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sábado, octubre 20, 2018

QUEREMOS TANTO A QUINTERNO

Quinterno era xenófobo y racista.
Basta ver algunas tapas del semanario Patoruzú para comprobar cómo trataba a los inmigrantes. No sólo a los judíos, con los que directamente se ensañaba. Hay una portada (nro. 47) con el indio mirando despreciativo a un tano borracho que se le arrima, en tono jocoso. Y otra (nro.108) con el rostro en primerísimo plano de un ingenuo Patoruzú, rodeado de taimados de distintas nacionalidades, dispuestos a caer sobre su presa .



Quinterno era un nacionalista de derecha.
Bien lo señala Steimberg en su análisis de los primeros editoriales de la revista ("Hemos visto, chei…"), que tocaban la política nacional desde la óptica del conservadurismo. Prontamente vio que no le convenía politizar la publicación, y se dedicó a abordar temas municipales, tipo "hay que arreglar las veredas, canejo!". De todos modos, cuando uno observa la ideología chovinista, derechosa, primaria, de la mayoría de sus fanáticos (pueden consultarse los comentarios a los primeros posteos de este blog), cae en la cuenta que Quinterno siempre siguió haciendo política, aunque de forma solapada..



Quinterno era militarista.
No me voy a detener en el pundonoroso Coronel Cañones, por lo obvio. Sí en una tapa de Patoruzú, la del 22 de mayo del '39 con el indio tocando la trompeta sobre una foto de fondo con el imponente desfile del Ejército. Una época que –para quien no esté al tanto- dio en llamarse Década Infame. Una fecha –para quien no esté al tanto- muy cercana al inicio de la Segunda Guerra. Con un Ejército –para quien no esté al tanto- marcadamente germanófilo.


Quinterno era antiperonista.
Lo he contado varias veces: discriminaba a Rapela con El Huinca por su postura política, que se traducía en la historieta.

Quinterno negó un genocidio.
Borró de un plumazo la campaña del desierto, trocó Historia en historieta, la tergiversó, la dio vuelta, y por arte de birlibirloque convirtió a un indio en dueño de media Patagonia. Viajó allí en su juventud -narra la mitología quinterniana- y conoció a los tehuelches, fuente inspiradora de su creación.  En la realidad, para fines de los veinte, los últimos representantes de esa tribu eran sirvientes en casas de familias bien de Capital o momias en el museo de La Plata.


Quinterno negaba sus orígenes.
Así como le inventó una prosapia egipcia a su criatura, mandó a confeccionarse un árbol genealógico a medida,  falseando un pasado de nobles piamonteses. En la realidad, su abuelo había sido un humilde inmigrante dedicado a la agricultura. Cuando echó buena y empezó a codearse con otros terratenientes con olor a bosta, que frecuentaban ambientes selectos y jugaban al golf (mundo que ya conocía por su mentor, el Mono Taborda), creyó necesario redibujar su cuna.



Quinterno era un comerciante poco escrupuloso.
Cuando Repetto, en su ausencia, le contrabandeó tapas de El Huinca en el semanario Patoruzito, y  a su vuelta advirtió que eso elevaba las ventas en el interior, le mandó a ponerlas más seguido, como si nunca antes las hubiese vetado.  Reinventó a sus personajes permanentemente, también en función de la conveniencia editorial. Peleó siempre a muerte sus derechos intelectuales, al punto de crear el primer sindicato argentino y demandar a quienes usaban sus imágenes sin permiso, pero no respetó los de otros creadores (caso Mazzone con Capicúa).


Quinterno manejaba su personal con criterio paternalista.
Cierta vez que se salvó de milagro de un accidente automovilístico, cerca de Luján, lo interpretó como una señal divina y le aumentó el sueldo a todo su staff. O sea, no por los merecimientos de los otros, sino porque los ligaba a su suerte, tipo patrón de estancia.  El indio, al igual que su creador, cultivaba la "caridad".


Quinterno manejaba su personal despóticamente.
La obsesividad para con el tratamiento  que otros dibujantes debían dar a sus criaturas derivaba en permanente maltrato.

Quinterno era un puritano.
Un pilar de su staff, como Divito, terminó cansándose que le alargara las faldas a sus chicas, y se fue con la música a otra parte (lo bien que hizo). Isidoro, en su faz tardía y decadente de play-boy mayor de Buenos Aires, jamás cogía.  La moral de Quinterno era anodina, de catequesis. Se evidencia con su famosa descripción de Patoruzú, "el ser ideal que todos quisiéramos ser".


Peeeero…

Quinterno era un genio.
Creó la dupla más compleja de personajes historietísticos nacionales. Patoruzú e Isidoro son opuestos complementarios tan ricos que sus aventuras podían sustentarse sólo con ellos. Cada vez que tuvo que refundarlos, por necesidades editoriales, lo hizo para mejor, en una especie de forzado pero magistral work in progress. Además ideó para acompañarlos a una criatura fenomenal (en el sentido de grandiosa y de fenómeno), un salvaje extraño y querible, que era el necesario talón de Aquiles del indio: su hermano Upa. Adicionó otros allegados fuertes en matices, La Chacha, Ñancul, Patora. Y como si fuera poco, dotó al indio de un flete portentoso, Pampero. Ni hablar de la imaginativa galería de villanos, con Gastón y Mandinga a la cabeza, sin olvidar al Chino y al Hindú. Y finalmente, la pirueta magistral, la última refundación: la versión infantil del cacique, tanto o más eficaz que la adulta.

Quinterno era un enorme dibujante.
Personalísimo en sus principios. Aun cuando empezó a evidenciar la influencia de Disney (de Floyd Gottfredson, para ser precisos), siguió siendo un grande. Las primeras ciento y pico de tapas del semanario Patoruzú son, cada una de ellas, obras de arte.

Quinterno era un extraordinario historietista.
El pulso narrativo de Quinterno podría equipararse a los más grandes a nivel mundial. Sus secuencias son impecables, plagadas de acción, de un dinamismo exorbitante. Las nuevas generaciones tendrían tanto para aprender de él, si dejaran de lado el onanismo de las viñetas inconexas, hechas al sólo efecto de lucimiento del dibujo.

Quinterno era un editor exigente.
El semanario Patoruzito ha sido una de las mejores publicaciones de historietas de la Argentina. Reunió a los más grandes, tanto en la rama cómica (Battaglia, Ferro, Blotta) como en la seria (Breccia, Wadel, Rapela, Lovato). El semanario Patoruzú, aparte de la excelencia de sus dibujantes, se destacaba en el humor escrito. Los Libros de Oro rebozaban calidad de la primera página hasta la última. Los pocos números que duró Patoruzito Escolar fueron un ejemplo de revista infantil moderna para la época, superior a la anquilosada Billiken y a la ñoña Anteojito. Quinterno sabía reconocer el talento, y a pesar de los abismos que los separaban, convocó nada menos que a Oesterheld para esa empresa.


Quinterno, en fin, sus creaciones, fueron mis primeras lecturas infantiles. Con Quinterno empecé a amar la historieta.
Quiero tanto a Quinterno, a pesar de Quinterno.
Por eso hoy, terminados  los festejos de los 90 años del patagón, viendo tanta pavada repetida aquí y allá, quise dejar estos apuntes, que resumen-explican por qué me he ocupado durante décadas de Quinterno.
Que los cumplas feliz, indio querido! … y gracias, Maestro, por habérnoslo regalado.

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