recurso: Tierra de Magallanes. Soy conciente que, si llegara a mostrar un mínimo interés por el volumen, ahí sí habrá que pelear arduamente las condiciones del canje. Contrarrestar el entrenamiento de esta gente en sobretasar lo que poseen y denostar lo que se les ofrece, requiere de una exquisita negociación. Preparo la mise en scène.
-Tengo un libro raro... –Susurro, como cuidándome de oídos curiosos (que aunque por ahora no existan, podrían aparecer en cualquier momento), mientras acaricio el portafolios.- Sobre los Tehuelches. Me costaría mucho desprenderme de él, pero...
Con otra casi imperceptible indicación de cabeza, me invita a sacarlo. Creo advertir en sus labios un dejo de desdén, pero trato de no desanimarme y miro a un lado y otro, sugiriendo que necesito un lugar despejado para apoyar la valijita.
No sé si mi actuación está surtiendo efecto, o si se trata de una práctica frecuente en él, pero lejos de apurar el trámite, permitiendo que efectúe la operación sobre la pila de revistas de las mesas, Ezra me ofrece (siempre sin decir palabra, apenas con un sutil gesto de la mano) usar el escritorio, situado en el fondo del local.
Con parsimonia, mimetizado con su elegancia, llego hasta ahí, apoyo suavemente, desprendo las presillas, abro el cierre interno y extraigo el pesado volumen. Me doy vuelta para alcanzárselo, pero el librero ya está detrás de mí. Me ha acompañado. Lo interpreto como un signo de interés. Con ambas manos, como si tratara de una ofrenda, se lo extiendo.
Ezra, que ha dejado, en algún momento, en algún lugar, el ejemplar de Andanzas, se acomoda los lentes y toma el libro. Ceremonialmente, siguiendo el juego de delicadezas, levanta la tapa. Para mi sorpresa, de pronto, como la hija del Chiquito, se vuelve locuaz.

(continuará)

martes, marzo 20, 2007

XVIII. TIERRA DE MAGALLANES (2)

Las páginas siguientes no se corresponden con el espectacular comienzo y me gana el adormecimiento, ayudado por el traqueteo del tren y el sonido de la lluvia, que ha retornado. Hago un esfuerzo por mantenerme despierto, en consideración que llegue a vender el libro, y no perder alguna otra importante revelación.
Así me entero que el nombre de Tehuelche significa "hombres fuertes". Que su presencia en la Patagonia está registrada desde hace seis mil años. Que eran nómades, expertos cazadores de guanacos, pumas y ñandúes. Que para ello, utilizaban arcos, flechas y boleadoras (arma predilecta del Indio). Que sus viviendas estaban construidas con pieles de guanaco y que conocían los secretos para la fabricación de cerámicas y telas. Que el gobierno era ejercido por caciques, cuyo cargo era hereditario (correcto, el Indio hereda el cacicazgo). Que la muerte era rodeada de complejas ceremonias y, en las primeras épocas, la tumba se ubicaba en un lugar secreto, en curiosa similitud con la cultura egipcia...
Ya con menos asombro, pienso en la cripta donde descansa el sarcófago con la momia del Tata. Tanto se ha hablado de la comicidad buscada por el Maestro con el absurdo de que la ascendencia del Indio provenía de los faraones, y ahora resulta que el propósito sería respetar la verosimilitud histórica.
En los sucesivos capítulos, se siguen confirmando las aseveraciones del Chiquito acerca del descubrimiento del caballo, la consecuente extensión de los campos de caza hacia el norte, lo del poncho y hasta lo de las plantas alucinógenas.
Me encuentro con una imagen del libro, y ésta –por primera vez- pone en crisis el relato del saladillense. Allí aparece el padre de Agustinis saludando a Olkelkkenk, el último de los caciques Tehuelches, según reza el epígrafe de la foto, tomada del documental Tierra de Magallanes. O el Chiquito reavivó su recuerdo con esta ilustración, o imaginó, a partir de ella, su protagonismo. La cuestión que el tal Olkelkkenk, con muchas ka, existió. No encuentro mención alguna a que fuera traído a Buenos Aires en el '30. Si bien el libro fue escrito en el '27, en la revisión del '56, podría haberse consignado.
En el capítulo dedicado a la cosmogonía Tehuelche, un nuevo nombre con Ka, me produce un sobresalto. Kóoch, "El que siempre existió". Tardo un momento en ubicar de donde conozco a este Dios: lo mencionaba CORNALITO en el mail a ELCOVE. ¿Qué otra cosa que la locura de esta gente se desprende de tanto saber antropológico?. Incluído el Maestro, que creyó necesario documentarse exhaustivamente para dibujar una simple historieta. No puedo dejar de asociarlo a la anécdota de Hoffman con Olivier. Cuando el primero le relata el tiempo que le llevó el estudio en la realidad de un modelo de personaje, el otro le pregunta: ¿Y por qué no lo actuó?.
Me sumerjo ahora en un mito abstruso sobre un gigante, un ser monstruoso y perverso, que llega a la tierra junto al sagrado cheruke, el fuego celeste de los aerolitos que caen y que misteriosamente se vuelven piedra colorada y ya nunca más arden, como el meteoro de los tobas, en la ochenta y nueve de Andanzas. El gigante caído del cielo, donde mora Kóoch, el que siempre existió, junto a los innombrables del más allá... el gigante, decía, rapta a un niño y lo encierra en una cueva, tal como hiciera el Tata con el hijo deforme, en la número dos.
"Elekkasekk, padre o generador de la raza que vive en una gruta, gran animal extraño, cubierto de enorme cáscara, muy gruesa, parecida a la de los armadillos actuales. Robaba niños y tenía según algunos cara humana y según otros era un hombre de talla gigantesca cubierta la espalda de una enorme coraza. Los Gükün-a-küna, Tehuelches Septentrionales, tenían un canto dedicado al Elekkasekk y decían que era el "dueño" de todos los animales vivientes y que sólo podía ser muerto por el rayo. Raspaban, cuando dormía, los huesos del Elekkasekk y se lo daban a beber a los niños para que sean fuertes y sanos. Ker-Wwwerr, una tuco-tuco que vivía en su casa subterránea excavada en el fondo de la gruta intenta salvar a su hijo de las garras del gigante. Sigilosamente, en el mismo momento en que el monstruo levantaba al bebé para devorarlo, le mordió el dedo del pie con todas sus fuerzas, y escondió al niño debajo de la tierra antes de que Elekkasekk pudiera reaccionar, y le robó un hueso. Después, Ker-Wwwerr revuelve un caldero cocinando el hueso del gigante, para preparar el caldo-caldo que beberá primero ella y que a través de sus enormes tetas dará de mamar al hijo y alrededor de ella y del enorme caldero danzan unos caníbales con tenedores en el pelo, que a medida que dan vueltas se van enterrando en el barro. Pero Elekkasekk, rengueando, recorre con pasos de gigante toda la caverna y rescata a los caníbales del barro. Al final se los termina comiendo, escupe los tenedores que se clavan a todo lo largo de la cueva y recupera su hueso, que se calza en la espalda, y encuentra al chico y le revisa las manos que están llenas de pelos, entonces Elekkasekk se las ata para que no se masturbe más y se me acerca, huelo su aliento fétido y veo que tiene la cara humana e irónica de ELCOVE, que se saca la coraza negra y me susurra Antofagasta queda de este lado de los Andes, buscá un mapa, buscá un mapa... mientras extiende los brazos y los agita y con una de sus enormes manazas estruja la número dos de Andanzas y con la otra aprieta el cuello de Ker-Wwwerr, despiadadamente, sin considerar siquiera que fue Ella la que le sugirió la idea del canje. La madre tuco-tuco alcanza a decir al niño, con su último aliento, que lo único que puede salvarlo es gritar Huikka, que en Tehuelche quiere decir el más oculto de los secretos, y que después lea en su nombre y que se cuide de... Pero sus palabras son tapadas por la risa estridente de ELCOVE y Ella muere y entonces...".
Cuando me despierto estoy en Constitución, solo en el tren. Cierro el libro y lo retorno a la valija. A la salida de la estación la ansiedad me lleva a tomar un taxi. Gasto superfluo, puesto que ahora apenas garúa y el cielo comienza a aclarar. Justamente, el tiempo es el tema extensamente desarrollado por el taxista. De agarrar el subte podría haber seguido leyendo. Me resigno a que, si los de la Libraire Antique me tomaran el volumen como parte de pago de la dos, nunca voy a saber cómo termina la historia, y qué pertenecía realmente a ella y qué a Ella, a El, a ELCOVE o a mí.

(continuará)

lunes, marzo 19, 2007

EL REGRESO DEL INDIO (10): INFORMA CON PRECISION E INDICA LA DIRECCION


XVIII. TIERRA DE MAGALLANES (1)

Entre el desperfecto del auto y el atracón del viejo, perdí un tiempo precioso. Si bien lo de mi suegro no pasó de un susto, Graciela me hizo quedar un día entero en el departamento para vigilar que cumpliera la dieta prescripta, mientras ella iba a trabajar. El día siguiente lo ocupé deambulando por talleres mecánicos, en busca de un presupuesto medianamente asequible, porque el problema resultó más grave de lo que pensaba, producto del recalentamiento del motor. Terminé recalando en lo de un conocido de Graciela, que promete hacerme precio. Eso sí: no sólo me distraje con los mil prestados, sino que logré que el geronte me facilitara otro fajo, explotando mi silencio sobre sus excesos gastronómicos ante su hija. Le cargamos la culpa al estado del mondongo, pero sin demasiado énfasis, porque mi tercer mujer es muy capaz de iniciar demanda contra el bar de Alberdi, acción que indefectiblemente se perdería. Los fondos conseguidos van a ser suficientes para el arreglo y para la dos de Andanzas, si es que la consigo en los dos días que me quedan antes de viajar a Mar del Plata. Viaje que depende, claro, de que el auto esté listo para esa fecha.
Pareciera que el mal tiempo comienza a disiparse, de modo que me largo temprano en tren a Capital, con la esperanza que los puestos del Parque abran a la tarde. Me queda, de todos modos, la Libraire Antique. También estaría la posibilidad de localizar a Obestein. Pero en Flores, no vale la pena llegarme a la Bond Street porque ahí no tenía material antiguo. Aunque no es de descartar que ya se haya ido de ambos lugares. Han pasado años de la última vez que lo visité, que si mal no recuerdo, fue cuando me hizo las fotocopias de las cinco primeras. Me alienta la mención del CORSARIO al BATIMITO de Flores, que presumo puede ser el judío Obestein.
Se me ocurrió que quizá el tomo de la Historia de los Tehuelches, que me impusiera el Chiquito Cabello a fuerza de carabina, tenga, después de todo, algún valor. Si fuera así, la Libraire es el lugar ideal para ubicarlo, ya que no sólo se especializan en historietas, sino que también comercian volúmenes raros. Lo cargué en el portafolio, con la esperanza de poder achicar la diferencia con la número dos del Indio, y no llegar a gastarme inconcientemente los mil que guardo en el bolsillo. No hay certeza que con lo que me quedó pueda cubrir la reparación del auto, y además, en algún momento, mi suegro va a terminar reclamando la deuda.
Saco el grueso ejemplar encuadernado. Es curioso que yo haya leído tanto de joven y que de adulto, fuera de las historietas y de lo que necesito como información para el trabajo, no lea nada. La prueba es que ni siquiera hojeé el libro desde que cayera en mis manos. Si bien no me entusiasma demasiado ahondar en vida y costumbres de los verdaderos Tehuelches, esta culpa de ex – lector, me lleva ahora a abrirlo. En la primera página me entero que el autor, el cura italiano de cuyo nombre el Chiquito Cabello no podía acordarse, se llamaba Alberto María de Agustinis. Una breve reseña biográfica da cuenta que nació en 1883, que pertenecía a la orden de los salesianos y que también era alpinista, fotógrafo y operador cinematográfico empedernido.
O sea que al menos esta refencia del Chiquito era certera. Prosigue el prólogo, textualmente: "Edificó este valioso memorial de las últimas tribus Tehuelches mientras exploraba montañas, lagos y glaciares entre Chile y Argentina, desde 1913 a 1927. De aquellas experiencias resultaron tres libros que hoy son considerados biblias por los montañistas: Mis viajes a la Tierra del Fuego (1930), Andes Patagónicos (1932) y Esfinges de hielo (1939). El presente volumen precede a todos ellos, ya que fue escrito en 1927, al final de su raid y recoge lo consignado en el documental del mismo nombre. Fue editado por primera vez en 1928, y la presente edición, corregida y aumentada por el mismo autor meses antes de su fallecimiento (acaecido en 1956), incluye fotos de la película, lamentablemente hoy perdida."
El último párrafo me alarma, porque indica que la edición no es tan vieja como suponía. Paso a la segunda hoja y corroboro, efectivamente, que es del '60. Ya doy por aniquilada la posibilidad de que los de la Libraire Antique se interesen por el libro, maldiciendo al Chiquito, a su hija boba y a la finadita, cuando reparo que la tirada ha sido reducida (cien ejemplares) y numerada. Curiosamente el que tengo en mis manos es el cero cero dos. Este descubrimiento no sólo le otorga valor al volumen, sino que también parece otro guiño del destino: la dos por la dos. Pero considerando que el destino no se ha portado muy bien conmigo últimamente, decido no darme manija y continuar la inspección.
Historia de los Tehuelches, el título que aparece en el lomo, resulta en realidad subtítulo. El principal (letras rojas en la segunda hoja) es Tierra de Magallanes, al que supongo, por lo consignado en el prólogo, homónimo de la película hoy recuperada, al decir del Chiquito.
En el inicio del libro se cita un párrafo escrito en 1520 por Antonio Pigaffeta, cartógrafo y cronista de la expedición de Fernando de Magallanes: "Cierta mañana aparece sobre una colina una figura extraña, un hombre que en un comienzo no reconocemos como semejante, pues la primera impresión es una mezcla de terror y sorpresa, que nos hace ver a ese ser dos veces mayor que un hombre común. Era tan grande este hombre, que nosotros le llegábamos a la cintura. Era bien plantado y tenía la cara ancha pintada de rojo, con aros amarillos alrededor de los ojos, algo así como dos manchas en forma de corazón en las mejillas. Su pelo era corto y teñido de blanco, y su vestimenta consistía en pieles de algún animal, excelentemente unidas."
Me agendo mentalmente comparar la estatura del primer Indio, con la de Don Gil Contento, su arcaico tutor. Sin duda al Chiquito la memoria le funcionaba bien. No creí su alusión al gigantismo de los tehuelches, puesto que nunca lo había escuchado antes, pero evidentemente tenía razón. Relativicé, además, la referencia que hizo a que el poncho no era su vestimenta original, lo que la cita parece ahora confirmar.
La lectura me empieza a interesar: "Los españoles admiran sobre todo los enormes pies de ese monstruo humano, y en consideración de esos grandes pies, denominan a los nativos “patagones” y a la región “Patagonia”. Pero pronto se desvanece el temor producido por el hijo del desierto, pues ese ser envuelto en pieles abre continuamente los brazos riendo con toda la boca".
El que queda con la boca abierta soy yo. Inmediatamente, me aparece una de las tantas imágenes del Indio, que fue cambiando mucho con el transcurrir del tiempo. Esta corresponde a su época más remota, es posible que a la de los anuncios que preludiaron su aparición en Crítica, cuando todavía se llamaba Curugua-Curiguagüigua, o a la primer tira con Gilito, la que me prometí revisar hace un momento. Cuando el poncho era largo y con rayas en vez de cruces, cuando usaba una especie de calzoncillos a media pierna y su nariz era puntiaguda y su jeta desmesurada. El cuadro prehistórico que acabo de recordar lo muestra con los brazos extendidos y riendo a mandíbula batiente. La imagen resulta un calco del relato. La revelación es impresionante: el Maestro se documentó en las crónicas del cartógrafo para crear su personaje. También relaciono lo leído con la corrección que me hiciera OQUEDA. Parece que yo era el único que no estaba al tanto de estas cosas... salvo, claro, lo de la pata enorme –dedo gordo y uña, más bien- repetida en la familia (Indio, Hermano, Hermana, Nodriza, inclusive), asociada a lo de patagón.

(continuará)

domingo, marzo 18, 2007

EL REGRESO DEL INDIO (9): BAJA A OTRO NIVEL EL MALVADO CHIQUIZUEL


MAS AUTOBOMBO...

DIJO EL BOTARATE:
"Gloriosa la tira oscura del patagón"
LA VERDA', ME GUSTO COMO ELOGIO!!!

XVII. VIAJE CON SUEGRO (3)

Pasando la laguna de Lobos, el auto empieza a fallar. La profecía de mi actual suegro se cumple. Algunos tramos de la ruta hubo que transitarlos a paso de hombre, porque el agua alcanzaba varios centímetros. No entiendo nada de mecánica, ni tampoco me interesa, por eso elegí las del Indio y no las Lúpin, que traían en la página central las instrucciones para armar artefactos de todo tipo, aunque las primeras, de chico, las compré, me gustaban las historietas de la revista, sobre todo las de Bicho y Gordi. Quizá, si hubiera leído alguna de esas páginas dobles (muy cotizadas, hoy en día), ahora podría determinar la gravedad del desperfecto, atribuible, sin duda -no se necesita saber de mecánica para eso-, a la entrada de agua en el motor.
Decido no agarrar por Brandsen, un camino demasiado solitario como para quedarse varado, en medio de un vendaval y cargando a un viejo. Aparte, es muy posible que también se encuentre inundado. Mi suegro protesta, porque yendo por Cañuelas son muchos más kilómetros y quiere llegar a La Plata cuanto antes. Ni se me ocurre comentarle que, aprovechando el desvío, pienso pasar de largo en Cañuelas, sin tomar la seis, que es un desastre, y hacer alguna parada en Buenos Aires, para continuar mi búsqueda de la dos. Si bien mi capital, entre coima, nafta y los doscientos expoliados por el Chiquito, se ha reducido casi a la nada, vuelvo a ser solvente, porque cuento con recurrir, en caso de urgencia, a la abultada billetera del geronte. Me fijé bien, cuando la guardó en el bolsillo, que su grosor era extraordinario. Y que apenas fue mermado por el pago de la bendita cuota en el Banco de la Edificadora de Saladillo, trámite que nos llevó, a pesar de que no había nadie, más de una hora, porque mi suegro se empeñó en hacer sociales con cada uno de los empleados. Y si ahora le vino el apuro de golpe, sospecho que es porque no quiere que lo sorprenda la hora del almuerzo en viaje, y sin una parrilla a la vista. O sea que pasar por la Capital, en definitiva, no le va a disgustar tanto, ya que tendrá para elegir. Si lo meto en un restaurante me garantizo, mínimo, una hora de expedición. Comer es una de las dos cosas que más le gustan en la vida. La otra es ir al Casino, para lo cual, necesariamente, debe contar con mi complicidad de acompañante, porque Graciela combate con fiereza esos malos hábitos, al igual que mi afición a las revistas antiguas. Como todas las mujeres, considera que cualquier cifra que se pague por ellas es plata tirada a la basura. Y quizá me termine convenciendo de que tiene razón y la dos sea mi última compra. De la que no tendría por qué enterarse, ya que aún si tuviera que blanquearle a mi suegro el destino de lo que me preste, me aseguraría su discreción, a cambio de mi silencio respecto a las fortunas que pierde en la ruleta. Yo, por las maquinitas –que él detesta-, no tengo que retribuir la reserva. Le hice creer que en ellas se pierden monedas, lo cual es rigurosamente cierto.
Pasando Ezeiza el motor no sólo ratea, sino que también calienta. De modo que es el destino, y no mi decisión, el que hace que tome la General Paz y baje en Juan Bautista Alberdi, a pocas cuadras de la vieja Librería. Falta poco para el horario de cierre del mediodía, así que postergo la revisión del auto y enfilo hacia allí. La encuentro abierta. Estaciono en la puerta y por suerte no tengo que darle explicaciones a mi suegro, que ronca plácidamente desde hace varios kilómetros, en una siesta anticipada.
Tendré que admitir definitivamente que cada vez que creo percibir señales del destino, mi radar se equivoca, pues como era previsible, el milagro no se produce y en los polvorientos estantes de la Librería Alberdi, otrora poblados de increíbles números de las del Indio, ya no se encuentra otra cosa que una perdida Diabluras de Jaimito. Aunque quizá, no... Quizá haya interpretado incorrectamente el signo, porque cerca de acá estaba el almacén de Isaac, el del puesto de Palermo. ¿Vivirá aún? No lo creo. De todos modos, el hijo –al que nunca conocí- continuaba el negocio... El viejo, extrañamente, decía que no comerciaba la dos de Andanzas. Supongo que el heredero no tendrá esa absurda limitación. El problema es que hace años no voy por ahí. Encima, era una callecita cortada, de una única cuadra. Recuerdo vagamente que tenía el nombre de una ciudad chilena. Santiago, no... ¿Valparaíso? No estoy seguro de poder encontrar el lugar. Tendría que dar muchas vueltas y ahora el viejo se despertó y ya está preguntándome el motivo de la detención. Le explico que tengo que ubicar algún taller para que revisen el auto, porque no creo que así podamos llegar a La Plata. Mi querido suegro se me empaca: alegando que está cansado, que mi auto es incómodo, y que quiere llegar cuanto antes, amenaza con tomarse un colectivo. Yo sé que el verdadero propósito radica en joderme la vida, pero es capaz, si no le freno el amague, de cumplir. Y de ningún modo lo puedo dejar solo, en medio de este diluvio, porque si lo hago Graciela me echa de su casa. Pronuncio entonces las palabras mágicas: mondongo a la española. Que en el boliche de la esquina preparan exquisito, agrego. El encanto funciona. Espero que la suerte me ayude y que ése sea el plato del día, como la primera vez que fui, haciendo tiempo para que abra la Librería, y el mozo me lo sugirió, en vez del revuelto gramajo que figuraba en el menú y yo había pedido.
Ahora sí, la suerte está de mi lado y mientras mi actual suegro, con una sonrisa de oreja a oreja, se acomoda la servilleta, aprovecho para mangarle una luca por si lo del auto resulta complicado. Ni mosquea en desembolsar los diez billetes, mientras le pregunta al mozo galaico –presumiblemente el mismo que me atendiera hace años- qué puede haber de entrada. Alcanzo a escuchar que se decide por el matambre con rusa, antes del mondongo. Teniendo en cuenta que después vendrán postre y café, calculo que por hora y media, al menos, va estar entretenido. Arranco el motor y la aguja de la temperatura sube peligrosamente, pero confío en que va a aguantar. De última lo paro en una estación de servicio y sigo la búsqueda en taxi.
Mientras circulo despacio, guiado por una única y obsesiva idea, noto que me estoy sumergiendo en esa particular dimensión de las antiguas expediciones, y ya no me gusta. La lluvia no facilita la tarea. No encuentro a quién preguntarle. Los automovilistas circulan con las ventanillas cerradas y los pocos peatones van corriendo. Mis datos son un tanto inespecíficos para que, en el caso de poder parar a alguno, me aguante la consulta bajo el diluvio. ¿Cuántas ciudades de Chile son reconocibles para un argentino medio, que nunca viajó a ese país?... ¿Viña del Mar? ¿Atacama? Punilla, ¿está en Chile o en Perú? No, no era ninguna de ésas. Termino llegando, no se cómo, al enorme predio del frigorífico Lisandro De La Torre. Un hombre, con una capa negra, como la que yo usaba para ir al colegio del barrio de calles de tierra, está parado, indiferente al temporal, al parecer a la espera de un colectivo. Estaciono junto a él, con cuidado para no salpicarlo. Cuando bajo la ventanilla, el hombre, sin que medie interpelación alguna, se apoya en el auto. El hueco de la capucha me revela el rostro burlón de ELCOVE. "Antofagasta", susurra. Y sale disparado a hacer señas a un 117, que estaciona bruscamente detrás de mí, casi tocando el paragolpes del auto. Arranca con la misma rapidez, llevándose consigo al espectro.
Antofagasta, sí. Ese era el nombre de la cortada... Pero ¿qué hacía Vélez, acá? ¿Cómo sabía lo que busco? Si la fugaz visión fue real, al menos me hubiera aportado el dato adicional de cómo llegar hasta ahí. Y si fue producto de mi imaginación, la contribución de mi memoria resultó incompleta. Sigo en el mismo problema.
Doy infinitas vueltas por el barrio, tratando de leer los carteles de las calles, bajo la cortina de agua. De pronto, al doblar en una esquina, un instante de lucidez me hace dirigir la mirada al indicador de la temperatura. Advierto que sobrepasa el punto crítico y automáticamente paro el motor. Bajo para abrir el capó y se impone aquí mi convicción que el lenguaje, por ser de naturaleza sucesiva, resulta limitado para traducir los hechos en su contemporaneidad. Porque las percepciones que tengo son cuasi simultáneas. Humo denso, alarma, miedo a que el auto se incendie, impulso de agarrar el matafuegos, registro de que la humareda no proviene de él, cartel de la esquina que reza Antofagasta, ubicación del foco del humo: una casa ubicada unos metros más adelante, con un antiguo letrero de despensa, se está prendiendo fuego.
Me acerco al grupo de personas que, a pesar de la lluvia se agolpa frente a la casa de Isaac, el judío de Palermo, uno de los primeros fundadores del Parque. Algunos vecinos forcejean, intentando impedir que un desesperado ingrese al local en llamas. Se trata de un tipo de barba, rechoncho, de unos cuarenta y cinco años, con rasgos notoriamente semíticos, característica ésta omitida en la casi exacta descripción que JUANJOS me hiciera del vendedor que encontró en el puesto de enfrente de la Rural. El hijo de Isaac, indudablemente, ya que repite a los gritos, mientras lo sujetan: ¡Papá! ¿Qué hiciste?... Una vecina, con lenguaje culto que disimula su proclividad al chismorreo, me informa espontáneamente que el anciano se acaba de inmolar, a lo bonzo.
No encuentro un puto taxi por el barrio y tengo que volverme a pié, porque el auto, definitivamente, se quedó en el lugar. Habiendo realizado un periplo interminable, debo estar ahora, paradójicamente, a unas tres o cuatro cuadras del bar donde dejé a mi suegro a la espera del mondongo. Ruego que hayan tardado en servirle, ya que la infructuosa expedición me llevó cerca de dos horas. Mientras corro bajo la lluvia, oigo la sirena de los bomberos a la par que me siguen resonando las palabras de la vecina chusma y culturosa:
-El viejo estaba loco. Deliraba con que lo perseguían para robarle y preanunciaba que se iba a terminar prendiendo fuego, junto a una montaña de revistas antiguas que atesoraba.
Cuando terminó de decirlo, las llamas ya tocaban los techos. De lo contrario yo, como el hijo de Isaac, hubiera intentado entrar, para ver si se podía salvar al menos una pilita de las del Indio.
Llego a la avenida Alberdi, totalmente empapado y siguen las sirenas. Pero ahora se trata de una ambulancia, que estaciona exactamente en mi lugar de destino. Ya en la puerta del bar de la esquina, alcanzo a escuchar que el mozo galaico, visiblemente nervioso, le aclara al médico de urgencias:
-Le aseguro que el mondongo está en perfecto estado. Lo que pasa es que el señor se comió cuatro platos... La descompostura le vino al comenzar el quinto.
No queda otro remedio que acompañar a mi suegro al hospital. Desde allí llamaré a un auxilio para que remolque el auto hasta La Plata. Siempre y cuando no termine yo también internado por una pulmonía.

(continuará)

sábado, marzo 17, 2007

EL REGRESO DEL INDIO (8): LA CHACHA MAMA ADUJO QUE HAY QUE RECURRIR A UN BRUJO


XVII. VIAJE CON SUEGRO (2)

Lo de chotear resultó un fiasco. Espero que la conexión se haya despertado de la siesta, porque si ahora no abre Yahoo, mi destino son las andanzas, pero de Moreira. Parece que le han puesto querosén al tanque, porque Yahoo finalmente se muestra. Tipeo, sin ningún escrúpulo, la clave de ELCOVE. Se anuncia que hay un mensaje sin leer en la bandeja de entrada.
¿Una tardía respuesta de algún coleccionista? No es demasiado probable... ¿Noticias del CORSARIO? ¿De cuándo? Es el único que, aunque sea para putearlo, le seguía escribiendo a ELCOVE. ¿Habrá recobrado sus medallitas y vuelve a la FERIA triunfante?...
La inyección de querosén rápidamente da por tierra con mis conjeturas. CORNALITO, el que le transcribió el mail de ELCOVE a JUANJOS, ahora escribe: No sé si te acordarás de mí. Caí, al principio, con tu farsa de la venta de las diez primeras. Después, cuando empezaste con los disparates que te había estafado el CORSARIO, y las invitaciones al Club, y la Carta Abierta, pensé que necesitabas urgente atención psiquiátrica. Pero ahora, estoy convencido de que no sos más que un boludo, que por casualidad pasó por donde dormían los monstruos y terminó despertándolos. Mi nombre es Pablo Sepia, no sé si te suena. Soy de Mar del Plata y de ahí conozco a JUANJOS, pero vivo desde hace mucho en Capital. Hace poco tiempo tuve el honor de ser curador de la muestra retrospectiva de los setenta y cinco años del Indio en Recoleta. También, cuando se inauguró la plazoleta que lleva el nombre del Maestro, el arquitecto Moreno, Secretario de Cultura en ese momento, me invitó a descorrer la placa conmemorativa. Junto a Elenio Picco soy de los que más han profundizado sobre el tema. Sé mucho del Indio y de su creador. He investigado por décadas vida y milagros de uno y de otro, tanto a través de las publicaciones, como de la biografía del Maestro, la que resulta (sabrás eso, al menos) muchísimo más difícil de rastrear. Te imaginarás, entonces, que durante ese tiempo he podido tomar contacto con infinidad de coleccionistas importantes. Y te puedo asegurar que a ninguno de ellos se le ocurriría hablar de fotocopias como lo hacés vos. O sea que, tu supuesto rango de tal, es otra de tus fanfarronadas. También, esos coleccionistas, calificarían de un nivel de jardín de infantes tu test de evaluación. Por estas pelotudeces es que acabaste llamando la atención, y ahora estás en problemas. Lo que no puedo explicar es el impulso que me lleva a advertirte. Debo ser muy buena persona, porque en definitiva, te merecerías que te pase lo que te puede pasar. Tampoco te ilusiones demasiado. No te voy a dar muchos datos. No me voy a arriesgar por vos. Y desde ya te aviso que ni te molestes en contestar este correo, ni en tratar de ubicarme, porque no vas a tener suerte. Es más, podés empeorar tu situación. Mi ayuda consiste solamente, devolviéndote el cuestionario, en formularte tres preguntas. Que Kóoch, el Dios de los Tehuelches, "El que siempre existió", te ayude a encontrar los caminos correctos:
1.- ¿Adónde viajó el Maestro, a principios del '30?
2.- ¿Con quiénes se entrevistó en Buenos Aires a su regreso?
3.- ¿Qué vaticina el final de "Terre Magellaniche"?
Así termina la insólita misiva. Lo primero que pienso es que ELCOVE se merece que lo traten de esta manera. A pesar de sus pretensiones, él nunca perteneció a esa aristocracia de coleccionistas. En ese medio, sus afectados modales, han de haber resultado ridículos e irritantes. Encima, pretendió burlarse de todos, creyéndose superior.
Yo soy distinto a él. Estoy contento de ser uno más del montón. Ahora, simplemente no quiero decepcionar a JUANJOS con una fotocopia de la dos. Después me alinearé con los que me den cabida, desde mi verdadera condición. Con mis iguales en la raza. Quizá sea imposible pretender que esta lluvia que no cesa borre el recuerdo de las andanzas de ELCOVE. Lo importante es que no me salpique a mí. Después de todo, en la cola del diablo, era el mismo Indio quien, por cumplir su pacto, había obrado mal. En cambio, ELCOVE y yo somos personas diferentes.
Por otra parte, le doy la razón a CORNALITO cuando trata a ELCOVE de insano. Pero creo que en esa condición se debe incluir además, a él y a todos los coleccionistas importantes, como los llama, a más de OQUEDA, aunque sea un ratón de las Selecciones.
Soy distinto a ELCOVE y también a ellos y estoy feliz de serlo, porque eso equivale a la cordura. Hay algo de enfermizo en pretender forzar una simple historieta, al punto de mezclarla con los viajes del dibujante, con quién habló éste o con quién dejó de hablar, con ignotos pasajes en latín. Es posible que ellos hayan llegado antes que yo a descubrir la finitud del universo del Indio, pero que –a diferencia mía- no hayan podido aceptarlo. Intentan denodadamente, entonces, ampliar los límites con recursos descabellados. No se han recorrido lo suficiente por dentro y ponen afuera la búsqueda, en una carrera desesperada para huir de los fantasmas de la infancia. Yo me los he topado cara a cara y terminé derrotándolos, de modo que ahora, al revisar esas revistas, sólo me queda un resabio de tranquila melancolía, de la que hasta podría prescindir.
Sí. Quizá ha llegado la hora de abandonar definitivamente al Indio y así como una vez, recién arribado a Mar del Plata, arrojé al mar, envueltas con una piedra, las fotos de Ella, de Susana y de Cristina, en un ritual de exorcismo que me liberara de los nudos que me habían atado a todas como si fueran una sola, ahora, en este nuevo viaje, el encuentro con Juan José, llevándole la dos de Andanzas, podría cifrar un nuevo y total desprendimiento. No descarto que termine regalándosela, tanto como para no tirarla al mar. También será mejor que me quite de la cabeza a toda la gente que pulula alrededor del Indio. No vale la pena seguir interrogándome acerca de su intrincada red de conexiones, sobre qué llegó a saber CORNALITO, a través de quién, qué intenta decirle a ELCOVE. Que Elio Coradino Vélez se ocupe de eso. Es pasto ideal para su paranoia.
Me saca de estas cavilaciones el aburrido dueño del ciber, anunciándome el inminente cierre. Miro a mi alrededor, está oscuro, no queda nadie. El tiempo pasó más rápido de lo esperado. No es poco. Mañana será otro día.

(continuará)

EL REGRESO DEL INDIO (7): PARECE DESCUBRIR QUINTERNO, LAS RAZONES DE ESTE INFIERNO


viernes, marzo 16, 2007

XVII. VIAJE CON SUEGRO (1)

Vuelvo a la casa de mi actual suegro, totalmente empapado, y mientras me seco, planeando huir cuanto antes de esta ciudad de mierda, me entero que seguimos estando en problemas. El viejo no sólo no hizo las valijas, sino que parece que por culpa mía -tendría que haber vuelto antes que cerrara el Banco para llevarlo en el auto, no se va a andar mojando a su edad, me lo avisó antes de irme y yo no lo escuché, nadie lo escucha a él-, le quedó sin pagar no sé que importantísimo impuesto, que vence mañana sin falta. Trato de calmarlo, le digo que no se haga problemas, que prepare las valijas, que lo pagamos en La Plata. Imposible, porque no existe otro lugar en el mundo donde se pueda cancelar el susodicho impuesto que en el Banco de la Edificadora de Saladillo. Propongo, entonces, que le deje el encargo a un vecino. La última vez que hizo eso, el atorrante de al lado se terminó gastando la plata en la quiniela y desde entonces él no confía más en nadie. Ya al borde del desaliento, sugiero que lo podría postergar para la vuelta de Mar del Plata. Claro, porque no es mía la casa que van a rematarle en caso de incumplimiento... Aparte, me agarró el apuro de golpe, ¿no le había dicho que se tomara el tiempo que quisiera?. Encima, con esta lluvia, la laguna de Lobos se desborda. El nunca viaja con lluvia... Etcétera, etcétera, etcétera. O sea que, tal como el viejo lo había determinado de antemano, no hay más remedio que partir mañana.
Me debe notar la cara de culo, porque frena un poco, preguntándome qué estuve hablando tanto tiempo con el Chiquito Cabello.
-Yo no hablé. Habló él. De los indios...
-Ah, sí. Muy charlatán el Chiquito. ¿Te contó la historia de Moreira, cuando anduvo escapado por las tolderías? Porque Moreira era de Lobos, pero Lobos, en ese entonces, pertenecía al partido de Saladillo...
Demasiado para un mismo día. Agarro las llaves del auto y anuncio que me voy al ciber de la plaza. El único del pueblo, en realidad.
-¿Y qué vas a ir a hacer ahí? ¿A chotear, como los pibes de ahora? Quedáte, que te cebo unos mates y nos hacemos una ricas tortas fritas... ¿Para qué lo fuiste a ver al Chiquito?
-Ando buscando una revista del Indio, que necesito llevar a Mar del Plata.
-¿Vos sabés que acá, en Saladillo, queda familia del creador de ese personaje? Pero ellos son Quinteros, los anotaron sin la ene...
Si lo dejo seguir al viejo me va a terminar revelando que el verdadero lugar de nacimiento de Gardel es Saladillo.
Ya en el auto, me pregunto si no tendría que pasar por el kiosco del amigo de mi actual suegro, donde dejé el cartelito compro Correrías, Andanzas, Locuras, anteriores a los ’70, pero decido ahorrarme la decepción que el kiosquero me exhiba triunfante una pila de Selección de las Mejores. Estoy encerrado por un día en un perdido pueblo de provincia, y encima, con una lluvia torrencial. ¿Qué otra cosa se puede hacer, entonces, que enfilar para el ciber de la plaza?.
La lentitud de la conexión no me molesta, porque una vez que me aburra de Internet, ya no tendré salvación, a no ser mirar alguna película por cable que, milagrosamente, se halla instalado en la casa de mi suegro. Siempre y cuando, claro, que el viejo no lo desconecte por temor a que algún rayo le queme el televisor, curiosa idea, heredada de los tiempos de la antena, que ningún argumento puede cambiar. Entonces, sólo me quedará escuchar la historia de cómo Moreira, al volver de las tolderías, mató a uno de los Quinteros.
Lo primero que hago es buscar en FERIA FRANCA. Parece campo arrasado, después de las andanzas de ELCOVE. Han desaparecido las terribles polémicas, pero junto con ellas los grandes vendedores, incluido el CORSARIO, con sus perdidas medallitas. Seguramente, están esperando que pasen las consecuencias del temporal, para recobrar credibilidad. Sólo queda algún descolgado que intenta vender una Selección de las Mejores de los '80, a cincuenta pesos. La cincuenta y ocho, la cola del diablo, la cincuenta y nueve, misión secreta, la sesenta y dos, petróleo y champán, la sesenta y tres, el fin del mundo, la sesenta y cuatro, armas para el caribe, la sesenta y ocho, allá en el lejano oeste, que fue lo mas trascendente que ha sucedido en los últimos tiempos, ya no figuran. O se vendieron, o las retiraron por falta de ofertantes. Lo que sí abunda es el merchandising tardío de la película del Indiecito, desde jabones, pasando por termos, hasta papel higiénico. FF está muy triste sin ELCOVE, como dijera JUANJOS. Hay que reconocer que se lo extraña un poco.
Recuerdo que ELCOVE guardó -tramposamente- las direcciones de mails de los vendedores de FF, que escribieron al Club del Indio. Ahora podrían servirme si, desde mi propio correo, los consulto por la número dos. También podría utilizar los contactos de SOADORA, siempre y cuando no hayan dado de baja la casilla. Voy a empezar por meterme en el correo de ELCOVE. Mientras espero que la conexión, a ritmo pueblerino, abra la página de Yahoo, repaso a quiénes podría acudir. Queda descartado desde ya ALLIPAC. Y el BAHIENSE, que sólo tenía ejemplares de las Semanales de los ´70, y algún Libro de Oro de la misma época. El material de EL PESCADO era similar, con el agravante que no sería descabellado suponer que éste le comentara a JUANJOS, que lo conoce por ser de la misma ciudad. ¿Quién queda? TITAN, de Tucumán, anunciaba números bajos... Pero en el remoto caso que tuviera la dos, el envío tardaría demasiado.
No se puede mostrar la página. Le pregunto al encargado del ciber y me contesta que hay problemas con Yahoo. Creo más bien que a la conexión no le han puesto el querosén suficiente. Pruebo con el Messenger y asombrosamente se abre. Quizá no sea tan mala idea, después de todo, lo de chotear un rato, como me sugiriera mi suegro. Me fijo en mi lista de contactos y al único que encuentro conectado es a OQUEDA MENQUEZ.
-¿Qué hacés, OQUEDA?
-¿Qué dice, ELCOVE? –Responde de inmediato- ¿Cómo le va, tanto tiempo? Un gusto encontrarlo...
-No me llames así. No tengo nada que ver con ELCOVE.
-Tranquilo, estamos en privado. El destino te trajo hasta mí. Necesito de tu erudición.
-¿Te sirvió lo que te mandé?
-¿Qué era?
Hijo de puta. Me ocupé de detallarle minuciosamente lo que necesitaba, y ahora ni se acuerda.
-Lo que me pediste de Correrías. ¿Te llegó? No me escribiste más después de eso...
-Ah, sí...Te preguntaba el número de ¿quién es quién?, ¿no?...
-Y el justiciero y el santo del pueblo. Los argumentos...
-Sí. Ahora me acuerdo. Me sirvió...
Ni siquiera agradece el muy turro.
-¿Qué querés, ahora, de mí?
-¿Viste cuándo en Andanzas la historia pasaba por la visita a otras tribus aborígenes... ? ¿Te acordás alguna en particular?
Parece que a todo el mundo le agarró hoy por el lado de la antropología. ¿Le tiro lo del Chiquito sobre el último cacique Tehuelche? ¿Cómo dijo que se llamaba... ? ¿Oelkenek? Con muchas ka, dijo... Se me acaba de ocurrir que, si no fuera un invento más de los tantos que cuentan los mitómanos saladillenses, lo de la ka final en el nombre del Tata, no sería, entonces, un recurso del Maestro para que sonara a egipcio, sino que estaría tomado de los verdaderos Tehuelches...
-¿Seguís ahí? ¿Te noqueé con la pregunta?
Resuelvo que, aún cuando se tratara de un invento del Chiquito Cabello, OQUEDA no merece el dato.
-Me acuerdo ahora de la seis, las armas del Tata, la dieciséis, las joyas de los incas, la treinta y uno o treinta y dos, los queranveinte, que aludía, obvio, a los querandíes...
-¿Y qué tribu era la de la seis?
-La verdad, no la tengo muy presente...
-¿Y cuál más? Porque me dijeron que hay muchas y la mayoría no fueron reeditadas.
Confiesa su supina ignorancia por los clásicos del Indio, por todo lo que no sea Selección de las Mejores. Y a confesión de parte...
-La ochenta y pico, el meteoro. Creo que ahí se trataba de los tobas o matacos.
-¿Cuáles otras?
-No sé. Es lo que recuerdo, por ahora...
-¿No te fijarías en tu colección? Yo te aguanto acá...
-No estoy en mi casa. Ando por Saladillo.
-Que macana. ¿Cuándo volvés?
-Mañana, creo... Pero ando muy ocupado. Como decís, deben ser bastantes las aventuras entre patagones y otros indios. Me llevaría tiempo revisar...
-Aborígenes, indígenas, no indios... – Me corrige inesperadamente. Y sigue:- Además, lo correcto es Tehuelches, que es el nombre dado por los mapuches. Patagones es un adjetivo que les pusieron los colonizadores.
Pero vea las pelotudeces en las que se ocupa este muchacho para ocultar sus carencias.
-Yo necesitaría saber sobre todo –Insiste-, si hubo alguna en la que se crucen con los Guaraníes, una tribu que terminó radicándose acá...
¡Es como mi suegro! Debe andar buscando datos para una tesis que demuestre que el Indio nació en Uruguay, igual que Gardel. Evidentemente, a OQUEDA MENQUEZ no le queda mente.
-La verdad, no me acuerdo.
-Cuando puedas fijáte, por favor. Y acordáte que me prometiste, y no cumpliste nunca, detallarme lo de esos borradores de editorial, con anotaciones extrañas...
¿Anotaciones extrañas? ¿Yo le había dicho eso? Recuerdo sí, haberle comentado, en algún encuentro personal, que tenía ejemplares con supresiones y apuntes a lápiz, que al confrontarlos con las reediciones coincidían con la adaptación. Por lo que revelaban su condición de borradores y, en consecuencia, deducía que provenían de la editorial. Pero no creo haberle mencionado la particular obsesión del versionista por los números dos y tres... Es curioso que haya retenido esa charla durante tanto tiempo y que, además, la haya magnificado morbosamente. Algo me inquieta en este muchacho, no parece estar en su sano juicio. Decido no perder más el tiempo con él, por aburrido que esté.
-No te van a resultar tan interesantes como suponés, pero cuando pueda te los busco. Te mando un saludo.
Chau, chau, OQUEDA. Hacéte ver.

(continuará)