En la historieta argentina hay un trabajo que -como tantos otros- está pendiente y es el de una cronología comparada con la mundial. Hago un pequeño aporte: en 1968, mientras acá Ferré lanzaba en
Antifaz las
Aventuras de Hijitus -un año después tendría revista propia-, en Francia, en el
Journal Tintin, aparecía
Olivier Rameau, de Greg y Dany, maravillosa serie que estoy revisando, y que a principios de los '70 me impactara desde las pocas páginas que publicó
Patoruzito Escolar.
Pavada de diferencia.
También podríamos analizar las líneas ascendentes y descendentes. Cuales son las heredades, en que medida se progresa o se vuelve atrás.
Para fines de los ’60 la publicación de revistas de historietas cómicas en la Argentina comenzaba a transitar su decadencia. El mercado de las apaisadas, dominio hasta entonces de Quinterno, Mazzone y Torino, había proliferado en innumerables títulos, algunos de los cuales estaban cayendo. Uno de los últimos éxitos sería de
EDQ, con
Locuras de Isidoro, también en el ’68.
Las tres grandes editoriales habían ya producido, desde una década antes, hitos notables como
Andanzas de Patoruzú,
Correrías de Patoruzito,
Barra de Pascualín,
Conventillo de Don Nicola,
Nicolita y su Pandilla,
Capicúa,
Piantadino,
Afanancio, etc. Tardíamente, en el ’66, se sumaba
Lúpin, que sin tener la tirada de las anteriores, supo hacerse un lugarcito en el mercado.
Pavada de diferencia.

En este contexto aparece García Ferré con
Antifaz, que no era en rigor ni apaisada (tabloide pequeño) ni estaba dedicada totalmente a la historieta cómica. Mientras la aventura principal en los primeros números de la publicación era la del inspector
Antifaz con su ayudante
Zanzíbar, dirigida a una franja juvenil, se observaba también una interesante apuesta a la historieta seria. Pero pronto la línea editorial viraría hacia lo cómico y apuntando decididamente hacia un público

infantil. Con sólo observar como desaparece de las portadas
Antifaz y se lo reemplaza por
Hijitus y el
Topo Gigio, se comprobará lo que afirmo.
Ese giro de la revista ofendió a mis 11 años de entonces y la dejé de comprar no bien terminó de aparecer allí
Lucky Luke, que a

esa altura era lo único que me interesaba.
Pocos números más duró
Antifaz, sin embargo. Ferré debe haberse dado cuenta rápidamente que si quería extenderse al mercado de la historieta, debía ser fiel al público que ya tenía. Es decir, los pibes chiquitos. Así, habiendo intentado sin éxito, para ganarlos, cambiar el perfil de la publicación, decide darle fin y arrancar de nuevo, sin originalidades, como la de convertir la personalidad del tío de
Anteojito.
“Vayamos a lo seguro: Hijitus”- habrá pensado. Y en formato apaisado, y con la gráfica de tapa que estaba imponiendo Quinterno (dos franjas blancas de títulos y dibujo central), que joder. Y ahí nomás, sobre el pucho (este que...!), las
Desventuras de Larguirucho.
Si con
Antifaz, a los 11 años, llegué a comprar una treintena de números, con
Hijitus y
Larguirucho, un año después, no pasé del primero. Y ya andaría por los centenares de
Patoruzú,
Patoruzito,
Don Nicola y otras. Y seguí comprándolas un año más, al menos.
Pavada de diferencia.
Con esto quiero decir, que hasta los trece, en que regalé toda mi colección de revistas a un vecino por sentirme definitivamente adulto, no dejé para nada de consumir historietas. Pero sí prontamente me desinteresé de
Hijitus.
Una de las razones tiene que ver con lo que ya expuse. Se trataba de una historieta para un público decididamente infantil (no más de ocho o nueve años de aquella época, calculo), lo que no ocurría con todas las demás, que admitían -lo siguen haciendo- hasta la lectura de los adultos.
Pero si bien la mayoría de las historietas cómicas argentinas conservaron siempre la virtuosa cualidad de dirigirse a un amplio espectro de edades, también hubo exponentes, antes de Ferré, exclusivamente infantiles. Usemos como ejemplo
El Gnomo Pimentón, de Blotta padre. Allí se toma como base el mundo de los cuentos, para recrearlos en elaboradas fábulas, con una exquisita creatividad en el dibujo
(ver).
Pavada de diferencia.
Siempre me jacté por mi temprano buen gusto por la historieta. Lo he corroborado permanentemente, de adulto, cuando he vuelto a encontrarme con aquello que me gustaba en la infancia. Admiré a los grandes de la BeDé, sin saber quienes eran, al igual que Pratt, cuyo
Ann y Dann descubrí en
Billiken. Las épocas de
Patoruzú o
Patoruzito que me apasionaban, se correspondían con los grandes momentos de la editorial. Poco y nada conocía del mundo real en que se basaba
Don Nicola, y sin embargo me fascinaba. Lo mismo con Mazzone, Lino Palacio, Oswal y tantos otros.
De modo que casi todo lo que me pregnó de chico en la historieta fue corroborado por mi juicio adulto, y por la opinión mayoritaria sobre esas creaciones.
Puedo decir lo mismo de lo que no me gustaba. Acabo de comprobarlo con
Hijitus.
A raíz de los acontecimientos que los que frecuentan este espacio conocen, no diré que he hecho una maestría en Ferré recorriendo blogs trulalenses, pero le pasa raspando. Puedo opinar entonces con alguna autoridad. Observo que en ellos parece haber modas. Uno se larga con
Pi-Pío, por ejemplo, y ahí salen todos los demás a postear lo mismo (ojo, en este caso me alegro que así sea). Ahora, la cosa pasa por
Las Aventuras de Hijitus. Habría que reprocharles que en vez de postear las páginas de a una, no compriman en rar y las suban a un hosting. Pero pareciera que se matan por publicar cualquier imagen en altísima definición, junto con slides, animaciones, etc., lo que hace que haya que esperar varios minutos a que terminen de abrir los blogs, ya que con tanto chiche se tornan pesadísimos. Aunque en fin... están divulgando aquello que admiran. O quizá no, vaya uno a saber.
Volviendo al tema: tanto ver a
Hijitus aquí y allá, me tentó la posibilidad de poner en crisis mi opinión infantil.

No es que no hubiera tenido en mis manos antes ejemplares que prontamente vendí, con tan siquiera una ojeada. Pero ahora me tomé el trabajo de bajar una por una las ochenta y pico de páginas que posteó Ardouin de la primera aventura “Piedras de la luna” o “Sucedió en Vodkalavia”
(VER), para después comprimirlas en rar y leerlas cómodamente en el CDisplay.
Juro que no recordaba ni un cuadrito, con lo que compruebo que mi memoria solo es eficaz con las cosas que me impresionaron bien. Tuve que vencer el aburrimiento para llegar hasta el final. Y sacrificar el gusto por las imágenes elaboradas.
Porque esta historieta (y para muestra basta un botón), adolece de dos defectos graves. Uno: el esquematismo argumental. Dos: el esquematismo en el dibujo.

En la caracterología de
Hijitus, Ferré reitera constantes que provienen de su única creación integral,
Pi-Pío. El niñito que vive en un caño es reconocido como autoridad moral en
Trulalá, al igual que el pollito linyera se convierte en sheriff de un pueblo de Far-West. La novedad es el poder que otorga el sombreritus. Pero a diferencia su memorable cuna (
Hijitus, se sabe, nace como personaje en
Pi-Pío), no se observan las audacias surrealistas -en guión y dibujos- del Ferré joven. Además, el villano de rigor, el profesor
Neurus, está lejos de la maldad genética de
Paco-Pum. Antes que temible, resulta ridículo. A eso debe sumársele (restársele, en realidad) que sus dos principales secuaces,
Pucho y
Larguirucho, pueden llegar, en ocasiones, a tirar para el lado del bien.
Este esquematismo estructural podía ser eficaz para las diez páginas (en color) que duraba la historieta en
Antifaz. No para las casi ochenta (en ByN) de la revista propia.
Así, la pobreza de caracteres intenta compensarse con un vértigo de acontecimientos símil dibujos animados, que no necesariamente se traduce en limpieza y progreso de la acción. Intentaré reseñarlos:
1) Caja con piedras lunares cae en el mar de
Trulalá. Científicos -que hablan como yankees- buscan recuperarla. Se entrevistan con el comisario, que los deriva a
Hijitus, que promete ayudarlos.

2)
Neurus se entera. Fabrica una caja falsa, la arroja al agua y finge pescarla delante de
Hijitus. Para entregársela, le saca a cambio el sombreritus.

3) Hijitus comprueba que no es la caja que buscaba. En tanto, en
“Vodkalavia, ciudad limítrofe con Trulalá”, buscan también apoderarse de la caja de sus
“rivales”. Al nombre de la ciudad (se trataría de un país, en rigor) se suma un acento ruso, que ubica definitivamente los roles de “buenos y malos” (o sea que a pesar de dirigirse a tiernos infantes, el argumento no ahorra alusiones a la Guerra Fría, tomando abiertamente partido).

4) Neurus se larga al mar en un yate y utiliza el radar del sombreritus para localizar la caja. Un submarino vodkalaviense lo detecta. Un
“fanático” de ese país sale a rescatarla. Se topa con la lancha de
Hijitus y
Pichichus, a los que adormece con un gas, para que no les ganen de mano. Llega al yate de
Neurus. También duerme a éste y a
Pucho, los arroja al agua, y vuelve al submarino con el sombreritus.
5)
Neurus y
Pucho despiertan y logran abordar el submarino, antes de que éste se sumerja. Los toman prisioneros los vodkalavienses. Por su parte,
Hijitus llega al yate de
Neurus,

deduce que éste estuvo allí y encuentra el aerosol adormecedor, que lleva la leyenda
“Made in Vodkalavia” (no debería estar en ruso?). Comprueba en el fondo del mar

que la caja no está en el lugar que le indicaron los científicos (¿?) y sólo encuentra su huella y la del sombreritus (¿?). Decide enfilar proa hacia Vodkalavia en busca de ambas cosas.
6) El fanático vodkalaviense responde a las exigencias de libertad de
Neurus, tirándolo junto a
Pucho a los tiburones. Es rescatado por
Hijitus.
Neurus, aprovechando un descuido de éste, intenta arrojarlo al mar, pero
Pichichus lo impide.
Neurus finge arrepentimiento y cuenta lo que sabe, y

que el lector ya sabía, y que
Hijitus intuía. Lo que provoca que todos enfilen hacia Vodkalavia, cosa que ya había pasado en la secuencia anterior...
Uf... recién voy por una treintena de páginas y ya me cansé.
La imparable sucesión de enrevesadas vicisitudes argumentales (muchas veces incoherentes y/o repetitivas) sigue a este ritmo hasta el final. Todo revela el propósito que los chicos no se aburran, y para eso se introducen una o dos circunstancias nuevas por página, sin que se traduzca necesariamente en progresión de la línea de acción. No hay lugar para el suspense, la tensión dramática, la complejidad narrativa (...sí, en cambio, para filtrar ideología). Ni siquiera los gags son efectivos. No resulta extraño, entonces, que cuando un pibe como yo terminaba de leer la historieta ni se acordara de que trataba.
El dibujo no es malo. Es sumamente lineal y mediocre. Hecho por un correcto dibujante que se ganaba su salario con lo indispensable, sin intentar la más mínima creatividad. Para esa misma época -repito- a Dany también le pagaban un salario por su trabajo en el
Journal Tintin. Pero más modestamente: para esa misma época,
Andanzas y
Correrías todavía seguían brindando guiones elaboradísimos como “Pregunta por un millón” o “El fabricante de diablos”. Y en las huestes de dibujantes de Quinterno aún permanecían talentos como Héctor Urtiaga. Ni hablar de Torino o Mazzone, que continuaban dibujando a
Don Nicola y a
Capicúa.
Por todo esto, resulta difícil que yo me entienda con los fanáticos de Ferré. Dejando de lado las burlas, ironías y maldades que les he dedicado, ellos hablan de recuerdos, y yo de historieta.
Me parece bien que reivindiquen el
“barrio de la infancia”, como solía leerse en el difunto blog de Wilson. Y hasta que rescaten las enseñanzas de Ferré -peligrosas, a mi criterio, por lo que acabo de exponer-, como se hacía en el ahora encriptado blog de Jorgitus, que analizaba a
Hijitus cuadritus por cuadritus.
Pero la historieta de calidad es otra cosa. La asociación de ésta con el Ferré creador no pasa de
Pi-Pío. Y como editor, se puede nombrar a
Sónoman,
La Familia Panconara,
Coco y Cilindrina, la primerísima etapa de
Antifaz. Respecto a lo extranjero:
Spirou,
Tintin... paremos de contar.
Aunque debo puntualizar otro detalle.
Hace poco, Sergio Maganás, comentaba que había solo dos personas en la web que se ocupen de la obra de Quinterno en la actualidad: él y yo. El más desde lo informativo, y yo más desde lo analítico.
No creo que la obra de Quinterno, riquísima como es, en su faz creativa y editorial, admita demasiadas variantes.
En cambio, sobre García Ferré, deben existir una treintena de blogs. Y ahora, se termina de sumar la
página de Fabián Apólito (muy completa, por lo que pude observar). Es curioso que todos se dediquen a lo mismo: postear sus colecciones y seguirse los pasos. Salvo la excepción del privatizado
Hijituslogía, que acabo de señalar, no hay lugar para el análisis.
Si quisiera chicanear, diría que no se pueden analizar demasiado historietas hechas para pibes de ocho años (salvo que uno sea Jorgitus, dió-me-libre-y-me-guarde!). Pero sospecho que más allá de la legítima intención de difundir la obra de Ferré, que apunté al principio, y de rescatar los recuerdos, que no está mal, hay algo de exhibición infantil en que todos quieran mostrar lo que atesoran. Y también, junto con eso, pareciera subyacer la competencia por quien la tiene más grande (la colección, o el blog, o el sitio web). Y por quien le lleva la manzana al maestro (Ferré, en el caso).
De lo contrario, si todo fuera tan armónico como suelen pintarlo, resulta incomprensible que inmediatamente después de darse por concluidas peleas espectaculares y habiéndose cerrado dos blogs conflictivos y llamado a silencio el
“grampanudo” que esto escribe, surjan nuevos focos de conflicto.
En este blog, que parece haberse convertido en receptáculo de las internas trulaleras, acaba de dejar dos comentarios Gustavo Galván, donde menciona un misterioso personaje que intentaría usufructuar los créditos y el trabajo de muchos coleccionistas. No creo que se refiera a Ardouin. Descarto que las últimas boutades de Sergio Orellana, que a esta altura no pueden causar otra cosa que risas, hayan logrado captar adeptos en contra del artesano. Y no imagino a Jorgitus o Wilson operando desde las sombras en este momento. Pero bajo otras circunstancias y protagonistas, la historia parecería repetirse. Se trata de lo que vengo hablando: la lucha por la representación de Ferré en la web y en otros espacios.
Reitero que no me involucraré en internas de los ferretianos. Si lo hice anteriormente fue al solo título de defender una causa propia, y porque me era insoslayable exponer los antecedentes.
Y la mención que hago ahora es a los efectos de marcar los terrenos en que cada uno se mueve. A mí, no me sacan del de la historieta.
Pavada de diferencia.