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miércoles, septiembre 22, 2010

MAZZONE, QUINTERNO, TORINO: SINGULARIDADES DE TRES MAESTROS DE LA HISTORIETA COMICA (I)

I.- EL CREADOR DE TIPOS

De los tres, Adolfo Mazzone se lleva las palmas al mejor dibujante.
Cito a Fabián Polosecki (2):
"Mazzone era mecánico de los talleres Chrysler y se ganaba la vida golpeando chapas con un martillo que le aturdía el pulso de dibujante. Copiando a Hide Irving (3), descubrió que un pulso 'tembleque' -como él lo llama- podía esconder una línea posible para el dibujo." 
No puede ser más acertada la auto caracterización de pulso 'tembleque' para definir su estilo. Es ese 'defecto' justamente, el que dota de extraordinaria movilidad física a sus criaturas. La elasticidad  y armonía de sus personajes, se conjugan -sobre todo en las numerosísimas portadas que realizó- con los trabajados fondos. Un  cuidado que resultaba excepcional en Quinterno, e irregular en Torino.
Por otra parte, es de destacar que Mazzone es uno de los pocos grandes de la historieta cómica argentina, que no ha recabado en Disney como fuente inspiradora, lo cual redunda en la originalidad de su trazo.
El rastro más antiguo que es posible encontrar del Mazzone historietista se remonta al año '39. En las amarillentas y quebradizas páginas del “Patoruzú” semanal de esa época, aparece con su firma, la entonces tira “Mi sobrino Capicúa”. Se dice que fue Lino Palacio quién lo alentó a mostrar sus trabajos a Quinterno. No le resultó fácil la entrada en la editorial, pero finalmente lo logró (4).
El siguiente hito importante en su carrera es Piantadino (Don Piantadino, en los primeros tiempos), publicado originariamente en el diario “El Mundo” en 1941 -a raíz de un encargo de su director, Muzio Sáenz Peña-, y pocos años más tarde en la revista “Rico Tipo”, desde sus comienzos. Sin  precisar fechas, se suele mencionar a Perkins, en “El Correo de la Tarde”.
Eran épocas, en la Argentina, en que la historieta se encaraba como un oficio artesanal, a diferencia de Estados Unidos, donde ya existían los estudios de mercado.
Salvo en el caso de adelantados, como Quinterno o Divito, que para sostener sus editoriales crearon equipos de trabajo, la producción era personal y continua. Muchos creadores realizaban integralmente las labores de dibujo y guión.
Eran grandes talentos que improvisaban sobre la marcha y se diversificaban con trabajos en distintos medios gráficos.
Esto implicaba muchas veces que sus personajes fueran modificando las características a lo largo de las publicaciones. La aceptación del público podía convertir un personaje secundario en protagónico. También determinar el pasaje de tira a episodios más extensos, y de diarios a revistas propias. Es el caso de Quinterno, con Patoruzú, y también el de Mazzone con Capicúa y Piantadino.
El primigenio Capicúa no tenía primo cartello. Desde el título mismo de la tira en “Patoruzú” semanal (“Mi sobrino Capicúa”), era mencionado diegéticamente por su tío, Olegario Filomocho. Este era, entonces, quien se perfilaba como protagonista, apareciendo su dibujo en primer término en el logo de la tira. Habitaba, junto al profesor Bambufoca, una pensión. Y ambos hacían malabarismos para evitar los reclamos de la dueña -Doña Amparo- por falta de pago. Capicúa -metonimia de los números que se repetían, al principio y al final, en los boletos de colectivo, y que según el imaginario popular atraían la fortuna- extraordinario suertudo, operaba apenas como contraste de la miseria de su tutor.  Por otra parte, Filomocho alude al quiero y no puedo de Olegario, característica común a los personajes de historieta de la época (Gilito, Julián e Isidoro, de Quinterno, para nombrar referencias directas). Como Javier, el hermanastro de Cariseca, también de Mazzone, viste levita y usa mónoculo. Aunque al adminículo lo abandona al tiempo, y el apellido deja de mencionarse, conjuntamente con el crecimiento en protagonismo de su sobrino.
En la primera tira, Olegario recibe un telegrama de la localidad de Los Carpinchos anunciándole que un hermano que acaba de fallecer, le deja como herencia “su inapreciable tesoro”. El pensionista se dedica a gastar a cuenta, sacando provecho de la avidez que provoca en Doña Amparo tal noticia. Pero al llegar el tren, de un cajón de encomienda con el letrero “Capicúa, el tesoro de ‘Los Carpinchos’”, surge un dientudo con rasgos mogoloides. Y el guarda reclama a Olegario el pago de los 30 kilos de queso que la “bestia” se devoró en el viaje.
Este inicio remite indudablemente tanto a la llegada de Curugua-Curiguagüigua en “Crítica” (18/10/28), como al anuncio en "El Mundo" (10/12/35) donde Patoruzú surgía de un cajón de encomienda. El homenaje da cuenta de la admiración de Mazzone por Quinterno, y de su agradecimiento además, ya que éste finalmente lo había incluido -muy joven: 24 años- en su selecto staff.
En el episodio que sigue (5), Olegario intenta desembarazarse del incómodo pariente. Hasta que descubre el don con que está dotado y le pide a Doña Amparo un lugar para él en la pensión.
En adelante, Capicúa conservará su suerte, su dentadura y  su afición por el queso. Pero experimentará cambios gráficos y de personalidad, pasando de ser un imbécil absoluto a un moderado bobalicón. Y hasta exhibirá por momentos algún grado de astucia. Pero eso, ya en la etapa de la revista propia, a la que me referiré más adelante.
Veamos ahora el caso de Piantadino. Su rostro es un globo, con nariz prominente y tres pelos parados. Viste el clásico traje a rayas de los presos, y es muy petiso.
En su primer planteo, en formato de tira, constituye un arquetipo puro. Permanentemente intenta “piantarse” -de allí, del lunfardo, el origen de su nombre-, y el sistema carcelario -encarnado por el guardián y el director del penal- se lo impide. Apenas, como matiz distintivo del personaje, aparece una desmedida afición a las empanadas. Para escapar de este esquema fijo, Mazzone comienza a plantear situaciones entre los reclusos. De entre esa fauna, surgen los otros dos arquetipos que seguirán carreras independientes, en tiras e historietas: Batilio -derivado de “batilana” o “batidor”, o sea, el “alcahuete”- y Afanancio -de “afanar”, obvio.
Hay una tira que da exacta cuenta de los andariveles por los cuales transitaba el concepto del humor de Mazzone. En el primer cuadrito, Piantadino corre por un campo y el guardián lo persigue. En el segundo, cambia el paisaje. Se ve un río, un muelle y al prófugo subiendo a una balsa, siempre con el otro detrás. Hasta allí, ambos cumplen perfectamente sus roles complementarios, tal como se espera de ellos. Acción repetida en cientos de tiras. Previsibilidad absoluta. Pero en el tercer cuadro se produce un extraño interregno, el del tránsito en  la balsa, donde los dos esperan aburridos que culmine el cruce del río. Para continuar nuevamente en tierra, en el cuarto y último, el escape y, por supuesto, la consecuente persecución. El chiste radica no en el remate, sino en el tercer cuadro, ya que resulta obvio que el policía podría haber atrapado al prófugo sin problemas durante la travesía por agua.
 El extraordinario hallazgo de esta tira radica en extremar los arquetipos, en llevarlos al límite. Los roles de perseguidor y perseguido alcanzan así la categoría de lo fatal: su destino es ineluctable. La tarea eterna de Piantadino es fugarse. La del guardia cárcel, atraparlo (y las veces que lo logra, el ciclo debe volver a repetirse). Ninguno de los dos se queja de este trabajo inevitable. Al contrario, cuando no lo practican se aburren. Saben que existen sólo en función del papel que les fue asignado. Rol fijo, único, determinado de una vez y para siempre. Porque Piantadino dejaría de ser quien es si ya no intentase la huída, al igual que el guardia cárcel si no lo persiguiera.
E incluso la tira genera fenómenos de metalenguaje: el prófugo lo es en función del presidio, y hasta puede llegar a lograr por un rato su objetivo. En cambio, bajo ninguna circunstancia podrá escapar a su misión de personaje.
Si esto no es poética... Similares alturas de abstracción alcanza Mazzone con “El Sr. Bang” (década del ’40, “Rico Tipo”), un terrorista sin ideología conocida ni rostro visible.
Debemos saltar ahora a octubre de 1959, un año antes de que cerrara el diario “El Mundo”. En esa fecha, Mazzone se lanza como editor con “Nuevas Aventuras de Capicúa y Piantadino”, alentado, como apuntaba antes, por el éxito de sus creaciones. Recién aquí, en la revista (apaisada, de 68 páginas),  se puede apreciar al Mazzone historietista. Es decir, haciendo Historieta Propiamente Dicha, abandonando el formato tira de entre cuatro y doce cuadros, y lanzando a sus dos personajes a aventuras con un desarrollo argumental más complejo (6). Le dedica a cada uno 17 páginas (o sea, sumados, la mitad de la publicación), dibujadas y guionadas por él mismo (7). Desde la portada, una franja las anuncia como “Aventuras completas”.
El que resiste mejor ese pasaje, hay que decirlo, es Capicúa.
Es una lástima que Mazzone traicionara allí la esencia de Piantadino, despojándolo de su identidad primigenia.
Pero veamos los casos por separado.
En el logo de presentación de la historieta, Capicúa es ahora el único a quien se menciona, y como dibujo, ocupa el centro del cuadro, saludando inocentemente. La imagen de Olegario vuelve a aparecer, aunque al costado de su sobrino, y del otro se agrega al Profesor Bambufoca. Ambos miran resentidos al extraordinario suertudo. En el segundo año de la revista, éste conquista el protagonismo absoluto también desde la gráfica: en el cuadro inicial se lo muestra solo, reposando junto a una enorme bolsa de dinero.
Paralelamente, la incidencia en la trama de la suerte de Capicúa, se había convertido en fundamental.
A Olegario y Bambufoca se los sigue situando en la pensión de Doña Amparo sólo en el primer episodio. Luego sin que se explique cómo, habitan una humilde casita. El cambio permite que el Profesor Bambufoca tenga instalado su laboratorio y desarrolle consecuentemente su rol de inventor, lo que servirá como plataforma argumental de muchos episodios.   Esto no impide que el dúo esté siempre en la lona y viva pergeñando planes supuestamente ingeniosos para zafar. Vocación argentina, si las hay.
Demás está decir que intentan una y mil veces utilizar en beneficio propio la prodigiosa suerte de Capicúa. Pero este don -misteriosamente- sólo podía ser aprovechado por él. Tío y profesor terminan siempre peor que antes, mientras el despreocupado sobrino es cubierto de billetes, joyas o toneladas de queso gruyère. La fortuna de Capicúa resulta directamente proporcional a la desgracia de Olegario y Bambufoca.
Un matiz interesante en los vínculos lo aporta el trato brutal que tiene a menudo Olegario con su sobrino. Bambufoca suele poner algún reparo, pero termina siempre ganado por la ambición.
Podría leerse una intención moralizante, en tanto que lo que se premia es la inocencia del protagonista.
Este esquema básico -repetido con infinitas variantes- constituyó, durante un largo período de la revista, el eje de las aventuras de Capicúa.
A mediados de los ’60, Mazzone las empieza a dejar en manos de colaboradores (principalmente su hija Laura) y se aboca solamente a las portadas (8). Aún así, Capicúa es el personaje al que más se dedicó personalmente, y a mi juicio, el más logrado como historieta. Y también su revista la más pareja en calidad.
En cambio, Piantadino resulta más feliz en versión tira.
En el primer número de la flamante revista cuyo cartel comparte con el suertudo, y sin que medie antecedente conocido por mí, el preso no sólo está del otro lado de las rejas, sino que también trata de ganarse la vida más o menos honradamente. Aparece acompañado de Pocoseso, un gordinflón que, tal como su nombre lo indica, tiene pocas luces. Ambos se meten en líos, que suelen culminar con el descubrimiento involuntario de ilícitos y la detención de maleantes. O sea que ex-presidiario se ha convertido en un colaborador de la ley. Con el correr de las aventuras, le empiezan a encomendar trabajos de vigilancia o seguimiento, cuando no  se lanzan ellos mismos tras la caza de alguna recompensa. Sin embargo, el perfil de los dos buscavidas no termina de cuajar y las historietas se reducen en extensión. En otra página de la revista suele aparecer también, en formato de tira, “En la Cárcel de Piantadino”, donde el personaje conserva toda la lozanía en su condición de convicto. También se publican tiras de Afanancio, tanto en presidio como en libertad, con igual grado de eficacia.
En enero de 1961, Piantadino logra publicación propia, aunque durante unos pocos números (al igual que el formato tabloide, que también se abandona) lleve la leyenda “Suplemento de Capicúa” (9). Allí se explica lo que había sido omitido anteriormente. La historieta inicial arranca con la evasión de la cárcel de Piantadino y Pocoseso. A raíz de la vestimenta que encuentran para sustituir el traje a rayas, confunden a Piantadino con un detective. Se hacen cargo de la misión con éxito, lo que les vale el indulto. A partir de ese momento, los roles del investigador y su ayudante, que reproducen paródicamente el modelo clásico de la dupla Holmes-Watson, se irán afianzando, hasta dejar atrás por completo el pasado delictual.
Si bien paralelamente, en la primer página, seguirá apareciendo por mucho tiempo la tira de la cárcel.
Afanancio, antes de tener su revista, compartió, durante un breve lapso, las historietas de Piantadino, lo cual enriqueció la trama. Dicho período se ubica con continuidad entre octubre de 1961 (Nº 10) y mayo de 1962 (Nº 17), donde se registra la última aparición del asombroso punguista dentro de las peripecias del ahora detective (10). Los antiguos compañeros de presidio aparecen allí enfrentados, ya que Piantadino había pasado del lado de la ley. Aunque nunca tanto como para hacer olvidar la antigua camaradería.
Es probable que el cambio del personaje se haya producido porque el ámbito cerrado de presidio no permitía desarrollar mucho más que cortos gags. Un arquetipo absoluto, como Piantadino, tras las rejas, significaba una importante limitación para el desarrollo de historias extensas. Y ya en libertad -a diferencia de Afanancio o Batilio que no ofrecían dificultad para que siguieran jugando sus roles en dicha condición- de dónde, de qué, de quién, podía escaparse Piantadino? Podía seguir siendo un delincuente afuera, claro, y evadirse de la policía. Sospecho que no se eligió esa vertiente por motivos morales. Era una revista que leían los chicos, y Mazzone nunca fue proclive a las audacias (11).
Pero el caso es que el artilugio encontrado como solución resulta pobre en relación a la idea original. Al convertir en detective a su personaje, Mazzone lo privó de ser. O por lo menos, lo alejó mucho del sello que desde el nombre mismo le había impuesto. Un detective que siempre logra zafar de las trampas que le tienden no alcanza la dimensión simbólica de un preso obsesionado en huir, de un artista de la fuga. Así, y no de otra manera, ha quedado grabado Piantadino en la memoria colectiva.
Con todo, la historieta del detective, solía deparar algunos buenos episodios.
Pero la tira del preso, rozaba por momentos la genialidad.
Para idéntica época que delega el dibujo de Capicúa, Mazzone hace lo mismo con Piantadino y con sus restantes personajes en las revistas que siguieron. Pero dado que “Capicúa” apareció primero, y que además su periodicidad era quincenal -a diferencia de las otras, mensuales-, el número de episodios de su completa autoría se triplica allí (12)
Es por eso que no otorgo demasiada relevancia a “Cariseca” (noviembre 1961) y “Afanancio” (julio 1963). Mazzone las dibujó muy poco (13).
Cariseca aparece por primera vez en su propia publicación. Como historieta, aporta la novedad, dentro del mundo del autor,  de villanos fijos (Doña Angustias y Zoquete). Las dos fases del protagonista, similares a la de Jekyll y Mr. Hyde, se turnan golpe en la nuca mediante. La relación con su hermanastro Javier (...Lucas Pérez Granchato Biarritz Anchorena), aparte del aditamento del linaje -opuesto al de Cariseca- es fácilmente asociable a la de Capicúa con su tío Olegario. Y Afanancio, si bien estando en libertad, conserva sus características de presidiario, está ahora acompañado por su tía Inmaculada, quien -nuevamente el nombre lo indica- obra como factor correctivo y moralizante. La familia se completará luego con otro sobrino de corta edad: Botafogo.
Aunque baste con Capicúa para subir a Mazzone al podio de Los Grandes Clásicos de la Historieta Cómica Argentina, hay que reconocer que su fuerte fue la tira. La enorme popularidad que habían alcanzado sus personajes, en ese formato, hizo que sus nombres (o sobrenombres, no se sabe) terminaran instalándose como lugar común en el lenguaje cotidiano.
El hallazgo consistía en caracteres simples, casi unilaterales, cuyos apelativos cifraban sus personalidades.
Así Capicúa era un bendecido por la suerte, Piantadino un convicto que vivía planeando fugas, Cariseca un tipo apacible que, si se lo golpeaba en la nuca, se transformaba en una fiera, Afanancio un punguista que rozaba la magia.
Y los de menor rango: Perkins un servil mucamo de librea; Batilio un alcahuete ("Es la cara de un empleado que había trabajado conmigo en la firma importadora Woff Godfrid; el correveidile del jefe. De alguna manera me tenía que vengar", confesó alguna vez Mazzone); Yoloví -el pequeño chantajista- un nene que sacaba provecho de la hipocresía de los adultos; Fiaquini un holgazán ("hecho a mi imagen y semejanza, entre bostezo y bostezo", también al decir del autor); Tacañino un avaro.
La traslación de estos nombres paradigmáticos a apodos populares, debe haber resultado poco menos que automática, perdurando algunos de ellos hasta hoy en día.
Otros creadores del género, han logrado también este tipo de repercusión: Divito con Pochita Morfoni, Fúlmine y Fallutelli; Lino Palacio con Don Fulgencio -el hombre que no tuvo infancia- y Avivato.
Con la diferencia que ellos no tentaron el pasaje de la tira a la historieta. Celebro, a pesar de las críticas apuntadas, que Mazzone sí lo haya hecho.
(2) Suplemento "Risas Argentinas", revista "Hora Cero" Nº 5, octubre 1990, Ediciones de La Urraca
(3) Sic. La referencia seguramente fonética de Polosecki, hace que se confunda al  escribir el nombre, ya que a quien Mazzone reconoce como maestro es en realidad Jay Irving (1900-1970), afecto a caricaturizar policías, lo que sin duda también influyó en don Adolfo, que a menudo los incluye en sus historietas.
(4) La fecha de comienzo de la tira fue el 31 de Julio de 1939 (número 98 de “Patoruzú”). Pero el libro “La Argentina que ríe” -Fondo Nacional de las Artes, 2007- ancla en el año 1938 el inicio de Mazzone como colaborador de la revista, luego que varios originales le fueran rechazados. En efecto, se pueden encontrar, en números anteriores al mencionado, chistes sueltos con su firma, donde se patentiza la influencia de Irving.
(5) Según lo relata Siulnas, en su libro “Aquellos personajes de historieta (1912-1959)”, PuntoSur Editores, 1987.
(6) Mazzone suele retomar el esqueleto argumental de las antiguas dos páginas de Capicúa en ” Patoruzú”, para desarrollarlo. Un ejemplo es el de la historia donde Olegario le hace elegir a su sobrino un billete de lotería a ciegas (Nº 108 de “Patoruzú”-octubre 1939-, Nº 4 de “Capicúa y Piantadino” -diciembre 1959- Episodio: “Billetes de Navidad”).
(7) Lo acompaña en la revista un staff que incluía a los notables Guerrero, con Lúpin, y Ianiro, con Tóxico y Biberón. Pocos números más adelante se incorporaría Dol con Resorte, el ayudante del Profe. Mazzone, además de ocuparse de las historietas de Capicúa y Piantadino,  incluye  tiras de Afanancio, Fiaquini, Macoco, La Cárcel de Piantadino, y chistes sueltos, también de su autoría. A partir del Nº 9 (05/04/60), publica otra de sus creaciones: El Minuto Fatal. Era un gag que constaba de dos cuadritos, donde un personaje, desde la actualidad, y sufriendo un hecho desastroso, recordaba el error cometido que había llevado a provocarlo. Originaria de los inicios de Rico Tipo (1945),  se convertirá en un clásico de la nueva revista. Aparece invariablemente  en la primera página, junto al editorial, hasta comienzos de la década del ’70.
(8) El motivo parece haber sido dedicarse más de lleno a su faz de editor, ya que, para 1965, los títulos se habían incrementado, y además, algunas publicaciones mensuales, como Piantadino, pasaron a ser semanales. Sin embargo, este auge de la editorial duró poco tiempo.
(9) También acompañan a Mazzone en la nueva publicación, Guerrero con Moscato, Oporto y Anís, y Dol con Jopo el Reportero.
(10) Incluso, en varios de esos números, Afanancio llegó a la tapa de la revista, a diferencia de Piantadino en Capicúa (solo se mostraba un círculo con su cara). Conjeturo que la confianza de Mazzone en que cada una de sus criaturas pudiera llegar a tener publicación independiente, fue paulatina. Pero nada improvisada, a diferencia de las caóticas Ediciones Torino.
Así, más de un año antes de que Afanancio tuviera su propio título, fue independizándolo de Piantadino.
(11) En “El Pingüino”, una revista picaresca chilena de los ’50 y ’60, se publicaban  dos tiras poco conocidas de Mazzone: El Señor Gerente (una mezcla de Don Fulgencio y Tacañino) y Chiki, la Corista, donde el creador de Capicúa elude la audacia que proponía el personaje mismo. Es evidente que en dicha vena no se sentía cómodo y para sortearla acudía a temas como las desdichas económicas de una aspirante a estrella o la vida entre camarines.
(12) Computo unas ciento veinte historietas de Capicúa, donde se reconoce integralmente el trazo de Mazzone.
(13) Si bien por el año 64 aparecen “Chistosis” (Chistes de bolsillo) e “Histocom”, además de “Batilio” en enero del 65 y bastante más tarde, cerca de los ’70,  “Fiaquini”, ninguna de ellas tuvo el éxito de las cuatro primeras y duraron escasos números.
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