SOBRE ESTE BLOG...

Acá vas a encontrar, básicamente, data sobre historieta cómica argentina clásica. Además, bastante de bande dessinée. Algunas reflexiones sobre el lenguaje historietístico, muchas polémicas y miles de imágenes, la mayoría de mis propios archivos. La forma más fácil de ubicar un material o autor es ir a "Etiquetas", revisar y hacer click en la pertinente. También podés escribir una palabra clave en "Buscar en este blog". Tenés mi contacto, encima. Suelo responder mails si la consulta es muy específica. Podés tomar lo que quieras, siempre que cites la procedencia. Si no citás, y te ubico, te escracho públicamente, como he hecho en varias oportunidades. Enjoy

sábado, mayo 31, 2008

PARACUELLOS: PROLOGO DE JUAN MARSE

Me acaban de traer de España "Todo Paracuellos", reciente edición que recoge la serie completa de Carlos Giménez, a la que ya me he referido en dos oportunidades en este blog (ver) (ver).
El prólogo del grueso volumen pertenece al novelista Juan Marsé, uno de los más lúcidos críticos de la posguerra civil española.
Merece ser transcripto en su totalidad...


PARACUELLOS. AVENTURAS y TESTIMONIO

Si el talento de un dibujante de historietas nada convencionales, es decir, un narrador gráfico que se propone ofrecer, además de entretenimiento, testimonio de sus propias vivencias, acotando el espacio privado de una etapa crucial en la historia social y política de este país, y si ese talento se manifiesta no sólo en la solvencia narrativa y técnica, en el vigor de trazo y en la sugestión del encuadre -sin renunciar, por supuesto, a suscitar emociones y sentimientos en el lector-, sino también y sobre todo en el dominio de algo tan sutil e inasible como el paso del tiempo y la corrupción de los sueños, el soplo de vida que transita invisible de una viñeta a otra, no cabe duda que la obra de Carlos Giménez sobre los niños internados en los llamados Hogares de Auxilio Social durante los años más represivos del régimen franquista es de una genialidad artística y documental extraordinaria.
Hoy en día, que tanto énfasis y tanta bilis ponen los nostálgicos de la dictadura en su negativa a la recuperación de la memoria histórica, una memoria que fue sojuzgada, amordazada, expoliada, falseada y humillada a lo largo de casi cuarenta años, convendría recordar la labor de los que se adelantaron en el testimonio y la denuncia de esa interminable ignominia. Convocando la risa y la sonrisa, la compasión y la indignación, liberando una dolorosa experiencia personal de vejaciones y agravios y alcanzando objetivos que van más allá de los meramente artísticos, de indiscutible originalidad y valía, la serie PARACUELLOS es un claro ejemplo de ese necesario y liberador testimonio. Los seis episodios que componen la magnífica serie son la memoria viva y herida de su autor, el retrato fiel y la crónica implacable de unos hechos oprobiosos, y estos niños que compartieron con él un largo infortunio de castigos, hambruna, frío y soledades, hace ya tiempo que han pasado a formar parte de una insobornable memoria popular que no admite componendas.
Conozco bien esas miradas sombrías y aterradas, esos gritos y esas sonrisas maliciosas, tristes o resignadas que nos dedican los chavales de PARACUELLOS. Conozco al niño que se come la pasta de dientes o la goma de borrar, al que muerde a un perro, al que recibe bofetadas dobles, con las dos manos al mismo tiempo. Ocurren cosas tan grotescas que dan ganas de reír, si no fuera porque todavía duelen. En los miserables años cuarenta de la postguerra, otros muchachos como ellos fueron mis ocasionales compañeros de aventuras en los aledaños del Guinardó y en las laderas de la Montaña Pelada y del Monte Carmelo, y su recuerdo permanece vivo en el manoseado álbum de mi infancia y en las páginas más desoladoras y violentas de alguna de mis novelas. Chavales de cabeza rapada, de cara famélica y ojos furiosos, de manos tiñosas y rodillas despellejadas, chamegos la mayoría, pandillas de niños sin escuela que deambulaban por el barrio buscándose la vida y cuyo destino acababa siendo inexorablemente el Asilo Durán o los Hogares Infantiles del Auxilio Social. Hacíamos intercambio de tebeos, sobados almanaques de El Hombre Enmascarado, Jorge y Fernando y su Patrulla del Marfil, Juan Centella, Flash Gordon, Roberto Alcázar y Pedrín, El Solitario de la Pradera, Merlín el Mago Moderno, Rib Kirby, Hipo, Monito y Fifí. Aventuras que poco tenían que ver; por supuesto, con las pesadillas infantiles de Carlos Giménez y sus compañeros de infortunio, con su poética y con su humor. Sin embargo, ahora que lo pienso, algunas de aquellas historietas, por ejemplo las de «Flechas y Pelayos», con su pretendido y repugnante adoctrinamiento del nacionalcatolicismo, ya contenían de algún modo el germen falangista de las pesadillas vividas por los niños de PARACUELLOS... En las demás historietas que leíamos por aquellos años, los villanos eran personajes fabulosos que transitaban fabulosos territorios de ficción, pero en estas historietas de Carlos Giménez los villanos habitan una sórdida realidad, son los malos que hemos conocido y tratado y actúan en una escenografía reconocible, tejiendo una funesta telaraña en la que muchos niños se vieron atrapados.
Asomándose en la esquina de alguna antigua viñeta, el Hombre Enmascarado todavía a veces me está mirando, pero aquellos entrañables monigotes y sus aventuras exóticas ya sólo viven en los rincones más melancólicos de la inocencia perdida. Los chavales de PARACUELLOS, en cambio, me miran desde una aventura testimonial, verídica, insoslayable. Si es verdad, como dicen, que todo niño inocente está condenado a ser culpable, porque no se puede ser adulto sin asumir alguna forma de culpabilidad, no es menos cierto que esos niños evocados por el lápiz de Carlos Giménez ya estaban previamente condenados por el resultado de una guerra civil y por los sangrientos Años Triunfales del bando vencedor: la España de los puños y las pistolas y del Paco Rana bajo palio, los había sentenciado.
Pero el trasfondo histórico, con ser esencial y determinante, no lo explica todo. Hay en todas y cada una de estas historietas, por mucha que sea la desolación y la tristeza que encierran, una imaginación poderosa, chispazos de humor y remansos de luz poética, fugaces y sutiles arrebatos de lirismo y explosiones de ternura que se manifiesta pese a la sordidez y la desolación del entorno. Pienso en esas dos golondrinas volando libres en un espacio limpio, colándose discretas, raudas y solidarias entre las imágenes dedicadas a dos hermanos desvalidos que se lamentan de su suerte y sueñan, bajos los árboles, con la libertad futura y un destino más digno. Muchas escenas se fijan en la retina de forma imperecedera. El momento más esperado y deseado por los niños se da el primer y el tercer domingo de cada mes, de cuatro a seis de la tarde, cuando la verja del siniestro Hogar se abre y familiares cargados con paquetes hacen su entrada casi a la carrera. A los chavales les han puesto una cazadora para mejorar su aspecto y causar buena impresión a las visitas, para que en la foto salgan pulcros y presentables y se note menos lo flacos que están y el maltrato y las calamidades que sufren. Así, engalanados con la cazadora, ese maltrato que reciben, esa humillante y miserable situación que viven dentro de los muros del Hogar; no deja de ser un reflejo de la misma situación fraudulenta, represiva y carcelaria que se vive fuera de los muros. A través de su experiencia personal, Giménez nos dice que esos niños son víctimas de la misma falacia que está viviendo el país entero durante esos años. Los más afortunados reciben de algún familiar algunos embutidos, un bote de leche condensada o unos tebeos, y dedican la tarde a comer y a mirarse comer; desperdigados por los rincones de su encierro.
Realmente, no hay mucho que decirse. Con sus humillantes cortes de pelo o con la cabeza pelona, con sus orejas hastiadas y llenas de sabañones, con el miedo en el cuerpo y el susto en la cara, los internos no abruman a sus mayores con quejas, sino que instintivamente se dejan ir por la senda más sabia: comer con endiablada fruición todo lo que les llevan y aprovechar al máximo hasta el último segundo. Alrededor de las familias rotas vemos zascandilear a los niños que no tienen a nadie, los que saben que nadie vendrá a verles ni a traerles nada, aunque también ellos lucen la engañosa cazadora de los días de visita. Son los pedigüeños haciendo la ronda, las manos en los bolsillos del pantalón corto, la expresión de cachorro abandonado. Si alguna madre o abuela les mira, entonces sonríen lastimeros y resignados, con una mezcla de astucia sentimental y pena verdadera, a ver si cae algo.
El resto del tiempo, el llamado Hogar de Auxilio Social es un mundo cerrado a cal y canto, implacable, tenebroso y cruel, en el que los hijos de los vencidos luchan por sobrevivir. Las visitas se han marchado y todos los chavales devuelven las cazadoras y empiezan los extraños negocios de la miseria, el desasosiego y la envidia, la apatía y el fatalismo. El hambre o la sed y el instinto de supervivencia les lleva a ser pendencieros, crueles y vengativos. Aquí, la memoria viva y doliente del narrador-dibujante no hace concesiones, y al abordar el juego entre víctima y verdugo y establecer la ambigua relación entre inocencia y crueldad que la represión y el vil adoctrinamiento a los chicos ha propiciado, su testimonio es realmente patético: Si me das un higo te dejo que me hosties en la cara, o te doy un caramelo si te bebes un tintero lleno de tinta, o si me das dos me bebo el tintero con una tiza espachurrada dentro, o si me dejas el tebeo seré tu esclavo durante una semana. Es un eco de la otra crueldad, la de los mayores que rigen sus vidas.Y es que también dentro de los muros de un miserable Hogar falangista los niños aprenden lecciones prácticas para la vida que les espera en el exterior; y se procuran herramientas más útiles que rezar el rosario a todas horas o hacer instrucción.
Los tebeos son el sueño y la esperanza de aventuras. Entre los reclusos del Hogar Batalla del Jarama, del Hogar de Bibona o del Hogar García Morato quien tiene un tebeo tiene, en cierto modo, el poder. La historieta de Peribáñez -el único niño con permiso de la profesora para leer novelas titulada El Vengador en su primera entrega e incluida en el volumen 6, no sólo es divertida y conmovedora por sí misma, sino que además es un espléndido homenaje a los tebeos, a su estructura, a su temática, a su intención y a su función, un homenaje a esa infancia con la imaginación siempre bajo sospecha, permanentemente vigilada y anhelante de héroes justicieros y vengadores, de aventuras y de fantasía. La vivencia de Peribáñez y su querida pluma Parker robada se me antoja un homenaje de amor y gratitud por parte de su autor, Carlos Giménez, hacia los tebeos de la época por todo lo que significaron para los niños de entonces que, además de disfrutar de la épica, el encanto y el coraje de los héroes, aprendíamos también algunas normas básicas o reglas de conducta, un poco de geografía y algo de historia, destellos de cultura general, en fin, algo que iba más allá de la estrecha y deprimente realidad que nos ofrecía el miserable nacionalcatolicismo auspiciado por la Dictadura y la Iglesia. No tengo reparos en confesar una vez más que, por debajo o en el origen de eso que hemos dado en llamar vocación literaria, más que erudición y sesudas teorías sobre el arte de novelar, en lo que a mí respecta, lo que hay es muchos tebeos y mucha literatura de quiosco, mucho parar la oreja a aventis y chismes de familia, mucho cine en sesiones de programa doble y mucho Julio Verne y R. L. Stevenson.
Para entrar en el Hogar de Paracuellos o en cualquier otro, y también para salir, uno no puede evitar toparse, en su verja o sus muros, con la araña negra del yugo y las flechas -pesadilla recurrente en mi propia infancia, sin querer ofender a las pobres arañas de verdad- y el cartel que anuncia Auxilio Social, FET y de las JONS o bien Prohibido el paso a toda persona ajena a la obra. El emblema es suficiente para helarte el corazón: un nervudo brazo armado con una flecha falangista matando el dragón del hambre -mentira, no era el hambre lo que perseguía y mataba la Falange-, según la sarcástica interpretación de los propios niños, hambrientos como dragones. Niños famélicos, violentos, asustados y obligados a desplegar la imaginación en dos direcciones opuestas, de un lado la expectativa fraudulenta y grotesca de ganar el cielo y la gloria de las pupurrutas imperiales, y del otro la expectativa adolescente de aprender a vivir siquiera en tan precarias condiciones, sujetos a su propio código moral de uso interno y clandestino que no excluye la extorsión ni la venganza, pero tampoco el compañerismo, la solidaridad, el humor y la ternura. Uno se topa con esa verja yesos muros al inicio de cada aventura, al principio y al final de cada episodio, y uno no puede dejar de considerar la terrible realidad de esta escenografía. El puño armado o la araña incluso están ahí a modo de paso del tiempo, anunciando la triste noche que sucede al día o un Hogar relevando a otro. La enorme variedad de formas y afectos de percepción que maneja Giménez, el despliegue de recursos, la gestualidad y los matices que distinguen a unos personajes de otros -la mirada de los chavales sobre todo, esos ojos capaces de expresar tanta tristeza, o alegría, o terror- confluyen todos a un mismo fin y abundan los hallazgos de orden primordialmente gráfico, llenos de intención artística y de significado. A vista de pájaro, desde el ojito de plomo de las golondrinas que pasan por el cielo, lo que hormiguea allá abajo es una especie de campo de concentración, y así parece denunciarlo la viñeta que abre o cierra de algunas historias. Vistos desde cierta altura, desde ese ideal de libertad alada volando emparejada hacia otros horizontes, los cuerpecillos enclenques y enfermizos de los niños que se mueven allá abajo, en pequeños grupos o deambulando solitarios y pesarosos por el patio, sugieren pájaros que han sido abatidos, alas rotas que anhelan un cielo abierto y libertad para volar. De mi lejana experiencia como infante lector de tebeos, el recuerdo más persistente es cierta indefinible felicidad ante los estímulos que recibía mi imaginación. Antes de aprender a leer textos, el niño aprende a leer imágenes, buscando, no sin esfuerzo, establecer con el autor una complicidad de naturaleza expresionista, estrictamente gráfica, por lo que siempre he pensado que un buen narrador visual ha de saber establecer esa complicidad, pidiéndole al lector -sea niño o adulto- un pequeño esfuerzo imaginativo, haciéndole partícipe, por así decirlo, de su creatividad.
El niño Carlos, que apenas recibe visitas y debe «negociar» para hacerse con un tebeo, dice en determinado momento: Yo, de mayor; quiero ser dibujante de tebeos. Y aquí está PARACUELLOS, donde aquel niño dibuja su infancia a través de sus recuerdos y cicatrices, recreando de forma veraz y emotiva la atmósfera, la vestimenta, la tristeza, el peinado, la tenebrosa atmósfera del encierro y la crueldad y las corruptelas que propició un sistema carcelario que, como he dicho antes, venía a ser un reflejo del régimen político y confesional que por aquellos años sojuzgaba y humillaba al país entero. En este sentido, la obra de Carlos Giménez es particularmente memorable, tanto por su realismo como por su fantasía, aunque juraría que de esto último hay poco. No concibo el talento artístico, por más que se decante hacia la realidad, sin cierta dosis de fantasía o de imaginación, aunque personalmente he estado siempre muy poco interesado en distinguir entre realismo y fantasía, sobre todo en la literatura de ficción; pero el instinto visual me dice que en estas estupendas y reveladoras historietas, el talento de Giménez como dibujante se manifiesta en la intención testimonial por encima de cualquier otra consideración. Por supuesto hay fantasía e imaginación, pero ambas están al servicio de la crónica, del documento que, además de entretener y conmover, ha de constituir un testimonio más, una pieza más en ese gran tapiz que la memoria colectiva está viendo de recuperar, pese a quien pese, para un mejor entendimiento en esta España de secular desmemoria.
JUAN MARSÉ - Diciembre 2006

jueves, mayo 29, 2008

"Vos sí que sos un loco lindo!" (...puede reemplazarse por "Vos sí que sos un rico tipo!")

Hay expresiones muy populares en distintas épocas que, indefectiblemente, terminan siendo reemplazadas por otras. Así, caen en desuso y se pierden sus significados. Supongo que es el caso de “rico tipo” o “loco lindo”, que si persisten en la memoria colectiva, lo es en calidad de títulos de antiguas revistas humorísticas. No debe faltar algún mozuelo que crea que esos términos fueron ideados por los responsables de dichas publicaciones. Entonces, vale aclarar que no es así, que fueron tomados del lenguaje de la calle.
“Rico tipo” o “loco lindo” tenían equivalente significado. Ambas expresiones aludían a una personalidad algo irresponsable, pero simpática.
“Vago”, “atorrante” deben ser contemporáneas a ellas (o anteriores, no lo sé) y aún persisten, lo mismo que el más reciente “chanta” (abreviatura de “chantapufi”). Sin embargo, todas éstas conllevan una carga ambivalente. Se pueden usar tanto en sentido de elogio o de crítica, cosa que -creo recordar- no ocurría con las otras. Quizá fue por esta razón que pasaron al olvido. Es posible que ya no queden “ricos tipos” o “locos lindos” en estado puro. Si los hay son, al mismo tiempo, “garcas”.
Aclaro que, décadas ha, ante la caracterización de alguien como jodido, he escuchado comentar “Pero mirá que rico tipo!”. Es evidente que, en estos casos, la expresión se utilizaba con un sentido irónico. Reafirmando así, contrario sensu, su indubitable connotación valorativa.
Cuenta la leyenda que Quinterno disentía con Divito acerca del largo de las polleras. Cansado éste de que se las alargasen, se largó con revista propia.
Ver la historia de esta manera, resulta algo elemental. De lo que se trata en realidad, es de distintos exponentes de la moral sexual de la época.
La pacatería de Quinterno estaba a tono con las “buenas costumbres” predominantes, y daba cuenta de una fase más de su conservadurismo. Divito, en cambio, era un adelantado que olfateaba la necesidad de renovación, aunque ésta tardara mucho en concretarse.
Sin embargo, el creador de Rico Tipo, aunque allí nadie le viniera a alargar polleras como en Patoruzú, también tuvo que camuflar su revista. Y lo hizo desde el título mismo, que pretendía entrar por el lado de la simpatía, antes que por el del erotismo.
Hace poco recorría Feria Franca y me detuve en un aviso, donde el amigo Contartesi ofrece una publicación picaresca de los ’60. Un interesado preguntaba si traía desnudos. Juan Carlos, con cierta ironía, lo ubicaba diciendo que se conformara con chicas en malla, ya que se trataba de una publicación de la época de Onganía.
Lo mismo se debe considerar con Rico Tipo. Si la leemos desde hoy, fuera de contexto, corremos el riesgo de hacerlo con una sonrisa displicente, ante su inocencia.
No me cabe duda que, si hubiera podido, Divito habría ido bastante más allá. De alguna manera, la contención del Dr. Merengue, también la tuvo que observar él. Por lo menos, en la época de los comienzos de la revista.
Porque si bien Divito murió joven, los importantes cambios producidos en la sociedad entre los ’40 y fines de los ’60, no parecen haberse reflejado en Rico Tipo. Ojeando un ejemplar del ’66 advierto que para entonces ya no había demasiada diferencia con Patoruzú. O ésta última había ganado terreno, o aquella lo había perdido, o ambas cosas. También es posible que la propuesta inicial de Rico Tipo haya anclado en un perfil de lector al que no le interesaba avanzar en audacia. Y que la revista quedara atrapada así por las leyes del mercado. Con la complacencia de su director, claro, que dejaría los excesos para la vida.
Arriesgo, apenas, estas reflexiones, dado que mi análisis de la evolución de la publicación está muy limitado por el escaso material que poseo. Tampoco se por donde pasará el del libro de De Santis, que ando interesado en conseguir. Pero lo cierto es que hubo que esperar a Satiricón para que se diera una transformación radical en el género.
Un caso distinto es el de Loco Lindo. Dicha revista, inscripta tardíamente en la corriente de Rico Tipo, nunca tuvo propósito de real transgresión, sino que simplemente buscó ocupar un lugarcito en el mercado ocupado prioritariamente por Divito.
No tengo fecha cierta de aparición en su primera etapa, pero calculo que fue a mediados de los ’50, o sea más de diez años después del nacimiento de Rico Tipo.
Su título no solo significaba lo mismo que “rico tipo”, sino que hasta suena parecido. En sus portadas, aparecían chicas que imitaban a las de la otra. Y el contenido de ambas, por supuesto, resulta similar.
Es común, en cualquier rubro, que un producto exitoso sea imitado. Pasa con los chocolatines, pasa con los programas de tevé. Las revistas humorísticas no tenían por que ser excepción. Lo cual no quita que alguna de esas secuelas llegue a tener calidad.
Es el caso de Loco Lindo, en la que dibujaban la mayoría de los que enumeré en ocasión de ocuparme de Vida Flor (donde gracias a Onganía -como bien dice Juan Carlos-, ni siquiera había fotos de chicas en malla).
Pero en Loco Lindo la diferencia la marca el gran Héctor L. Torino.
Tanto en chistes sueltos, con chicas que nada tenían que envidiar a las de Divito, como con Marilyn García, historieta que me parece excepcional.
Juzguen por sus propios ojos... De nada, señores.


lunes, mayo 26, 2008

APOSTILLAS (XVIII): SOLO IMAGENES -O CASI-

I) A PEDIDO
El maestro Grillo, a raíz de la mención a Héctor Alfonso en el post anterior, me ha solicitado que suba algo de él, y yo cumplo.

La primera imagen es una doble página de la mencionada Vida Flor y la segunda está extraída de una Capicúa de tres años después.

II) INJUSTICIAS
Un compañero de elenco me señalaba días pasados la injusticia de que Aboy haya sido eclipsado por la fama de Calé, dado que ambos cultivaban un similar estilo y abordaban el humor costumbrista.
Rastreando sus trabajos advierto que, por los '60, publicó tanto en Rico Tipo -de allí proviene esta página- como en la Patoruzú Semanal. Teniendo en cuenta la rivalidad entre ambas publicaciones, deduzco que no fue en simultáneo y que el dibujante fue finalmente captado por Quinterno.
III) RAREZA
También en el post anterior, mencioné el hallazgo de un chiste de Guillermo Guerrero haciendo referencia a la situación política de aquellos años. Por falta de tiempo no lo subí. Queda subsanado.

sábado, mayo 24, 2008

APOSTILLAS (XVII): 3 NUEVAS - 2 VIEJAS

Caras y Caretas es una revista que -con interrupciones- viene atravesando tres siglos. Como el Gato Félix (y este blog) cada tanto resurge de sus cenizas. Uno de esos resurgimientos -fugaz- fue durante el final de la década peronista. Me encontré con un ejemplar de diciembre del ’54. Allí hay dos humoristas excepcionales. Uno es el reconocido artista plástico Guido Bruveris, originario de Riga, quien hacía poco tiempo se había radicado en Argentina. El otro firma “Sep” (un seudónimo, evidentemente) y su trazo me resulta muy conocido. A ver si alguien me ayuda...

Finalmente compré y leí dos publicaciones de la colección Aventuras Dibujadas: Dante Elefante y Bosquenegro. Ambas derrochan imaginación y talento. Si alguno cree que este tipo de historietas es sólo para chicos, se las pierde por pelotudo (advertencia para algún friki que ande por acá y lea superhéroes y piense que eso sí está destinado a un público “adulto”).

Magma 1. Curiosa melánge que se repite en dos historietas: un dibujante con estilo clásico, y otro que está más para la Fierro, guionados ambos por gente que parece sobreviviente de Columba. Hay algo que incluso en un fanzine parecería pobre. “El Procesador”, en cambio, no está tan mal. Se sigue salvando Zanotto, muy lejos de todo lo demás.

Joyita: Vida Flor Año I Nº 1, S/D (se deduce fecha por aparecer al lado de una firma “63”), Editor Responsable: Luis Mazzone (hermano de Adolfo, si no me equivoco). Se trata de una revista “de chistes”, habituales en la época, y que generalmente duraban unos pocos números. Elenco de lujo: Mazzone a granel, Dol (firmando como “Ese”), Pedro Flores, Héctor Alfonso, Jorge Toro, Alfredo Ferroni, Mannken... y Guerrero, de quien no conocía chistes sueltos y menos aún políticos! Encontrada en una batea de librería de viejo. Ganga: $ 6.-

domingo, mayo 11, 2008

Sí, todo muy lindo... pero pasemos a otra cosa...

Estoy leyendo “La Argentina que ríe”, libro recomendado aquí por el amigo Luis. Está editado por el Fondo Nacional de las Artes y se trata de un muestrario de humoristas gráficos (e historietistas) de las décadas del ’40 y del ’50. Indudablemente, estamos ante lo mejorcito que se haya publicado hasta ahora respecto al género. Tienen el lugar que merecían los a menudo olvidados Torino, Battaglia, Mazzone, Calé, Francho, Medrano, Ianiro, Blotta. Están, por supuesto, los que ya venían ocupando el podio como Quinterno (a quien se trata, justicieramente, junto a Tulio Lovato), Ferro, Oski, Lino Palacio, Divito, Garaycochea. Aparece Breccia, apenas como mención, ya que se dedicó poco a la vertiente cómica. También creadores que, sin estar a la altura de los nombrados, tienen mérito, como Fantasio, Rafael Martínez, Seguí, Toño Gallo, Tristán, Columba. Y otros que eran excepcionales dibujantes, antes que humoristas, como Arístides Rechain, León Poch, Mezzadra, Gubellini, Cotta, Rodolfo Claro. O sea que el elenco está más que completo. La impresión es muy buena, aunque algunas imágenes aparecen borrosas, y otras, inexplicablemente, se repiten o carecen de texto. En las notas se deslizan repetidos errores, pero uno ya está acostumbrado.Todo lo cual no resta mérito a la publicación.
Un detallecito más... Cada autor es precedido de una reseña biográfica. Allí se constata que la mayoría de los dibujantes de esa generación (nacidos entre 1900 y 1930), habían pasado por Bellas Artes. Pavada de diferencia, no?...
Bueno, basta de libros que compilan genéricamente, señores! Ahora se imponen reediciones serias de las obras maestras de la historieta cómica argentina. A ver si los historietómanos e historietistas dejan de lado por un momento puteríos y boludeces, se ponen las pilas y salimos juntos a reclamar por algo que vale la pena. Que yo sepa, los únicos que han hablado del tema hasta ahora son los muchachos de Banda Dibujada, el amigo Da Col, en especial. Lamentablemente, la gente que eligió Clarín para proyectar las dos Bibliotecas no fue la más idónea. Tampoco hablo de ese tipo de edición, sino de una de verdadera calidad, como la que aquí reseño. Pensándolo bien, no se tendría que dejar el proyecto en manos de mercaderes. A ver, Cristina, si dirigís el dedito p'al laú del Fondo...
Tiro una lista:
-“Langostino”
-“Don Pascual”
-“Don Nicola” (el “Conventillo” de “Aquí Está!”, por supuesto)
-“Sónoman”
-“Patoruzú” (el dibujado por Quinterno)
-Tapas de Lino Palacio para “Billiken”
-Todos los personajes de Mazzone
-“Pi-Pío”
-“Antifaz”
-“El Gnomo Pimentón”
-Una selección de trabajos de Francho, con "Aventuras de los Tres Malditos" a la cabeza
-Ian con “Purapinta” y “Tóxico y Biberón”
-Dol con "Manija", "Saltapones", "Bicho y Gordi" (tengo dudas con "Resorte", que era la más prolijita, pero la menos desenfadada)
-“Pelopincho y Cachirula”
-“Ocalito y Tumbita” ...
Pueden seguir las firmas.
Ah, ojo al piojo... El formato que sea el original.
Quién no compraría una colección así, por más que los hijos tengan que pasarse algunos meses sin comer, eh? Después de todo, estas ediciones quedarán para ellos...
(El lector que no conozca alguno de los personajes y/o autores citados, puede ingresar el nombre arriba, a la izquierda, donde dice "Buscar Blog" -que quiere decir en realidad "Buscar en este Blog"-, y encontrará abundante información e imágenes, ya que me vengo ocupando de casi todos ellos desde hace tiempo)

sábado, mayo 10, 2008

BOLUDO EL QUE LEE: CONCLUSION

Conclusiones?
Hoy, a raíz de un post de Cinzcéu
(VER), me preguntaba si se le podía exigir inteligencia a la historieta en una sociedad donde la estupidez es reina y señora.
Aún cuando el sistema permita algunos resquicios, según lo desarrollado en las notas anteriores, es difícil que sean aprovechados si el panorama está como parece estar.
Entonces, no habría más remedio que aceptar que un género bastante estúpido por excelencia se torne más estúpido aún. Y que los que lo hacen y lo leen sean boludos.
En todo caso, la diferenciación se limitaría a los que siguen el manga que edita Ivrea o a algunos lectores inteligentes que todavía le queden a la Fierro.
Coincidentemente, hoy salió el número 19 de esta revista y, de lo que a mí me interesa, no hay prácticamente nada. Sin embargo, una joyita refulge allí.

Un amigo de la casa, Federico Reggiani, ha sido premiado en el concurso Hora Fierro, y muy merecidamente. El giro de contar la historia de Oesterheld desde el bando contrario y de reemplazar al narrador en off por la acción de personajes que operan una extraña maqueta con efectos especiales, resulta un hallazgo. Y de tal magnitud, que no queda deslucido por un guión menor suyo, también publicado en la misma edición (como andamo’, Fede!), con cierto tufillo sorianesco.
Por otra parte, ayer me enteré, gracias al posteo de Durán (gracias, Durán!) en un grupo, de un comentario
(VER) donde se le pegaba a Liniers en términos no demasiado diferentes a los que he expuesto aquí hace un tiempo. Lo curioso del caso es que la crítica parte de un trabajo suyo actual, “Abajópolis”, que no conocía y que me parece excelente. No sé si Liniers lo sabrá, pero uno de los pocos que recogió para el género la tradición literaria de la narrativa y el teatro en verso fue mi admirado Cézard, en “Arthur, le Fantôme Justicier”. Y en sentido paródico, como en el caso. El formalismo del verso, se lo use como se lo use, da un efecto de extrañamiento fascinante. Leo además en “Abajópolis” un posiblemente deliberado homenaje a las extrañas geografías que solía frecuentar Langostino. O sea que, si como dice el autor de la nota, Liniers está cambiando, yo creo que es para mejor.

Pero a raíz de esto me puse a rastrear trabajos anteriores suyos y descubro que lo de los cuentitos no es nuevo. Hace un año, publicó en La Nación (1 al 13 de abril de 2007 - VER), también como tiras en continuará, y denominándolo “cuento”, “El inquilino”, que me deslumbró con sus reminiscencias cortazarianas.
Más allá que el autor encuadre estos trabajos como narrativa ilustrada, se trata de auténtica historieta. Los dibujos no son mero adorno del texto. El tránsito del gris al color, los inquietantes paisajes, las fisonomías de los personajes de “Abajópolis”, narrran de forma totalmente independiente. Y “El inquilino” no tendría sentido sin la maravillosa plasmación gráfica del “Algo”. No me atrevería, a partir de esto, a afirmar que el mejor Liniers es el de las historietas y el peor el de las tiras cómicas... pero la verdá, estoy tentado.
Y desde ya compruebo que lo que gusta mayoritariamente del dibujante, no es lo que me agrada a mí, y viceversa.
En resumen, a pesar de la mirada pesimista que comparto con Cinzcéu, hoy -y solo por hoy- me encuentro con alguna esperanza que la historieta me siga interesando sin tener que sentirme un boludo por eso.
De la sociedad, en general, ni hablemos...

viernes, mayo 09, 2008

BOLUDO EL QUE LEE (2)

Bien... El petardo que tiré ha calentado el ambiente.
Opiniones: Es afortunado que los dibujantes sean las estrellas de la historieta. Boludos son los nerds. Boludos son los frikis. Boludos somos todos. La historieta es arte. Aguante el manga.
Yo no opino sobre las opiniones y sigo...
Los que estaban en el candelero en los ’50, ’60 hicieron escuela.
No tengo ganas ahora de revisar revistas viejas, pero de pibe me cansaba de ver esos avisos que proclamaban que si uno aprendía a dibujar historieta, se iba a convertir en un Quattordio. Exito. Plata. Minas...
Quiénes daban clases? De memoria cito: Pratt, Breccia, Ferro... Oesterheld tenía una escuela? Me parece que sí...
(De acá en adelante escribiré posts fragmentarios e indocumentados, sin intentar elaborar ninguna tesis, lo más caprichosos posible. Total, la lectura de mis dichos es sumamente caprichosa. Entonces, en vez de pretender que mis lectores se adapten a mí, yo me adapto a ellos y listo...)
Qué enseñarían? Qué les quedó a sus alumnos? Por qué generación vamos, progeniada por esas escuelas? Nietos, bisnietos de los que estudiaron con ellos?
Si Breccia, además de dibujar, enseñó que había que tener siempre al lado un guionista talentoso, como hacía él, parece que quedó en el olvido...
Si Pratt o Ferro hablaron de la creación integral, a esas clases faltaron muchos...
Si Oesterheld abrió cursos de guión no se debe haber inscripto nadie...
No es raro que en disciplinas que necesiten de más de un rol, cambie cíclicamente el turno del estrellato.
En el teatro ha pasado y seguido. Del reinado del actor, se pasó al del autor, que fue derrocado por el puestista, hasta que vino la creación colectiva... Ahora debe ser el turno del productor, me parece.
No es raro, pero es nocivo. Se pierde de vista la armonía del conjunto.
Como en la historieta.
El otro día, en trasnoche, aburridísimo, haciendo zapping, me encuentro con “Alien vs. Depredador”. Con el correr de las escenas no dejaba de preguntarme qué había quedado del fascinante, siniestro, íntimo vínculo entre la Teniente Ellen Ripley y la criatura alienígena.
Alguien creyó que Alien era un personaje independiente de ese vínculo. Y que Ridley Scott no era insustituible.
Leía hace poco a un dibujante -excelente dibujante- afirmar que el Eternauta era un personaje, independiente de las circunstancias en que lo planteó Oesterheld.
Sin embargo, Oesterheld dijo algo así como que el único héroe valedero era el héroe colectivo.
Eso no lo debe haber leído el dibujante -excelente dibujante- al que aludo.
El Eternauta, cualquiera de los que propuso su autor, es la historia de la resistencia a una invasión. La de un Robinson múltiple, de estos sufridos pagos.
No se debe interpretar así, seguramente.
De allí las zagas de los dibujantes admiradores del Eternauta, cual si fuera un superhéroe yankee, y los aplausos de los que quieren más Eternauta, aunque Oesterheld esté desaparecido, aunque la nevada mortal ya nos haya exterminado a todos. A toda costa.... Más!!!
Alguien, en algún momento, me recomendó "Los Libros de la Magia". Son cuatro tomos. Hace poco empecé a leerlos. Un dibujante de puta madre, capaz de pasar del realismo fotográfico al impresionismo, y hacer que todo eso llegue a tener unidad. No terminé el segundo tomo. Hasta casi finalizar éste todo había sido presentaciones del personaje a otros personajes que le enseñaban no se que cosas confusas, en un lenguaje ampuloso, digno de Robinjú.
El viejo, querido y denostado Sasturain, que es un escritor, se babea por dibujantes que protagonizan, en la Fierro que él dirige, el show del dibujo (algunos bien, otros pésimo) sin siquiera preocuparse por contar una mínima historia, en el lenguaje que sea.
Y Sasturain es también argumentista de historietas. Pa’ mí, con todo lo simpático que me resulta, no demasiado bueno ni en eso ni en la literatura. Creo que lo que mejor hace es prologar y hablar de libros por televisión.
Trillo, por supuesto, es muy buen guionista de historieta, y si no me equivoco, nunca tuvo aspiraciones literarias.
Lo que sí pasaba con Oesterheld, que era brillante en el guión, pero a mi juicio no le daba pa’ otra cosa.
Robinjú, pobre, tiene las mismas aspiraciones, pero ni siquiera puede escribir una mediocre historieta.
Tipos que sean muy buenos en los dos terrenos, como Jodorowsky o Copi, deben ser contados con los dedos de las manos.
Es el guionista de historietas, en general, un literato frustrado?
En una de ésas, el género historietístico ha quedado huérfano de argumentistas, dado que ahora, en la novela o el cuento, se aplaude cualquier cosa.
O quizá sea que los dibujantes no les dan pelota, se creen omnipotentes, suponen que la historieta es sólo dibujo...
Vaya uno a saber...
La cuestión es que yo, que soy un boludo, sigo leyendo historietas. Aunque me aburran soberanamente, aunque las deje por la mitad...
Hasta hago caso a alguna recomendación de personas que estimo y me pongo a leer a Tezuka, y apenas pasadas unas cuantas páginas, me pregunto: qué hay de nuevo acá? qué cosa que no haya visto -mejor hecho- en los clásicos yankees? Si no me lo dijeran... me daría cuenta que este tipo es ponja? Y me aburro de nuevo y lo dejo.
Cada tanto, pa’ recuperar la fe en el género, agarro una Don Nicola, o una Capicúa, o una Patoruzú, o revisito a Breccia... O me voy de paseo un rato con los queridos franco-belgas...
Y aunque no me aburran tanto, me doy cuenta que tampoco los puedo leer ya con el entusiasmo de los 10, los 15, los 20....
Será que habré madurado?
No puede ser!!! Yo quiero seguir siendo un pelotudo!!!
(continuará)

miércoles, mayo 07, 2008

BOLUDO EL QUE LEE

Me enteré recientemente, a raíz de que alguien lo sacó a relucir en un grupo, de un viejo reportaje a Altuna en Clarín donde éste decía- más o menos- que el tipo de 30 pirulos que sigue leyendo el Hombre Araña, es un pelotudo.
Parece que en su momento se armó un escandalete a raíz de eso, y que Altuna, en posteriores declaraciones, se desdijo un poco, echándole la culpa -como es costumbre generalizada- al periodista que lo entrevistó. Digresión: si saben como es el periodismo, no se pa’ que se someten a él... en cambio, si uno busca notoriedad, doppo hay que bancarse la “tergiversación”.
Supongo que en los ambientes historietísticos se produjo un cierto alivio con las posteriores aclaraciones de Altuna... A mí, en cambio, me chuparía un huevo incluso si extendiera la calificación al lector de todo tipo de historietas. Hasta argumentaría en su favor que en mi época la edad de imputabilidad comenzaba a los 18.
Para algún desprevenido aclaro que quien esto afirma, viene leyendo historietas desde su más tierna infancia y ya superó holgadamente la barrera de los 18, la de los 30, y más aún, acaba de superar la de los 50, aunque de ello no quiera acordarse.
Si redoblo la apuesta es porque no sirve encarar la cuestión por el lado de la clase de historietas que se leen, como hace Altuna. Me parece un poco arbitrario. Es decir, se reduciría a un problema de gustos: todo grandulón que no lea las historietas que a mí me gustan, es un pelotudo. Si uno es un poquito perspicaz, agregaría algún argumento jerarquizador de los propios gustos, y denostativo de los ajenos. Y si tiene herramientas, hasta elaboraría una sólida teoría que justifique su postura.
Enfoquemos, entonces, un perfil amplísimo del lector común -adulto- de historietas. Configurado por los adictos a los superhéroes o el manga, los nostálgicos de Quinterno/ Torino/ Mazzone/ García Ferré/ Columba/ Skorpio, los eternautistas, los que aplauden las experimentaciones de Fierro, los fanáticos de la historieta under, los que solo consumen lo que se publica en diarios.... Deben quedar varios especimenes de la fauna en el tintero. Sáquenlos de ahí, si lo desean.
Cada uno de estos sectores no vacilaría, en caso de ataque a sus héroes, de calificar de pelotudos a los del bando contrario por leer lo que leen.
Pero todos -excepto yo- se escandalizarían si la calificación fuera dirigida al público del género, en general.
Y el riesgo existe, porque la historieta -mal que les pese a historietistas e historietómanos- sigue conservando el estigma de ser un género para chicos, pero consumida por adultos con rasgos infantiloides. Por lo menos acá, en la Argentina. Y la coraza de replicar indignados “Es un ARRRRTE!!!”, resulta bastante endeble, dado que, como lo vengo demostrando desde hace tiempo, los que reclaman esa categoría carecen de argumentos serios.
Ahora... tendría razón el que nos tilde de pelotudos?
Altuna, en sus ulteriores declaraciones, dice algo interesante, que seguramente debe haber quedado tapado por el centro de atención puesto en la frase escandalosa, y que merece ser reproducido textualmente.
“Lo que yo había dicho es que, en general, gran parte de lo que se publica hoy día no eran historietas para adultos, y que de esa manera, el comic perdía la posibilidad de acompañar el crecimiento intelectual de sus lectores, con temáticas más adultas para gente de más edad y con preocupaciones y sensibilidades que van cambiando y que son distintas de las de un chico de 15 pirulos. Así, ese lector, decía yo, si llega a los 30 leyendo UNICAMENTE Spider-Man, es un boludo. Cosa que mantengo, no porque esa historieta sea para boludos, sino porque las inquietudes de la gente tienen que evolucionar y hacerse adultas” (Reportaje de Andrés Accorsi, para Comiqueando)
No se cual era el “hoy en día” de Altuna cuando dijo esto, pero hoy en día lo que se publica mayoritariamente es para mayorcitos. O sea que la categoría “temática para adultos” no revela nada. Aparte, hay demasiados exponentes con ese encuadre que cualquiera medianamente avispado no dudaría en calificar de pelotudeces o pajerías. Es más, historietas como Astérix, que supuestamente son “para niños”, las superan ampliamente en inteligencia, sutileza y calidad. Entonces, si me pusiera suspicaz, interpretaría que Altuna, en realidad, lleva agua para su molino. Revelado el subtexto, aparecería que las historietas con “temática para adultos” son las que hace él, con lo que volveríamos a lo de la subjetividad de los bandos.
Y si pusiéramos el acento en la frase “acompañar el crecimiento intelectual de sus lectores”, tendríamos que preguntarnos si existe tal crecimiento en el lector promedio de historietas. De no existir, nos encontraríamos con una tautología: un pelotudo no puede leer otra cosa que pelotudeces. Si por el contrario nos contestáramos que sí existe un lector maduro (dejemos de lado el “adulto”, que confunde), aún cuando fuera minoritario, nos hallaríamos ante una nueva pregunta: Hay material en el mercado para satisfacer las necesidades de ese tipo de público?
En una sociedad capitalista el mercado se estructura prioritariamente para cumplir con la demanda de las mayorías. Con lo que volvemos a mordernos la cola, dado que nos lleva a la pregunta de si el lector promedio de historietas es un pelotudo.
Tengo en cuenta, por supuesto, que el mercado del género es muchísimo más estrecho que el de hace medio siglo. Ya señalé la paradoja de que cuando la historieta no se llamaba cómic, ni estaba rotulada como “arte”, la leía todo el mundo y, por supuesto, se vendía en kioscos y no en librerías especializadas. Y si bien la maquinaria capitalista no desdeña abastecer a ningún sector de la demanda, convengamos en que cuanto más marginal sea, más posibilidades existen de escapar a sus implacables leyes. Sobre todo en la Argentina, que es -repito- desde donde hablo.
Entonces, concediendo que hay un margen de libertad para producir historietas con “temática para adultos” y con un nivel de compromiso y calidad (“artística”, si se quiere) que se despreocupe de los gustos mayoritarios y por ende, de la repercusión comercial del producto, tendríamos que revisar quienes son los que las realizan.
Federico Reggiani ha dicho aquí que la jerarquización de la historieta como arte permite que un historietista se dedique a crear sin pensar en las leyes del mercado. Aún cuando el aserto conlleve una concepción un tanto romántica del artista, podría sostenerse con ejemplos como el de Breccia, que se daba el lujo de producir laburos de muy costosa edición. De todos modos, el viejo pudo hacerlo recién cuando tuvo un nombre. Antes -él mismo lo decía- se dedicaba a ganarse el garbanzo. Pero a falta de otra cosa, aceptemos la hipótesis de Fede por un rato.
Actualmente, cuáles son las figuras predominantes en la historieta argentina? Quienes movilizan el género? Cuál es el perfil del historietista de hoy?
Tiro un petardito y me las pico hasta más tarde...
La transformación del mercado en los últimos cincuenta años no sólo se debió al cambio de intereses en el público o a la ampliación de la oferta de entretenimiento. También cambió el perfil de los historietistas.
Antes, las estrellas de la historieta, los que la hacían -y editaban- eran creadores integrales, como Quinterno, o argumentistas, como Oesterheld. Hoy, los que dominan la escena, son los dibujantes a secas...
Pobres de nosotros!
(continuará)

domingo, mayo 04, 2008

DOS MIRADAS SOBRE LOS BLOGGERS

Hoy Clarín vuelve a la carga tratando de prestigiar su campaña antiblogger con la opinión de Tom Wolfe. No lo logra. Wolfe dice pavadas de grueso calibre, como que el blogger no tiene contacto con la realidad, por lo tanto no puede informar. De ahí su preocupación: "Hoy, muchos jóvenes confían más en lo que dicen los blogs que en cualquier organización de noticias". Si invertimos el orden de estos factores, vamos a estar más cerca de la verdad. Es decir que, a partir de una real preocupación -de la que Wolfe sólo es vocero-, se inventan diagnósticos falaces. Si ven el video comprobarán que estos pasajes se repiten, como para que los conceptos queden bien fijados.
http://www.clarin.com/diario/2008/05/03/um/m-01664159.htm
Por su parte Crítica, también en la edición de la fecha, publica un informe liviano, pero bastante objetivo, sobre el fenómeno del blog y sus autores. Compruebo allí que, según las estadísticas, no formo parte del perfil mayoritario.
http://www.criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=3773