SOBRE ESTE BLOG...

Acá vas a encontrar, básicamente, data sobre historieta cómica argentina clásica. Además, bastante de bande dessinée. Algunas reflexiones sobre el lenguaje historietístico, muchas polémicas y miles de imágenes, la mayoría de mis propios archivos. La forma más fácil de ubicar un material o autor es ir a "Etiquetas", revisar y hacer click en la pertinente. También podés escribir una palabra clave en "Buscar en este blog". Tenés mi contacto, encima. Suelo responder mails si la consulta es muy específica. Podés tomar lo que quieras, siempre que cites la procedencia. Si no citás, y te ubico, te escracho públicamente, como he hecho en varias oportunidades. Enjoy

lunes, abril 23, 2007

XXIII. LOS LIBROS DEL MAESTRO (2)

Mi ex –suegro, a regañadientes, accede a otorgarme asilo en su casa por un rato. Aparte de darle un descanso al auto, necesito un tiempo para estudiar con tranquilidad los hallazgos, que incluyen otro texto curioso, Los Protocolos de los Sabios de Sión.
Decido comenzar por un viejo conocido. Terre Magellaniche, que en esta edición conserva el título original. Se trata de la primera, la de 1928 y no incluye fotos. Tampoco la profecía final. La dedicatoria reza: "Diletto Dante: que este encuentro sea el primero de una muy larga serie". Y está fechado en Buenos Aires, el 30 de abril de 1930. Lo asocio inmediatamente con la segunda pregunta de CORNALITO. ¿La entrevista a la que se refería, es el encuentro entre Agustinis y el Maestro? La tercer pregunta de Sepia, que hace alusión al libro, parece confirmarlo. Creo recordar, sin embargo, que en el mail se hablaba de una entrevista de más de dos personas... Un cura fascista, aficionado al alpinismo y al cine, y un dibujante de historietas filonazi... ¿Quién más?...
También, a través de otro libro, parece develarse el primer punto que plantea el investigador del Indio. Adónde había viajado el Maestro, a principios del '30, le pregunta a ELCOVE. Yo creí, en un principio, que se refería a un viaje que hizo por esa época a Estados Unidos para estudiar producción de dibujos animados y publicidad, y donde se conectó con los estudios Disney. Pero ahora aventuro que CORNALITO habla de un viaje a Alemania. El Maestro acostumbraba, además de firmar los ejemplares de su biblioteca, agregarles la fecha. La del Mein Kampf es del 17 de enero del '30. La edición, alemana, data de cuatro años antes. La primera, sin duda, ya que Hitler estuvo en la cárcel, donde lo escribió, hasta el '24, según da cuenta otro de los que estaban en la caja. Es muy difícil que esa edición pudiera conseguirse en la Argentina –o en cualquier otro país- por los '30, de lo que se deduce que el poseedor lo debe haber adquirido in situ. Revisando el libro me encuentro con pasajes subrayados y traducidos en los márgenes. La letra pertenece, inequívocamente, al Maestro.
Me reservo esos párrafos para más tarde y vuelvo ahora al Protocolo. Había tenido noticias de su existencia, pero siempre creí que era un invento de los grupos fascistas. No es de descartar que hayan sido éstos mismos los que lo redactaron y publicaron, ya que no figura en el volumen el menor dato de edición. La enrevesada introducción parece confirmar la hipótesis:
"Los protocolos de los sabios de Sión aparecieron por primera vez en 1905, en Tsarskoe Selo, un lugar de veraneo cerca de San Petersburgo, Rusia; que estaba gobernada por el católico ortodoxo Zar Nicolás II. El autor indicado en las primeras ediciones era un personaje que fue abogado, juez, y sucesivamente monje griego-ortodoxo, llamado Sergei Alexandrovich Nilus (1862-1930). Originalmente, los protocolos de los sabios de Sión aparecieron como un simple apéndice en la segunda edición de un libro de Nilus intitulado “Velikoe v Malom” (Lo Grande en lo Pequeño). Como era habitual en esa época, el libro lleva también subtítulo: “y el Anticristo como una posibilidad política cercana”. Este subtítulo se refiere al apéndice de que hablamos. Nilus allí afirma no ser el autor, sino que habían llegado a él de alguna manera. Se cree que fueron los agentes de la Ohkrana -los servicios de inteligencia del zar ruso- que le entregaron el manuscrito, y que fue elaborado por ellos mismos. Los autores se inspiraron libremente del libro francés titulado “Diálogos en los Infiernos entre Maquiavelo y Montesquieu” (o “La Política de Maquiavelo”). El libro había sido escrito por un abogado francés (bajo anonimato -luego fue encarcelado-), Maurice Joly, en 1858. En su novela, en forma de un diálogo entre las almas perdidas de Montesquieu y Maquiavelo, Joly atacaba a Napoleón III. Los sabios de Sión habían financiado -a través de la masonería- no sólo la Revolución Francesa, sino todo el régimen liberal en Europa, con el propósito de acabar con el cristianismo. Se ha pretendido atribuir los protocolos de los sabios de Sión a las actas del primer congreso sionista celebrado en Basilea en 1897. En realidad son falsos, pero dicen la verdad, y vemos su cumplimiento alrededor nuestro. No es cuestión de creer ciegamente, sino ver y corroborar que la intención del sionismo por dominar al mundo se repite en todas las épocas y en todos los países del mundo. Éstos fueron el caballito de batalla de Adolfo Hitler, y hay que leer “Mein Kampf” (Mi lucha) para enterarse de como el sionismo quiso dominar al pueblo alemán... "
O sea que el Protocolo, me termina remitiendo al anterior volumen, mordiéndose ambos una cola que, no cabe duda, es la del diablo. Las menciones a éste –como el Anticristo- se destacan aquí y allá, a lo largo del extenso prólogo. Lo leído me saca las ganas de completarlo. Me llaman la atención líneas finales, que se encuentran subrayadas...
"... Los protocolos de los sabios de Sión están divididos en 24 partes o protocolos. Estos hablan por sí mismos, y en la actualidad vemos el cumplimiento de cuanto han expresado los autores. Para los detractores, sugiero que reflexionen sobre este asunto: ¿Si absolutamente todos los países del mundo (Israel inclusive) tienen “deuda externa”, quiénes son los acreedores? ¡Los sabios de Sión! Su objetivo pasa, indubitablemente, por apoderarse del planeta. Concretamente, aquí en la Argentina, los gobiernos civiles han imaginado, en diversas oportunidades, canjear territorio patagónico por deuda externa...".
Este párrafo indica que la edición debe ser relativamente reciente y que el panfleto, sin reseña de autoría, pertenece a un connacional. Revelan, además, a través del subrayado, que el Maestro mantuvo su ideología hasta los últimos años. Recuerdo ahora que en un exhaustivo análisis crítico de las Semanales, en la línea de "Para leer al Pato Donald", se señalaba que esas revistas no abrían con las historietas en primer página, sino con "Hemos visto, chei...", editoriales nazionalistas firmados por el Indio, detrás del cual, por supuesto, estaba su creador. Allí se ha celebrado cuanto golpe militar ha sufrido el país. A lo que se suma el tratamiento que se le daba a los judíos, sobre todo en la primer etapa de las Andanzas. Desde el sastre petizo y de larga barba que perseguía al Padrino para cobrarle los trajes, hasta los incontables dueños de montepíos, donde aquél acudía para empeñar todo objeto valioso que cayera en sus manos. El Indio siempre terminaba arrojando, despectivo (no se sabe por qué, dado que las deudas eran legítimas), un fajo de billetes a esos acreedores, que se abalanzaban ávidamente sobre el dinero. Me quedó grabado un versito de la época en que todavía se los usaba para acompañar las tiras: "Isaac, el que adora el oro, da la pista de...". Y remataba con el nombre del Padrino, que en la historia se hallaba secuestrado.
La asociación con otro Isaac, me sobresalta. "Deliraba con que lo perseguían para robarle... ", me comentó la vecina chusma, con aires culturosos. "... Preanunciaba que se iba a terminar prendiendo fuego... ", agregó. ¿Y si el viejo judío del puesto de Palermo no hubiese estado delirando?... Si un grupo de seguidores del Indio, lo fuera también de la ideología de su creador... Los neonazis del Parque obsesionaban a Obestein, incluyendo entre ellos a... ¡El CORSARIO! Maldigo mi memoria tardía. Era él uno de los que acompañaba a Federica en La Plata. Mejor dicho, era el morochito retacón, con aro en la oreja y calavera tatuada, que había visto en el Parque, cuando buscaba la dos de Andanzas. Tuve en ese momento la intuición de que podía ser el CORSARIO, y no me equivoqué. ¿Qué otra cosa indica que ingresara con la pendeja en el local de LOLO-RICHARD?...
Las especulaciones que se desprenderían del inquietante descubrimiento, son abortadas por mi ex – suegro.
-Che, ahí está Graciela en el teléfono, hecha una furia con vos... Hablá con ella, si querés... Yo no quiero más líos...
-¿Y yo que tengo que ver? ¿No le dijo que fue usted el que insistió en que lo traiga... ?
- Por eso me armó escándalo aparte. Ahora la cuestión es con vos, y no solamente porque me trajiste... Parece que le llegó una factura por el auto...
Prefiero abandonar mi temporario refugio, antes que vérmelas con los rayos y serpientes que emergerían del tubo telefónico. Esta oscureciendo y tengo que volver a Buenos Aires. Aunque ya no sé muy bien a qué...
Por curiosidad, paso antes de salir del pueblo, por el kiosco del amigo de mi ex – suegro, pero lo veo cerrado.
En la solitaria ruta, me da la impresión que un auto me estuviera siguiendo. La negrura de la noche me impide identificarlo. Acelero y termino perdiéndolo de vista. El motor, hasta ahora, ha respondido bien. Sin embargo, casi llegando a Cañuelas, es el cansancio de la larga jornada el que me lleva a detenerme. Después de llenar el tanque, dejo el coche a un costado de la estación de servicio y voy al barcito por un café, para espantar el sueño. Cuando estoy sentado tomándolo, veo llegar un Chevrolet rojo, que me parece reconocer como el que había dejado atrás. Lo ocupan tres personas. ¿Los parientes de los Quinteros?... Observo, de lejos, que cargan nafta sin bajar del auto, y siguen viaje, lo que me tranquiliza. A esta altura, y en vista de algunos acontecimientos, las constantes paranoias de ELCOVE, ya no me resultan tan disparatadas. Me sirvo otro café de la máquina y agarro un diario, pero me gana el interés de seguir revisando los libros del Maestro. Voy hasta el coche a recoger la biblia nazi. Metros más allá, se encuentra detenido el Chevrolet que pensé había seguido de largo. No veo a nadie en el interior. Vuelvo al bar y no ha ingresado ningún nuevo viajero, por lo que supongo que los del auto rojo (título de la noventa y uno de Correrías, se me ocurre absurdamente) habrán bajado para ir al baño. Me propongo, de todos modos, estar alerta.
Con el segundo café recorro un pasaje de "Mein Kampf", traducido marginalmente por el Maestro.
"Los pecados contra la sangre y la raza constituyen el pecado original de este mundo y el ocaso de una humanidad vencida. Es un contrasentido el dar a enfermos incurables la posibilidad constante, por decirlo así, de contagiar a los sanos. ¿Qué sentimiento de humanidad es ése según el cual por no hacer daño a uno solo se deja que otros cien sucumban...? El imperativo de hacer imposible a los seres defectuosos la procreación de una descendencia también defectuosa, es un imperativo de la más clara razón y significa, en su aplicación sistemática, la más humana acción de la humanidad. Ahorrará sufrimientos a millones de seres inocentes y determinará finalmente para el porvenir un mejoramiento progresivo. Se deberá proceder sin piedad, si el caso lo requiere, al aislamiento de enfermos incurables, bárbara medida para el infeliz afectado, pero una bendición para sus contemporáneos y para la posteridad... ".
No puedo dejar de relacionar el fragmento con el pobre Gurí encerrado en la caverna, donde lo había confinado el Tata, por deforme y sietemesino... Prefiero descartar que la intención de esa historia fuera ilustrar el pensamiento del Führer. Después de todo, el Maestro hace que el Indio rescate a su hermano, frustrando así el mandato paterno.
El demencial párrafo siguiente, se me impone vincularlo ahora con otro que el Padrino lee al Indio, de un antiguo álbum de familia, en el super tónico, la noventa y cinco de Andanzas. Allí se habla del poderío de la dinastía egipcia y se advierte que su sangre, generadora de aquél, no debe ser mezclada...
"Hay verdades que están tan a la vista de todos que, precisamente por eso, el vulgo no las ve o por lo menos no las reconoce. Así peregrinan los hombres en el jardín de la Naturaleza y se imaginan saberlo y conocerlo todo pasando, con muy pocas excepciones, como ciegos junto a uno de los más salientes principios de la vida; el aislamiento de las especies entre sí. La mezcla de sangre y, por consiguiente, la decadencia racial son las únicas causas de la desaparición de viejas culturas; pues, los pueblos no mueren por consecuencia de guerras perdidas sino debido a la anulación de aquella fuerza de resistencia que sólo es propia de la sangre incontaminada... "
Llegado a este punto, alguien coloca, encima del libro, el diario que yo había dejado en la mesa. Levanto la vista y ELCOVE, con su sonrisita socarrona, está parado a mi lado, señalándome un artículo del periódico. Leo el título: Misterioso suicidio de un comerciante judío en Flores. La foto que acompaña la nota pertenece a Obestein.
-¿Está el pasado tan muerto como creemos? –Pregunta Vélez.
Reconozco inmediatamente la cita. Pertenece al cuadro final del primer capítulo de Mort Cinder, publicado en Misterix, en agosto del '62. Allí, Breccia dibuja al anticuario Ezra Winston -que es quien pronuncia el texto de Oesterheld- mirando fijamente, por sobre sus gafas, a los ojos del lector.

(continuará)

EL REGRESO DEL INDIO (28): EN ESTE RELATO ETERNO, AHORA IRRUMPE QUINTERNO

viernes, abril 20, 2007

EL REGRESO DEL INDIO (27): EL ULTIMO DE UNA RAZA, NO OCULTA SU ALGARAZA

XXIII. LOS LIBROS DEL MAESTRO (1)

Por suerte, mi ex – suegro no había desempacado desde que llegó de Mar del Plata, de modo que arrancar para Saladillo sólo le llevó el tiempo de dejarle una nota a Graciela.
A las pocas cuadras, el viejo se me empaca.
-¡Pará!, pará acá...
-No tengo tiempo de parar.
-Pará o me tiro del auto.
Freno, porque sé que es tan loco como la hija.
-¿Qué se olvidó? Si volvemos, por ahí está Graciela y...
-No. Quiero comprar unas masas para el viaje. Estoy cagado de hambre...
-Después se va a cagar, pero en serio. Su hija...
-Vos ya no tenés que cuidarme. –Concluye taxativo, bajándose.
Recién ahí reparo en que lo que había detectado el viejo era el local de El Rey del Dulce.
¿Qué significa este derrotero, que estoy siguiendo a ciegas? ¿Mero producto de la casualidad? ¿O está fijado de antemano por alguien? ¿Por qué me dirijo ahora a Saladillo, aún a riesgo de que el auto me deje a mitad de camino? Descarto que me guíe un tardío reflejo compulsivo por la dos de Andanzas. Los acontecimientos que acabaron con esa búsqueda, si bien son recientes, parecen haber sucedido hace un siglo. Tal la dimensión del cambio de circunstancias. Resulta paradójico pensar que si la aparición del peón de los Quinteros se hubiera dado apenas unos días antes, todo hubiera sido distinto. Quizá estaría yo ahora en Mar del Plata, tomando un café en la Boston con JUANJOS y mostrándole el ejemplar de la tapa con crucecitas, igual a la que le mandé por mail. Supongo que es justamente por esas crucecitas que voy a Saladillo, antes que por el negocio que significa comprar esa revista en diez pesos. Si no, sería más sensato pasar primero por el Club, darle a Tony la fotocopia, y asegurarme las diez lucas. ¿Cómo fue a parar la dos robada a ALLIPAC, propiedad de Obestein, a la estancia de –al decir de mi ex – suegro- la familia del Maestro? Y en manos de un peón que seguramente la rescató, antes del remate, de algún mueble donde estaba olvidada junto a otras revistas... ¿Se tratará del mismo ejemplar? Apenas si ví el original de Obestein, en su momento. Después, cuando reparé en las crucecitas rojas que aparecen en la copia, las atribuí al lápiz de un pibe aburrido en una siesta de hacía más de cuarenta años. Por primera vez se me ocurre que quizá no se deban a eso, sino a un defecto de impresión. Es sabido que no todos los ejemplares de una tirada son exactos. A menudo salían a la venta algunos imperfectos, como el de puente al otro mundo de Correrías, que estaba deshojado cuando lo compré en la distribuidora de Zárate. O sucedía que el color estaba desfasado del dibujo. O el corte entre las revistas era desparejo, de modo que en el borde de abajo se colaba un pedazo de la siguiente. Sin duda, las crucecitas no responden al diseño de tapa original. Lo terminé de comprobar con la de Ezra, donde no aparecían. Es posible que un defecto de la matriz, después corregido, haya quedado impreso en unos cuantos ejemplares. Dado que el delirio de los coleccionistas no tiene límites, puede ser también que, justamente éstos, sean los más codiciados. He oído de casos parecidos, donde las pocas ediciones imperfectas de una tirada, eran cotizadas muy por encima de las normales. Eso explicaría la mención al detalle de las crucecitas en Obestein, ALLIPAC y ElTony mismo. La insistencia de éste último en que le llevara, aunque sea, la fotocopia, hace augurar que si le ofreciera el original marcado, puedo sacarle unos dos mil adicionales, al menos, teniendo en cuenta la cotización que hacía Ezra de uno sin crucecitas. Pero antes de negociar con él, tengo que comprobar mis teorías en Saladillo.
Mi ex - suegro vuelve del Rey del Dulce, cargado de paquetes grasientos. Mientras sube al auto me comenta:
-Decíme... Esa que va ahí... ¿No es la piba que te culiaste?
Miro en la dirección que me señala y, en efecto, alcanzo a ver, entrando en el local de LOLO, a Federica. Va acompañada de dos muchachos: un flaco alto, de unos treinta años, y un morocho petizo, que me parece conocer de algún lado.
Ahora, no me caben dudas. LOLO y RICHARD son una misma persona.
-La verdad... –Prosigue mi ex – suegro-, aunque no tendría que decirlo, te entiendo. La pendeja tiene flor de ojete... Arrancá, che. Yo ya estoy equipado.
Por suerte, en el resto del viaje, mantiene la boca ocupada en las masas, facturas y variados sándwiches de miga. El silencio me ayuda para tratar de dilucidar si el accionar de Federica obedeció a un mandato de su padre o formaba parte de su propia naturaleza. Llegando a Saladillo, los datos analizados inclinan la balanza por la última hipótesis, por lo menos en cuanto al dinero faltante. El sólo hecho de la posición económica de LOLO-RICHARD descarta que haya mandado a su hija a robar. Tampoco podría explicarse como una trampa de aquél, la espuria oferta que Federica me hiciera por los ejemplares de Correrías. Siguieron en mi poder y, al parecer, al momento, no me han sido reclamados. De lo contrario, mi suegro me lo hubiera dicho.
El viejo recién vuelve a hablar cuando nota que, en vez de dirigirme hacia su casa, enfilo para el kiosco de su amigo.
-Eh, che... Dejáme a mí antes. Tengo que ir al baño.
-Espéreme. Es un minuto.
No bien el kiosquero me ve, repite su lamento de que no haya respondido antes.
-Que lástima. El peón tenía un montón de revistas... Pero yo no sabía si usted, a ese precio...
-No importa. Muéstreme el ejemplar.
Me lo trae y compruebo, tal como pensaba, que las crucecitas de la tapa responden a la impresión y no a un agregado. Después de pagarle lo que él había abonado, más una comisión de dos pesos, se me ocurre preguntarle...
-¿Vive por acá ese hombre?
-Casi saliendo del pueblo, por el puente viejo, creo...
-¿Cómo se llama?
-Barboza... ¿Va a ir a verlo? En una de ésas tiene suerte, y todavía no las vendió... Me dijo que si yo no las quería, se las iba a ofrecer al Chiquito Cabello.
Antes de subir al auto, decido que me voy a tirar el lance. Si bien, de los cien adelantados por ElTony ya me queda muy poco, lo tengo a mi ex - suegro de rehén.
-¿Para dónde agarrás?
-Para el puente viejo.
-Pero yo me estoy cagando...
-Aguante. Después lo llevo.
-¿Qué tenés que hacer ahí?...
-Nada. es un minuto.
Pasa más de media hora hasta que, después de preguntar por los alrededores, localizo el rancho de Barboza. Me bajo, tosiendo por las nubes de tierra que tragué en la búsqueda, pero totalmente impermeable a las quejas de mi ex – suegro, que viene desgranando desde que salimos del kiosco. Me reciben los perros. Esos bichos me generan una infinita desconfianza, porque nunca los tuve. En realidad, en casa, de chico, había uno, pero era de El.
En el fondo del rancho se encuentra un paisano mateando. Cuando me advierte por los ladridos, me grita que entre. Le hago señas de que se aproxime. Parsimoniosamente, se levanta del banquito, deja el mate y comienza el recorrido. Espero que esa misma lentitud haya impedido que los ejemplares caigan en las garras del Chiquito.
-¿Qué dice, amigo?
-¿Usted es Barboza, el que era peón de los Quinteros?
-El mesmo, para servirle... Parece que hoy es día de visitas...
-Yo vengo a comprarle unas revistas, que me dijeron...
-¿Ah, sí? Pero vea usted la coincidencia... ¿No quiere entrar?
¿Coincidencia? ¿Día de visitas?... ¿Se me habrá adelantado el Chiquito? No. Si fuera así no me invitaría a pasar. Se debe referir a que yo quiero comprar y él vende. Y con lo de las visitas, a que por acá nunca pasa nadie. Estos paisanos hablan elípticamente. Ahora, el problema son...
-Los perros...
-No le hacen daño a una mosca... ¡Batuque! ¡Manchau! ¡Berruco! ¡Vaya 'dentro, carajo!
Las bestias obedecen.
-¿Lo ve?... Pase ahora. –Señala a mi suegro- ¿El señor...?
-¿Tiene baño acá? –Se me ocurre.
-Apenas un excusau, pero limpito, eso sí...
Le pido al gaucho que me espere, y me dirijo al auto. Ventanilla de por medio, le digo a mi ex – suegro...
-Tengo que hacer un negocio con el paisano. Présteme cien...
-¿Sos loco? Me debés un montón.
-Eso era a cambio de traerlo. No le cobré la nafta...
-Igual. No te doy.
-Hago el negocio y le prometo que le devuelvo todo...
- No te creo. Lleváme a casa, o me cago arriba del auto.
-Lo lamento. Si no puedo hacer este negocio, tengo que seguir camino hasta De La Riestra. Si quiere, bájese acá y vaya caminando.
La extorsión tiene éxito y hasta le saco veinte adicionales, por el uso del excusado.
Mi anfitrión, mate de por medio, me relata que previo al remate de la estancia de los Quinteros, hará de esto como un mes, le habían ordenado hacer limpieza en el casco, pero le encomendaron que no tirara una caja con libros y revistas viejas. Según le dijeron sus ex - patrones, pertenecían al mismísimo creador del Indio, que acostumbraba, de tanto en tanto, aparecer por el campo de sus parientes. El peón se enteró, también por mentas de los ex –dueños del campo, que en un lugar que se llamaba FERIA FRANCA, esas revistas cotizaban muy bien. Después del remate, como compensación por jornales adeudados, se llevó de allí la caja. Pero lo de vender por la Internet, resultaba muy complicado para él, así que, habiendo visto el cartelito en el kiosco, decidió llevarlas ahí.
-Justamente –Intervengo-. Me enteré que el kiosquero no se las compró, por eso vine...
-Llega tarde, amigazo –Me ataja-. Ya no las tengo.
Mis sospechas se confirman. Me aventajó el desgraciado del Chiquito Cabello, pienso. Pero me equivoco.
-Las dejé acá, pensando en ir una tarde de éstas a ver a uno que se ocupa de comprar cosas viejas, acá en el pueblo... Pasaron los días y por una cosa o por otra, no fui... Pero resulta que reciencito... ¿qué hará?... una hora a lo sumo, así como llegó usted, para un auto rojo acá adelante. Venían tres tipos arriba. Uno de ellos se baja y me dice que eran parientes de los Quinteros, y que se habían enterau que yo me había llevado una caja de la estancia y que la querían de vuelta. Yo me ocupé de aclararle que no era ningún ladrón y que si había tomau lo que no es mío era porque se me debían jornales... Ningún problema, me dice el hombre. ¿Cuánto se le debe?... Unos cien pesos, calculo –Le contesto. El tipo ahí nomás pela la billetera, saca doscientos, me los da... ¿Conforme? –Me pregunta. Conforme –Le digo. Le doy las revistas y se van.
Mala suerte. Pareciera que el tiempo (o el destino) me atrasa o me adelanta. Me consuelo pensando que, al menos, rescaté la dos. Ya me estoy levantando para ir a buscar al viejo, que sigue en el excusado, cuando el peón agrega...
-Lo que sí me quedaron son los libros. Como los había apartau de las revistas, con los nervios que me agarré con éstos del auto rojo, me olvidé de dárselos. Si le interesan...
Sin esperar contestación, entra al rancho a buscarlos. Lo que me hace pensar que el paisano es lento sólo para algunas cosas. Después de todo, no estará de más echar una ojeada, me digo. Vuelve con una caja que contiene una veintena de libros. Comienzo a revisarlos y no parece haber nada particular. Un poco de literatura: el "Martín Fierro", "En busca del tiempo perdido"... Mucho de historia... De pronto, me llama la atención uno, con aspecto bastante antiguo, en alemán, de título nefasto. "Mein Kampf", se lee en la portada. Lo abro y en la primer hoja aparece, inconfundible, la firma manuscrita del Maestro. Reviso ahora con más detenimiento los otros volúmenes y advierto que la mayoría trata sobre el nazismo. Se repite en todos, además, la rúbrica con doble línea, para nombre y apellido, y con las rayitas precediendo a la Q y sucediendo a la O. Entonces era cierto, nomás. El creador del Indio anduvo por Saladillo. Y además, paseando sus simpatías ideológicas.
-Me da lo que a usted le parezca y se los lleva a todos... –Me está diciendo el peón.
Siento una súbita aversión por esa caja contaminada de infame literatura y ya voy a devolvérsela, cuando reparo en un volumen que había quedado tapado por los demás. El título me resulta conocido. Voy a la primer página y no encuentro la firma del Maestro. Debajo de una dedicatoria, aparece otra. Perfectamente legible y perteneciente al autor: el padre Alberto María de Agustinis.
Al alejarme del rancho de Barboza, veo a un auto estacionando allí. La polvareda me impide identificar si es rojo. Por las dudas que los parientes de los Quinteros hayan registrado el faltante y vuelvan por él, acelero a fondo.

(continuará)

EL REGRESO DEL INDIO (26): APELANDO A SU MEMORIA, CONVOCA UNA ANTIGUA HISTORIA


martes, abril 17, 2007

EL REGRESO DEL INDIO (25): MAS SE IMPONEN LAS RAZONES, COMIENZA A NARRAR CAÑONES


XXII. CRUCECITAS (1)

Me levanto a los tropezones, porque la luz no funciona. Espío por el ventanuco del cuarto de servicio y corroboro que mi reloj biológico no me falló. La mañana del adiós se presenta oscura y fría. Salgo al patio, sin el abrigo suficiente, y voy a resguardarme en la cocina. No se está mejor ahí. Sólo un calentador a querosén, sobre el cual Palito, uno de mis amigos actores, se encuentra apoyando la pava para el mate. Es el único que se levanta temprano, porque tiene trabajo fijo en un semáforo de la Nueve de Julio, gracias a sus habilidades malabarísticas, producto de unas clases de clown que tomó hace tiempo. Me explica que es frecuente que les desconecten la conexión clandestina de electricidad. Van rotando por distintos cables de los alrededores. De eso se ocupa un compañero diplomado de equilibrista que ahora, lamentablemente, está de gira por Tucumán, haciendo títeres en cooperativa. Concluyo en que la lamparita que iluminó mi ceremonia de anoche fue un lujo. Ni hablar, claro, de otros servicios como gas o teléfono. Me termino enterando que la comunidad actoral es medio ocupa de la casona. Parece que los tomadores precedentes eran un grupo de piqueteros que se mudaron a un lugar mejor y se la dejaron a éstos, a cambio de una especie de alquiler. Palito está convencido que el trato tiene un marco de legalidad, porque lo consultaron previamente con un abogado de la Asociación Argentina de Actores. Mientras me cuenta todo esto, descubre que se acabó la yerba y me manguea para comprar. Cuento las monedas que me quedan y apenas puedo aportar veinticinco centavos, porque el resto lo tengo que reservar para la llamada telefónica al Club. Palo, entonces, empieza a recorrer los cuartos para hacer una vaquita. A pesar de las puteadas varias de los compañeros, por haberlos despertado a tan temprana hora (nadie, salvo él, se levanta hasta pasado el mediodía), logra reunir con el aporte cooperativo una suma que hasta puede alcanzar para un paquete de bizcochitos. Me ofrezco a ir, así mato dos pájaros de un tiro. Camino al almacén, valoro las excepcionales condiciones de vida en que me encontraba hasta ayer. Aunque eso sí: la libertad no se paga con nada... Me consuela pensar que dentro de poco, de marchar todo va bien, voy a estar en mejores condiciones que la comunidad de la casona. Puedo llegar a sacar -cálculo realista- unas cinco o seis lucas por mi colección, las que servirán para aguantar un tiempo, hasta que salga algún papelito. Eso sí, tendré que ver como esconderlas de mis amigos actores, porque si no van a pretender que las cooperativice. Después de comprar yerba y bizcochos (lo recaudado alcanzó, finalmente) , me corro hasta el Británico a llamar por teléfono. Pregunto antes si el público funciona bien, no sea cosa que me trague la última moneda.
Por suerte me atiende ElTony, aunque medio dormido, porque a pesar de decirle que soy cliente del Indio e identificarme con apellido inclusive, repite mi nombre como si no me recordara bien. Añado, ya un tanto impaciente:
-Estuve por ahí hará una semana, te pregunté por la Andanzas número...
-No me entró nada nuevo. –Me interrumpe.
-No. Te estoy llamando para vender la colección...
-¿Cómo? Hace una semana querías comprar y ahora vendés...
-Me acabo de separar y...
-Ah... -El tono de la interjección denota que no hace falta aclarar más- ¿Y qué tenés para ofrecer?
-Correrías, salvo el uno, completa hasta el doscientos, Locuras hasta la cincuenta y bastante de Andanzas... Vos tenés mi lista de faltantes en la PC. Lo que no figura ahí, lo tengo...
-Esperá, que me fijo...
No me da tiempo para decirle que mi crédito telefónico se puede acabar, pero afortunadamente, vuelve rápido.
-Traélas que las veo. Si arreglamos un precio, te las podría pagar hoy mismo.
¡Bingo! Sólo queda prepararme para el regateo y rogar que llegue con la nafta.
Me doy cuenta que cuando salí para el almacén, ni siquiera me fijé si el auto estaba en el lugar en que lo dejé anoche. Ahora corroboro que sí. O San Telmo es menos peligroso de lo que se dice, o no lo pudieron levantar porque a los chorros no les arrancó.
En la puerta de la casona, Palo está discutiendo con un señor mayor, de alpargatas y boina. Me lo presenta:
-El señor es el dueño... Nosotros no sabíamos... Le alquilamos a unos piqueteros...
-Bueno, ahora lo saben –Dice el gaucho- No quiero vagos acá... Les doy una semana de plazo, para que desalojen. De lo contrario, los saco con la policía. Para que sepan yo tengo muchas influencias... Aquí, como me ve, he sido Secretario de Cultura del gobierno de la ciudad... Aparte, soy artífice de la incorporación de San Telmo a su patrimonio histórico...
De pronto me ilumino:
-¿Arquitecto Moreno?
El otro se suaviza un tanto.
-¿Me conoce?
Decido darles una mano a mis amigos actores (y a mí mismo, porque corro el peligro de quedar en la calle, junto con ellos).
-No. Pero soy amigo de alguien que lo conoce muy bien a usted.
-¿Ah, sí? ¿Quién?
Palo me mira esperanzado, porque el arquitecto se está sonriendo. Hago una pequeña pausa, para estirar la intriga. Por fin, revelo...
-El Chiquito Cabello, de Saladillo.
-Ni me hable de ese delincuente... –Escupe y vuelve a dirigirse al otro, con dedo acusatorio- Ya lo saben. Cuarenta y ocho horas o mando a la policía...
No me quedé a tomar mate con Palo.
La nafta me alcanzó hasta el centro. Pero recién encuentro lugar para estacionar a tres cuadras del Club, de modo que el traslado de las cajas es fatigante. Me lleva varios viajes. Mientras tanto ElTony -que encima me indicó dejarlas en la trastienda-, se ha abocado a revisar los ejemplares. A medida que lo hace, noto que se va impacientando, y no es por disconformidad con el estado de algunos, porque pasa todo de largo con extrema rapidez. Entre viaje y viaje, me disculpo por haberlos traído mezclados y sin ordenar numéricamente, pero las circunstancias del embalaje... No sigo, porque ni siquiera me escucha. Termino de bajar los bultos, y empiezo a ordenar lo que ElTony ya ha visto. Cuando concluye el examen, me dice:
-Falta la dos.
-No. Acá está... -Refuto yo, que justo acababa de ubicarla en la pila de Correrías.
-La dos de Andanzas, digo.
-Pero a ésa no la conseguí...
-No figuraba entre tus faltantes...
-¿Cómo no? Si vos...
-Lo consulté hace un rato, cuando me llamaste. Por eso te dije que vinieras. Me interesaba ese número, sobre todo.
-No puede ser que no figure. Este mismo diálogo lo tuvimos hace una semana, porque yo la andaba buscando... ¿No te acordás que vos mismo modificaste el dato equivocado en la PC?
Me mira como si no me creyera.
-A lo mejor no guardaste los cambios en el archivo... –Supongo, tratando de explicar el misterio que parecería poner en peligro la venta.
-Pero... ¿no me comentaste alguna vez que tenías un ejemplar con crucecitas en la tapa?
¿Yo le dije eso? ¿O éste también me identifica con ELCOVE?
-No me acuerdo... Es posible que sí. Pero te estaría mencionando una fotocopia.
-¿Y de dónde la sacaste? ¿De un coleccionista? Ningún vendedor te hace fotocopias...
-A mí sí me la hicieron... Obestein, ¿lo conocés? Tenía un local en la Bond Street y otro en Flores... –Me explayo, ya un tanto molesto por este interrogatorio, que empieza a emparentarse con el de ALLIPAC.
-Lo conozco. Es un jodido el judío ése.
Me mira, y parece estudiar mi reacción. Recuerdo lo que el otro me dijo de ElTony, y refuerzo, para no malquistarme:
-Un reverendo hijo de puta.
ElTony hace una pausa.
-¿Cuánto me ofrecés por todo esto? –Apuro.
-Mirá, te soy sincero... –Arranca.
Me preparo para escuchar el consabido verso del regateo. Pero me equivoco, porque continúa:
-Cuando me llamaste por teléfono, creí que tenías la dos de Andanzas y le avisé a un cliente que le andaba atrás. Va a venir a buscarla en un rato... ¿Yo qué le digo al tipo?
-La verdad. Que fue una confusión...
-Vos sos un coleccionista, sabés que se ilusionan...
-Bueno, no es culpa mía. –Trato de enmendar, pateando la pelota afuera- Tuya tampoco. A lo mejor, Joseph...
-¿Y la fotocopia no la trajiste? Capaz que lo puedo entretener con eso, hasta que le consiga un original...
-Quedó en mi ex – mesa de luz.
-¿No podés ir a buscarla?
-¿Ahora?
-El tipo está por venir...
-Yo vivo... vivía, en La Plata. Además, no sé si mi ex – mujer...
-Hagamos un trato. Te cotizo el lote en diez mil... –La cifra me impacta- Pero con la fotocopia incluída...
-Bueno... Lo intento. Pero no tengo ni para la nafta, y encima, si voy allá, me veo obligado a saldar una deuda con mi suegro... No me dejan ni entrar, si no...
Miento, por supuesto, porque no tengo la más mínima intención de pagarle al viejo. Pero si lograra que ElTony me tire ahora una parte importante de la guita, y no consigo la fotocopia, me doy por hecho y no vuelvo más.
-Te imaginarás que no guardo diez lucas acá.
-Hacéme un cheque. No digo todo, pero... Nueve... Ocho, si querés... Lo cobro y voy.
-Justo se llevó la chequera Joseph –Mete la mano en el bolsillo. Me extiende un billete- Tomá. Te adelanto esto para la nafta... Explicále a tu suegro. Te va a entender. Cualquier cosa, me llamás, yo hablo con él. Te salgo de garantía... Mejor: que él te acompañe hasta acá. Cuando me traigas la fotocopia, va a estar todo el toco. Cash.
Antes de entrar en la estación de servicio, estoy a punto de regresar al Comic's Club. No sea cosa que termine rematando la colección en cien mangos. Con lo de Obestein y lo de Federica, ya tendría que haberme curado de espanto. ElTony notó las dudas que me asaltaban, porque saliendo del local, me propuso que si quería le dejara algunas revistas en garantía por el adelanto y que me llevara el resto, pero sabía de antemano que no me iba a animar a hacerlo, evidenciando así mi desconfianza. Además, en la calle seguía sin haber un puto lugar. No iba a volver a cargar las cajas tres cuadras... Obestein había hablado bastante mal de ElTony. Claro que el judío, al final... No. No creo que me cague. Está en esto de hace muchos años. Aunque Obestein, también...
Termino llenando el tanque y arrancando para La Plata. ¿Y qué pasa si Graciela no me deja entrar o tiró la fotocopia a la basura? Supongo que perderé algún ejemplar por los cien adelantados. Eso, siempre y cuando ElTony me devuelva los otros. No. Peor. Me pierdo diez lucas. ¿Dónde me van pagar así la colección? Me llama la atención una cotización tan elevada. Superó ampliamente mis expectativas, al punto que me dejó sin argumentos para pelearla un poco más. Y la insistencia con la fotocopia... Al punto de ponerla como condición para cerrar el trato... Parece un capricho. Porque la historia del candidato que estaba por llegar, no me la trago. Tampoco que no tenía la chequera. Se avivó que estaba tratando de sacarle lo más posible de adelanto, por si no conseguía la copia. Se emperró con eso, porque no vale nada... Debe tratarse de una interna entre mercaderes, relacionada con el robo a la caja fuerte de ALLIPAC. Obestein insistía con el bendito detalle de las crucecitas en la tapa, que también le quedó grabado a ElTony. Lo que no sé es si realmente se lo mencioné yo, o me asocia, de algún modo con ELCOVE. La verdad que conseguir la fotocopia no sólo sería el pasaporte a las diez lucas, sino también la forma de que me dejen de joder con esa historia. A ver si todavía, después de despedirme del Indio, tengo que volver a dar explicaciones.
No me voy perder en especulaciones propias de Vélez, justamente. Hay que encarar el problema que se presenta. Estoy frente a la puerta de mi ex – edificio y me pregunto a quien voy encontrar en el departamento. Tampoco sé a quien es mejor que encuentre. No creo que haya aparecido el mecánico, todavía. Pero eso no quita que Graciela vuelva a estar hecha una furia. Si en cambio aparece el viejo, me va a frenar con el tema de la deuda. El peor de los escenarios es que estuvieran los dos. Graciela, a esta hora, debería hacer Tribunales, dado que yo no voy a volver a ocuparme de eso. No, todavía le debe durar la licencia que se tomó... Que sea lo que Kóoch quiera...
Si toco el portero, y arreglaron el intercomunicador y digo quien soy, cuelgan ahí nomás. Pero si bajaran a abrir, tendría que rogar penosamente en plena calle... Siempre es mejor luchar contra los embates, delante de la puerta misma del departamento... Puedo apelar al viejo truco de apretar varios timbres a la vez... O llamar al portero... Prefiero no armar revuelo y apostarme en la entrada. Algún vecino me hará pasar. Espero que el que aparezca no esté ya al tanto de la ruptura. Y que no sea de mi ex – familia, claro. Voy preparando el tono de "que cabeza la mía", para el bocadillo...
-Me olvidé la llave.
La que me permite el acceso es una venerable anciana, que otrora me saludaba cordialmente, y hasta cambiaba conmigo impresiones sobre el tiempo, cada vez que nos cruzábamos en este mismo ascensor, donde ahora me observa con desconfianza.
-Oí gritos ayer. Parecía la voz de Graciela... ¿Se encuentra bien ella?
-Sí. Perfecto. Estábamos en una reunión de amigos...
Por supuesto que no me cree, pero yo ya estoy despidiéndome. Toco el timbre.
-¿Quién es? –La voz de mi ex – suegro.
-¿Está Graciela?
-Ah, sos vos. No está.
-¿Me abre? Tengo que retirar algo que me olvidé...
-No puedo.
-No sea rencoroso. No bien cobre unos pesos que me deben, le pago la deuda...
-No es por eso. Graciela me dejó encerrado.
-¿Por qué?
-No quiere que salga a comer por ahí...
-Si me permite entrar, le digo donde guarda una copia de la llave.
-Trato hecho.
-Vaya al tercer cajón del placard y busque en un alhajerito.
El viejo vuelve más rápido de lo que pensaba. Entreabre la puerta, dejándola trabada con la cadena, y se asoma.
-¿Trajiste el auto?
-Sí...
-Lleváme a Saladillo. No aguanto más acá, Graciela me tiene a arroz todo el día, me muero de hambre...
-No puedo. Tengo cosas que hacer.
-No te dejo entrar, entonces.
-No sea tramposo.
-Dále... Si me llevás ahora, me olvido de la deuda.
-Entro y lo negociamos...
Mi ex – suegro, aunque desconfiando, abre. Voy derecho al dormitorio y encuentro la fotocopia de la dos. Cuando quiero salir, la puerta está cerrada.
-¿Te creés que soy estúpido? –Dice el viejo, detrás de mí.
-No sea chiquilín. Déme la llave...
-¿Me llevás a Saladillo?
-Le digo en serio, no puedo. El auto sigue con problemas. No llegaríamos.
-Lástima. Me llamó el kiosquero amigo mío y me dijo que consiguió –Señala lo que llevo en la mano- de esas revistitas viejas que vos juntás.
-No invente.
-En serio. Llamálo ahora, si querés.
-Su amigo siempre dice lo mismo y después resulta que son de hace tres años.
-No. Estas son antiguas de verdad. Me contó que se las llevó un peón de la estancia de los Quinteros, que parece la remataron. Llamálo, vas a ver...
Si bien existe un noventa por ciento de probabilidades que sea un cuento del viejo, no me cuesta nada discar el número que me da.
-Que pena que no me llamó antes... –Se lamenta el kiosquero en el teléfono- El paisano éste se me apareció con un montón, pero decía que no sé dónde, en un lugar de Internet, creo, pagaban mucho por esas revistas. Quería cien por todas. A mí me pareció una barbaridad y lo llamé a usted para consultarlo, pero como no me contestó el mensaje, le compré nada más que una, la que parecía más vieja, a diez pesos. No sé si hice mal...
-¿Qué número es?
-Ahora se la traigo...
Los minutos que pasan me resultan interminables. Por fin...
-Acá la tengo. Pero no veo si hay número. No encuentro los anteojos...
-¿La tapa está?
-Sí.
-Fíjese el título, aunque sea...
-No alcanzo a ver... Espere que busco los anteojos...
-No hace falta -Lo atajo-. Dígame como es la tapa...
-Aparecen el Indio y el Padrino...
-Eso pasa en todas. Déme más detalles...
-Hay un bebé panzón, que parece el hermano del Indio, pero distinto a como lo dibujaron después...
Tengo un pálpito. La voz me temblequea...
-¿Están en una gruta?
-¿Cómo una gruta?
Mi impaciencia crece.
-Una cueva. Con estalagmitas...
-¿Qué es eso?
-Una especie de pilares...
-Acá encontré los anteojos... Los tenía colgados y no me dí cuenta...

¿Pilares, dice?... Sí, hay unos. Y están como marcados por unas crucecitas rojas...

(continuará)

miércoles, abril 04, 2007

XXI. ULTIMA SEPARACION (2)

La celeridad con la que mi mujer (ahora tercera ex -), resolvió la escena resultó de altísima dramaturgia. La huída de Federica fue inmediata. La mía, casi simultánea, previa amenaza de cercenamiento corporal.
De nada me sirvió el argumento de que había sido víctima de los manejos de una guachita. Lo cual es absolutamente veraz, dado que si bien pude salvar mi integridad física, no ocurrió lo mismo con los mil seiscientos pesos que me quedaban. Los guardaba entre las pilas de revistas y terminaron desaparecidos. Mi hipótesis es que, antes de que pasáramos al cuarto, la niñita me espió cuando sacaba del escondite el espurio precio de las dos Correrías. Después, mientras yo dormía, ella volvió al escritorio, revolvió todo y encontró los billetes. Al escuchar ruido, debe habérselos metido, vaya a saber cómo, en su ínfima bombacha.
En un primer momento, en medio de la confusión, de los gritos, del enredo de alcoba, no se me ocurrió asociar el desorden de la colección con la plata. Cuando, mientras exponía mi inútil defensa, caí en ese detalle, corrí al ya abandonado escritorio en busca del fajo, aún bajo las amenazas carniceriles de Graciela.
Mi suegro me siguió, en tanto su hija se dirigía a la cocina con propósito desconocido. El viejo farsante, aunque dejaba traslucir patriarcal indignación, había permanecido callado hasta entonces. Bien que le habrá relojeado el culo a la pendeja, el muy degenerado.
-No ves que a éste lo único que le preocupa son esas revistitas de mierda... –Comentó el traidor, al verme revolverlas febrilmente, alertando de esa manera a la otra.
Mi último fracaso sentimental reapareció, esgrimiendo un cuchillo, al tiempo que vociferaba:
-¡Mejor que te las lleves ahora mismo, porque te juro que las quemo, junto con tus bolas!
En ese instante la creí perfectamente capaz de cumplir ambas amenazas. Pero ya comprobado el despojo de Federica, no me quedaba sino disparar lo antes posible. El tiempo que hubiera llevado empacar la colección, bastaba de sobra para convertirme en eunuco. Me terminé de vestir en el ascensor.
La única pertenencia que me queda en la vida, aparte de lo puesto, es el auto. Siguiendo el consejo de un amigo experto en estas lides, nunca permití compartir la titularidad a ninguna mujer. Un auto, en casos extremos como éste, puede servir hasta de vivienda. Hoy debería estar listo. En mis actuales condiciones, no me puedo dar el lujo de tomar un taxi. Así que voy caminando al taller, mientras trato de pergeñar algún invento para evadir el pago. La suerte me ayuda: todavía falta que llegue un accesorio. Le ruego al amigo de mi tercer ex –mujer que haga cualquier emparche de urgencia, para poder usarlo un día, al menos, y traérselo nuevamente. No hay cosa que les guste más a los mecánicos que el desafío y de inmediato empieza la tarea del atado con alambre. Al cabo de dos horas, me lo entrega, con la advertencia de que no voy a poder andar con ese arreglo provisorio más que unos cientos de kilómetros. La convicción de que tendré que volver y su amistad con Graciela, hace que el tallerista no mencione el costo de los arreglos. Parto raudo. Aún con dudas, me dirijo a mi ex – departamento. Calculo que el tiempo transcurrido puede haber transformado la furia en depresión. Intentaré rescatar la ropa, algunos libros de teatro y la colección. Levanto unas cajas de cartón en el trayecto. Ruego no encontrarme con un incendio en la puerta del edificio.
El basilisco, por suerte, está tirado en el lecho adúltero, en plena etapa de lamento. Mientras empaco, suma llorosa, al reproche de infidelidad, no sé qué historia de que le robé el sello de abogada, que le falsifiqué la firma y que inicié una demanda en su nombre. Y, para peor de males, se enteró porque un tipo que está citado por el juzgado interviniente, recién vino y le armó quilombo a ella...
Fue un acierto volver enseguida, dado que a medida que desgrana las quejas, va creciendo en belicosidad... No quiero imaginarme hasta donde se escucharán sus gritos cuando, encima, su amigo mecánico le reclame la factura del auto. También fue feliz haber previsto lo de las cajas, que me abreviaron enormemente el trámite de embalaje. Mi querido ex – suegro no volvió a aparecer. Lo supuse encerrado en el baño o internado. Creí haberme salvado de que me reclame la deuda, pero cuando termino de cargar en el baúl el último bulto, lo veo doblar la esquina, con una bolsita de farmacia en la mano. Subo rápido al coche, intentando evadirlo, pero el motor no arranca. Ya lo tengo agachándose sobre la ventanilla. Como le levanto el vidrio, se enoja y empieza a golpear con la bolsita que traía.
-¡Che... ! ¿Cuándo me vas a pagar los dos mil que te presté?
Por fin logro arrancar. Por el espejito retrovisor, veo al viejo agachado, juntando lo que supongo serán pastillitas de carbón.
Queda algo de nafta en el tanque y algunas monedas en el bolsillo. Tanto como para llegar a Buenos Aires. Enfilo hacia allá, a ver que me depara el destino. Por suerte, la familia teatral es solidaria y no tengo que dormir en el auto. Encuentro alojamiento en el antiguo cuarto de servicio de un caserón derruido, que una comunidad de actores alquila en San Telmo. Vuelvo así a las penurias de mi verdadera profesión. Que si bien nunca dejé del todo, pensaba, en poco tiempo, abandonar definitivamente, merced al contraste de ingresos con mi ahora frustrada carrera judicial. Al igual que la incipiente prosperidad lograda con Cristina en el comercio, todo se derrumba con la separación. Como entonces me resta, para aguantar comida y viáticos de castings, el recurso desesperado de la venta de la colección.
Se me ocurre que, irónicamente, estoy en la misma situación que Elio Coradino, el viejito fingido por ELCOVE. Pero peor, porque al menos él, tenía los primeros números, los más cotizados, para vender. Yo, ni siquiera las fotocopias, que deben dormir olvidadas en mi ex - mesa de luz, desde que las aparté, después de escanear la dos para JUANJOS, con el propósito de revisarlas con tranquilidad. Ahora, gracias a una lamparita de cuarenta, y sentado en un camastro, contemplo las cajas repletas de revistas. De pronto, me asalta el temor que Federica, aparte de robarme la plata, se haya llevado alguna de las más antiguas para venderlas. Comienzo a desembalar y me tranquiliza encontrar la seis, las armas del Tata y la trece, el irascible coronel, de Andanzas. También de la dos en adelante de Correrías, incluyendo la siete y la setenta y uno de RICHARD, que sin duda Federica intentó rescatar y no pudo. Esas dos revistas y un polvo me terminaron costando mil seiscientos pesos. ¿Y si lo llamara al ex –concitadino y le contara, con obligados retoques, la doble estafa de su hija? Mejor no correr el riesgo, esa pendeja es capaz de acusarme de haberla violado, y encima no hay que descartar que sea menor de edad. Puedo terminar preso.
Después de la inspección de los ejemplares, subsiste, de todos modos, la impresión que algunos faltan. Tendrían que ser de Andanzas, porque corroboré que las Correrías están completas. Pero no podría precisar cuáles, ya que la lista la guardaba en la PC de Graciela. ¿Es posible que Federica los hubiera ocultado en su bolso (que había quedado en la cocina y alcanzó a manotear, al salir), y vuelto al escritorio por otros? No resulta lógico. De ser así, hubiera privilegiado los de mayor valor, instruida como estaba por mi propia acción docente. Si hay algún faltante, debe atribuirse al apuro con que empaqué, urgido por la furia de Graciela. Algunos pocos pueden haber caído detrás de los estantes. Pero, al menos por lo que constaté, no debe tratarse de números importantes.
Me resta decidir donde vender. Necesito un lugar donde poderlos ubicar en bloque y rápido. Donde me los coticen relativamente bien y me paguen en efectivo. Un lugar importante. De FERIA FRANCA, ni hablar. Descartando a los pequeños mercaderes y a los del Parque, me quedan la Librarie y el Comic's Club. Ezra, a diferencia del otro local, sólo trafica ejemplares perfectos. Y aún de interesarse en mi despareja colección, con su hábil juego de regateo, pretendería sacarla por centavos, para después valuarla en Euros. No hay más que pensar. El candidato es ElTony. Aparte, es con quien mejor vínculo he tenido en los últimos tiempos y no anda con ninguna historia extraña. Mañana a primera hora lo llamo. No puedo correr el riesgo de no encontrarlo. La nafta apenas me va a alcanzar para llegar al centro.De modo que, en vez del mar, el lugar para arrojar los restos del Indio será el Comic's Club. Debería meter, entre los ejemplares, una foto de Graciela. Hoy es noche de despedidas. Esta colección, trabajosamente construida a lo largo de más de una década, merece un digno adiós, a diferencia del que tuve con mi tercer ex - mujer. Estoy demasiado cansado para revolver y saco al azar una revista. Le toca representar a sus congéneres, en la ceremonia, a la Andanzas número cien. Un número redondo, diría RICHARD. El título, rivales en el infierno, me recuerda las escenas de esta tarde. Abril del '65. Yo estaría cumpliendo ocho... ¿Cómo habrá sido mi fiesta de cumpleaños? ¿Me lo habrán festejado? ¿O El sufriría una de sus tantas internaciones y Ella estaría acompañándolo?... Para abril del '65, yo debía tener conciencia de la importancia de los números redondos, porque recuerdo ahora que esperé que algo pasara con la aparición del cien. Un festejo, una edición extraordinaria, un destacado en portada... Nada de eso ocurrió. Aunque en la tapa vuelve a estar Mandinga. Aquí sí, viste el jacquet con capa y galera, su histórica indumentaria en las Andanzas. El argumento versa sobre un poderoso empresario que está haciendo sombra con sus maldades al mismísimo jefe del infierno. Los secuaces de éste, admiran a aquél. Entonces, el diablo, sufriendo uno de los pecados capitales, va a pactar nuevamente con el Indio. Le pide que elimine a su competidor, regenerándolo. Cuando el quijotesco Cacique está a punto de fracasar, la redención parece lograrse a través del amor. Pero resulta que el que mete la cola en esta oportunidad es el Padrino, que ha atravesado en el camino del empresario a una corista para, asociado con ella, desplumarlo. Al enterarse del vil propósito, el engañado industrial, estrujando el ramo de flores que llevaba a su prometida, dice: "¡Esto me ha convencido de que no se puede creer en nadie! ¡El mundo conocerá mi odio y mi rencor!". Mandinga, que lo escucha agazapado en una esquina, calcula que hallándose todavía redimido, si muriera en ese momento, no iría al infierno...
Mi atención en la lectura, hasta ahora distraída, se agudiza cuando llego al siguiente cuadrito, donde unos obreros levantan con sogas una caja fuerte, por debajo de la cual está pasando justamente el empresario. El diablo envía con la mirada un rayo que corta las cuerdas y el pesado objeto cae sobre la cabeza del otro...
¿Qué implicancias tiene esta imagen?
Pone en crisis la de Mandinga, sobre un techo, empujando una caja fuerte para que caiga en la cabeza del Indio, que yo supuse haber visto en el ejemplar en manos del sereno de la galería CADU, y atribuí a la cola del diablo, la cincuenta y ocho, aparecida en octubre del '61, es decir casi cuatro años antes de la cien, cuando yo tenía apenas cuatro, y que al no encontrarla en diablos paralelos, Selección de las Mejores de enero del '97 (donde sí estaba en un cuadrito Satanás observando desde arriba, pero subido a un mueble y una caja fuerte, que no era empujada sobre nadie), supuse que era a causa de la adaptación, lo mismo que los cambios en la indumentaria de Mandinga, lo que ahora relativizo, porque quizá mi recuerdo del jacquet con capa corresponda a la cien y a otras Andanzas, pero no a la cola del diablo, que es muy anterior y donde quizá sí vistiera traje con gabán, incluso me parece recordar ahora un sombrerito con pluma que se correspondería al traje con gabán, puesto que con el jacquet porta rigurosa galera. ¿De dónde salió el sombrerito? La tapa de la cola del diablo la vi una única vez en el Parque, y sólo recuerdo borrosamente de ella que aparecían las pamelitas... No. La volví a ver hace poco, en FERIA FRANCA, en la venta de SERTUFILIUS, que originó la ruptura con ELCOVE. Y el diablo tenía en esa tapa traje con gabán y sombrerito con pluma. Aún en baja resolución, esos detalles eran fácilmente perceptibles. ¿Por qué, entonces, seguí cargándole culpa al versionista?¿Por qué la imagen en jpg. no reemplazó a la que tramposamente había instituido mi memoria? No basta la explicación de las circunstancias conflictivas en medio de las cuales la observé. ¿Y cuántas veces habré releído rivales en el infierno, desde que fue recuperada? ¿Tres, cuatro? ¿Por qué recién ahora, reparo en que el cuadrito perdido en el pasado parece corresponderse a ésta, aunque el que pase debajo de la caja fuerte no sea el Indio, sino un malvado empresario? ¿Por qué, si estaba acá, seguí buscando, ubicándolo imaginariamente en la cola del diablo? ¿Decidí que la víctima no podía ser un villano? ¿Pensé que sólo encima de la cabeza de los héroes pendían las amenazas? Sin duda, he preferido quedarme con mi recuerdo, asociando así la idea de un peligro inminente, cerniéndose sobre el protagonista, con mi propia situación, en esa otra vida, expuesto al pozo de la galería CADU de Zárate, pero felizmente preservado por El o por Ella, o por El y Ella, que me tenían de la mano para que no cayera. Y no ha sido el azar, sino el destino, el que me hizo escoger, entre tantísimas otras, la cien de Andanzas. En esta noche fatal, en la que ya nadie me sujeta, no puede ser casual que aparezca la revelación.
Pero quizá sea lo que me pasa esta noche, justamente, lo que me lleve a aferrarme de rivales en el infierno, que tengo en mis manos, e identificarla con el cuadrito perdido, como una forma de seguir aferrado a la de Ellos, ya que no le compré a SERTUFILIUS, en contra de la opinión de ELCOVE, la cola del diablo, y apenas tengo, sepultada en las cajas, una Selección de las Mejores, con el título sustituido. Porque para la época de la cien, yo estaba muy cercano a iniciar la primer colección, que arrancaba, sin que me importaran demasiado los números redondos, aunque tuviera conciencia de ellos, o a lo mejor la poca importancia dada por la editorial al acontecimiento de llegar al centenar, hizo que creyera que no la tenían, arrancaba, digo, con la ciento siete, platos voladores, en las Andanzas, como traslación de mi decisión respecto a el monaguillo del diablo, la noventa y cinco de Correrías, puesto que ambas eran contemporáneas. Es curioso que el diablo siga apareciendo y me confunda, porque para ese entonces, aunque todavía no las juntara, Ella ya me las compraba a todas, entonces no se justifica, que me hubiera quedado tan grabado como enigma el cuadrito visto en la galería, si tenía ese mismo ejemplar en mi casa. Aparte, al contemplarme en el recuerdo en aquel lugar, aparezco como un chico mucho más cercano a los cuatro años, que a los ocho. Y un chico de cuatro años no debería tener demasiada conciencia de los números redondos. Y hasta es posible que tuviera menos y que el cuadrito perdido, ya que esas escenas eran frecuentes en las historietas, lo mismo que la presencia de Mandinga, no perteneciera ni siquiera a la cola del diablo, sino a otra anterior e ignota Andanzas, que nunca he tenido, ni tendré jamás.
No existirá en el futuro oportunidad de contestarme estos interrogantes. Mañana me desprenderé de mi segunda colección, y ya no habrá una tercera en mi vida.
Restituyo a rivales en el infierno su condición de ser una más entre tantas, concluyendo así la ceremonia de despedida.
Apago la lamparita de cuarenta, y me tapo con una raída frazada.
En la duermevela, aparece la idea de que nada de lo que se procesa en la mente puede darse por seguro, aún cuando se pretenda constatarlo en la realidad.
Después, el sueño me dicta tres imágenes.
Un volcán del que brota un magma indiferenciado.
Un rompecabezas que trato de armar infructuosamente, con piezas equivocadas, pero de número redondo.
El diablo, vistiendo alternativamente, traje o jacquet. Está en el aula de un colegio. El es el maestro y yo uno de los tantos alumnos. Escribe en un pizarrón la palabra casualidad. También las letras empiezan a cambiar de lugar.

(continuará)