SOBRE ESTE BLOG...

Acá vas a encontrar, básicamente, data sobre historieta cómica argentina clásica. Además, bastante de bande dessinée. Algunas reflexiones sobre el lenguaje historietístico, muchas polémicas y miles de imágenes, la mayoría de mis propios archivos. La forma más fácil de ubicar un material o autor es ir a "Etiquetas", revisar y hacer click en la pertinente. También podés escribir una palabra clave en "Buscar en este blog". Tenés mi contacto, encima. Suelo responder mails si la consulta es muy específica. Podés tomar lo que quieras, siempre que cites la procedencia. Si no citás, y te ubico, te escracho públicamente, como he hecho en varias oportunidades. Enjoy

domingo, mayo 16, 2010

LA HISTORIETA COMO FUENTE INSPIRADORA DEL TEATRO

Por aquello de “quien esté libre de pecado…”, comenzaré confesando uno, juvenil, y finalizaré sin arrojar piedras, apenas señalando algunas coincidencias.
A fines de los ’60, mi tío Ramón compraba religiosamente las Patoruzú semanales (las de formato tabloide), y una vez leídas me las pasaba. Siendo yo, desde por lo menos cinco años antes, ferviente seguidor del indio, a lo primero que iba era a las dos páginas de sus aventuras (unitarias, para esa época). Y obviamente, seguía con Isidoro, Don Fierro, y todo el material tanto de historietas como de humor gráfico. En la tercera etapa de lectura abordaba las secciones fijas de humor escrito (la que más me gustaba era Jovito Barrera, un barrilete sin cola). Solían aparecer también en esa revista narraciones aisladas, de buen nivel. Una de ellas me causó especial impacto, a mis lejanos once o doce años.
Se trataba de la historia de un oficinista sojuzgado en su trabajo, pero que al salir se desquitaba con pequeñas maldades, como empujar gente en los colectivos, patear perros o insultar a su esposa. De esta manera lograba un equilibrio en su vida. Muere y va al infierno, que es la misma oficina en que estaba empleado. El diablo le explica que el castigo consistirá en reproducir eternamente su vida cotidiana. El oficinista, por lo antedicho, no se inmuta: las compensaciones que lograba fuera de su trabajo, lo ayudaban a soportar las humillaciones que sufría allí. Por ende, cuando al finalizar la jornada laboral el diablo le señala la puerta de salida, el hombre la encara contento. Pero al atravesarla, comprueba horrorizado que ingresa nuevamente en la oficina. La otra parte de su vida, la de las revanchas, estaba ausente en aquel infierno.
Unos años más tarde, a los 17, ya estaría en condiciones de encontrarle connotaciones sartreanas, en tono muy menor, al relato. Tampoco debía ignorar que la temática venía de larga data y que era muy frecuente, con notorios exponentes en novela, teatro y cine. Cito ejemplos: La Tregua (1960), Tute Cabrero (1965), La valija (1968) (si bien las tres tuvieron su película, Tute Cabrero, nace como guión cinematográfico y luego su autor, Tito Cossa, realiza la versión escénica).
Sin embargo, estos conspicuos antecedentes no impidieron que cometiera, por el ’74, el pecado de utilizar conciente, callada y vergonzantemente el recuerdo que tenía del cuento de la Patoruzú semanal, o sea la línea central de su argumento, para pergeñar la escritura de mi primera obra de teatro. La Otra Vida, que así la titulé, se estrenó en la Biblioteca Socialista de Zárate, por el grupo Barba Barroca, constituido por los -como yo- jovencísimos Osvaldo Croce, Armando Borgeaud y Edgardo de Lisi, quienes abandonaron luego el camino del teatro, aunque de una u otra forma siguieron ligados a lo artístico. Ellos, incluso, me propusieron incluir el texto en un cuadernillo mimeografiado que editaban. Esto me puso en alerta roja: la representación constituía un ámbito acotado a amigos y seguidores, en cambio el librito -suponía- podía llegar a caer en cualquier mano. De modo que, ante la perspectiva de lo que imaginaba un bochorno público, les conté a mis compañeros acerca del origen del argumento. Croce defendió la legitimidad de mi adaptación y la obra terminó publicándose. Nadie saltó a imputarme, por obvias razones: el cuadernillo tuvo difusión tan restringida como la obra. Además, los que leían Patoruzú y a la vez se interesaban por el teatro, eran bichos rarísimos, como yo.
Pero como adelanté, esta confesión tiene apenas carácter introductorio, aunque demasiado extenso (nuevo pecado) para lo que sigue .
Voy al punto.
Acabo de leer Boggart, de Trillo - Domingues. Me llevó a revisar El Péndulo, donde el mismo guionista, con dibujos de Alberto Breccia, iniciaba brillantemente el tratamiento siniestro de fábulas infantiles.
En el episodio de la serie La Corte de los Milagros, titulado La Princesa Ciega, y publicado en el Nº 3 de la revista (noviembre del ’79), un grupo de menesterosos le organiza a uno de sus miembros -la “princesa” del título-, antes de morir, la representación de su "sueño más preciado: volver a vivir un día en la corte y bailar con un apuesto príncipe". Ellos mismos asumen los personajes, valiéndose de la ceguera de la protagonista para fraguar el engaño. Breccia remarca visualmente la sordidez del ambiente en que transcurre la acción, contrastando con el palacio que le mienten la ciega.
Me llamó la atención la similitud que guarda este argumento de Carlos Trillo con el de la exitosa y multipremiada obra teatral Venecia, de Jorge Accame, estrenada en Bs. As. en 1998 y a partir de allí, con innumerables reposiciones en toda la Argentina y en el exterior.
La pieza se ambienta en un mísero burdel de Jujuy y cuenta la historia de una vieja prostituta ciega que se resiste a morir sin antes encontrarse en Venecia con un antiguo galán. Sus compañeras deciden inventarle el viaje y el encuentro.
Sólo eso. Me atengo a lo que escribí en el encabezado. Supongo que Trillo -a menos que viva demasiado enfrascado en el mundillo de la historieta- conoce la obra de Accame, y que yo sepa no se ha pronunciado al respecto. No voy a ser entonces más papista que el Papa.
Y de última, las cuestiones de autoría intelectual en estos tiempos, parecen tener mucho menos peso que en los ’70, cuando yo vivía con culpa el haber adaptado al teatro un cuentito de la revista Patoruzú, sin mencionarlo.
Creo que fue Federico Reggiani el que calificó en este blog de “preocupaciones burguesas”, el tema de los derechos de autor...

15 comentarios:

  1. Primero, una nota de color a la larga, amena y anecdótica introducción: por entonces para mí, poco historetófilo y algo menor que vos, la Patoruzú (y en especial algunos números "de oro" que solían despedir el año) era una revista de peluquería. De hecho era el único aliciente que hallaba al tener que cortarme el pelo y odiaba al peluquero que interrumpía mi lectura para emprenderla con la maquinita (eran épocas de "media americana" que te dejaban el bocho medio como un marine de película).
    Hay quienes ven un límite difuso entre la semiosis (la producción social de sentido) y el plagio discursivo, porque toda nueva producción parte necesariamente de otras anteriores y jamás existe un 100% de originalidad... que daría lugar a un 0% de circulación y comprensión. La verdad es que el límite no es tan difuso: el plagio consiste en la copia y atribución propia de "obras" ajenas; y a mí "obras" me suena más a "textos" concretos que a "ideas" generales, cosa esta última que vos hiciste en tu adolescencia y seguramente seguiste haciendo porque no hay otro modo de producir algo nuevo sino partiendo de algo viejo.
    El plagio copia, pega y miente la autoría; no recicla ideas reescribiéndolas con otros recursos y/o en otros lenguajes. El plagio es lo que hace Gerónimo Vargas Aignasse, diputado por el FPV, en ocasión de presentar un proyecto de ley contra el plagio en el que plagia a Wikipedia (encima de chorro, es un gilastro) ya que copia, pega y se atribuye la autoría porque no cita fuentes y debajo, firma él.
    "Consultado por Clarín.com, el diputado K admitió que copió el texto de Wikipedia. Curiosamente, también reconoció que no es la primera vez que lo hace y que, además, habitualmente usa argumentos de autores y expertos sin citarlos en su labor parlamentaria. 'No tengo la obligación de citar las fuentes', dijo el legislador kirchnerista que busca -precisamente- que se aumenten las penas por violar los derechos de autor y por no mencionar las fuentes". (No admito argumento acerca de que Clarín es "un monopolio" que "siempre miente": hay en la web enlaces al proyecto y a Wikipedia que habilitan la lectura atenta de cada cual).
    Entonces, plagio es lo de Vargas Aignasse que pretende aumentar las penas contra el plagio mediante un flagrante plagio; plagio no es la dramaturgia de un adolescente que reescribe una idea que lo movilizó a escribir. Tampoco el reciclaje de viejas historias (apuesto a que el motivo del engaño piadoso al "ciego" está en textos de hace 2000 años por más que yo no sea capaz de referirlos). Y respecto de "preocupaciones burguesas", bueno, quizás en parte (ojo que el plagio suele confundirse con el derecho de autor y sus consecuencias monetarias; algunos nabos hasta lo asimilan a la piratería de música o al fotocopiado de libros), pero no creo que develemos nuestra "burguesidad" cuando nos sacamos ante un tal Equis que simplemente copia y pega un texto nuestro (en su sitio web, en su guión teatral, en su ensayo académico o en su proyecto de ley) y debajo firma muy suelto de cuerpo sin mención a la fuente. Un texto y no una idea, porque las ideas, en su generalidad, son patrimonio de la humanidad.

    ResponderEliminar
  2. Je! A mí me cortaban "a la romana".
    Tomo el término plagio de vos, ya que yo evité usarlo. Aún jurídicamente, queda bastante camino por recorrer en la materia. Más allá de la semiótica, creo que sí, que los límites son difusos y que la cuestión no puede circunscribirse a lo textual. Los trágicos griegos tomaban el mito, y todo el mundo sabía de qué se estaba hablando. Yo pongo en una escena a un delirante que lucha contra molinos de vientos, y no necesito hacer referencia explícita a Cervantes. Este tipo de guiños, de homenajes, de citas implícitas no puede, desde ya, considerarse plagio. Tampoco aquello que refiere a antecedentes que quizá no estén en el dominio público (ni literal, ni legalmente) pero que han marcado hitos. Ejemplo: dos personajes esperan a otro que no llega nunca. Máxime cuando se utiliza el mismo tipo de lenguaje (o sea, cito tácitamente a Beckett desde el teatro). Pero cuando no se dan este tipo de presupuestos, creo que es indispensable la cita explícita. Y para utilizar de este modo la creación de otro, ya sea bajo la figura de "inspiración", "adaptación" o "versión", es necesario contar con autorización. Así lo establece la ley, y me parece justo y lógico.
    Existe la posibilidad que lo de Accame en relación a Trillo, sea una coincidencia. O que ambos hayan abrevado, como decís, en un remoto cuento popular que ambos desconocemos. Yo creo que hay bastantes singularidades que se repiten en uno y otro texto, como para poner entre paréntesis estas hipótesis. Pero más allá de Venecia, que merece el margen de duda, vayamos a un caso en que ésta queda descartada: mi pecado juvenil. La actitud vergonzante que tuve ante esa obra no quedaba resuelta con revelar la fuente, ya que la misma fuente era para mí, en ese entonces, vergonzante. Pasado en limpio: basarme en un cuento publicado en la Patoruzú semanal (“género menor”), para elaborar una obra de teatro (“género mayor”), me parecía poco serio. Sin ánimo de exculpar al diputado, dado que yo mismo no me exculpo al día de hoy, pienso que algo de eso jugó en su omisión. Hace un tiempo, también saltó que un juez había usado un texto de la Wikipedia en un fallo. Creo que estos hechos se convierten en un símbolo de la cultura de nuestros tiempos, en tanto la Wikipedia es de acceso libre, no rigen ahí temas de derechos, quien más quien menos la consulta, no habría problema en citarla, pero se abstienen por una cuestión de “prestigio”. Entonces, el dilema quedaría planteado más o menos en estos términos: o asumimos que la masificación cultural ha conducido a un terreno de nadie, y entonces todo vale, o volvemos a la seriedad. O sea, a respetar los contextos, las citas, la bibliografía, etc. La autoría intelectual, en definitiva.
    Y para despejar cualquier ambiguedad que pudiese surgir de esta respuesta: hoy día, si tomara un cuento publicado en cualquier medio popular, no tendría ningún problema en reconocerlo, y hasta con orgullo, con actitud militante de cultura marginal. Y por supuesto, antes gestionaría los derechos. No por ser una preocupación burguesa, sino por honestidad intelectual. O sea que cumplo con la ley, porque creo -en este caso- en la justicia de la ley.
    Con lo que quiero dejar en claro que terminé refiriéndome a otro aspecto de la cuestión, en consonancia con tu planteo, querido Cinzcéu.

    ResponderEliminar
  3. Una persona de los pergaminos de Trillo no puede ser sospechado de plagio, ni mucho menos.

    A veces la memoria juega malas pasadas y algunas ideas suelen venir a nuestra memoria, modificadas por el tiempo y sin autores aparentes.
    Es una casualidad.
    Cuando presente guiones en Columba allá por los `90, cuestioné algunos personajes y recursos utilizados tomados directamente de películas o series de moda. Me dijeron que al ser una arte industrial en serie no se contaba como plagio. Jah!
    Lo cierto es que en EEUU que se cuidan mucho más de la industria del juicio se copian sin desparpajo. Sin ir mas lejos los increíbles son un calco de los cuatro fantasticos y encima tienen un velocista que se llama Dash con una sola letra de diferencia con Flas. Ni hablarde editoriales como Image que calcaron personajes como Namor y lo renombraron Roman. Las mismas letras pero al verre.
    Gustavo

    ResponderEliminar
  4. Me parece que leíste la nota al revés, Gustavo. De todos modos, acoto que yo no me fijo en pergaminos en estos casos, y que lo de las jugarretas de la memoria, a esta altura, me suena a recurso remanido y demasiado fácil como explicación. Te sugiero que antes de dictaminar casualidades, no sólo leas de nuevo mi post, sino también la historieta a la que aludo y la obra teatral. Respecto a lo que sucede en el mercado yankee, no tengo la menor idea, y tampoco me interesa interiorizarme. Si hablamos de ética y de honestidad intelectual, es obvio que los parámetros no pasan por ahí.

    ResponderEliminar
  5. Ya que volví al tema... En relación con la respuesta al comentario de Cinzcéu, se me pasó algo. Yo no se si, siempre dentro de la cuestión de autorías, hablamos de lo mismo cuando nos referimos al campo de las ideas y al de la creación artística. Me parece que cabrían en principio, algunas distinciones de como juegan los precedentes en el pensamiento, en la ciencia y en las artes. Supongo que más de uno las habrá desarrollado, así que será cuestión de buscar...

    ResponderEliminar
  6. En primer lugar que sea plagio o un mito arquetípico que está en la memoria de la especie y, por eso, puede ser usado sin agravio ni abuso de la propiedad intelectual (constituya esta un resabio burgués o no) me recuerda a la fábula de si son galgos o podencos. No es cierto que los legisladores, con o sin Wikipedia, sean los que tienen la palabra en la materia. Esa es una prerrogativa de nuestra nobleza literaria, es decir: de la gente de Letras de la calle Puán -Beatriz Sarlo, Eduardo Romano, etc.- y, de hecho, la ejercen. Concluyen, sin apelación posible quien entra en el canon y quien se queda en la periferia. La soberbia derramada sobre la narrativa de Osvaldo Soriano, por ejemplo, tuvo alguna resonancia, pero no vaya a creerse que se trata de un hecho excepcional. Ellos -otro ejemplo- decretaron que Andahazi no plagió a Cuzzani, y por más “Los indios estaban cabreros” que se encuentre en “El conquistador” ¿Quién es uno para sacar alguna conclusión de lo que leyó?
    Sobre “Venecia” y “Boggart”, aunque contara con expresa dispensa de los Sabios de Puán, no podría opinar. Conozco la obra de teatro pero no el trabajo de Trillo. Los méritos de la obra de Accame, si es que existen, no están precisamente en la originalidad. La Gringa, llega precedidas por otros muchos ciegos prestigiosos (el de “La sinfonía Pastoral” de Gide o el de la Marianela de Galdós, por ejemplo), a los que se le creó, piadosamente, mundos ideales que después fueron desmentidos por la realidad. Si se trata de acompañar a otro en un viaje ilusorio y hacer este viaje absolutamente verosímil ¿cómo no recordar el paseo en trineo en el que el Peer Gynt de Ibsen transporta a su madre de este mundo al otro? Fabricar una ilusión con tanto arte que se hace real, por los motivos más ruines o los más sublimes, es casi una metáfora del acto creativo. ¿Hay alguna otra cosa en la Cueva de Platón o en El retablo de las maravillas de Cervantes? Y ¿acaso no eran ciegos los cortesanos que vieron al Emperador vestido y elegante hasta el primor? ¿Y no lo son los que lo siguen viendo?...
    Lo mismo ocurre con los remotísimos huis clos, y las ansiosas esperas del que no va a venir (quizás porque no existe). La moda es hablar de eso como Bekettiano, pero antes de Godot estuvo el Zurdo de Oddets y antes de él, Doña Rosita de Lorca, y antes Nietsche, y antes… ¿seguimos?
    Respecto a lo prestigioso o a lo coyunturalmente menor, apenas apuntando el ejemplo de lo que significó Moreira para la generación del 80, me gustaría recordar que, por lo menos en teatro (en otros temas me es más difícil opinar), siempre ha existido una producción popular a la que se denominó “de masas”. S. Mokulski, refiriendo a Meyerhold, dice que “Libres de las cadenas de la civilización oficial, estas masas satisfacían su instinto teatral creando unas formas y unos procedimientos que, en los pueblos mas diferentes, presentan unas coincidencias sorprendentes que no siempre es posible explicar por la teoría de los plagios”. Así, constata un cierto estilo popular universal, englobando el mimo griego, la comedia de máscaras o atelana romana, los juglares-histriones medievales o los skomorokhi rusos, los comediantes dell´arte italianos, los actores ambulantes españoles, a de los de Japón, China, etc., etc.
    Además no debemos olvidarnos de un señor que se llamaba Pierre Menard.
    Alberto Wainer

    ResponderEliminar
  7. Insisto que en el caso de La Princesa Ciega (no Boggart), las singularidades que encuentro se repiten en Venecia, van más allá de la concreción imaginaria de un deseo que se le inventa a un ciego por piedad. Tampoco el tema es el viaje, que en Trillo se reduce apenas a una caminata. De lo contrario, si bien se me hubieran escapado -por ignorancia- Gidé y Galdós, hubiera tenido en cuenta al menos el antecedente de Ibsen. En concreto, para mí, además de la mentira a la ciega, está la solidaridad de los miserables y fundamentalmente, el contraste entre la sordidez real y la magnificencia imaginada. Es cierto que hay una diferencia de tono: mientras en Trillo-Breccia dicho contraste genera angustia, Accame juega al efecto cómico. No subí toda la historieta por vagancia, pero googleándola, la encontré. Quien le interese leerla, y sacar sus propias conclusiones, puede ir acá: http://chiquirritipis.blogspot.com/2008/08/alberto-breccia-carlos-trillo-y-la.html
    Pero en realidad, esto es anecdótico (en todo caso, como apunté, sería un problema de Trillo, no mío) y me resulta apenas un disparador de otras discusiones.
    Las coincidencias que refiero, vistas por separado, seguramente remiten a los mismos u otros precedentes que citás. No creo que sea ésa la perspectiva desde la que se deben analizar este tipo de similitudes. Sabemos que una suma de verdades parciales y aisladas puede llegar a consagrar una mentira.
    Tampoco me parece que deban considerarse en función de una pretensión de originalidad absoluta, que es difícil de encontrar, dado que todo tiene un antes, si lo buscamos. El orden jurídico da algunas pautas, aún cuando todavía quede camino por recorrer. No leí la novela de Andahazi, pero poco importa, porque allí fue la justicia la que lo sobreseyó de la acusación de plagio. Y si acudieron como auxilio pericial a la gente que mencionás, no es eso lo único que cuenta para que los jueces formen su convicción. Claro, pueden -y suelen- equivocarse, pero es lo que tenemos para dirimir estas situaciones. Cualquier intelectual, sea de la ideología que fuere, no dudaría en reclamar si avasallaran sus derechos reales. No entiendo muy bien, entonces, porque un sector del pensamiento relativiza (e incluso menosprecia) la cuestión de la propiedad intelectual.

    ResponderEliminar
  8. A veces, Blogger falla y no sube de inmediato los comentarios. Recién acabo de leer lo que escribí, y me parecen necesarias dos aclaraciones estrictamente jurídicas...
    1) Si bien se habla de "propiedad" intelectual, no cabe incluírla dentro de los derechos reales. Tampoco los personales. Pertenecería a una tercera categoría, dado que están presentes tanto el factor patrimonial como extrapatrimonial.
    2) La cuestión de la originalidad, a la que hice mención según el uso corriente: en el derecho, ésta se refiere a la impronta personal de un autor, no a la novedad del tema. Y es requisito fundamental para que exista protección.

    ResponderEliminar
  9. Bueno, si la cosa viene por “lo estrictamente jurídico”, (sic), renuncio. Pero reconozco que la culpa es mía por meterme en camisa de once varas: la historieta y el derecho, por ejemplo. Sobre la noción de plagio y las formas artísticas no oficiales, me permito, sin embargo, insistir en mi sugerencia de leer a S. Mokulski (algo pueden encontrar en los textos teóricos de Meyerhold que sacó Fundamentos en 1971). Mi disculpas también a Andahazi y a los chicos de la calle Puán . Alberto Wainer

    ResponderEliminar
  10. Bueno, si la cosa viene por “lo estrictamente jurídico”, (sic), renuncio. Pero reconozco que la culpa es mía por meterme en camisa de once varas: la historieta y el derecho, por ejemplo. Sobre la noción de plagio y las formas artísticas no oficiales, me permito, sin embargo, insistir en mi sugerencia de leer a S. Mokulski (algo pueden encontrar en los textos teóricos de Meyerhold que sacó Fundamentos en 1971). Mi disculpas también a Andahazi y a los chicos de la calle Puán . Alberto Wainer

    ResponderEliminar
  11. No, la cosa no viene por ningún lado en particular, Oso. Va por donde cada uno la quiera llevar. Como yo mismo mezclo todo el tiempo cuestiones que pertenecen a distintos campos, me pareció pertinente aclarar esos dos puntos, nada más.

    ResponderEliminar
  12. Por ejemplo, revisando esta conversación, veo que me hago una pregunta sobre las ideas, y no me remito ahí al derecho, que tiene resuelto que son de difícil, sino de imposible, protección. Así y todo se discute, como en el caso de El Código Da Vinci.

    ResponderEliminar
  13. No contestar hubiera sido (para mi gusto) descortes, pero seguir haciéndolo me parece medio tonto. De modo que hola y adiós. Alberto Wainer

    ResponderEliminar
  14. http://historietasargentinas.wordpress.com/2010/05/24/36-entrevista-a-oscar-steimberg-lo-que-tiene-de-bueno-la-historieta-es-que-es-imposible-lucas-berone-y-federico-reggiani/

    ResponderEliminar
  15. Lo acabo de leer. Interesante, como todo lo de Steimberg. Impecables los autores de la entrevista, además.

    ResponderEliminar