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jueves, enero 31, 2008

MECAGOLO EN EL COLECCIONISTA (V): LOS "HISTORIETOFILOS" Y LA CULTURA

Panelology es un término intraducible con que los yankees designan al coleccionista de historietas. Una palabra necesaria, que debería figurar en nuestro idioma. Si existe filatelista, por qué no va a existir una que designe específicamente esta afición? Se me hace muy largo escribir “coleccionista de historietas” e inevitablemente hay que repetir si uno se refiere a esta fauna a lo largo de una nota. Las variantes “coleccionista del género” o “coleccionista del rubro” resultan forzadas. Y se sabe que yo no uso la palabra “cómic”, ni siquiera como sustituto, salvo que me refiera a las historietas yankees. Entonces, como la palabra no está, la invento... total, hay tanto neologismo dando vuelta: "Filohistorietistas", podría ser? O “Historietófilos”... Me quedo con la segunda, por ahora.
Bien, la cuestión es que el historietófilo es un bicho curioso. Hace bastante, abandoné la serie “Mecágolo en el coleccionista” (
ver.1; ver.2 ; ver.3 ; ver.4), un poco porque las alusiones resultaban muy crípticas, disfrutables sólo por contados amigos, y otro poco porque algunos (los enemigos de mis amigos) se enojaban demasiado con mis escritos. Pero aquí, con el tono mesurado que me caracteriza en estos tiempos, remoto.
A lo largo de mi carrera de historietófilo, me he cruzado con infinidad de coleccionistas y siempre intenté la charla con ellos. A veces, no logré sacarles más que monosílabos. Otras, vencida la natural desconfianza, comenzaban a explayarse. Mucho de esto lo desarrollé en mi novela, así que remito a ella (
ver), especialmente al capítulo VII, “Expediciones” (1) y (2), ya que no pretendo que la lean toda (proeza a la que muy contados aficionados al género se animaron).
Me interesa tratar ahora, de forma somera, algunas caracterologías. Obviamente, conozco mucho de los patorucenses. De los de mi generación y también de los recién llegados. Las nuevas generaciones vienen -en general- canijas, esmirriadas. Morochos, como se supone es el héroe nacional por antonomasia. De mirada febril, pero esquiva, desconfiada. Los brazos tensos, como atentos a aferrarse a la colección para que no se la arrebaten. Hablan poco, con balbuceos, y oyen lo que uno les dice a medias. Les perturba la atención dos cosas: una es tratar de entender un discurso al que no están acostumbrados; la otra son los siguientes pensamientos: “tendrá más o menos revistas que yo? qué le podré sacar? qué me querrá robar?...” .
Si bien estas características internas son asimilables a las de otras tribus, en lo físico existen importantes variables. Por ejemplo, los comiqueros, los aficionados a superhéroes y otras yerbas yankees... Estos son gorditos, rubios, medio pelados, de piel casi traslúcida por lo blanquita. Uno puede adivinarles fácilmente los placeres solitarios, que no radican solamente en la lectura de sus amadas historietas. Deben tomar chocolatada hasta los treinta y pico, y pajearse con la Mujer Maravilla o Gatúbela. Suele vérselos llegar a las comiquerías de las que son clientes de años, ansiosos y sudorosos. Casi sin saludar, codeando sin reparos a quien se halle frente al mostrador, preguntan a boca de jarro: “Salió el último Crossover de SoreteMan???”. Su cara de decepción, si el vendedor les dice que no, es igual a la de los bebés cuando se les quita el chupete. Juro que hasta les he visto esbozar un pucherito.
Pero esmirriados o rubicundos, nacionalistas o extranjerizantes, desde el físico se puede leer, precisamente, una infancia común signada por el aislamiento, las burlas de sus compañeros, la marginación. Eran los pelotudos de la clase, que se refugiaban en la fantasía, donde su héroe -ya sea el indio o Soreteman- los vengaba de todas las humillaciones que sufrían.
Como señalé al principio, se trata de una cuestión generacional. La mía juntaba de todo, tanto Batman como Capicúa y no nos dividíamos en clanes de fanáticos de una o de otra. Nos gustaba La Historieta, Y aparte de leerlas, salíamos a la calle. Jugábamos a la bolita, a las figuritas, a la escondida, al fóbal. Trepábamos a los árboles, saltábamos las tapias de los vecinos, robábamos frutas, hacíamos ring-raje, les decíamos barbaridades a las minitas, cuando se podía tocábamos algún culito. Así, los historietófilos surgidos de esa camada, resultan francos, abiertos, comunicativos, curiosos. Generosos, en definitiva. Y cultos, en un sentido amplio. Porque en muchos casos las historietas no constituían un objetivo, un universo cerrado en sí mismo, sino que eran la puerta de acceso a otros lenguajes... la literatura, el cine, el teatro.
A pocos de mi generación se les escapan las alusiones extra-historietísticas de las revistas de Quinterno, por ejemplo. Sabemos muy bien que los títulos y/o argumentos de “La luna y seis patacones”, “Mundo Jue Perra” o “Los Cañones de Navarrete” respondían a los de películas famosas. Otros, gracias a la incitación a la lectura de literatura mayor que ejercía la historieta, advertimos guiños más elaborados, como que el argumento de “El hombre de nieve” estaba basado en Bioy.
Se podrá decir que las generaciones actuales de historietófilos reconocen fácilmente otros guiños acordes a su época... De la televisión, acoto yo. Pavada de diferencia.
A lo que quiero llegar es a que las actuales camadas de aficionados a las historietas (tampoco es cuestión de abusar de la palabrita inventada) suelen ser, en su mayoría, profundamente ignorantes en lo no atinente al género mismo. De eso, saben algo. De otros asuntos, nada.
Paradójicamente, se pierden un montón de guiños en las propias historietas. Hace un tiempo, veía junto a mi hija más chica un magistral capítulo de Los Simpsons (...ya se que no un ejemplo estrictamente historietístico, pero aceptarán que vale). Yo, por enésima vez y ella por primera. Se trataba de aquel en que Marge interpreta junto a Flanders “Un tranvía llamado deseo”. Me vi obligado a explicarle cual era el chiste de transformar la obra en comedia musical, receta a la que los yankees son tan afectos, al punto que pueden llegar a aplicarla hasta con “Hamlet”. Así y todo, grotescamente deformada, la creación de Williams causa efecto en Homero. Tan grande es. También le expliqué la antológica secuencia de la guardería con Maggie y su ejército de chupeteadores, que remite inequívocamente a “Los pájaros”, de Hitchcock, aún antes de que su silueta a lo Groening atraviese la escena, paseando sus clásicos caniches.
Los Simpsons está plagado de alusiones de este tenor, que la mayoría de sus fanáticos se pierde. Supongo que sí pescarán los guiños hacia el propio lenguaje, de los que el dueño de la comiquería -coleccionista, además- resulta casi siempre disparador. Es que Groening viene del género (y retornó a él con Bongo Comics), y por eso su creación está más cercana a los códigos de historieta que a los del dibujo animado (que tampoco se priva de satirizar, como en el caso de Tom y Daly). Y es un tipo culto, además.
La animación -pongamos por caso, dado que tocamos el ítem-, si bien nace casi contemporáneamente a la historieta y comparte con ella recursos expresivos, se diferencia abiertamente en su evolución, al punto que alcanza jerarquía de arte. En la historieta, sólo la proclaman algunos, y con escaso fundamento, ya que -precisamente- conocen muy poco de arte.
Lo mismo es aplicable al cine, en general. Hace un tiempo, me llamó la atención la expresión “Cine Portátil”, aplicada a la historieta y acuñada al parecer por un columbófilo, que otros de la misma especie tomaron. Incluso para dar nombre a una revista under (nótese lo prudente que estoy, que no he usado ningún adjetivo calificativo). Esta gente defiende a rajatabla la categorización artística del género, pero no vacila en definirlo en subordinación a otro lenguaje. Paradójico, no? Supongo que lo harán pensando que así se genera un efecto de ósmosis artística.
Pero refrenemos mi tendencia a la digresión. No son muchos los casos de historietófilos devenidos en creadores de otras disciplinas, y que luego se siguen ocupando de ella.
Hagamos memoria sobre qué películas -puesto que hablamos de cine, aunque ya no de animación- refieren al mundo de la historieta (aclaro, porque acá hay que aclarar todo el tiempo: no hablo de adaptaciones a la pantalla de historietas famosas, eh???... que de eso hay mucho).
Recuerdo ahora una, pero se me escapa el nombre y no encuentro datos en la web. La trama central pasaba por la muerte, en pueblo, de un fabuloso coleccionista y la sangrienta batalla que libraban por su legado el dueño de una tienda de cómics y otro fanático. Es una comedia menor, pero que puede resultar divertida para la fauna.
Después, está la extraordinaria “El protegido” del irregular indio (en serio) M. Night Shyamalan, con el gran Bruce Willis, como protagonista. Esta es una mirada realmente profunda sobre el género.
Y por último, no puedo dejar de mencionar al genio de Fellini, que amaba el fumetti, y que le rinde homenaje en una variante del mismo, como es la fotonovela. Me refiero, claro, a “Lo Sceicco Bianco”.
Por ahora, que yo haya visto, y se me ocurra, no más. Claro que mi memoria no es para nada confiable.
Sí me han deparado mis búsquedas el nombre de dos realizadores, cuya obra desconozco. El historietista Kevin Smith, de quien se dice que para financiar su primera película, “Clerks”, empeñó su colección de cómics. Y Mark Hamil, autor del documental “Comic Book: The Movie”, que por lo que he leído puede resultar interesante y desde ya me pongo a rastrear.
En el cine argentino, la historieta ha servido apenas para dar un toque de época, como el Libro de Oro Patoruzú que aparece demasiado obviamente en “Valentín”, la peor película del talentoso Alejandro Agresti.
Por otra parte, en lo que respecta específicamente al abordaje cinematográfico de personajes de historieta -que no es el tema, repito-, hay que decir que aquí estamos muy lejos de un Tim Burton. No creo que José Luis Mazza haya leído muchas Correrías o Locuras en su infancia. Y si las leyó, las debe haber olvidado. Y para el caso que nos ocupa, poco importa que se trate o no de animación.
Es obvio que quedo expuesto a que me bombardeen con otros ejemplos del estilo. Por eso aclaro que estas menciones distan de pretenderse exhaustivas, y que sólo vienen a cuento para señalar que los realizadores cinematográficos, excepcionalmente se han ocupado de la temática, lo cual sigue siendo válido, aún cuando se agreguen otros films a la precaria lista.
Ni hablar de otras artes. En la novela -modestia aparte- debo ser el único. Lo que no implica necesariamente un mérito.
El teatro nacional, en cambio, tiene un ejemplo notorio: “Chau, Misterix”, de Mauricio Kartun. En ella, el protagonista -un preadolescente- fantasea con convertirse en su héroe, el hombre de la pila atómica. Por supuesto, la acción transcurre en la década del ’50, época de auge de popularidad del personaje, en la revista de editorial Abril que llevaba su nombre.
Me pregunto ahora si no es válido incluir en la lista dos exponentes donde se encuentran presentes las obsesiones de los coleccionistas en general. El primero está asociado a la numismática. Se trata de “American Buffalo”, gran obra teatral de David Mamet , luego llevada al cine, con Dustin Hoffman en el protagónico. Y el capítulo de “Los siete pecados capitales”, de Andrei Tarcovsky, verdadera obra maestra, donde se trata específicamente a los filatelistas.
Pero el encuadre general de esta nota es la escasa cultura general de toda una generación de historietófilos. No extraña, entonces, que pocos se conviertan en creadores capaces de abordar el tema artísticamente. Aunque hay que decir que lo contrario, también es cierto. Muchos de mis amigos “cultos” tienen a la historieta por un género absolutamente menor. Les asiste razón, en parte, aunque el problema es que ellos, a diferencia mía, se pierden de disfrutarlo.
Justamente por andar a caballo entre dos mundos, se me plantean a veces algunos dilemas (...y de eso, en el fondo, ahora que lo pienso, debe tratarse el presente post, dado que a esta altura supongo que los supuestos destinatarios ya deben haber abandonado hace rato la lectura). Y no me refiero a lo de tirarle margaritas a los chanchos en este blog, como tantas veces me quejé y sigo haciendo, más que nada para hincharles las pelotas a algunos que se creen impunes, como le comentaba al amigo Van Rousselt en un reciente mail.
Mencioné por ahí, como al descuido, que en enero me dediqué a escribir una obra teatral. El link que elegí me habilita para desarrollar un poco más la cuestión (lo aclaro porque me amedrentan un poco los que vienen a decirme de que tiene que tratar este blog...). La pieza tiene algunas veladas alusiones a los coleccionistas de historietas, y al género mismo. Me preguntaba si realizadores y público teatrero podrían llegar a captarlas.
El oso Wainer, que es mi consultor dramatúrgico de cabecera (lujos que uno se da!), obviamente reconoce los guiños. A más de haber sido él mismo guionista de historietas, lleva ya más de una década aguantándome los comentarios sobre el tópico. También, curiosamente, hizo mención a esas características un amigo actor que la leyó. Hasta ahora, la conocen contadas personas. Esperaré que corra un poco más, para tener una impresión más firme.
Uno de los personajes se llama (se hace llamar, en realidad) Zanzíbar J. Me pregunto también si muchos historietófilos -en el hipotético caso de que se estrene la obra y llegaran a verla- se darían cuenta de que se trata de un pequeño homenaje al maestro Trillo.
Por las dudas, con mucha antelación, y quizá innecesariamente, lo aclaro acá.
Porque aún dándose cuenta, hay que ver si entienden que se trata de una cita. Recuerdo que en un grupo de gente vinculada a la historieta, en oportunidad de la aparición de la primer tira de Carlitos, er Gato, se me acusó de plagio, dado que en ella intervenía Krazy Kat (
ver).
Lo que siempre digo... manejar algunos datos no necesariamente está asociado a capacidad reflexiva.
Sobre todo, cuando los que manejan datos son historietófilos de última generación.

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