SOBRE ESTE BLOG...

Vas a encontrar, básicamente, data sobre historieta cómica argentina clásica. Además, bastante de bande dessinée. Algunas reflexiones sobre el lenguaje historietístico, muchas polémicas y miles de imágenes, la mayoría de mis propios archivos. La forma más fácil de ubicar un material o autor es ir a "Etiquetas", revisar y hacer click en la pertinente. También podés escribir una palabra clave en "Buscar en este blog". Tenés mi contacto, encima, acá al lado → → →→ → →→ Suelo responder mails si la consulta es muy específica. En cuanto a enlaces que ya no funcan, lo siento, llegaste tarde. Podés tomar lo que quieras, en tanto cites la procedencia. Si no citás, y te ubico, te escracho públicamente, como he hecho en varias oportunidades. Enjoy
Mostrando las entradas con la etiqueta "Pi-Pío el pollito que imponía el orden". Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta "Pi-Pío el pollito que imponía el orden". Mostrar todas las entradas

sábado, noviembre 27, 2010

PI-PIO, EL POLLITO QUE IMPONIA EL ORDEN (4b)

b) PACO-PUM EMPERADOR

Vuelto a casa, Paco-Pum logra aquello de lo que había desistido en el último episodio: convertirse en emperador. Dicho éxito, contrastado con las circunstancias precedentes y las actuales, resulta desconcertante a primera vista, dado que en Groenlandia el panorama se le presentaba mucho más favorable. Recordemos que allá podía llegar a discutir la victoria pugilística impuesta como condición, y tenía además una fracción del pueblo a favor suyo. Sin embargo, abandona su pretensión inexplicablemente. En cambio, en Villa Leoncia, donde todos los habitantes están dispuestos a hacerle frente, arremete decidido, resultándole la toma del poder de lo más sencilla.
Hay otro elemento asociado a destacar. Mientras como extranjero Paco-Pum anunciaba a viva voz su ambición en Groenlandia, en su propio pueblo entra con disimulo. “Como si viniéramos con buenas intenciones”, adoctrina a sus secuaces, y todos meten mano a sus bolsillos y comienzan a silbar. Paradójica actitud: donde ignoran su condición de bandido, necesita proclamarla, para después regenerarse, porque ni él mismo se convence. Donde están de sobra advertidos, la oculta, con el objeto de pegar el zarpazo a posteriori. La estrategia no es nueva, le dio antes resultado en varias ocasiones en Villa Leoncia. Ahora, resultará inútil.

A más de la íntima asociación entre malhechor y antagonista, los elementos expuestos dan cuenta del vínculo que se genera con el espacio propio. Este resulta a tal punto determinante para la conducta de Paco-Pum, que al alejarse de él, llega a perder su esencia. Al retornar, la recupera, junto con el pelo, que también había perdido en el episodio anterior.
Pero veamos, paso a paso, el desarrollo argumental.

Doña Ursula, en función de la delegación de mando que le hizo Pi-Pío al partir, y alertada de la llegada del bandido, decide convocar para la lucha a un fornido albañil. Este, a su vez, propone la ayuda de sus “patronos”, tres curiosos arquitectos con cabezas que hacen honor a sus nombres: Don Dórico, Don Jónico y Don Corintio.
Rápidamente, la enérgica señora los incorpora como asesores, anunciando -de forma nada democrática, como es costumbre en la Villa- a una población atemorizada: “¡Atención, pueblo: se acaba de constituir un triunvirato aquí presente y un poder ejecutivo que recae en mi digna persona, o séase yo! ¡Todos los sucesos y acciones de guerra tendrán que ser consultados a nosotros y si así obran ganaremos a los invasores, y si no, que el pueblo les demande!”. Más allá del absurdo que el pueblo llegase a demandarse a sí mismo, queda claro que los dirigentes ninguna responsabilidad asumirían en caso de derrota.
La defensa es efectiva respecto a Pepe el Largo y Toto, a quienes se da captura. Doña Ursula los enfrenta triunfante, diciéndoles: “Así que ustedes querían quitarme el poder? ¿¡Eh!?”. De la frase se desprenden dos cosas: una, la señora presumía las intenciones de los bandidos, dado que en ningún momento éstos las habían declarado públicamente; dos, la disputa por el poder es concebida en el estricto plano de los liderazgos personales.
Pero la alegría de la victoria es breve. La huída de Paco-Pum genera una inexplicada anarquía, y los ciudadanos -en el rol siempre de simple espectadores pasivos del accionar de la dirigencia- comienzan a cuestionar a Doña Ursula: “¡...es muy buena mujer, pero no sabe gobernar!”, opina un señor. “¡Siempre lo dije yo! ¡Para gobernar, hay que saber gobernar!”, remata tautológicamente una señora.

Así, Paco-Pum, aprovechando el revuelo, con unas cuantas trompadas, patadas y cabezazos a la matrona y al digno triunvirato, da un golpe de estado. Reza la didascalia: “El coraje y la decisión de Paco-Pum hace que éste le gane a los capiteles”. Es inédito hasta el momento el hecho que, objetivamente, se ensalce al denostadísimo archivillano de la serie. Por otra parte, contrario sensu, se sugiere que los derrotados carecieron de las virtudes del pillo.
A Paco-Pum le llega el turno de la proclama, en idéntica tesitura que la anterior de Doña Ursula: “¡Súbditos de Villa Leoncia y ciudadanos de la patria: ahora el que manda aquí soy yo! ¡Entienden?”. En cuanto al pueblo “desfila resignado y en silencio”. Maravillosa clase de instrucción cívica para niños.
El flamante emperador da rienda suelta a sus delirios de grandeza, y entre las leyes que dicta figura la del impuesto al boleto capicúa. O sea que la diferenciación entre gobernantes se daría únicamente por la forma de ejercer el poder, y no por el método utilizado para alcanzarlo.
En tanto, se observa a unos honestos ciudadanos alcanzando comida a la cárcel a la dirigencia depuesta. Los alimentan, para que puedan resistir, según se declara. Lo que denota que siguen procurando en ellos la lucha contra el tirano.
Con la llegada de Pi-Pío, por fin, “el pueblo entero, que había llevado unos días de cruel sometimiento, tiene ahora una esperanza”. Y el emperador, por primera vez, tiembla.
Por supuesto, el pollito no defrauda. A más de sus proezas físicas, enfrentando sólo a los adláteres del emperador, cuenta nuevamente con el ingenio de Calculín. Este monta sobre Ovidio un “cañón sonoro”. Los habitantes del “palacio” terminan huyendo por la cocina, lo que no les evita ser alcanzados por el temible artefacto y capturados por las fuerzas del orden, que queda así debimente restaurado.
Así, con la nueva derrota de Paco-Pum, se refuerzan y extienden algunos puntos que veníamos señalando desde episodios anteriores. Más allá de cualquier circunstancia, la disputa por el poder sólo tiene sabor en Villa Leoncia. Arrebatarlo a cualquiera que no sea Pi-Pío (sin entrar en las consideraciones sexistas que aparecen en este tramo, entendibles en el contexto de la época) resulta fácil. El pueblo está pintado, los dirigentes sustitutos son buenos, aunque inútiles, Paco-Pum es valiente y decidido, pero malo y tiránico. Consecuencia: el único habilitado para mandar es el pollito, que reúne todas las condiciones de un justo gobernante.
A través de esta sumatoria de conceptos subyacentes en la serie, Ferré intenta legitimar -y logra naturalizar, sin duda- su curiosa concepción acerca de la construcción y sostenimiento de un estado.

martes, noviembre 23, 2010

PI-PIO, EL POLLITO QUE IMPONIA EL ORDEN (4a)

4- ENEMIGOS INTIMOS

Los tres episodios que suceden a la partida al exilio de Paco-Pum, pueden clasificarse de la siguiente manera: “Groenlandia” (Billiken 1799-1827, 07.06.54 al 20.12.54, 28 páginas), “Paco-Pum Emperador” (1828-1839, 27.12.54 al 14.03.55, 11 páginas), “El Puente” (1840-1857, 21.03.55 al 18.07.55, 18 páginas). Sin embargo, pese a transitarse en ellos distintas temáticas, están atravesados por una única unidad de acción, que desarrolla y profundiza el planteo del orden establecido y los intentos de subvertirlo. Lo ideológico prima sobre el delirio, de modo que determinados giros narrativos que hasta el momento podían calificarse de surrealistas, terminan siendo abortados en función de los sentidos.
a) GROENLANDIA
La primera audacia comprobable es que quince entregas consecutivas de la historieta (es decir, casi cuatro meses de publicación) transcurren fuera de Villa Leoncia, y sin que aparezca el protagonista.

Paco-Pum y sus secuaces llegan a Groenlandia, y son liberados por el heredero del trono, al que inmediatamente secuestran, exigiendo a cambio el poder. “(Bla, bla, blaa... Príncipe, poder, mando, audacia, dictadura... Bla, blaa...)”, especula Paco-Pum. En la negociación por el rescate, se le impone la condición de triunfar en un match de box, para ser coronado. La pelea finaliza con el knock-out simultáneo de ambos contendientes, y una enfervorizada discusión del público acerca de quien debería ser proclamado vencedor. Las opiniones están divididas entre platea y popular, siendo la última la que hincha por el visitante. Pepe el Largo arroja un balde de agua a su jefe, despertándolo, y lo insta a escapar. Ya lejos del tumulto, Paco-Pum se siente humillado y fracasado, y emprende camino hacia otras tierras.

He aquí el primer ejemplo de lo antedicho. Mientras que Ferré vuelve a instalar de entrada la condición de subversivo del villano, insólitamente lo hace desistir de su propósito, cuando las condiciones parecían estar dadas para lograrlo. Esto así, porque Paco-Pum es el primero en recuperarse de la contienda pugilística, y porque además, cuenta con apoyo popular. Por el contrario, se proclama derrotado. Cabe preguntarse si la única disputa válida por el poder debe darse con Pi-Pío como antagonista, y en el territorio de Villa Leoncia.
Acto seguido, el príncipe se apiada de la desazón de Paco-Pum, e interpreta que no es malo, sino incomprendido. Y para enmendarlo, lo embarca -literalmente- en una tarea lícita: la caza de ballenas, para la comercialización del aceite.
La empresa se ve coronada por el éxito, pero el bandido, que estuvo a punto de ahogarse durante la cacería, y superó el percance, se agrava imprevistamente. Un veterinario le diagnostica “colitis encefálica”.
Siendo consecuentes con la caracterización que Ferré hizo hasta ahora del bandido, cabría la suposición que no le venía mal una diarrea que limpiase definitivamente su cabeza. Pero al armado de la historieta no le conviene que Paco-Pum se regenere, por lo tanto, el único que podrá “curarlo” (es decir, devolverle su idiosincrasia) es Calculín, aliado de su archienemigo.
Así, el tramo argumental, que parecía conducir a la consolidación del aspecto bueno del villano, vuelve a torcerse con un giro caprichoso, para retomar los cauces habituales. Daría la impresión que la historia, por momentos, guiada por su propia lógica absurda, sigue un curso autónomo de las intenciones del autor, y éste debe intervenir cada tanto para enderezarla.
El requerimiento al niño sabio, vía radial, llega de inmediato a una tranquila Villa Leoncia, pero sin revelar la identidad del enfermo. La necesidad de transportarse urgentemente al Polo lleva al diseño y construcción del segundo ingenio estrafalario de la serie, el “Frigidaire II”, mucho más sofisticado que los “cañones de engrudo”, del episodio de “Los piratas...”. El aparato se lanza con éxito al espacio alcanzando con rapidez la línea de puntos marcada en la viñeta final de la página como “límite máximo para dibujar”. Un personaje que observa el lanzamiento, comenta admirado: “Por poco se salen del límite de la historieta”... Quiénes? Los héroes, o el villano principal?

Un pequeño paréntesis en el largo y estrafalario trayecto del “cohete-heladera”: los héroes, al sobrevolar Andalucía, señalan la casa de su artífice. Resulta conmovedor que un García Ferré, nostálgico del lugar que había abandonado hacía siete años, regrese allí a través de su creación. También es de destacar la audacia y sobriedad -al mismo tiempo- de la autocita, que da cuenta una vez más de la libertad creativa con que se movía en Pi-Pío, muy lejos de las especulaciones sensibleras con que se manejó posteriormente, aún cuando anide en estos cuadros un incipiente anhelo de posteridad (*). Pero no se puede obviar, en la dirección que venimos analizando, el propósito de retornar a las fuentes ideológicas y fácticas de la historieta.
Sorteados los delirantes peligros del aterrizaje, Pi-Pío, Calculín y Ovidio, llegan a tiempo para “salvar” a un camuflado Paco-Pum. El sabio pone en marcha un imposible “sistema centrífugo-descongestionador para sacar pajaritos de la cabeza” (= ideas de regenerarse?).
Cumplido el tratamiento, se descubre la verdadera identidad del paciente. Pepe el Largo y Toto se apoderan del “Frigidaire”, para llevar a su jefe de retorno a Villa Leoncia, colaborando así en el encauzamiento de la serie. Han recorrido otras latitudes, tomado un poco de aire fresco... es hora de volver a casa.
Paco-Pum “recupera el conocimiento y a pesar de su estado de convalecencia ya se encuentra con ánimos de seguir haciendo de las suyas”, reza una didascalia. Y ya próximos a destino, el bandido -repuesto físicamente, y también en condición de tal- dice: “Ahora que Pi-Pío no está y yo me siento curado, nos haremos los amos de este pueblo”. Queda claro que la enfermedad no radicaba en su cuerpo, sino en haber perdido tanto su esencia como su espacio.
Los héroes, aunque demorados, se lanzan a la persecución a bordo de la rudimentaria “Cacerola” (trineo a motor, ideado por Calculín). Antes, habían advertido al pueblo del “Fart-West” del inminente peligro.
Doña Ursula, “autoridad máxima”, en ausencia de Pi-Pío, arenga a los habitantes para combatir contra el sempiterno enemigo.
Todo ha vuelto a la “normalidad”.
(*) Cuando esa posteridad comenzó a gestarse, en la etapa de Anteojito, G.F. opta por la modestia, y en la reedición de la página se lee: "la casa donde nació García Lorca".

lunes, julio 26, 2010

PI-PIO, EL POLLITO QUE IMPONIA EL ORDEN (3c)

3-MADUREZ: “JUSTICIA EN EL FART-WEST”
c) INUNDACION DE VILLA LEONCIA

La unidad anterior culmina con una nueva huída de Paco-Pum, que lleva al encuentro con la tribu del cacique Rompe-Huesos y la alianza con éste para apoderarse de Villa Leoncia, eje temático de lo que prosigue. Capturan a Pi-Pío y lo someten a una tortura más cruenta que las que fue víctima el bandido: freírlo en una enorme sartén (o en cocción mixta con spiedo, de acuerdo a lo que sugiere la imagen).
Hay un matiz paradójico, sin embargo. La índole del bárbaro sacrificio, dispuesto por bárbaros, respeta la condición de pollo, recuperada ahora –aún en circunstancias extremas- por el sheriff, mientras que a Paco-Pum se le negaba status humano. Dicha carencia se vuelve a poner de manifiesto en esta instancia, ya que el regocijo y la falta de culpa del villano son contrastados con la sorpresiva compasión que presenta uno de sus secuaces. Se trata de Toto, el tardío integrante de la banda, y por eso –posiblemente- menos contaminado por la maldad extrema del jefe. En cambio, Pepe el Largo colabora avivando el fuego y condimentando al pollito. Y los demás, son indios. O sea seres a los que la conquista negaba la posesión de un alma. Así, la alianza resulta por demás congruente.
Una vez más Ovidio acude en socorro de su jinete-pollo. Vuelto a Villa Leoncia, Pi-Pío informa al pueblo sobre el inminente ataque del malón. Los vecinos distinguidos aportan opiniones sobre las medidas a adoptar, según sus respectivas ocupaciones e intereses, pero es la propuesta de Calculín la que una vez más resulta aclamada: el “generoso” ofrecimiento de un empréstito de guerra. Acto seguido, el sheriff (ya explícitamente mencionado como “máxima autoridad” del pueblo) declara el estado de guerra. Insólito: la iniciativa privada precede la decisión del estado, y financia a los ciudadanos la compra de los armamentos que aquél debería proveer. Los lectores de las Aventuras de Pi-Pío de aquella época, poco se habrán asombrado de las atrocidades que sobrevinieron a la década peronista.
Consonante con los desaguisados ideológicos, la imaginería gráfica de Ferré se torna desbocada. Son incontables los detalles delirantes que aparecen aquí y allá. Baste decir que en el exacto centro de un nuevo cuadro gigante, el de la preparación del malón, planta a Don Quijote de la Mancha con taparrabos, junto a un indio que representa a Sancho Panza.
La primera embestida de la indiada es resistida con heroicidad por los habitantes de Villa Leoncia. La conducta ejemplar de Ovidio en el combate, es premiada por Calculín y Pi-Pío –en renovada muestra de poder omnímodo- ascendiéndolo a Sargento Mayor.
Pero aquí se presenta una vuelta de tuerca magistral: Paco-Pum vuela el dique del pueblo, inundándolo.
Llegados a este punto, nos hallamos en condiciones tanto de repasar sus fechorías, como de justificar, más allá de lo temático, la división que se ha planteado. En la primera sub-unidad los delitos son: intento de forzar la renuncia del sheriff, rapto y consecuente extorsión, hurto de ganado. Actos repudiables, sin duda, pero que no escapan a los que podría ejercer cualquier malhechor. En la segunda, Paco-Pum y sus secuaces no sólo asaltan un banco, sino que con dicha acción atacan un símbolo de orden y progreso, como hemos visto. En la tercera, la alianza con los indios ya implica una oposición abierta entre civilización y barbarie. Pero es con la inundación de Villa Leoncia que el bandido trasciende definitivamente esa categoría para convertirse en amenaza pública. Es decir, en subversivo. Lo que amerita, una vez vencido, un castigo mayor: el destierro.

Quien lo impone –en un “juicio de guerra” y descartando de antemano cualquier otra opinión de los integrantes del jurado- es, por supuesto, Pi-Pío. Quizá hubiera cuadrado mejor que lo aplicara el recientemente ascendido equino. Su nombre, al menos, generaría algún nexo como para traer a colación una pena proveniente del antiquísimo Derecho Romano, y que el mismo poeta sufrió por orden del emperador Octavio Augusto.
Demás está decir que la estatura alcanzada por el enemigo –estricta metáfora, en este caso-, engrandece la figura del héroe y “justifica” sus métodos.
Uno sospecha que si Ferré no mandó a Paco-Pum al garrote vil, es porque pensaba seguir utilizándolo como personaje.
Todo lo cual no quita que este último tramo argumental se convierta en el momento más interesante y singular alcanzado por la serie desde su inicio. Por el contrario, como he apuntado, los elementos fascistoides implícitos en Aventuras de Pi-Pío, hacen que la acción se interne en terrenos épicos.
Para evaluar la magnitud de este giro, debe considerarse que la historieta cómica, por su misma índole, pocas veces ha intentado –y logrado- una épica, aún dentro de lo paródico. Podrían mencionarse –siempre remitiéndonos a lo nacional- algún episodio de Patoruzú, por Quinterno (pienso en “El Gran Duque de la Mancha”, por ejemplo), los proyectos delirantes de dominar el mundo de Agustín, en el Don Pascual, de Battagia, los viajes a países exóticos del Langostino, de Ferro. Pero ninguno de los autores citados puso de héroe a un pollito, lo que ubica a la creación de Ferré en un lugar privilegiado, en este aspecto. Lograr verosimilitud interna, después de instalar y naturalizar un código, en el hecho que un sheriff-pollo lidere la resistencia de un pueblo ante las hordas invasoras, roza la genialidad.
Otra particularidad es que, en las vicisitudes de la gesta, no se observa el menor rasgo de solemnidad, lo que de ningún modo resta grandeza a la misma. Es que si Ferré hubiese suspendido por un momento el delirio que venía imponiendo para ponerse serio –tentación frecuente en otros, y en el mismo Ferré posterior a Pi-Pío-, los resultados no habrían sido los mismos. La sabiduría narrativa del autor, la absoluta confianza en el lenguaje creado, hacen que redoble la apuesta, multiplicando extravagancias y disloques cómicos.
Todo vale: el rescate de la vaca “Pipiovidia” en tareas de inteligencia, un ejército de perros y gatos al que cuesta dominar, Paco-Pum encabezando la invasión desde un carrito de bebé, el sheriff-pollo donando sangre a un humano.
Después de la inundación, cuando las aguas bajan y el malón entra en Villa Leoncia, los vecinos se refugian en su máximo baluarte, el banco. Los indios se disponen a sitiarlo, pero a consecuencia de haber destruido el dique, paradójicamente comienzan a sufrir de sed. Los sitiados, en cambio, gracias a las previsiones arquitectónicas de Calculín, tienen reservas para meses. Paco-Pum va a mendigarles un vaso de agua, pero el sheriff exige como paso previo la rendición. Al dar cuenta de la situación a sus huestes, el bandido rompe en llanto. Los indios aprovechan para beber sus lágrimas. Antológico.
El agua vuelve a jugar sobre el final, pero congelada. Paco-Pum, Pepe el Largo y Toto marchan al destierro en Groenlandia por vía marítima en un enorme témpano. Fueron encerrados allí mediante un procedimiento ideado por Calculín, en base a hielo seco y ventiladores. O sea, una última tortura adicional para los desterrados.

Para suavizar tanta crueldad, desde el puerto, los despide la banda de música de Villa Leoncia con un tango de Gardel.
Definitivamente, Ferré no se privaba de nada.

domingo, julio 25, 2010

PI-PIO, EL POLLITO QUE IMPONIA EL ORDEN (3b)

3-MADUREZ: “JUSTICIA EN EL FART-WEST”
b) ASALTO AL BANCO
Calculín no sólo buscaba a su antiguo amigo, sino también el permiso de éste para establecer el primer banco de Villa Leoncia. Pi-Pío se lo concede, con lo que su rol de autoridad abarca un nuevo atributo: el de otorgar con libre arbitrio espacios públicos para uso privado. Es el primer paso hacia la "institucionalización” del pueblo. Así lo expresa Calculín en el discurso de inauguración de su entidad (el "City Bank"). Desde el palco oficial, donde sólo el sheriff ostenta cargo (al igual que el banquero, los otros ocupantes son personajes destacados de esa sociedad), el niño sabio proclama: “…Y espero que este día sea un escalón más del engrandecimiento de Villa Leoncia, que desde la llegada de Pi-Pío avanza por la senda del orden, de la seguridad y del trabajo…”. A lo que los vecinos responden, exaltados, vivando al pueblo, a Pi-Pío y al progreso. Entre los “vivas!” y “bravos!”, se cuela un “olé!”.
En "Secuestro de Maida", Ferré solo había quebrado la métrica de cuatro tiras por página, de dos o tres cuadritos cada una, planteando tiras con un único cuadro. Llegados a este tramo, se vienen observando viñetas gigantes, que ocupan el espacio de dos tiras y cuatro cuadros (en adelante, esta transgresión se hará frecuente y será utilizada, sobre todo, para momentos épicos).

El nuevo formato aparece en la construcción del banco y en la celebración de su apertura, con la banda de música entonando el himno a Villa Leoncia, donde nuevamente se exalta el progreso. Por si quedaran dudas de quienes son sus artífices, Ovidio remata al son de platillos: “Tara-Tachín…Tachín… Tachín… Vivan Pi-Pío y Calculín”.
Mientras Paco-Pum y sus secuaces traman desde la cárcel el asalto a la recién estrenada entidad, el sheriff, Ovidio y Maida, "regresan a su casa”, según reza la didascalia. Hasta donde sabíamos, por el episodio del secuestro, la niña tenía casa propia, donde vivía junto a sus padres.
Acto seguido vemos a Maida cebando mate a Pi-Pío (flagrante transgresión al ambiente del far-west).
Daría la impresión por estos datos que –sin que sepamos cuándo, cómo ni dónde- se ha formalizado algún tipo de vínculo supra-amistoso entre ambos. Sus propias características -niña y pollito- hacen descartar la hipótesis que la corriente institucionalizadora los haya alcanzado, uniéndolos en matrimonio (aunque en el mundo de Ferré todo es posible). Pero la sospecha del concubinato es fuerte. Se refuerza poco más adelante, cuando se los ve en plena noche, en ropa de cama, en el mismo dormitorio. Claro que también está Ovidio, con gorro de dormir...
Descartando el extremo del trío amoroso, y aún cuando se rechace la existencia del vínculo antedicho, es innegable su sugerencia. La que ya en sí misma constituye un grado de audacia realmente inusitado y loco (por la índole de los personajes) para los parámetros de la historieta cómica infanto-juvenil de la época. No registro precedentes de semejante osadía; al menos en Argentina, donde para ver hogares –normalmente- constituidos hubo que esperar a Mafalda.
Por lo demás, la narrativa transita por carriles más, menos lógicos, siempre dentro del esquema delirante de la serie. Paco-Pum simula regenerarse e instala una panadería desde la que cava un túnel hacia la caja fuerte del banco, guiándose primero por el viento y después por un imán. Perpetra el atraco. Es perseguido –he aquí un tercer cuadro gigante, que abarca dos columnas completas- y capturado por Pi-Pío.

Detengámonos ahora en el juicio público que se le efectúa al malhechor.
El bando que lo anuncia –de forma remisible a la España medieval, dicho sea de paso- formula en sus considerandos: “¡¡Atención!! El sheriff, usando de las atribuciones de su alto cargo, dispone: 1º) Que mañana a las 9 horas, y si el tiempo no lo impide, Paco-Pum será juzgado públicamente en la plaza principal. 2º) Queda invitado el vecindario de Villa Leoncia a este acto de justicia. 3º) Mañana cerrará sus puertas el comercio. 4º) Divúlguese, coméntese y archiveseee…”.

El juez, ubicado en el centro del estrado tribunalicio, con toga, birrete y martillo incluido, es por supuesto Pi-Pío, quien a esta altura se ha irrogado indubitablemente la suma de los poderes públicos. En cualquier película, novelita o historieta que transcurra aún en el pueblo más perdido del far-west, son infaltables, a más del sheriff, el alcalde y el juez de paz. Ferré no los creyó necesarios, le bastaba con el pollito bueno y valiente. Y con la sabiduría del niño prodigio, de yapa. Para qué más?

Ante el supuesto arrepentimiento de Paco-Pum, Calculín propone “usar la balanza de la justicia para pesar la conciencia de nuestro reo”. El procedimiento, descripto en dos grandes cuadros contiguos, se parece demasiado a la tortura del submarino. La conclusión que se extrae de allí, es que el bandido "apenas tiene conciencia", lo que podría traducirse en que a gatas alcanza la categoría de ser humano.
Resta revisar la lógica subyacente en el uso de las grandes viñetas.
a) Construcción del banco: cimientos de un “orden y progreso” basado en lo económico;
b) Inauguración del banco: institucionalización del “orden y progreso”;
c) Persecución de la banda de Paco-Pum, luego del asalto: transgresión del “orden y progreso”;
d y e) Balanza de la justicia: reinstauración del “orden y progreso”.
Y todo este andamiaje conceptual es determinado en exclusividad por el sheriff (recibido por correspondencia) y su amigo financista. La población se halla ubicada en un rol meramente secundario: el de coro aprobatorio.
A esta altura, resulta evidente que al análisis argumental y gráfico de la serie se ha sumado el aspecto ideológico de la misma, andarivel que seguiré recorriendo, aunque con una aclaración (que supongo no alcanzará, de todos modos, para calmar los ánimos de los fanáticos ferretianos). Creo firmemente que sin este matiz de incorrección política verificable en García Ferré, y con origen posible en una no revelada –hasta donde se- simpatía por el franquismo, Aventuras de Pi-Pío no hubiera sido la cumbre historietística que hoy es.

sábado, julio 24, 2010

PI-PIO, EL POLLITO QUE IMPONIA EL ORDEN (3a)

3-MADUREZ: “JUSTICIA EN EL FART-WEST”
A partir del tercer episodio de Aventuras de Pi-Pío (Billiken Nº 1741), la palabra fin, como se ha adelantado, desaparece, dando paso al (continuará) que la serie exhibe de forma permanente (alternando algunas didascalias con interrogantes) hasta el momento mismo en que se deja de publicar. Sin embargo, García Ferré sigue dividiendo los distintos capítulos mediante la renovación de logos alusivos, aunque no siempre incluyendo títulos en ellos, ni correspondiéndose inmediatamente dichos cambios a las unidades temáticas, como se verá más adelante.
En rigor, a este tercer episodio, unificado bajo una misma franja de presentación, cabría dividirlo en tres sub-unidades temáticas. La primera, de 15 páginas, a la que denominaré “Secuestro de Maida”, se extiende hasta el nro. 1755, la segunda (“Robo al banco”, 17 páginas) transcurre entre el 1756 y 1773, y la tercera ( “Inundación de Villa Leoncia”, la más extensa, 24 páginas) desde el 1774 al 1798. Así, durante un año y un mes (27.4.53 al 31.5.54), los lectores de Billiken siguieron las distintas vicisitudes del pollito en Villa Leoncia, su lugar de asentamiento luego de la etapa errante.
Es dicha continuidad de espacio, junto a la de tiempo, la que permite englobar este extenso episodio de 56 páginas en total, más allá de los giros argumentales que en él se verifican, bajo el título otorgado por Ferré: “Justicia en el Fart-West”.

Es menester acotar que, con respecto a la palabra “Fart” (“pedo”, en inglés), cabe la duda si el autor la utiliza por error, en vez de “Far” (“lejano”), o si se trata de un guiño transgresor destinado a entendidos.
Lo que resulta certero es que a partir de este episodio, y después de apenas dos ensayos de aventuras continuadas, la serie alcanza prontamente un alto punto de madurez creativa, asentando y expandiendo todos los elementos expresivos que hasta aquí se perfilaban.
Esta opinión parece ser también la del propio creador, en tanto, varios años después, elije “Justicia en el Fart-West” como punto de partida para la republicación de Aventuras de Pi-Pío en Anteojito.
Así, Ferré dejó afuera aproximadamente un año de tiras en Billiken, con la consecuencia de borrar el pasado de lustrabotas y de linyera del pollito. De modo que los lectores de Anteojito lo conocieron de arranque con un status superior, aunque más tarde, avanzada la serie, los dos episodios omitidos fueron también reeditados.
a) SECUESTRO DE MAIDA

Nada más que con la didascalia de inicio se derrumba cualquier expectativa de asimilación de esta historia a parámetros clásicos de aventuras del oeste. El protagonista, que "al servicio de la ley y el orden", llega a Villa Leoncia para hacerse cargo de "mantener la justicia", no es un cow-boy, curtido en cientos de duelos y acostumbrado a tratar con forajidos, sino un pollito “recién recibido de sheriff, en unos cursos rápidos por correspondencia”. Además, el nombre del lugar donde va a ejercer dicho rol suena a aldea española, como también tienen esa resonancia los apodos de los bandidos (Paco, Pepe). Claro que el apelativo del caballo, Ovidio, remite a los clásicos latinos. Con lo cual, lo apuntado respecto al vocablo “Fart”, parecería no solo intencional, sino además corresponderse con la confusión mental que genera al lector semejante mescolanza. Eso sí… en la viñeta final de la entrega recuperamos la coherencia: Ovidio habla en inglés. Lo que nos hace olvidar el hecho que sea cabalgado por un pollo.
Con Pi-Pío en el rol de sheriff, instalado en Villa Leoncia, acompañado por su caballo parlante, y enfrentado a Paco-Pum y Pepe el Largo, en apenas una página, se han presentado los principales elementos que sostendrán la serie durante largo tiempo.
Si bien en este tramo aparecen otros bandidos, sólo se destacan los mencionados, con una distinción jerárquica: Pepe el Largo monta un caballo de madera y porta una bocina. Paco-Pum, en cambio, que remata sus frases con la onomatopeya “Pum!”, cabalga de verdad y dispara un trabuco.
Sobre el final, aparece un comprador de ganado robado. Aunque aún no se lo identifica por nombre, se trata de Toto, quien terminará integrando la banda en forma permanente.
Una emboscada al flamante sheriff y el consecuente intento de forzarlo a la renuncia, inaugura la larga cadena de tropelías, engaños, secuestros, extorsiones, seudo arrepentimientos, encarcelamientos, huidas, etc. que caracterizarán el historial delictivo de Paco-Pum y sus secuaces.
Precediendo en pocos años al Joe Dalton de Lucky Luke, con el que se emparenta en fisonomía y carácter, Paco-Pum por momentos se conduce tan elemental e infantilmente como Averell. Sus ardides se ven favorecidos por la ingenuidad casi pueril de los “buenos”. Como cuando se presenta ante Pi-Pío con un disfraz de mendigo limitado a una camisola raída y un bastón, manteniendo la característica de su rostro embozado, y el pollito no lo reconoce. Eso sí: se priva de decir “Pum!”, sólo lo piensa. Es Ovidio quien, mediante un olfato más propio de perro que de caballo, advierte el engaño.
También Maida, una vecinita del pueblo, es burlada en su buena fe: al llevarles comida a los forajidos encerrados, cede a sus pedidos y les entrega la llave de la celda. Termina siendo secuestrada, lo que constituye el eje central de esta sub-unidad argumental. Para que Paco-Pum revele el paradero de la niña, Pi-Pío recurre al “método básico-chino”, que consiste en la tortura de cosquillas en los pies (con el correr de la serie, se constatan procedimientos menos inocentes). Maida es finalmente rescatada, y el agradecimiento para con su salvador tendrá consecuencias, como se comprobará en la próxima sub-unidad.
No obstante el fracaso, Paco-Pum continúa su raid con el abigeato antes mencionado. Para desbaratarlo, será Pi-Pío quien esta vez se camufle -junto a su caballo- como vaca “Pipiovidia”.
En el medio, innumerables gags textuales y visuales pueblan los cuadros. Vaya uno de cada uno, a modo de ejemplo:
- Ovidio: “¡Hola, Paco! ¿Cómo estás? ¿Me remember o no te acuerdas de mí?”
- Paco-Pum se tirotea con los colonos que vienen a liberar a Pi-Pío, alertados por Ovidio (rol salvador que el caballo cumplirá a menudo). En tanto lo hace, el bandido se sirve soda de un sifón.


Ya impuesto el orden, Pi-Pío extiende su autoridad de sheriff a la de policía de tránsito. Desde una gaveta de madera sostenida por un botellón y coronada por una tapa de olla, dirige la circulación de carros de verduleros y maniceros, cuando advierte la llegada de un único automóvil. Trae un trailer repleto de dinero, y lo conduce Calculín, quien andaba a la búsqueda del pollito. Cartón lleno.