Sin embargo, la comparación con Gottfredson no implica que Quinterno no haya abrevado también, para los episodios del indio, en la animación disneyniana, cuyos dibujantes eran otros, pero bajo un mismo patrón (en ambos sentidos de la palabra).
No termina aquí la cosa, hay más elementos asociativos.
La tira de Mickey era distribuida por la King Features, con Disney reteniendo totalmente los derechos. En el ’35, Quinterno crea el primer sindicato de historietas de la Argentina, que lleva su nombre, después de perder los derechos de Julián de Montepío. Entre el ’33 y el ’35 realiza varias visitas a los estudios Disney. Incluso Muzio, lo ubica viajando bastante antes y afirma que allí estudió animación. La autora no me resulta muy confiable por sus muchas imprecisiones. Sin embargo, alguna credibilidad puede concedérsele a este dato, ya que el proyecto de llevar al indio a la pantalla databa del ’32 (ver La Bañadera, pág. 23), concretándose por fin diez años mas tarde, con el estreno de “Upa en Apuros”. Como editor, Quinterno, al igual que Disney, no se queda con una única publicación, sino que las multiplica, dando protagonismo a los diferentes personajes, en cada una de ellas... Vidas paralelas?
Quién marca definitivamente, entonces, la carrera de Quinterno? No sólo como dibujante, sino integralmente, claro. Taborda? los caricaturistas de principio de siglo? Gottfredson? los animadores? O es el imperio Disney, en su conjunto?
Una concepción gráfica, es también -necesariamente- ideológica. Ni siquiera hay que citar a Dorfman, ni a Eco, ni a Masotta, ni a Steimberg. Dicho aserto esta instalado en la cultura, y transcurriendo la primera década del siglo XXI, sólo puede ser negado por mentes muy cerradas.

En el principio fue el círculo, trazado por Disney para dar vida a Mickey. Esa misma deidad circular a la que Quinterno, en el año ’36, ya se hallaba totalmente convertido, abjurando del legado de sus antecesores vernáculos, que profesaban otra religión. Y el círculo no es sólo una figura geométrica, claro. “Todo dicho con parábolas redondas, con frases redondas, con figuras redondas”, afirma Steimberg, sobre la estética integral del indio. Y añade: “...lo simple, lo redondo, lo chato”. O sea -abundo yo-, un mundo sin ángulos, sin aristas, sin posibilidad de conflicto. Donde el orden instaurado no se puede dar vuelta, porque desde el lado que se lo mire, permanece igual. El punto de partida es también el punto de llegada. Todo lo que está dentro de él, ya ubicado en un lugar, allí se queda. Para siempre. Un mundo sin salida.
Entonces, si la gráfica se traduce en ideología, cualquier referencia a lo estrictamente artístico cae, de inmediato, cuando se entra en un análisis macro. Por ejemplo, como hace Dorfman, desde el plano de los mecanismos de producción. Desde un modelo ideológico, para decirlo muy clarito. Que, en el caso Disney, con todas las limitaciones que pueden existir en un país subdesarrollado, Quinterno siguió a pies juntillas. Tanto por afinidad de principios, como por razones creativas, como por intereses comerciales. Elementos que algunos, desde una lógica maniquea e ingenua, creen incompatibles. Tampoco es necesario que la CIA dictara a Disney lo que debía hacer, como se ha intentado chancear, en un inconsistente intento de refutación, y desde un reduccionismo burdo. Ni siquiera es determinante que Disney fuera demasiado conciente de los alcances de su discurso. Ni que él, a su vez, bajara línea “artística” (= ideológica, repito) a sus colaboradores. Era tan buen hijo de su época y de la sociedad en que se desarrolló, que se convirtió -desde el círculo inicial con que trazó a Mickey, en adelante- en paradigma del capitalismo. Y le sirvió muy bien a éste para los muchos planes que tenía, sobre todo, respecto al resto de América. Planes que Quinterno, a pesar de su declamado “nacionalismo”, compró en paquete, a través de Disney. Sin duda otros, antes que Disney, habían probado con el círculo, y siguieron haciéndolo después. Pero fue Disney quien lo consagró mundialmente. Todo nace en el Norte, amiguitos, no por estos sufridos lares. Si algo se engendra aquí, termina abortándose.
Y por si no hubiera suficientes pruebas del rol de caballito de Troya del imperio Disney, respecto a la inoculación capitalista, ahí está para demostrarlo el brutal ensañamiento que tuvo la derecha chilena con Dorfman, que fue el primero en deschavarlo. Los enemigos de la Unidad Popular no se cagaron de risa con “Para leer al Pato Donald”. Al contrario, se enojaron mucho. Y no precisamente, por razones “artísticas”, ni porque se ofendiera al “ídolo puro e inocente de la niñez”, como proclamaban sobreactuando indignación.
Desde lo expuesto es que sostengo la influencia integral del “estilo Disney” en Quinterno, siendo el estilo de dibujo - ya sea el que proviene de los historietistas o de los animadores regenteados por el yankee- sólo uno de sus aspectos.
Y yo realmente lamento que el modelo que finalmente tomara Quinterno haya sido éste. No por una cuestión ideológica, dado que al propio Quinterno, aún sin Disney, hay mucho para criticarle en ese aspecto. Sino porque -ya ubicados en el estricto terreno del dibujo- la impronta original y realmente valiosa, heredera de un estilo nacional que recién empezaba a afirmarse, y que marcó su primera etapa, la del dibujante de Panitruco, Quaranta, y aún Gilito, Julián y el inicial Patoruzú, terminó en un trazo masificado mundialmente, frustrando una evolución propia que podría haber rendido frutos maravillosos.
Leí por primera vez a Patoruzú en una edad donde lógicamente no podía hacer este tipo de disquisiciones. Sin embargo, cuando lo retomé de adulto, me había quedado fijado en el gusto por el estilo de la época en que lo había conocido, o sea principios de los sesenta. Paradójicamente, la persona que me hizo reparar, hace más de veinte años, en las diferencias gráficas con todo lo anterior de Quinterno y que me indujo indirectamente a investigarlas, fue un dibujante. Claro que perteneciente a la minoría del gremio entrenada para pensar por sí.
Bien... Durante casi todo el fin de semana tuve cortada la conexión a Internet, lo que me ayudó para que, en vez de calentarme y contestar al toque a los que vienen a opinar acá, y a los que se suman tomando partido sin entender nada (imbéciles envidiosos y resentidos que -mea culpa- a esta altura de mi vida, tendría que haber aprendido a ignorar), me dedicara a ordenar datos precisos, recopilar imágenes, y escribir serenamente este extenso post. Me he ocupado en sobreexplicar hasta lo obvio, no obstante que el asunto tendría que haber estado ya archientendido con mis numerosas contestaciones anteriores a desafortunados comentarios... supongo que a esta altura todos sabrán a qué me refiero.
Recién hoy leo lo último que me han dejado y no veo que enerve en nada el contenido de lo expuesto. Quizá merezca una mención la cita al maestro Grillo, que con todo el respeto que me merece, no es el primero en señalar la similitud Patoruzú-Popeye. Si bien la aparición del marino es del ’29, y hay coincidencias en los musculosos brazos de los personajes, ir más allá de eso resulta forzado. La “redondez” no es la línea predominante en Segar, y ni punto de comparación entre el delirio surrealista que frecuentan sus criaturas y los mundos “correctos” de Quinterno o Disney. De todos modos, aún admitiendo el tema de los brazos, una cosa no quita la otra.
Y para ir finalizando, como usé argumentalmente en el debate el reportaje a Uderzo, me adelanto en la traducción secuencial, y reproduzco este fragmento a modo de frutilla del postre:
“Morris, Franquin, Peyo y yo, pertenecemos a esa generación de dibujantes muy impregnados del estilo Disney. Nuestra primera intención no era hacer historietas, sino dibujos animados. Todos empezamos nuestras “carreras” en un estudio de animación. En lo que a mí concierne, trabajé un año sobre un film y comprendí que no era en absoluto mi vocación. Tenía en la cabeza la magia disneyniana. Entré en un equipo técnico para ejecutar un trabajito mezquino. Un gran engaño, debutar de esa manera. Fue extremadamente frustrante. Estaba contratado para reproducir el estilo del realizador, que en esa ocasión era muy malo. Me perjudicó tanto que después tuve que reaprender a dibujar. Yo no era más que el eslabón de una cadena y tenía la orden de liquidar una cantidad de trabajo considerable: 24 imágenes por segundo. Hubiera sido lo mismo hacer doce y filmarlas dos veces, no cambiaba nada! Tenía la impresión de trabajar en una fábrica. Todos los días, se apuntaba el número de dibujos que había hecho. Si el objetivo diario no era alcanzado, me reprendían. Con mi temperamento independiente, me sentía totalmente confundido. Abandoné eso y naturalmente, caí en la historieta. Pero me ha quedado el deseo de hacer mover los personajes, y el amor por el dibujo grotesco. Por esa causa, en mi trazo, los personajes tienen la nariz gruesa y amplitud de movimientos: quiero ver a mis héroes evolucionar como en el cine.”
C’est tout dire.
No es una frase de Uderzo, sino mía, y si la escribo en francés, es porque quizá así se entienda, vaya uno a saber cómo funcionan los mecanismos de intelección de cierta gente...
Quedará claro con esto la asociación entre dibujo de historieta y animación?
Quedará claro con esto que sí existió un “estilo Disney”, y que fue mucho más allá del dibujo?
Quedará claro con esto que no cabe la posibilidad de un análisis “estrictamente artístico”?
Que ni siquiera tiene sentido hablar de “creación”?
No sé... al menos para mí, la metáfora de Uderzo es “redonda”: el que se traga lo que fabrica la gran máquina de sueños del capitalismo, puede terminar tragado por ella.
Y de última, muchachos, sigan “mandando fruta”, yo ya hice todo lo que está a mi alcance por “desasnarlos”...
Ahora sí, no hablo más del tema.
Saludos en singular, mi estimado Amillan, del “astuto refutador”.