SOBRE ESTE BLOG...

Vas a encontrar, básicamente, data sobre historieta cómica argentina clásica. Además, bastante de bande dessinée. Algunas reflexiones sobre el lenguaje historietístico, muchas polémicas y miles de imágenes, la mayoría de mis propios archivos. La forma más fácil de ubicar un material o autor es ir a "Etiquetas", revisar y hacer click en la pertinente. También podés escribir una palabra clave en "Buscar en este blog". Tenés mi contacto, encima, acá al lado → → →→ → →→ Suelo responder mails si la consulta es muy específica. En cuanto a enlaces que ya no funcan, lo siento, llegaste tarde. Podés tomar lo que quieras, en tanto cites la procedencia. Si no citás, y te ubico, te escracho públicamente, como he hecho en varias oportunidades. Enjoy
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martes, septiembre 13, 2022

ADOLFO MAZZONE Y UNA TEMPRANA CUESTIÓN DE DERECHOS


I.- GÉNESIS

En el principio creó Quinterno  los cielos y la tierra.

Bueno, no... es una exageración. En realidad, creó el primer sindicato argentino de historietas.

Es sabido, Quinterno se cabrea con el diario "La Razón", le deja de regalo a Julián de Montepío y se lleva Patoruzú para "El Mundo".

Lo que sucede con este tipo de datos, archirrepetidos, es que terminan por vaciarse de contenido.

Vamos a formularlo de otra manera: en 1935, por primera vez en la Argentina, un historietista reivindica para sí la autoría de una tira. Antes de este hito, el dueño era el medio en que se publicaba.

Pero todavía más... No se trata simplemente de la Propiedad  Intelectual, que mediante la Ley  11.723 ya regía en nuestro país. No. Quinterno elige crear un sindicato según el modelo yankee. O sea, preveía  convertirse él mismo en editor (lo concretaría apenas  un año después), y ser en consecuencia  quien se adueñara  de las tiras, historietas, personajes,  de todos aquellos que en el futuro  trabajasen para él.

La figura de "sindicato", en EEUU,  no sólo permitía al editor continuar con la creación más allá de abandono, renuncia o muerte del dibujante, sino también detentar el derecho de distribuirla en cuánto medio quisiese.

Hubo, claro, antecedentes a la rebelión quinterniana. Fisher, autor de los famosísimos Mutt y Jeff, le había ganado una pulseada nada menos que a William Randolph Hearst (el "Citizen Kane", de Welles). Es muy posible que Quinterno estuviese enterado de esa batalla legal y se inspirase en ella.

El caso es que, luego del éxito inicial frente a "La Razón", cuando ya convertido en editor pretendió por primera vez ejercer las prerrogativas que le confería la sindicación, sufrió un duro traspié.

Y aquí entra a jugar el dibujante que nos ocupa.

II.- DE DIFÍCIL ACCESO

Adolfo Mazzone venía intentando entrar en el semanario "Patoruzú" desde fines de  1937. Tenía para entonces 23 años y era autodidacta. Anhelaba con convertirse en profesional. Le llevó sus dibujos a Lino Palacio, y éste le recomendó que fuese a ver a Quinterno, de su parte. A Quinterno no lo pudo ver. En la editorial lo recibió Luis Alberto Reilly, que firmaba columnas de humor en el semanario como Billy Kerosene y era hombre de confianza del director. A Reilly le gustaron los dibujos de Mazzone y lo hacía volver, de tanto en tanto, para que le mostrara sus progresos en el curso de Arístides Rechain, un ilustrador y caricaturista que trabajaba para revistas tan prestigiosas como "El Suplemento", "La Novela Semanal", "Caras y Caretas" y "Billiken".

Por abril del '38, Mazzone logra que le publiquen en "Patoruzú" una "colaboración". Debe esperar más de un mes para la siguiente. No las cobra, aclaro, por si el entrecomillado no bastara. Ocurre asimismo que le encarguen ilustrar una nota y después rechacen su propuesta para reemplazarlo por el ascendente Divito.

La revista de Quinterno traía material nacional en la casi totalidad de sus invariables 56 páginas, incluyendo tapa y contratapa. Entre las excepciones que justifican el "casi" podemos encontrar la sección De oreja a oreja, con chistes de distintos  autores yankees, o sea material de sindicato adquirido a granel y por poca plata. Sin embargo, uno de esos dibujantes se destaca sobre la medianía. Reportero para la policía, hijo de policía, coleccionista de objetos y uniformes  de policía, suele dibujar policías. Se trata de Jay Irving.

Mazzone recibe la "indicación" – a través de Reilly, aunque se supone emanada del Señor Quinterno- de imitar a Irving, dado que su propio estilo, le dicen, carece de personalidad.

Mientras tanto, en el semanario, además de Divito, crecen en participación Ferro y Blotta. Si se revisa el material del  Mazzone de la época, se comprobará que éste no le iba en zaga a los citados. Quienes, por otra parte, pertenecían a su misma generación.


Tengo para mí que, por alguna razón, Quinterno cultivaba una temprana inquina contra Mazzone. Quizá no le caía bien su maestro Rechain... quizá el apartamiento, en sus trabajos, de la métrica de Disney  (que Quinterno había adoptado como religión), le producía un cierto escozor... quizá su aspecto humilde y su tez morena no se condecía con la prestancia del staff de la publicación... También se puede aventurar que a Quinterno  lo seducía  el trazo de Irving y quería alguien similar dentro de sus huestes.  Vaya uno a saber.

Mazzone se ha referido en más de una oportunidad a su pulso "tembleque", producto de martillar chapas en los talleres de la fábrica de automóviles Chrysler, donde malamente se ganaba el pan por esos años. La orden –acatada- de imitar a Irving, 'que en vez del trazo rápido emplea una línea sinuosa' (Mazzone dixit, reportaje en "¡Aquí Está!", del 06/02/1950), no le viene mal.

Puestas las muestras del "nuevo estilo"  a consideración del Señor Quinterno, éste  finalmente –promediando 1938- le alza el pulgar.

A partir de allí, Mazzone comienza a aparecer con asiduidad en "Patoruzú"  y sus ilustraciones le son retribuidas ($ 15 cada una, un equivalente a la mitad del alquiler que pagaba por su casa).

Al poco tiempo, recibe de Reilly una nueva sugerencia: que al estilo de Irving le agregue algo del propio. Contradictorio, claro, con la falta de personalidad que se le había endilgado antes. Por lo que en este caso se me hace que la indicación partió del emisor mismo y no del Señor Quinterno.

III.- EL QUESO DE LA DISCORDIA

Un año después, algo inédito sucede en el exitoso semanario "Patoruzú". Concretamente en el número 98, del 31 de julio de 1939.

Hasta ese momento, en la revista, pocas tiras o historietas se habían apartado del patrón (en su doble acepción) Quinterno. Se puede citar Carne y Uña, por Blotta, que pasó sin pena ni gloria. El gnomo Pimentón, a cargo del mismo dibujante, tenía guiones de Ada Lind, hermana de Quinterno. Y  El fantasma Benito se divierte, Blotta lo "heredó" del mismo Quinterno.

Por eso resulta excepcional que en el ejemplar aludido se anuncie con bombos y platillos el debut de una serie a cargo integralmente de Adolfo Mazzone. Me refiero, claro, a Mi sobrino Capicúa.


El anuncio, desde el encabezamiento mismo,  plantea una duda: ¿quién es el protagonista de la tira? ¿El tío –ubicado gráficamente en primer plano, a la izquierda-, que refiere diegéticamente al sobrino? ¿O el sobrino, situado a la derecha, que ostenta nombre propio en el título?

Capicúa, claro está, por metonimia de los números que se repetían, al principio y al final (catalanismo: cap ‘cabeza’ y cua ‘cola’), en los boletos de colectivo, y que según el imaginario popular atraían la fortuna. Inaugura, como personaje, la extensa galería mazzoniana que cifra su principal característica –una suerte a toda prueba, en el caso- en el apelativo.

El tío, en cambio, huele más a "sugerencia" patronal. Su apellido Filomocho (los personajes posteriores de Mazzone raramente llevan apellido), claramente un cuchillo que no corta, alude al quiero y no puedo de Olegario, característica común a los personajes de historieta de la época y frecuente en los de Quinterno. Don Gil Contento, Julián de Montepío y los Isidoros, Batacazo y Cañones, para nombrar referencias directas.

Es probable que Quinterno estimase que un suertudo decididamente tonto al principio, a más de ávido devorador de quesos, no bastaba para sostener la tira, y de ahí que impusiese la figura de un tutor. Habitual en el universo quinterniano, por otra parte.

En el diario personal de Mazzone, en una anotación del 4 de abril de 1940, cuando cansado de los malos tratos abandona la revista Patoruzú, se lee respecto a Mi sobrino Capicúa: "La hice a pedido del señor Quinterno, y casi contra mi voluntad".


Esas crónicas, confiadas a mi persona por la nieta del dibujante, consisten en dos cuadernillos. El segundo abarca desde la fecha mencionada hasta el inicio de 1941. El primero, desde el 10 de enero de 1938 hasta el 21 de enero de 1939. La última anotación de éste, ocupa sólo cuatro líneas de la página, el resto en blanco. Tal detalle lleva a pensar que no existió un cuaderno del  '39. O sea, nos falta un período crucial para conocer las vicisitudes por las que atravesó Mazzone en la publicación, y que lo impulsaron a tomar una decisión tan drástica. El sueño del dibujante se trastocaba en la pesadilla del profesional. Había dejado ya de trabajar en la Chrysler y se convertía por lo tanto en un desocupado.

No sabemos si Mazzone tuvo o no trato personal frecuente con Quinterno. A principios del '38  -época de peregrinaje constante  a "Patoruzú"- refiere en su diario una inminente entrevista. Pero pocos días después, en la escueta reseña que dedica a su visita a la redacción, sólo consigna que no le dieron trabajo.

Sin embargo, la relación entre dibujante y director –directa o indirecta- puede inferirse a través de indicios.

Vayamos a dos notas periodísticas, en las que se reportea a Mazzone.

Una es la anteriormente citada de la revista "¡Aquí Está!", del 6 de febrero de 1950, donde con la firma de Silvestre Otazú, y bajo el título "Yo fui el Piantadino de la pobreza", el dibujante –ya consagrado- desgrana sus duros comienzos.  "Imitador a la fuerza" reza el epígrafe del fragmento donde afirma que se vio "obligado" (sic) a imitar a Irving. El término, utilizado doce años después de la experiencia, denota la violencia que le produjo. Pero hay más...

"Hoy Mazzone goza de una autoridad que nadie le discute y a ningún director se le ocurriría pedirle que le presentase un esbozo de lo que piensa hacer. Pero en los primeros tiempos (...) tenía que habérselas con esos directores –que los hay- que en todo quieren dar su orientación personal, que quieren corregir un movimiento o enmendar un trazo."

"En esos casos –sonríe Mazzone- cabe recordar aquello de Martín Fierro"

"'No es güeno –dijo el cantor- muchas manos en un plato' "

"Lo que pasa es que si a uno le corrigen un cuadro, o la tira entera, el trabajo sale duro,  porque no es espontáneo"

¿De quién habla Mazzone, si no es de Quinterno?

Pero existe otro testimonio mucho más valioso en tanto la cercanía temporal a su segundo y definitivo retiro de "Patoruzú" (porque había vuelto, como ya veremos).

"Leoplán (magazine popular argentino)", del 4 de agosto de 1943, dedica la sección Nuestros Humoristas al creador de Capicúa. Allí es el propio dibujante, en primera persona, quien realiza un racconto de su trayectoria. El tono es humorístico, pero el contenido envenenado. Lo reproduzco en su casi integridad, vale la pena:

"Hace cuatro años que ingrese en la gran familia periodística. Todavía recuerdo el día en que, alentado por el gran Lino Palacio, me presente en una redacción. ¡Cómo para no acordarme, si fui rechazado! Es decir, yo no; mis 'monos'. Cuando salí a la calle comencé a pensar quién tendría razón: si Lino Palacio, que me alentaba, o el director que... Bueno ¡hay que ver las cosas que me dijo el director! Hasta me hizo un chiste a costa de mis chistes. Pero yo soy muy caprichoso y decidí llevarle la contraria al director. Dicho y hecho: a fuerza de constancia, un día tuvo que admitir 'que no lo hacía del todo mal',  y así me inicié a su lado. Trabajo me costó adquirir el pulso necesario, tan endurecida tenía la mano por el uso del martillo. Pero de todo esto él no sabe nada"

El extracto es por demás jugoso y nuevamente no son necesarias muchas luces para saber a quién alude.

En el final asoma cierto reproche de clase. Si bien el origen de Mazzone fue muy humilde, al punto que empezó trabajando de canillita a temprana edad, el del "director" no era el que aparentaba ser. Lo escribí muchas veces.  Así como Quinterno le inventó una prosapia egipcia a su criatura (la conocida historia de Patoruzek 1°), mandó a confeccionarse un árbol genealógico a medida,  falseando un pasado de nobles piamonteses. En la realidad, su abuelo había sido un humilde inmigrante dedicado a la agricultura. Cuando echó buena y empezó a codearse con terratenientes que frecuentaban ambientes selectos y jugaban al golf (mundo que ya conocía por su mentor, el "Mono" Taborda, de quien fue ayudante en el diario "Crítica"), creyó necesario redibujar su cuna. Y si se desconfiara de mi fuente –nada menos que la hija de Muzio Sáenz Peña, director del periódico "El Mundo" y corrector del inicial Curugua-Curiguagüigua- , basta tomar en cuenta que el "Pibe Quinterno" tenía apenas quince años cuando lo mandaron a trabajar. Tan acaudalados no serían sus padres.

Lo que aparece indubitable, por múltiples testimonios, es que Quinterno, alejado del humilde "pibe" ayudante del "Mono",  ya en la cumbre,  acostumbraba a maltratar a su plantel, ostentando superioridad.

En el artículo de "Leoplán", también  se plantea un iniciático tête à tête con "el director", lo que no surge, como ya apunté, del diario personal de Mazzone. Es verosímil pensar que omitió referirse allí a una entrevista que le resultó bochornosa.

Por otra parte, el respetuoso tratamiento de "señor Quinterno" que figura en esas tempranas crónicas, para 1943 aparenta haberse diluido. No es menor el dato, repito,  que Mazzone aún seguía vinculado a "Patoruzú" y que no ignoraría que a Quinterno le iba a llegar el contenido de la nota.

Podemos deducir, en consecuencia, que las relaciones de poder entre ambos se habían modificado.

Ahora sí, para terminar de armar el rompecabezas, es menester retornar a la cronología.

IV.- UN PLEITO EN FORMA



El comentario completo con que Mazzone inaugura su cuaderno de 1940 (4 de abril, recordemos), reza: "Después de una situación insostenible me retiro de la revista 'Patoruzú', me prohíben publicar mi historieta 'Mi Sobrino Capicúa', que empezó a publicarse el 31 de julio de 1939. La hice a pedido del Señor Quinterno y casi contra mi voluntad."

No parece haber sido el primero en cansarse del maltrato imperante en el semanario "Patoruzú".

Dos semanas después de su partida, Luis Alberto Reilly –hasta hacía poco hombre de confianza de Quinterno, habíamos apuntado- le propone a Mazzone un contrato para formar parte de su futura revista "Cara Sucia".

Comienza lo que será una ardua batalla legal por los derechos de Capicúa.

Quinterno intenta por el lado de Patentes y Marcas. Mazzone inicia el trámite por ante el Registro de la Propiedad Intelectual.  "Esto va para largo", anota en su diario, y no se equivoca. Porque su ex-jefe no sólo intenta bloquearle la tira humorística, sino que encima la continúa con otro dibujante.

La publicación de Mi Sobrino Capicúa se había interrumpido entre los números 138 y 141 de "Patoruzú".

El anuncio de la reanudación, en el número 142, del 3 de Junio de 1940, no tiene desperdicio.


Se puede imaginar ahí la altisonante voz de un Quinterno furibundo, silabeando "nues-tra historieta". A Mazzone no se lo nombra. Pasa a ser "el dibujante que la ejecutaba". En cambio sí se alude con nombre y apellido al "gran dibujante argentino Eduardo Uliano", a quien "hemos or-de-na-do la ejecución" (Quinterno, como el Papa, habla de sí mismo en plural), prometiendo inclusive que la nueva versión superará ampliamente a la anterior.

Es forzoso aclarar que nombre y apellido equivale en el caso a seudónimo. Detrás de Eduardo Uliano se escondía Oscar Blotta, un incondicional de Quinterno... que los tenía, claro.

Nueve días más tarde de esa formal declaración de guerra, Mazzone deja asentado en su diario la primera aparición de Capicúa en "Cara Sucia" (en dos colores y a cuatro páginas), conjuntamente con El Ñato Agrelo, personaje que provenía de un programa radial de autoría de Reilly.


La situación contractual y creativa cambia radicalmente para Mazzone. Discute sin intermediarios con el director de la publicación tanto sueldo como cantidad de páginas, forjando así un vínculo franco que perdurará hasta décadas después inclusive.

En lo creativo, entusiasmado con el color, y sin una continua mirada reprobatoria por encima del hombro, Mazzone deja atrás definitivamente su etapa de aprendizaje y despliega todo su potencial, animándose incluso desde alguna tapa a la ilustración seria.

Mazzone retoza, juega, se divierte en "Cara Sucia"... quizá como compensación de los sinsabores que le acarrea la simultánea batalla legal con Quinterno.

"'Patoruzú' publica una copia de mi historieta, asegurando que es la auténtica. Esto va a ser un pleito en forma. Ya presenté oposición a la patente que Quinterno intenta registrar", anota en su diario.

Como se verá, Mazzone se muestra mucho más medido –y en privado- de lo que su antiguo patrón refleja en el público anuncio donde afirma que Capicúa es suyo, suyo y sólo suyo.

¿Se trata de la bravuconada de un Quinterno arrogante? ¿O realmente éste ostenta algún derecho sobre Capicúa? Mazzone parece no terminar de dilucidarlo. Duda ante la propuesta de Reilly. Y una vez aceptada, en la primera tira de Capicúa en "Cara Sucia", la cautela lo lleva a camuflar a Olegario, personaje probablemente impuesto por su ahora antagonista, como sugerí antes.



Finalmente, retorna el Olegario que se conocía de "Patoruzú", y con él Mazzone recoge el guante y reafirma la convicción de su autoría. Primero, respondiendo a Quinterno en clave humorística; al pié de la viñeta de remate en las primeras entregas, se lee, por ejemplo: "Super–Registrado 1940 – Sindicato A. Mazzone".  Luego, deja constancia de copyright de forma más seria, al tiempo que contrata abogados para que lo representen.

No tarda en advertir que detrás de Eduardo Uliano está Blotta y esto lo preocupa. En un gesto que lo enaltece, se propone hablar del asunto con los abogados, ya que no quiere involucrar a su colega. Lo hace de inmediato y los letrados lo tranquilizan, informándole que el responsable sigue siendo Quinterno.

Dos conceptos enfrentados, recordemos, el de Sindicato (Quinterno) y el de Propiedad Intelectual (Mazzone).

Una dicotomía que suscitó numerosos litigios, tanto a nivel nacional como mundial, en el terreno historietístico.

La Asociación de Dibujantes, que se encontraba en formación para entonces, toma parte en el conflicto. En principio la balanza parece inclinarse por el lado del influyente editor. A Mazzone lo indigna que se dude de su autoría respecto a Capicúa.

Blotta, a quien Mazzone intentaba resguardar, declara en contra suyo. No cabe duda, acoto yo, que bajo la presión de su empleador Quinterno. Ante esta circunstancia, Mazzone decide dejar de lado los pruritos con quien lo suplanta en Capicúa. Es la guerra total.

La Asociación de Dibujantes está por realizar una publicación acerca del conflicto, a favor de Quinterno, pero Mazzone logra frenarla. Ante esto, Quinterno retira su solicitud de ingreso a la Asociación y una contribución económica que había prometido.

El 19 de setiembre se presenta formal demanda contra Dante Quinterno. Mazzone tiene la brillante idea de publicitar el inicio de la acción judicial a través del diario "Crítica".

V.- CAPITULACIÓN

La presión surte efecto. A los pocos días, el primero de octubre, Quinterno, quien sin duda aborrecía el escándalo y cuidaba su imagen como oro, manda un emisario a negociar: "Marianito", o sea Mariano Juliá (otro de los que se migrarían de la editorial más de una vez, a raíz de las cíclicas rabietas generadas por el carácter del jefe).

La misión, según anota Mazzone en su diario, consiste en "hacer un arreglo": Capicúa se dejaría de publicar en Patoruzú, en tanto Mazzone renunciase al pleito entablado.

Tres días después regresa Juliá con una propuesta incluso superadora: en la eventualidad del fracaso de "Cara Sucia", Quinterno volvería a contratar a Mazzone en "Patoruzú".

El abogado aconseja no aceptar.

Quinterno debía estar al tanto de que las cosas en la revista de Reilly no andaban bien. El 7 de octubre, Mazzone apunta que por primera vez no cobra su sueldo en tiempo y forma.

Lo que resta del diario –que llega hasta la primera semana de enero de 1941- son anotaciones personales que no vienen a cuento. Curiosamente, Mazzone omite el registro de los hechos que determinaron su regreso al territorio quinterniano, dejando atrás, al menos por un tiempo, la disputa.

Sabíamos, obvio, que el pronóstico de Quinterno se cumple: "Cara Sucia", ya de rumbo errático, no definiéndose como línea editorial ni por la  vertiente cómica ni por la seria, fracasa.

Sabíamos que a fines de 1940, Mazzone retoma Capicúa en "Patoruzú" (número 190). Hasta mediados de octubre del '44, cuando misteriosamente, en reemplazo de su ya clásica tira, aparece  otra donde el protagonista -extirpado quirúrgicamente de los demás personajes- es el Profesor Bambufoca. Y que el intento dura muy poco, ya que a mitad de enero de 1945, Mazzone se retira de forma definitiva de la editorial de Quinterno, pasando a formar parte del staff permanente de la reciente "Rico Tipo", acrecentando así el cráter que Divito había dejado en "Patoruzú".

Sabíamos también que Capicúa desaparece por más de un lustro, hasta recalar, casi escondido, en "Rayo Rojo", semanario de Editorial Abril, de formato apaisado con ínfimas dimensiones, dedicado al género de cowboys. Y que luego tiene un fugaz paso por "Avivato" (publicación humorística de Reilly y Faruk), por el año 58.

Lo que no sabíamos es que existió un acuerdo –encontrado entre los papeles de Mazzone- respecto a la explotación del personaje.

Por nota del 22 de junio de 1944, dirigida a Mazzone, que lleva el logo del Sindicato Dante Quinterno, éste se hace cargo de la distribución mundial de Mi sobrino Capicúa, cuyos derechos – se afirma- tiene adquiridos para la revista "Patoruzú". Le reconoce a Mazzone un 40 % de lo que se recaude.

El hallazgo de la misiva habilita a pensar que el conflicto por la propiedad de la tira no había terminado de dirimirse con el retorno de Mazzone a la editorial y que Quinterno no se resignó fácilmente a la derrota absoluta. Es posible que el reavivamiento del antiguo tironeo sea la explicación para que en octubre del '44 Mi sobrino Capicúa desapareciese de las páginas de "Patoruzú". Y que la tira de Bambufoca constituyese el postrer intento de reconciliación de un matrimonio ya mal avenido desde hacía tiempo. Recuérdese la referida nota de "Leoplán", de agosto de 1943, donde Mazzone prácticamente lanzaba el guante a su editor.

Hasta donde tengo noticias, Quinterno jamás ubicó la creación de Mazzone en publicación alguna. Apenas si logró insertar su propio personaje, el Patagón Patoruzú, en medios menores estadounidenses.

Fue Mazzone mismo quien finalmente, a través de una editorial francesa -de la ciudad de Lyon, específicamente- colocó a Capicúa, junto a otros personajes suyos, en el exterior.

Claro que esto sucedió luego de haber fundado su propio sello en la Argentina. Que debuta con el ávido suertudo devorador de quesos, dueño de revista propia, en octubre de 1959. Y pasando del formato tira cómica al de historieta de aventuras, desarrollada en varias páginas.

Para ese entonces, suponemos, el acuerdo sobre derechos con Quinterno habría precluido... o Mazzone lo dio por finalizado unilateralmente, harto de esperar que pasara algo.

Una coda sobre el empecinamiento quinterniano: arriesgo la hipótesis de una respuesta indirecta del creador de Patoruzú a la aparición del número uno de las "Nuevas aventuras de Capicúa y Piantadino".


Para finales del '59, las "Correrías de un pequeño gran cacique Patoruzito" iban por su exitoso segundo año. Quinterno, como había hecho anteriormente con las "Grandes andanzas de Patoruzú e Isidoro", recopilaba en el mensuario apaisado las historietas que habían aparecido antes, en forma seriada -"(continuará)"- en el semanario tabloide "Patoruzito". Coincidentemente con el lanzamiento de Mazzone, en el número 22 de "Correrías...", comienza a publicar aventuras inéditas, creadas especialmente para esa revista, teniendo aún material de sobra para reeditar.

El mercado era el mismo, el de la historieta cómica infanto-juvenil en formato apaisado, y Quinterno reinaba en ese territorio. No creo que temiese que se lo disputasen. Más bien, arriesgo, producto de la vieja inquina, pretendía que Mazzone fracasase con su empresa. No lo logró.

VI.- EL CREADOR DE TIPOS

Por supuesto que el Mazzone de fines de los '50 estaba lejos ya del bisoño debutante de dos décadas atrás.

Por lo pronto, a poco de su rentrée a "Patoruzú" desplazando al usurpador Ulpiano, había logrado ubicar su personaje Piantadino en "El Mundo", diario donde el mismísimo Quinterno seguía publicando la tira del Indio.

El presidiario –un nuevo carácter unidimensional, que se cifraba en el nombre, dada su constante obsesión por evadirse- tiene éxito inmediato, que se prolonga en el matutino durante diecisiete años, y que poco después de su debut aparece además en "Rico Tipo". Y que incluso llega al cine, protagonizado por Pepe Iglesias, "El Zorro".

De esa tira surgieron otros dos memorables arquetipos: Afanancio (de "afanar", obvio), un mago, un ilusionista, un artista en el arte del robo; y Batilio (de "batilana", o sea delator, alcahuete del director del presidio), quien con su permanente lleva y trae crea conflictos desopilantes, de los que no siempre emerge indemne.

Un apunte: se suele mencionar a Fiaquini (proveniente del lunfardo "fiaca"), non plus ultra del holgazán, como originario de la fauna carcelaria de "El Mundo". Sin embargo, registro su nacimiento en la revista de Divito, en 1946.


Podemos citar, siguiendo con los especímenes mazzonianos, a Don Tacañino (de "tacaño", amarrete, demás está decirlo) que debuta en 1944 en "¡Aquí Está!", durante las postrimerías de la segunda crisis con Quinterno. La curiosidad radica en que no bien se resuelve ésta con la ida de la editorial, el rostro inicial del personaje muta al de Bambufoca... quizá como postrer mojada de oreja al antiguo patrón.

A partir de allí Mazzone se multiplica, se potencia.

Linyerio, un linyera con ínfulas de aristócrata, aparece en la flamante "Tibor Gordon", en 1945. Por entonces, dibuja en "Mundo Argentino" Tridente, un diablito sin suerte. Coincidente con el debut de "Rico Tipo", El Señor Bang resulta ser una de sus tiras más surrealistas. Se trata de un terrorista de ideología desconocida, con rostro embozado, vestido íntegramente de negro, cuya única acción consiste en plantar bombas, lo cual suele volvérsele en contra. Más tarde, también para Divito, crea Tolondrati, un oficinista atolondrado con semejanzas al Gastón Lagaffe que el belga André Franquin, en el mismo año (1957), lanzaba en "Le journal de Spirou". Siguiendo con "Rico Tipo" y con la cronología, en el segundo intento que registro de historieta larga, seriada (el primero había sido El Ñato Agrelo), tenemos allí a El detective Chapalupa, que solía resolver casos vinculados al mundo del espectáculo (es menester aclarar que ninguno era creación integral de Mazzone: El Ñato Agrelo, dijimos, era autoría de Reilly, mientras que El detective Chapalupa, tenía guión de Gius). Al tiempo, en "Avivato", Mazzone reflota  Macoco, flor de porteño, tira ya un tanto anacrónica (del linaje de Don Gil Contento, Julián de Montepío e Isidoro Cañones)  que provenía de "PBT",  de comienzos de la década. Moishe y Gorito, en "La revista dislocada" (formato revista, valga la redundancia), que hace hincapié en el remanido prejuicio de la avaricia, respecto a la comunidad judía, hoy sería impublicable. En el periódico "Correo de la Tarde", idea a Perkins, un mucamo que durante mucho tiempo será sinónimo popular de lacayo. Incursiona en la picaresca con Chiki, la corista, que sale en "El Pingüino", de Chile.  

Se hace tiempo para todo. Para las magníficas portadas de "El Trencito" y otras, para decenas de secciones fijas de humor gráfico (mi preferida: El minuto fatal, oriunda de "Rico Tipo" y continuada en la editorial propia), para una infinita variedad de chistes temáticos. Asombra su prolificidad.


La mayoría de los personajes citados, si se los quiere ubicar gráficamente, aparecen en la web.  Es curioso, sin embargo, que no exista una sola mención a Bichatele, habiendo sido publicado por décadas en las revistas de Mazzone. Se trataba de otro de sus entes paradigmáticos: un señor muy circunspecto, con aspecto de bicho -de ahí el prefijo del nombre-, enfermo de la televisión. La originalidad radicaba en que el prototipo del teleadicto, para la época,  era el ama de casa que se la pasaba mirando novelones.

Para terminar, el único personaje creado de forma integral, específico  para historieta propiamente dicha, en su etapa de editor, es Cariseca (Las dos fases de...). De nuevo el apelativo cifra la personalidad: cara y seca de una misma moneda, anverso y reverso, Dr Jekyll y Mr Hyde. Un hombrecito simplón y timorato -maltratado por su hermanastro Javier, de pretendida alcurnia- se convierte, en tanto reciba un golpe en cierto lugar preciso de la nuca, en una fiera.

He desarrollado largamente y en detalle la trayectoria de Mazzone tanto en mi blog (Historietas - Cine - Teatro, por Dao), como en los capítulos que le dediqué en "El altillo de Dao", que se pueden encontrar en mi canal de YouTube (www.youtube.com › user › mdao57 ). En dichos sitios es posible apreciar además sus cualidades de dibujante y colorista, sobre todo en las maravillosas  portadas de las revistas de su editorial.  Allí remito a los interesados en más información.

Aquí sólo resta destacar que, a mi juicio, entre las innumerables criaturas que pergeñó Mazzone, Piantadino es la más acabada. No por nada, el autor más de una vez, admitió identificarse con el personaje.

En  formato tira, aclaro, ya que en la revista posterior, como historieta extensa, al transformarse en detective, pierde parte de su atractivo.

VII.- UN CHISTECITO DE YAPA

Consigno a continuación, a modo de corolario, una pequeña muestra del  genio de Mazzone en tanto creador de tiras cómicas. Específicamente en Piantadino, por supuesto.


Sólo cuatro viñetas. A simple vista una más de las secuencias donde el preso intenta la fuga. Todo allí es arquetipo puro. Piantadino se "pianta". Huye a pié por un descampado, perseguido por el guardián. Ambos cumplen perfectamente sus roles complementarios, tal como se espera de ellos. Acción repetida en cientos de tiras. No hay textos, no hay nada que explicar. El lector sabe muy bien de qué va el asunto desde el primer cuadrito. Previsibilidad absoluta.

Salvo un extraño interregno, el de la balsa a la que suben, y en la que los dos esperan aburridos que culmine el cruce. Para continuar luego el escape y, por supuesto, la consecuente persecución. El chiste radica ahí, es obvio, dado que el policía podría haber atrapado al prófugo sin problemas durante la travesía por agua.

El extraordinario hallazgo de la tira radica en extremar los arquetipos, en llevarlos al límite. Los roles de perseguidor y perseguido alcanzan así  la categoría de lo fatal: su destino es ineluctable. La tarea eterna de Piantadino es fugarse. La del guardia cárcel, atraparlo (y las veces que lo logra, el ciclo debe volver a repetirse). Ninguno de los dos se queja de este trabajo inevitable. Al contrario, cuando no lo practican caen en un melancólico hastío. Saben que existen sólo en función del papel que les fue asignado. Rol fijo, único, determinado de una vez  y para siempre. Porque Piantadino dejaría de ser quien es si ya no intentase la huida, al igual que el carcelero si no lo persiguiera.

E incluso la tira genera fenómenos de metalenguaje: el prófugo puede serlo en función del presidio, y hasta llegar a lograr por un rato su objetivo. En cambio, bajo ninguna circunstancia puede escapar a su misión de personaje. 

Si esto no es poética, señores...

          

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domingo, septiembre 23, 2018

YOLOVI Y LA PELEA MAZZONE-QUINTERNO

Hace rato que no me ocupaba de Mazzone. A raíz de un reciente intercambio entre coleccionistas, advertí un error en un antiguo post mío, referido a la etapa en que la tira Capicúa pasó a "Cara Sucia", y continuó, al mismo tiempo, publicándose en "Patoruzú" semanal bajo la firma de Uliano (seudónimo de Blotta). En realidad, el retorno de Mazzone al staff Quinterno, ocurrió -según el dato preciso obtenido- a partir del número 190 de "Patoruzú", correspondiente al 5 de mayo de 1941, y no en el '42, como consigno en el post.
Tengo muchos baches en los ejemplares del semanario, ya que nunca me dediqué a completarlos. Registro un salto justo desde el nro. 189, en que la tira está dibujada por Blotta, al 257, de agosto del '42, donde vuelve a aparecer con la firma de Mazzone (de allí que habré referido ese año).


Se ve a Capicúa aproximándose, en la gráfica, a la que sería su versión definitiva. Tampoco pasará inadvertida la aparición (especulo que una de las primeras) de un personaje al que Mazzone dará luego vida independiente en otra tira. Se trata de Yoloví, el pequeño chantajista. Su autoría ha dado lugar a equívocos, ya que en la revista "Capicúa", a partir del nro. 39 (1961), empieza a  salir con la firma de Jorge Toro.
Respecto al diferendo Mazzone-Quinterno, yonoloví, pero tengo una hipótesis: supongo que con el debut de "Cara Sucia" (que destacaba en tapa a Capicúa, o sea le daba un lugar que en "Patoruzú" nunca iba a tener), Quinterno le pidió explicaciones a Mazzone, exigiéndole exclusividad. Mazzone se habrá negado, o le habrá pedido más plata, y Quinterno no sólo lo despidió, sino que lo desafió quedándose con el personaje. O Mazzone pudo haber directamente apostado a la nueva revista, vaya uno a saber... lo que no modifica lo del enojo de Quinterno. 
Y eso que Mazzone le rendía pleitesía a Quinterno. Me autocito (de una nota más larga en este blog): 
"Capicúa llega en tren, al igual que el indio en su primera aparición, pero en un cajón de encomienda, lo que remite indudablemente al anuncio en "El Mundo" del arribo de Patoruzú. Este homenaje da cuenta de la admiración de Mazzone por Quinterno, y de su agradecimiento además, ya que éste lo había incluído -muy joven- en su selecto staff."
Se ve que cuando empezó a aparecer el conflicto de intereses, todo ésto pasó a segundo plano...
No se cuánto habrá durado "Cara Sucia", pero calculo que resultó de corta vida .. Ahí Mazzone volvió con la frente marchita.
A principios de los '50, en otra pelea -ya definitiva- con Quinterno, terminó mudando Capicúa a "Rayo Rojo". Casi una década después, el personaje reaparecería en su propia revista, inaugurando la Editorial Mazzone.
Nótese que en un comentario del posteo referenciado, un fan de Quinterno no concibe que éste pudiese haber obrado así.
Sin embargo, resulta incontrastable que Quinterno fue mucho más allá de lo que había ido "La Razón" con él mismo, ya que El sueño de Julián consistió en reediciones de tiras que habían sido publicadas en ese diario. A Capicúa lo hizo continuar con otro dibujante.
Todo esto dicho, huelga aclararlo, sin el menor menoscabo al talento de ambos contendientes.


miércoles, septiembre 22, 2010

MAZZONE, QUINTERNO, TORINO: SINGULARIDADES DE TRES MAESTROS DE LA HISTORIETA COMICA (I)

I.- EL CREADOR DE TIPOS

De los tres, Adolfo Mazzone se lleva las palmas al mejor dibujante.
Cito a Fabián Polosecki (2):
"Mazzone era mecánico de los talleres Chrysler y se ganaba la vida golpeando chapas con un martillo que le aturdía el pulso de dibujante. Copiando a Hide Irving (3), descubrió que un pulso 'tembleque' -como él lo llama- podía esconder una línea posible para el dibujo." 
No puede ser más acertada la auto caracterización de pulso 'tembleque' para definir su estilo. Es ese 'defecto' justamente, el que dota de extraordinaria movilidad física a sus criaturas. La elasticidad  y armonía de sus personajes, se conjugan -sobre todo en las numerosísimas portadas que realizó- con los trabajados fondos. Un  cuidado que resultaba excepcional en Quinterno, e irregular en Torino.
Por otra parte, es de destacar que Mazzone es uno de los pocos grandes de la historieta cómica argentina, que no ha recabado en Disney como fuente inspiradora, lo cual redunda en la originalidad de su trazo.
El rastro más antiguo que es posible encontrar del Mazzone historietista se remonta al año '39. En las amarillentas y quebradizas páginas del “Patoruzú” semanal de esa época, aparece con su firma, la entonces tira “Mi sobrino Capicúa”. Se dice que fue Lino Palacio quién lo alentó a mostrar sus trabajos a Quinterno. No le resultó fácil la entrada en la editorial, pero finalmente lo logró (4).
El siguiente hito importante en su carrera es Piantadino (Don Piantadino, en los primeros tiempos), publicado originariamente en el diario “El Mundo” en 1941 -a raíz de un encargo de su director, Muzio Sáenz Peña-, y pocos años más tarde en la revista “Rico Tipo”, desde sus comienzos. Sin  precisar fechas, se suele mencionar a Perkins, en “El Correo de la Tarde”.
Eran épocas, en la Argentina, en que la historieta se encaraba como un oficio artesanal, a diferencia de Estados Unidos, donde ya existían los estudios de mercado.
Salvo en el caso de adelantados, como Quinterno o Divito, que para sostener sus editoriales crearon equipos de trabajo, la producción era personal y continua. Muchos creadores realizaban integralmente las labores de dibujo y guión.
Eran grandes talentos que improvisaban sobre la marcha y se diversificaban con trabajos en distintos medios gráficos.
Esto implicaba muchas veces que sus personajes fueran modificando las características a lo largo de las publicaciones. La aceptación del público podía convertir un personaje secundario en protagónico. También determinar el pasaje de tira a episodios más extensos, y de diarios a revistas propias. Es el caso de Quinterno, con Patoruzú, y también el de Mazzone con Capicúa y Piantadino.
El primigenio Capicúa no tenía primo cartello. Desde el título mismo de la tira en “Patoruzú” semanal (“Mi sobrino Capicúa”), era mencionado diegéticamente por su tío, Olegario Filomocho. Este era, entonces, quien se perfilaba como protagonista, apareciendo su dibujo en primer término en el logo de la tira. Habitaba, junto al profesor Bambufoca, una pensión. Y ambos hacían malabarismos para evitar los reclamos de la dueña -Doña Amparo- por falta de pago. Capicúa -metonimia de los números que se repetían, al principio y al final, en los boletos de colectivo, y que según el imaginario popular atraían la fortuna- extraordinario suertudo, operaba apenas como contraste de la miseria de su tutor.  Por otra parte, Filomocho alude al quiero y no puedo de Olegario, característica común a los personajes de historieta de la época (Gilito, Julián e Isidoro, de Quinterno, para nombrar referencias directas). Como Javier, el hermanastro de Cariseca, también de Mazzone, viste levita y usa mónoculo. Aunque al adminículo lo abandona al tiempo, y el apellido deja de mencionarse, conjuntamente con el crecimiento en protagonismo de su sobrino.
En la primera tira, Olegario recibe un telegrama de la localidad de Los Carpinchos anunciándole que un hermano que acaba de fallecer, le deja como herencia “su inapreciable tesoro”. El pensionista se dedica a gastar a cuenta, sacando provecho de la avidez que provoca en Doña Amparo tal noticia. Pero al llegar el tren, de un cajón de encomienda con el letrero “Capicúa, el tesoro de ‘Los Carpinchos’”, surge un dientudo con rasgos mogoloides. Y el guarda reclama a Olegario el pago de los 30 kilos de queso que la “bestia” se devoró en el viaje.
Este inicio remite indudablemente tanto a la llegada de Curugua-Curiguagüigua en “Crítica” (18/10/28), como al anuncio en "El Mundo" (10/12/35) donde Patoruzú surgía de un cajón de encomienda. El homenaje da cuenta de la admiración de Mazzone por Quinterno, y de su agradecimiento además, ya que éste finalmente lo había incluido -muy joven: 24 años- en su selecto staff.
En el episodio que sigue (5), Olegario intenta desembarazarse del incómodo pariente. Hasta que descubre el don con que está dotado y le pide a Doña Amparo un lugar para él en la pensión.
En adelante, Capicúa conservará su suerte, su dentadura y  su afición por el queso. Pero experimentará cambios gráficos y de personalidad, pasando de ser un imbécil absoluto a un moderado bobalicón. Y hasta exhibirá por momentos algún grado de astucia. Pero eso, ya en la etapa de la revista propia, a la que me referiré más adelante.
Veamos ahora el caso de Piantadino. Su rostro es un globo, con nariz prominente y tres pelos parados. Viste el clásico traje a rayas de los presos, y es muy petiso.
En su primer planteo, en formato de tira, constituye un arquetipo puro. Permanentemente intenta “piantarse” -de allí, del lunfardo, el origen de su nombre-, y el sistema carcelario -encarnado por el guardián y el director del penal- se lo impide. Apenas, como matiz distintivo del personaje, aparece una desmedida afición a las empanadas. Para escapar de este esquema fijo, Mazzone comienza a plantear situaciones entre los reclusos. De entre esa fauna, surgen los otros dos arquetipos que seguirán carreras independientes, en tiras e historietas: Batilio -derivado de “batilana” o “batidor”, o sea, el “alcahuete”- y Afanancio -de “afanar”, obvio.
Hay una tira que da exacta cuenta de los andariveles por los cuales transitaba el concepto del humor de Mazzone. En el primer cuadrito, Piantadino corre por un campo y el guardián lo persigue. En el segundo, cambia el paisaje. Se ve un río, un muelle y al prófugo subiendo a una balsa, siempre con el otro detrás. Hasta allí, ambos cumplen perfectamente sus roles complementarios, tal como se espera de ellos. Acción repetida en cientos de tiras. Previsibilidad absoluta. Pero en el tercer cuadro se produce un extraño interregno, el del tránsito en  la balsa, donde los dos esperan aburridos que culmine el cruce del río. Para continuar nuevamente en tierra, en el cuarto y último, el escape y, por supuesto, la consecuente persecución. El chiste radica no en el remate, sino en el tercer cuadro, ya que resulta obvio que el policía podría haber atrapado al prófugo sin problemas durante la travesía por agua.
 El extraordinario hallazgo de esta tira radica en extremar los arquetipos, en llevarlos al límite. Los roles de perseguidor y perseguido alcanzan así la categoría de lo fatal: su destino es ineluctable. La tarea eterna de Piantadino es fugarse. La del guardia cárcel, atraparlo (y las veces que lo logra, el ciclo debe volver a repetirse). Ninguno de los dos se queja de este trabajo inevitable. Al contrario, cuando no lo practican se aburren. Saben que existen sólo en función del papel que les fue asignado. Rol fijo, único, determinado de una vez y para siempre. Porque Piantadino dejaría de ser quien es si ya no intentase la huída, al igual que el guardia cárcel si no lo persiguiera.
E incluso la tira genera fenómenos de metalenguaje: el prófugo lo es en función del presidio, y hasta puede llegar a lograr por un rato su objetivo. En cambio, bajo ninguna circunstancia podrá escapar a su misión de personaje.
Si esto no es poética... Similares alturas de abstracción alcanza Mazzone con “El Sr. Bang” (década del ’40, “Rico Tipo”), un terrorista sin ideología conocida ni rostro visible.
Debemos saltar ahora a octubre de 1959, un año antes de que cerrara el diario “El Mundo”. En esa fecha, Mazzone se lanza como editor con “Nuevas Aventuras de Capicúa y Piantadino”, alentado, como apuntaba antes, por el éxito de sus creaciones. Recién aquí, en la revista (apaisada, de 68 páginas),  se puede apreciar al Mazzone historietista. Es decir, haciendo Historieta Propiamente Dicha, abandonando el formato tira de entre cuatro y doce cuadros, y lanzando a sus dos personajes a aventuras con un desarrollo argumental más complejo (6). Le dedica a cada uno 17 páginas (o sea, sumados, la mitad de la publicación), dibujadas y guionadas por él mismo (7). Desde la portada, una franja las anuncia como “Aventuras completas”.
El que resiste mejor ese pasaje, hay que decirlo, es Capicúa.
Es una lástima que Mazzone traicionara allí la esencia de Piantadino, despojándolo de su identidad primigenia.
Pero veamos los casos por separado.
En el logo de presentación de la historieta, Capicúa es ahora el único a quien se menciona, y como dibujo, ocupa el centro del cuadro, saludando inocentemente. La imagen de Olegario vuelve a aparecer, aunque al costado de su sobrino, y del otro se agrega al Profesor Bambufoca. Ambos miran resentidos al extraordinario suertudo. En el segundo año de la revista, éste conquista el protagonismo absoluto también desde la gráfica: en el cuadro inicial se lo muestra solo, reposando junto a una enorme bolsa de dinero.
Paralelamente, la incidencia en la trama de la suerte de Capicúa, se había convertido en fundamental.
A Olegario y Bambufoca se los sigue situando en la pensión de Doña Amparo sólo en el primer episodio. Luego sin que se explique cómo, habitan una humilde casita. El cambio permite que el Profesor Bambufoca tenga instalado su laboratorio y desarrolle consecuentemente su rol de inventor, lo que servirá como plataforma argumental de muchos episodios.   Esto no impide que el dúo esté siempre en la lona y viva pergeñando planes supuestamente ingeniosos para zafar. Vocación argentina, si las hay.
Demás está decir que intentan una y mil veces utilizar en beneficio propio la prodigiosa suerte de Capicúa. Pero este don -misteriosamente- sólo podía ser aprovechado por él. Tío y profesor terminan siempre peor que antes, mientras el despreocupado sobrino es cubierto de billetes, joyas o toneladas de queso gruyère. La fortuna de Capicúa resulta directamente proporcional a la desgracia de Olegario y Bambufoca.
Un matiz interesante en los vínculos lo aporta el trato brutal que tiene a menudo Olegario con su sobrino. Bambufoca suele poner algún reparo, pero termina siempre ganado por la ambición.
Podría leerse una intención moralizante, en tanto que lo que se premia es la inocencia del protagonista.
Este esquema básico -repetido con infinitas variantes- constituyó, durante un largo período de la revista, el eje de las aventuras de Capicúa.
A mediados de los ’60, Mazzone las empieza a dejar en manos de colaboradores (principalmente su hija Laura) y se aboca solamente a las portadas (8). Aún así, Capicúa es el personaje al que más se dedicó personalmente, y a mi juicio, el más logrado como historieta. Y también su revista la más pareja en calidad.
En cambio, Piantadino resulta más feliz en versión tira.
En el primer número de la flamante revista cuyo cartel comparte con el suertudo, y sin que medie antecedente conocido por mí, el preso no sólo está del otro lado de las rejas, sino que también trata de ganarse la vida más o menos honradamente. Aparece acompañado de Pocoseso, un gordinflón que, tal como su nombre lo indica, tiene pocas luces. Ambos se meten en líos, que suelen culminar con el descubrimiento involuntario de ilícitos y la detención de maleantes. O sea que ex-presidiario se ha convertido en un colaborador de la ley. Con el correr de las aventuras, le empiezan a encomendar trabajos de vigilancia o seguimiento, cuando no  se lanzan ellos mismos tras la caza de alguna recompensa. Sin embargo, el perfil de los dos buscavidas no termina de cuajar y las historietas se reducen en extensión. En otra página de la revista suele aparecer también, en formato de tira, “En la Cárcel de Piantadino”, donde el personaje conserva toda la lozanía en su condición de convicto. También se publican tiras de Afanancio, tanto en presidio como en libertad, con igual grado de eficacia.
En enero de 1961, Piantadino logra publicación propia, aunque durante unos pocos números (al igual que el formato tabloide, que también se abandona) lleve la leyenda “Suplemento de Capicúa” (9). Allí se explica lo que había sido omitido anteriormente. La historieta inicial arranca con la evasión de la cárcel de Piantadino y Pocoseso. A raíz de la vestimenta que encuentran para sustituir el traje a rayas, confunden a Piantadino con un detective. Se hacen cargo de la misión con éxito, lo que les vale el indulto. A partir de ese momento, los roles del investigador y su ayudante, que reproducen paródicamente el modelo clásico de la dupla Holmes-Watson, se irán afianzando, hasta dejar atrás por completo el pasado delictual.
Si bien paralelamente, en la primer página, seguirá apareciendo por mucho tiempo la tira de la cárcel.
Afanancio, antes de tener su revista, compartió, durante un breve lapso, las historietas de Piantadino, lo cual enriqueció la trama. Dicho período se ubica con continuidad entre octubre de 1961 (Nº 10) y mayo de 1962 (Nº 17), donde se registra la última aparición del asombroso punguista dentro de las peripecias del ahora detective (10). Los antiguos compañeros de presidio aparecen allí enfrentados, ya que Piantadino había pasado del lado de la ley. Aunque nunca tanto como para hacer olvidar la antigua camaradería.
Es probable que el cambio del personaje se haya producido porque el ámbito cerrado de presidio no permitía desarrollar mucho más que cortos gags. Un arquetipo absoluto, como Piantadino, tras las rejas, significaba una importante limitación para el desarrollo de historias extensas. Y ya en libertad -a diferencia de Afanancio o Batilio que no ofrecían dificultad para que siguieran jugando sus roles en dicha condición- de dónde, de qué, de quién, podía escaparse Piantadino? Podía seguir siendo un delincuente afuera, claro, y evadirse de la policía. Sospecho que no se eligió esa vertiente por motivos morales. Era una revista que leían los chicos, y Mazzone nunca fue proclive a las audacias (11).
Pero el caso es que el artilugio encontrado como solución resulta pobre en relación a la idea original. Al convertir en detective a su personaje, Mazzone lo privó de ser. O por lo menos, lo alejó mucho del sello que desde el nombre mismo le había impuesto. Un detective que siempre logra zafar de las trampas que le tienden no alcanza la dimensión simbólica de un preso obsesionado en huir, de un artista de la fuga. Así, y no de otra manera, ha quedado grabado Piantadino en la memoria colectiva.
Con todo, la historieta del detective, solía deparar algunos buenos episodios.
Pero la tira del preso, rozaba por momentos la genialidad.
Para idéntica época que delega el dibujo de Capicúa, Mazzone hace lo mismo con Piantadino y con sus restantes personajes en las revistas que siguieron. Pero dado que “Capicúa” apareció primero, y que además su periodicidad era quincenal -a diferencia de las otras, mensuales-, el número de episodios de su completa autoría se triplica allí (12). 
Es por eso que no otorgo demasiada relevancia a “Cariseca” (noviembre 1961) y “Afanancio” (julio 1963). Mazzone las dibujó muy poco (13).
Cariseca aparece por primera vez en su propia publicación. Como historieta, aporta la novedad, dentro del mundo del autor,  de villanos fijos (Doña Angustias y Zoquete). Las dos fases del protagonista, similares a la de Jekyll y Mr. Hyde, se turnan golpe en la nuca mediante. La relación con su hermanastro Javier (...Lucas Pérez Granchato Biarritz Anchorena), aparte del aditamento del linaje -opuesto al de Cariseca- es fácilmente asociable a la de Capicúa con su tío Olegario. Y Afanancio, si bien estando en libertad, conserva sus características de presidiario, está ahora acompañado por su tía Inmaculada, quien -nuevamente el nombre lo indica- obra como factor correctivo y moralizante. La familia se completará luego con otro sobrino de corta edad: Botafogo.
Aunque baste con Capicúa para subir a Mazzone al podio de Los Grandes Clásicos de la Historieta Cómica Argentina, hay que reconocer que su fuerte fue la tira. La enorme popularidad que habían alcanzado sus personajes, en ese formato, hizo que sus nombres (o sobrenombres, no se sabe) terminaran instalándose como lugar común en el lenguaje cotidiano.
El hallazgo consistía en caracteres simples, casi unilaterales, cuyos apelativos cifraban sus personalidades.
Así Capicúa era un bendecido por la suerte, Piantadino un convicto que vivía planeando fugas, Cariseca un tipo apacible que, si se lo golpeaba en la nuca, se transformaba en una fiera, Afanancio un punguista que rozaba la magia.
Y los de menor rango: Perkins un servil mucamo de librea; Batilio un alcahuete ("Es la cara de un empleado que había trabajado conmigo en la firma importadora Woff Godfrid; el correveidile del jefe. De alguna manera me tenía que vengar", confesó alguna vez Mazzone); Yoloví -el pequeño chantajista- un nene que sacaba provecho de la hipocresía de los adultos; Fiaquini un holgazán ("hecho a mi imagen y semejanza, entre bostezo y bostezo", también al decir del autor); Tacañino un avaro.
La traslación de estos nombres paradigmáticos a apodos populares, debe haber resultado poco menos que automática, perdurando algunos de ellos hasta hoy en día.
Otros creadores del género, han logrado también este tipo de repercusión: Divito con Pochita Morfoni, Fúlmine y Fallutelli; Lino Palacio con Don Fulgencio -el hombre que no tuvo infancia- y Avivato.
Con la diferencia que ellos no tentaron el pasaje de la tira a la historieta. Celebro, a pesar de las críticas apuntadas, que Mazzone sí lo haya hecho.
(2) Suplemento "Risas Argentinas", revista "Hora Cero" Nº 5, octubre 1990, Ediciones de La Urraca
(3) Sic. La referencia seguramente fonética de Polosecki, hace que se confunda al  escribir el nombre, ya que a quien Mazzone reconoce como maestro es en realidad Jay Irving (1900-1970), afecto a caricaturizar policías, lo que sin duda también influyó en don Adolfo, que a menudo los incluye en sus historietas.
(4) La fecha de comienzo de la tira fue el 31 de Julio de 1939 (número 98 de “Patoruzú”). Pero el libro “La Argentina que ríe” -Fondo Nacional de las Artes, 2007- ancla en el año 1938 el inicio de Mazzone como colaborador de la revista, luego que varios originales le fueran rechazados. En efecto, se pueden encontrar, en números anteriores al mencionado, chistes sueltos con su firma, donde se patentiza la influencia de Irving.
(5) Según lo relata Siulnas, en su libro “Aquellos personajes de historieta (1912-1959)”, PuntoSur Editores, 1987.
(6) Mazzone suele retomar el esqueleto argumental de las antiguas dos páginas de Capicúa en ” Patoruzú”, para desarrollarlo. Un ejemplo es el de la historia donde Olegario le hace elegir a su sobrino un billete de lotería a ciegas (Nº 108 de “Patoruzú”-octubre 1939-, Nº 4 de “Capicúa y Piantadino” -diciembre 1959- Episodio: “Billetes de Navidad”).
(7) Lo acompaña en la revista un staff que incluía a los notables Guerrero, con Lúpin, y Ianiro, con Tóxico y Biberón. Pocos números más adelante se incorporaría Dol con Resorte, el ayudante del Profe. Mazzone, además de ocuparse de las historietas de Capicúa y Piantadino,  incluye  tiras de Afanancio, Fiaquini, Macoco, La Cárcel de Piantadino, y chistes sueltos, también de su autoría. A partir del Nº 9 (05/04/60), publica otra de sus creaciones: El Minuto Fatal. Era un gag que constaba de dos cuadritos, donde un personaje, desde la actualidad, y sufriendo un hecho desastroso, recordaba el error cometido que había llevado a provocarlo. Originaria de los inicios de Rico Tipo (1945),  se convertirá en un clásico de la nueva revista. Aparece invariablemente  en la primera página, junto al editorial, hasta comienzos de la década del ’70.
(8) El motivo parece haber sido dedicarse más de lleno a su faz de editor, ya que, para 1965, los títulos se habían incrementado, y además, algunas publicaciones mensuales, como Piantadino, pasaron a ser semanales. Sin embargo, este auge de la editorial duró poco tiempo.
(9) También acompañan a Mazzone en la nueva publicación, Guerrero con Moscato, Oporto y Anís, y Dol con Jopo el Reportero.
(10) Incluso, en varios de esos números, Afanancio llegó a la tapa de la revista, a diferencia de Piantadino en Capicúa (solo se mostraba un círculo con su cara). Conjeturo que la confianza de Mazzone en que cada una de sus criaturas pudiera llegar a tener publicación independiente, fue paulatina. Pero nada improvisada, a diferencia de las caóticas Ediciones Torino.
Así, más de un año antes de que Afanancio tuviera su propio título, fue independizándolo de Piantadino.
(11) En “El Pingüino”, una revista picaresca chilena de los ’50 y ’60, se publicaban  dos tiras poco conocidas de Mazzone: El Señor Gerente (una mezcla de Don Fulgencio y Tacañino) y Chiki, la Corista, donde el creador de Capicúa elude la audacia que proponía el personaje mismo. Es evidente que en dicha vena no se sentía cómodo y para sortearla acudía a temas como las desdichas económicas de una aspirante a estrella o la vida entre camarines.
(12) Computo unas ciento veinte historietas de Capicúa, donde se reconoce integralmente el trazo de Mazzone.
(13) Si bien por el año 64 aparecen “Chistosis” (Chistes de bolsillo) e “Histocom”, además de “Batilio” en enero del 65 y bastante más tarde, cerca de los ’70,  “Fiaquini”, ninguna de ellas tuvo el éxito de las cuatro primeras y duraron escasos números.
El copyright de "MAZZONE, QUINTERNO, TORINO: SINGULARIDADES DE TRES MAESTROS DE LA HISTORIETA COMICA" pertenece a Miguel Dao, y se encuentra registrado. Cualquier reproducción -total o parcial- que omita mencionar la fuente será pasible de acciones judiciales. 

MAZZONE, QUINTERNO, TORINO: SINGULARIDADES DE TRES MAESTROS DE LA HISTORIETA COMICA (prólogo)

PEQUEÑO PROLOGO: LOS OCUPANTES DEL PODIO
Un podio vacío. Arriba, en un gran letrero se lee: Los Grandes Clásicos de la Historieta Cómica Argentina. Quiénes deben subir a ocuparlo?
Cada historietómano llamará a distintos creadores. Yo llamo a Torino, Quinterno, Battaglia, Mazzone y Ferro.
Y si dejo afuera a Oski, Quino, Divito, Lino Palacio, Medrano, entre muchos otros, no es precisamente porque no los admire, sino porque los encuadro en una categoría más amplia -lo que no implica ningún otro juicio de valor-: la del Humor Gráfico.
Mi seleccionado también, como ellos, ha hecho chistes sueltos y tiras cómicas. Pero además incursionó brillantemente en lo que llamo Historieta Propiamente Dicha, a falta de un término (y si no falta, disculpen mi ignorancia) que designe específicamente la historieta de más extensión que una tira, o una o dos páginas, si se quiere, para no entrar en discusiones bizantinas.
Dicho esto, habrá que establecer diferencias entre los ocupantes del podio. Armaría dos grupos. Los invito a correrse, por favor. Mazzone, Quinterno y Torino de este lado y Ferro y Battaglia del otro. Gracias.
Hay una primera razón para diferenciarlos, que radica en el carácter de editores de los tres primeros. Si bien Ferro llegó a tener junto con Blotta padre su propia revista, “Dos Campeones”, que recopilaba episodios de Langostino y de El Gnomo Pimentón publicados originariamente en la “Patoruzito” semanal, fue un experimento de corta duración que no se puede equiparar a la magnitud de Editorial Dante Quinterno, Adolfo Mazzone Editor o Ediciones Torino. Consecuentemente, la popularidad que alcanzaron en su momento fue mayor que la de Ferro y Battaglia (1). Y entiendo que si llegaron a tener sus propias editoriales fue porque el favor del público los había acompañado desde antes, aparte de sus aptitudes empresariales, que también son distintas, y a las que me referiré más adelante.
Pero esta distinción es secundaria, y no implica juicio de valor ya que -se sabe- el gusto del lector medio no siempre resulta índice de calidad.
Lo esencial radica en que el planteo metafórico del Langostino de Ferro y el delirio surrealista del Don Pascual de Battaglia generan distancias mayores con las creaciones de Torino, Quinterno y Mazzone, que las que estos tres poseen entre sí.
Por lo dicho, y por razones de extensión, el presente análisis se centrará en este trío que, desde la década del ’30 a la del ’70, entretuvo a millones de argentinos con sus creaciones. En la actualidad, sólo el nombre de Quinterno es rescatado de tanto en tanto, y merecido su obra alguna reedición.
Por la razón antedicha, obviaré en su caso algunos aspectos conocidos de la trayectoria, dedicándome a lo que creo esencial en su trabajo como historietista. Con Mazzone y Torino, en cambio, además de rescatar sus singularidades creativas, reseñaré los hitos fundamentales de sus carreras, en tanto los escasos datos que obran se encuentran dispersos o son contradictorios.
(1) Paradójicamente, en la actualidad, Battaglia y Ferro gozan de mayor reconocimiento que Torino o Mazzone. Aunque en lo referente a la ausencia de reediciones de sus obras, hasta el momento en que esto escribo, están todos equiparados.
El copyright de "MAZZONE, QUINTERNO, TORINO: SINGULARIDADES DE TRES MAESTROS DE LA HISTORIETA COMICA" pertenece a Miguel Dao, y se encuentra registrado. Cualquier reproducción -total o parcial- que omita mencionar la fuente será pasible de acciones judiciales.   

sábado, agosto 26, 2006

DE COMO CAPICUA ME CAGO LA VIDA

Remito -antes de abordar esta nota- a "Leyendo Historietas", que si bien fue publicada antes que la presente, figura en primer lugar y no sé como cambiar la ubicación... Ahora sí, y retomando un poco lo del referido blog... En la Argentina, han surgido grandes creadores de historieta, tanto en la vertiente cómica como en la seria. Alguno de ellos, inclusive, han saltado de la primera a la segunda, donde finalmente alcanzaron una calidad que trasciende el género y se ubica en el terreno de la plástica pura, tal el caso de -como lo apunté antes- Alberto Breccia.
Ahora, en el campo propio de la Historieta, quizá sea necesario aclarar que los arbitrarios rótulos de cómico y serio no implican juicio de valor sobre las respectivas categorías. Hay impresionantes talentos cuyo estilo fué siempre lo cómico, tanto en dibujo como en argumentos.
Así, la caprichosa brújula de las lecturas de mi infancia, me lleva ahora hasta Adolfo Mazzone, un verdadero militante de la querida Historieta cómica.
El rastro más antiguo que he encontrado de él, se remonta al año '39. En las amarillentas y quebradizas páginas del Patoruzú semanal de esa época, aparece con su firma, la entonces tira Mi sobrino Capicúa...
Se dice que fué Lino Palacio quién lo alentó a mostrar sus trabajos a Quinterno. No le fué fácil su entrada en la editorial, pero finalmente logró ingresar.
En una nota de Fabián Polosecki, para la ya citada -post de Torino- sección Risas Argentinas, se lee: "Mazzone era mecánico de los talleres Chrysler y se ganaba la vida golpeando chapas con un martillo que le aturdía el pulso de dibujante. Copiando a Hide Irving, descubrió que un pulso 'tembleque' -como él lo llama- podía esconder una línea posible para el dibujo."
La referencia seguramente fonética de Polosecki, hace que se confunda al escribir el nombre, ya que a quien Mazzone reconoce como maestro es a Jay Irving (1900-1970), afecto a caricaturizar policías, lo que sin duda también influyó en don Adolfo, que a menudo los incluye en sus historietas. Es de destacar que Mazzone es uno de los pocos grandes de la historieta cómica argentina, que no ha recabado en Disney como fuente inspiradora.
No puede ser más acertada la autocaracterización de pulso 'tembleque' para definir su estilo. Es ese 'defecto' justamente, el que dota de extraordinaria movilidad física a sus criaturas.
Pero siguiendo la pista de Mazzone, el siguiente hito lo encuentro en Rico Tipo, del año '45. Allí se publica con regularidad Piantadino en formato de tira, al igual que la anterior.

Y también aparecen en Rico Tipo los cuadros humorísticos que pueblan muchísimas ediciones y que lucen maravillosamente en las tapas de El trencito, una revista de juegos... (aclaro, para que no me hinchen las pelotas, que las imágenes que siguen son las únicas no pertenecientes a mi colección y que las saqué de un aviso de Legaristi).
Además, datos recogidos ubican a Piantadino, desde el '41 al '60, en el diario El Mundo.
Y, sin precisar fecha, se menciona a Perkins, en El Correo de la Tarde.
También se señala la enorme popularidad que habían alcanzado los personajes de Mazzone, al punto que sus nombres (o sobrenombres, no se sabe) terminaron instalándose como lugar común en el lenguaje cotidiano.
El hallazgo consistía en caracteres simples, casi unilaterales, cuyos apelativos cifraban sus personalidades.
Así Capicúa era un suertudo, Piantadino un convicto que vivía planeando fugas, Cariseca un tipo apacible que, si se lo golpeaba en la nuca, se transformaba en una fiera, Afanancio un punguista que rozaba la magia.
Y los de menor rango: Perkins un servil mucamo de librea, Batilio un alcahuete, Yoloví -el pequeño chantajista- un nene que sacaba provecho de la hipocresía de los adultos, Fiaquini un holgazán, Tacañino un avaro.
La traslación de estos nombres paradigmáticos a apodos populares, debe haber resultado poco menos que automática, perdurando algunos de ellos hasta hoy en día.
Otros creadores del género, han logrado también este tipo de repercusión: Divito con Pochita Morfoni, Fúlmine y Fallutelli; Lino Palacio con Don Fulgencio -el hombre que no tuvo infancia- y Avivato.
Pero el caso es que yo descubro por primera vez a Mazzone en la revista Capicúa y Piantadino, cuyo número inicial aparece en octubre del '59 (ver tapa en blog sobre Lúpin), donde debuta como editor.
En aquélla época, y en la Argentina, la Historieta se encaraba como un oficio artesanal, a diferencia de los yanquis, donde los estudios de mercado empezaron desde muy temprano.
Salvo en el caso de adelantados, como Quinterno, que para sostener monstruos editoriales comenzaban a crear equipos de trabajo, la producción era personal y continua. Muchos creadores realizaban integralmente las labores de dibujo y guión.
Eran grandes talentos que improvisaban sobre la marcha.
Esto implicaba muchas veces que sus personajes fueran modificando sus características a lo largo de las publicaciones. La aceptación del público podía convertir un personaje secundario en protagónico. También determinar el pasaje de tira unitaria a episodios más extensos.
Así, en la revista Capicúa y Piantadino las tiras de ambos personajes se convierten en historietas más extensas, que muchas veces, retoman el esqueleto argumental de las antiguas dos páginas, para desarrollarlo.
Aquí, en el número 4, vemos como la tira del Patoruzú semanal Nº 108, reproducida ut supra, se convierte 20 años después en una historia de17 páginas.
Asimismo habrán notado los importantes cambios gráficos en el personaje de Capicúa, que pasa de ser un imbécil absoluto a un moderado bobalicón.
También ha cambiado el cuadro de presentación de la historieta.
Si en Patoruzú, el protagonista aparecía mencionado diegéticamente por el tío, en la revista propia queda sólo su nombre. Sin embargo, Olegario no desaparece aún del dibujo y se agrega el Profesor Bambufoca, ambos mirando resentidos a Capicúa por su extraordinaria suerte. Por fin, el glotón de queso conquista el protagonismo absoluto también desde la gráfica, cuando en el segundo año de la revista, reposa en el cuadro inicial junto a una enorme bolsa de dinero.
Piantadino también sufre una transformación. Del presidiario inicial que era -en compañía de otros reclusos como Afanancio, Batilio y Fiaquini- pasa a la condición contraria: detective (sabemos que no hubiera sido lo contrario a delincuente si se hubiese transformado en policía). Adopta como ayudante a un nuevo personaje -Pocoseso- reproduciendo así el modelo clásico de la dupla Holmes-Watson.
Sospecho que más que por motivos morales, el cambio se produjo porque el ámbito cerrado de una cárcel no permitía desarrollar mucho mas que cortos gags.
Piantadino pronto se independiza de Capicúa, para tener su propia revista. Aunque la ruptura no es absoluta, ya que en los primeros números se la presenta como Suplemento de... y con formato
tabloide, que abandonará rápidamente para tomar el más frecuente de apaisado.
Aquí vemos el número inaugural, de enero del '61, donde precisamente se cuenta la transformación de Piantadino en detective. Como observarán en los dibujos marginales, Afanancio y Batilio forman parte del staff. Estos siguen en tiras separados del titular de la revista, pero igualmente fuera del presidio que en común otrora los albergaba. Pronto seguirán su propio camino, pero antes, apenas iniciado el '62, salta súbitamente al estrellato Cariseca, personaje del que no encuentro antecedentes, en la tercera publicación de la creciente editorial Mazzone.
Y fiel al estreno de una revista por año, llega por fin Afanancio, tan asombroso ladrón como siempre (no podría haber sido de otra manera), pero -como ya dije- fuera de presidio y con el pronto agregado de una familia. Una tía primero, y un sobrino -Botafogo-, después.

Si bien Batilio y Fiaquini también tuvieron su publicación propia, no alcanzaron la repercusión de las anteriores y duraron unos pocos números.
Cabe acotar que aquéllos, durante mucho tiempo, siguieron apareciendo en tiras unitarias dentro de las revistas de los otros personajes-estrellas.
Pero hablemos de Capicúa, que era de todos el que más me gustaba...
Poco hay para decir de él, aparte de su aire distraído, su tonto buenhumor, su culo a toda prueba y su no menos extraordinaria voracidad con los quesos.
(Permítaseme una pequeña disgresión: hoy en día creo que me gustan más estas maravillosas tapas que las historietas en sí)
Si como mencioné, Mazzone termina avivando un poco -nunca demasiado- a Capicúa, era tratado habitualmente como un idiota por su tío Olegario y el profesor (trasnochado y fracasado inventor, en realidad) Bambufoca, con los que convivía. Este trío conformaba una familia totalmente atípica para la realidad, cuyos vínculos eran difusos y sus antecedentes nunca explicados (al menos yo, los ignoro).
Pero la asociación de este tipo era común en el lenguaje de la Historieta, ya que abundaba la convivencia entre hombres. Aparte del archisabido vínculo padrino-ahijado, citaré -para no extenderme- sólo unos pocos casos: Don Nicola y el maestro Esculapio, Tric y Trake, Javier y su hermanastro Cariseca, Anteojito y Antifaz...
Resulta paradójico que esta estratagema, presumiblemente creada para eludir la cuestión sexual y la procreación que aparecería inevitablemente con parejas convencionales, dió pábulo para que algunos miserables infirieran conductas homosexuales en los personajes (basura de gente!!!).
En realidad, las familias tipo en nuestra Historieta, recién empiezan a aparecer con Mafalda.
Volviendo al tema... Olegario y Bambufoca estaban siempre en la lona (como el primer Isidoro) y vivían pergeñando planes supuestamente ingeniosos para zafar. Vocación argentina, si las hay.
Demás está decir que intentaban utilizar en beneficio propio la prodigiosa suerte de Capicúa, pero este don -misteriosamente- sólo podía ser aprovechado por él.
Tío y profesor terminaban siempre peor que antes, mientras el despreocupado sobrino era cubierto de billetes, joyas o toneladas de queso gruyère.
La suerte de Capicúa era directamente proporcional a la desgracia de Olegario y Bambufoca.
Este esquema básico -repetido invariablemente- constituía el eje de las aventuras de Capicúa.
La pregunta que me hago es: Qué asociaciones, representaciones, identificaciones habrá hecho uno de pibe, para que estas historietas sumamente lineales hayan quedado tan grabadas en el imaginario?
Algunas respuestas estarán en el diván.
(Advertencia para los ingeniosos que abundan en comments: aquélla que podría vincular mi rostro con el del personaje, resulta demasiado fácil como chiste).
El queso me gusta, pero creo que lo central está en el elemento suerte. A quién le toca y a quién no.
Seguramente, en la época que yo leía Capicúa no me sería fácil discernir lo verosímil de lo inverosímil, la realidad de la ficción.
Pero también de adulto... uno ha fantaseado tanto con sacarse la lotería, encontrar una valija repleta de dólares, recibir una herencia de algún pariente ignoto...
Nada de eso ha pasado.
Por otra parte... uno ha observado indolentemente, con cierta indiferencia y hasta con desdén los afanes de aquellos hijos de puta que están en la carrera del lucro y la especulación.
Y ha comprobado que generalmente, alcanzan lo que persiguen.
Todo al revés que en Capicúa...
Ahora me doy cuenta...
Usted me ha engañado, maestro Mazzone!!!
ANALISIS DE ESTRUCTURA: Remate con gag verbal, en intento de relato serio sobre Historieta cómica que, probablemente -todo es tan relativo-, (continuará)